Título original: Crímenes exquisitos

© 2012 Vicente Garrido y Nieves Abarca

Cubierta:

Diseño: Ediciones Versátil

© Istockphoto, de la fotografía de la cubierta

1.ª edición: enero 2012

2.ª edición: enero 2012

3.ª edición: abril 2012

4.ª edición: enero 2014

5.ª edición: octubre 2014

6.ª edición: febrero 2016

7.ª edición: mayo 2017

Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo y propiedad de la traducción:

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A mis alumnos de Criminología

Vicente Garrido

A «M.». Por la Noche de las Ánimas.

Y a mi padre, in memoriam.

Nieves Abarca

Todos los personajes que aparecen en la novela son ficticios, así como las tramas. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Prólogo: El Charlatán

«… y te daré, morena mía, Besos fríos como la luna. Y caricias cual de serpiente…».«El Aparecido», soneto LXIII Las flores del mal. Charles Baudelaire

Vigo, enero de 2006

Las espesas nubes tapaban a ratos la luna llena, rodeada de surcos anaranjados. Los rayos, rojizos y fantasmagóricos, iluminaban la ría de Vigo, oscura como el petróleo a aquella hora de la madrugada. Valentina contuvo un estremecimiento y cruzó los brazos, en un ademán inconsciente de desamparo. Aquella era una noche helada de cojones, y más después de llevar a la intemperie más de tres horas. Bajó la cuesta trastabillando sobre sus altos tacones, hasta acercarse a los bloques de edificios de cemento gris, de construcción bastante antigua. Luego se acercó con disimulo a un coche aparcado en un camino de hierba para constatar que las ventanillas estaban cubiertas de vaho. Sonrió, aterida.

«Por lo menos allí dentro no tendrán tanto frío como yo», pensó.

La ría de Vigo, bajo la tenue luz de la noche, era muy hermosa. Desde su posición, podían verse muy bien las bateas diseminadas aquí y allá, y más lejos, las luces que iluminaban el puente de Rande. Los astilleros estaban en calma a aquella hora. Y por el barrio de Teis no se veía ni un alma.

Bajó otro poco la cuesta de aquella callejuela interminable y vio una barca abandonada, la madera podrida, casi sin pintura por el deterioro de muchos años. Al lado, un cuatro latas de color verde agonizaba con las ruedas sustituidas por ladrillos y la hierba y algún gato callejero por únicos ocupantes.

Tiró de la tela vaquera hacia abajo. Aquella minifalda tan ajustada era un estorbo, se subía a los cinco segundos, por no hablar de las pesadas botas de tacón alto. No estaba acostumbrada a vestir de una forma tan incómoda. Valentina era feliz con unos simples vaqueros y una cazadora de cuero. Tardó un momento en conseguir ajustar la falda en su sitio. Al revolverse, nerviosa, pudo notar el tacto del micrófono que llevaba adherido a la piel, en la espalda, a la altura del riñón. Lo tocó para asegurarse de que seguía en su lugar. Allí estaba.

El Citroën Xsara camuflado se deslizó a su lado con lentitud, parando justo al lado de ella.

—¿Cómo vas, inspectora? —Una cabellera negra, engominada, asomó por la ventanilla—. ¿Alguna novedad? ¿Has visto algo de interés? —El inspector Gorka Raizabal bebió un sorbo de café de un vaso térmico y sonrió tranquilizadoramente mientras agarraba el volante del coche. A Valentina le caía bien el inspector Raizabal. Más bien tenía que reconocer que le gustaba mucho. Era un hombre muy guapo. Lástima que tuviese novia… y fuese compañera, además. Aunque Valentina notaba que él se sentía atraído por ella, no se atrevía a establecer ningún tipo de acercamiento.

—Absolutamente nada, Gorka. Aquí no se mueve ni Dios. Eso sí, hace un frío de cojones. —Valentina bajó la voz y notó el vaho saliendo de su boca al aire helado de la noche—. Voy a dar una vuelta por el aparcamiento que está un poco más abajo y luego nos vamos de aquí al parque de la Guía. Por cierto, ¿cómo le va a Edurne en Coia?

La subinspectora María Varela contestó, mientras sujetaba el café y a la vez intentaba abrir una bolsa de plástico con bocadillos en el asiento del acompañante. María llevaba ya quince años en el cuerpo y se tomaba todo con bastante tranquilidad. Era famosa en la comisaría por sus habilidades culinarias, que no dudaba en compartir con los compañeros.

—Igual que a ti. Creo que está harta ya de esperar en vano. Nada de nada. El muy hijo de puta no aparece. Y eso que hay luna llena, así que hoy no debería fallar. Además, menuda luna... ¿la has visto? El Charlatán lleva un mes de abstinencia, que sepamos, así que me extrañaría mucho que pudiera aguantarse más tiempo sin tocar los huevos. —Le acercó un bocadillo—. ¿Quieres comer algo? Tienes que estar helada.

—No, gracias, María, no tengo hambre. Más bien tengo el estómago totalmente cerrado. Además, si meto algo en el cuerpo, no sé qué pasará con esta maldita falda… imagínate. —Valentina suspiró y miró al cielo. Las nubes grises dejaron entrever por un momento el satélite—. Es cierto, la luna roja… parece una expresión sacada de las crónicas de Margarita Landi en El Caso. Por cierto… ¿Dónde coño está el resto del operativo? —Valentina giró la cabeza y golpeó el suelo con los pies para mitigar la sensación de humedad que parecía atenazar sus extremidades.

—Están muy cerca de aquí, a un par de minutos. No te preocupes.

—Bien. Eso es importante. Voy a seguir pateando por aquí un rato, por si acaso... —Valentina hizo una mueca, intentando esbozar una sonrisa para darse ánimos—. No os vayáis muy lejos, por favor… Ya sabéis que ese tipo es muy rápido y escurridizo.

—No te preocupes. No vamos a dejarte sola ni un momento —contestó María, pero su tono de voz denotaba preocupación; como mujer podía sentir muy bien la angustia que Valentina trataba de tener en todo momento bajo control.

Los tacones de Valentina Negro resonaron en el silencio hueco de la noche. No se veía ni un alma por el barrio. Ni un miserable taxi, ni siquiera algún grupo de jóvenes ebrios terminando la fiesta. Según bajaba la cuesta, el silencio se hacía más profundo y había menos edificios. Solares abandonados, cubiertos de hierba. Llegó a un bloque de casas viejas de color gris que no presentaba ni una mísera luz encendida. Valentina movió la cabeza, hastiada. De pronto ya no estaba tan segura de que aquella noche el Charlatán fuese a actuar. No era una noche propicia para la caza, con una temperatura que rondaba los dos grados sobre cero y una humedad que se adhería al cuerpo como una mortaja. Se volvió para cerciorarse de que el Citroën Xsara color plata seguía estando cerca de ella antes de doblar la esquina.

***

Su corazón palpitaba de gozo dentro de su pecho, retumbando sin control. La adrenalina viajaba a través de la sangre por todo su ser, mientras la luna lo provocaba con su extraña cara roja desde el cielo. Aquella era la noche adecuada, la noche perfecta. Llevaba ya casi un mes… no podía aguantar ni un día más. Había tenido que cambiar de barrio y esperar demasiado tiempo por culpa de la prensa y de la policía. La nueva zona estaba mucho mejor que el barrio de Coia, donde acostumbraba a actuar antes: en aquel barrio no había casi nadie a esas horas, poca luz, y además había encontrado por pura casualidad el sitio idóneo para estar tranquilo y que nadie lo molestara. Con unas preciosas vistas a la ría, además. No se podrían quejar del trato sus futuras invitadas…

Pero esa noche estaba dispuesto a dar un paso más. Se había aburrido de follar niñatas y luego dejarlas escapar. Además, alguna podría reconocerlo, a pesar de que tomaba muchas precauciones. Todas las precauciones posibles. El condón, la braga en la cara, la voz falsa… No, esa noche iba a darse un regalo. Nada de braga en la cara. Tenía ganas de experimentar, saber qué se siente «de verdad». Las muy cabronas lo llamaban «Charlatán», porque siempre tenía la delicadeza de hablar mucho con ellas. A partir de ese momento no iban a llamarlo nada más. Iban a empezar a respetarlo de veras.

Miró el viejo reloj y le dio al botón de la luz: llevaba ya mucho rato esperando en vano. Eran ya las cuatro de la mañana. No había visto a ninguna furcia que le gustara especialmente. Por no hablar de que de repente todas parecían tomar precauciones. Iban acompañadas, salían del taxi y corrían hacia el portal… jodidos periódicos. Todas tenían miedo. Joder. No importaba. Alguna tía borracha siempre podía bajar la guardia.

Abrió el portal con sigilo al escuchar el ruido. Los tacones retumbaban en la calle anunciando la promesa de un gozo terrible, y no pudo evitar tener una erección. Allí estaba, doblando la esquina. Un pivón moreno: alta, minifalda, botas negras de piel, de tacón, además. Como le gustaban a él. Una verdadera zorra. Y además, poco abrigada, a pesar de las bajas temperaturas… Se acercaba hacia su escondite con paso lento y los brazos cruzados, protegiéndose del frío. Ya la haría él entrar en calor… «Ven, preciosa. Acércate. No te pares. Sigue, ven con papá…». Agarró el cuchillo con fuerza y se sumergió de nuevo en las sombras del portal.

Valentina siguió caminando y, de pronto, se detuvo unos instantes, extrañada. El silencio se había hecho ominoso. Por puro instinto, se sintió demasiado vulnerable. Notó una amarga sensación de vacío. Se giró para esperar el coche policial, que ya tenía que estar cerca de ella. Entonces fue cuando notó algo moviéndose por detrás, una sombra pegajosa, un extraño dolor en un costado, como si le clavaran suavemente un cuchillo. La voz se deslizó en su oído, susurrante y aguda, un falsete cómico y brutal. Una mano de hierro aferró su brazo hasta hacerle daño.

—Sigue recto y no te gires, zorra. O te jodo viva. Ni se te ocurra mirarme. Camina a mi lado, como si fueses conmigo.

El cuchillo apretó todavía más la carne. El otro brazo rodeó su cuerpo y la empujó hacia delante. Valentina notó que todo su cuerpo se ponía rígido y su mente se disparaba para evaluar todos los escenarios posibles. Allí estaba el hijo de puta. El cabrón. Había caído en la trampa.

El Citroën giró justo a tiempo para ver cómo Valentina cruzaba la calle acompañada de un hombre alto y fuerte que parecía agarrarla como si fuese su novio.

—¡Joder, joder! ¡La ha cogido! Apura… llama al operativo. ¿Dónde coño está la furgoneta? —Gorka se revolvió en el asiento, presa del pánico, mientras conducía todo lo lentamente que era capaz para no despertar sospechas.

María cogió la radio con rapidez e intentó localizar a los compañeros a gritos.

—¡Luis! ¿Dónde estáis? Lo tenemos. Ha picado. Ha cogido a Negro, repito, lo tenemos. ¡Estamos en Doctor Corbal, en Teis!

La estática de la radio dio paso a la voz de un hombre.

—Estamos ya ahí, a unos metros de vosotros. María, cálmate, tenemos localizada la posición de la inspectora Negro. —La voz tranquila del inspector jefe Raúl Peña tranquilizó momentáneamente el nerviosismo de la subinspectora.

—¿Recibís bien la señal del micrófono? —María Varela no las tenía todas consigo, estaba realmente preocupada solo de pensar en el peligro terrible al que estaba expuesta Valentina. La apreciaba muchísimo. Las dos eran de Coruña y llevaban casi el mismo tiempo en Vigo.

Raúl Peña la calmó de nuevo desde la furgoneta.

—Recibimos la señal de radio perfectamente, subinspectora. Con toda claridad. Y la del GPS también. Es él, no cabe duda. Afirmativo. Es el Charlatán. ¡El muy hijo de puta, es cierto! ¡No hace más que hablar! Es todo un orador. ¿Mantenéis contacto visual con ellos? ¿Qué están haciendo? No los perdáis de vista ni por un momento.

María contestó, la radio transmitía el tono de voz constreñido por la responsabilidad y el miedo.

—Se dirigen los dos hacia el otro lado de la calle, hacia un descampado. Espera. Siguen recto. Voy a salir del coche y seguirlos a pie. Creo que se dirigen a la antigua fábrica de conservas, la que está en ruinas. Necesitaremos ahora mismo a todo el operativo aquí. Si se meten dentro de la fábrica vamos a tener un problema gordo… Joder, joder. La inspectora no ha querido llevar pistola. Dios. ¿A quién se le ocurre? Una insensatez de ese calibre solo puede ocurrírsele a Valentina Negro…

***

—Mira hacia delante, puta. Estás muy buena. Lo sabes, ¿verdad? Me gustan tus botas. —Valentina notó con asco cómo la mano de aquel hombre bajaba hacia sus nalgas y las apretaba con fuerza—. Menudo culito tienes. Está duro, ¿eh? Me encanta. Me lo voy a comer todo entero. Verás qué bien nos lo pasamos. ¿Qué es lo que más te gusta en la cama? —La voz se hizo más oscura y susurrante—. ¡Venga, contesta! Algo te gustará, ¿no? —El cuchillo penetró en la cazadora todavía más profundamente.

—Me gusta mucho besar… —La voz de Valentina sonó temblorosa y asustada, como si fuera la voz de una niña pequeña indefensa. Los miembros del operativo se miraron con desazón dentro de la furgoneta, sin saber si ella estaba fingiendo o estaba realmente aterrorizada.

—Besar. Tócate los cojones. Apuesto a que una zorra como tú tiene que hacer cosas mucho más interesantes. ¿O no? Con ese cuerpo tienes que tener mucha práctica. Ya verás... —Los labios se acercaron a su cuello y lo recorrieron unos centímetros casi sin tocarlo—. Vas a chupármela como si yo fuese tu novio. Y vas a disfrutar como una perra. Venga. ¡Entra ahí, en ese agujero!

«¿Qué hacen esos cabrones que no actúan ya, joder? Es él, no hay duda. No hace falta mucho más para darse cuenta. Joder, ¿qué es este sitio?», musitó para sí Valentina, cada vez más asustada mientras aquel hombre la forzaba a caminar por un descampado hacia un edificio rodeado de maleza.

La empujó a través de los matorrales. Ante los ojos de Valentina apareció un boquete en la pared, y al atravesarlo, una pequeña fábrica abandonada, medio derruida, sumida en la total oscuridad. Aquí y allá se podían ver focos de metal llenos de telarañas y bidones polvorientos. El hombre la empujó hacia dentro y la mandó parar. El sitio olía a mil demonios.

—Quieta. No te muevas. O te corto el cuello.

Valentina escuchó un ruido tras ella. Parecía estar arrastrando algo. Un segundo después, sin darle tiempo a reaccionar, escuchó de nuevo la voz mientras las manos frías la agarraban de las muñecas y las forzaban hacia la espalda.

—Quieta, guapa. —Él aspiró el olor de su nuca, el sudor mezclado con el sutil deje de perfume, y su erección se hizo todavía más evidente, casi dolorosa, bajo la tela de sus pantalones—. No quiero que te me escapes ni que hagas nada raro. Voy a atarte las manos atrás. Así no habrá sorpresas.

Valentina notó el roce de un pañuelo o algo similar que la maniataba con fuerza, dejándole las manos inservibles por completo. Empezaron a dolerle las muñecas de forma intensa. Aquello estaba empezando a complicarse demasiado. El hombre la empujó hacia delante, haciéndola subir torpemente por unas escaleras de ladrillo hacia el piso superior. Luego avanzaron hasta un rincón, al fondo, en donde Valentina pudo ver otras escaleras de metal forjado, oxidadas y medio rotas. Él la empujó hacia ellas.

—Ahí arriba tenemos nuestro nido de amor, preciosa. No tengas miedo, las escaleras no van a ceder. Son de hierro de los altos hornos de Bilbao. Por cierto, me encanta tu falda. Es una falda muy corta, desde luego… querías provocarme, eso está muy, muy claro… —Él acarició los muslos de Valentina a través de las medias tupidas. Ella dio un salto al notar la mano—. Tranquila, gatita… No te asustes, no creo que sea la primera vez que algún tío te mete mano. Por cierto… ¿cómo te llamas?

Valentina dijo el primer nombre que acudió a su mente. Se acordó de pronto de su compañera.

—María. Me llamo María. Por favor, no me hagas daño. Haré lo que quieras, pero no me hagas daño… —Su voz intentaba revelar mucho temor y ninguna capacidad de respuesta, algo que en ese momento no le resultó muy difícil.

—María. Qué nombre más bonito. Ya casi nadie se llama así. Sigue subiendo tú sola, María. Mueve un poco ese culito prieto que tienes. Me gusta ver tus piernas desde aquí…

—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? Por favor… déjame marchar. No me hagas daño, por favor. —Valentina intentaba, con desesperación, ganar tiempo, en espera de que llegaran sus compañeros.

—Cállate de una puñetera vez y no me toques más los cojones. Aquí el que manda soy yo, que te quede claro. Y venga, sigue subiendo por las escaleras. Ahora, espera ahí. —El hombre la empujó hacia un lado sin contemplaciones y abrió una trampilla de madera. Una vaharada de olor hediondo llegó hasta la nariz de la inspectora. Tras la trampilla, se podían ver unas escaleras de cemento que bajaban hasta perderse en la oscuridad. Luego él se acercó de nuevo y la agarró del pelo, tirándole de la cabeza hacia atrás.

—Ahora quiero que entres y bajes las escaleras despacio. Ni un ruido, zorra. O te mato. ¿Entiendes? Te juro que te mato. Y sabes que lo haré. Lo sabes, ¿verdad?

El cuchillo afilado reveló la luz de la luna delante de los ojos grises de Valentina, que brillaron en la oscuridad, como los de una fiera acorralada.

***

—¿Qué pasa con el puto micrófono, Raúl?

El subinspector Eduardo Carreira, miembro del operativo de transmisiones, estaba a punto de golpear con sus manazas la radio, que solo emitía estática. Miró con desesperación a su compañero Raúl, que tenía la frente perlada de sudor

—¡Joder, no se oye nada!… ¿Qué está pasando?

—No tengo ni puta idea. Los hemos perdido. Espera… —Raúl manejó el transmisor con desesperación—. Ahora sí. Ahora los tengo… silencio… —La voz del Charlatán se dejó oír de nuevo a través del aparato: «Baja con cuidado, zorra. No te vayas a caer y después no me vayas a servir para nada. Ahora quédate quieta, voy a cerrar la trampilla para que nadie nos moleste. Vamos a estar solos y lo vamos a pasar muy, pero que muy bien».

—Menos mal que hemos vuelto a pillarlos. —Raúl emitió un sonoro suspiro de alivio y luego siguió escuchando con atención—. Hay que joderse con el tío, no tiene abuela, el muy hijo de… —Raúl sacudió la cabeza, sin poder dar crédito a lo que estaba escuchando y luego, cuando notó que le caía el sudor por delante de los ojos, se lo secó con el dorso de la mano.

***

«¿Dónde coño se han metido?». María enfocaba con una linterna los desconchados muros llenos de grafitis. A ella se habían sumado ya Gorka y cuatro agentes más de Operaciones Especiales que buscaban con rapidez la vía de entrada del Charlatán y su presa.

—Debe de haber disimulado el sitio por donde entraron. Da igual, vamos a tirar abajo la puerta principal. Solo tiene un candado… —Gorka sacó la pistola de la funda, dispuesto a reventar el candado de un tiro.

De repente, un miembro de los GOES gritó desde un lateral.

—¡Aquí está! He encontrado el sitio. Lo ha tapado con una malla. Es un agujero en la parte de abajo del muro. ¡Venga, vamos! —Tiró la malla de una patada y entró rápidamente. Todos los demás lo siguieron. Allí dentro no había nadie. La fábrica estaba totalmente desierta. Solo se podían ver aquí y allá bidones vacíos y vigas de madera tiradas en el suelo. María habló de nuevo por radio con el operativo.

—Raúl, contesta, pronto. ¿La tenéis localizada? —Era la voz angustiada de María.

La voz del inspector jefe no era tan tranquilizadora como al principio.

—Están dentro de la fábrica. El GPS señala un lugar justo en la esquina norte del edificio. Hemos perdido por un momento el contacto del micrófono… El tipo ha dicho algo sobre unas escaleras y una trampilla. ¡Hay que buscar una trampilla! Debe de haberla metido en alguna habitación o algún sitio y se ha encerrado allí con ella.

—Hostia, ¡venga! —Gorka gritó dirigiéndose hacia todos los agentes— . ¡Escuchad todos! Hay que encontrar unas escaleras y una trampilla, en la esquina norte de la fábrica. ¡Vamos, rápido!

***

—Muy bien. Ven aquí. No te me escapes.

Valentina reculó con cuidado sin perder de vista el cuchillo en ningún momento. Estaban en una habitación de unos diez metros cuadrados, llena de colchones viejos, latas y basura. Había un pequeño ventanuco enrejado, con cristales rotos, por donde entraba la claridad de la noche. Era como una celda. El olor era horrible, un olor acre y repugnante, a pescado podrido, producto de todos los indigentes que hacían de ese agujero su habitación para dormir. Miró hacia la trampilla. Bien cerrada. El tío lo tenía todo muy bien estudiado. Las otras veces había actuado en garajes o descampados… Por eso había parado tanto tiempo. Para cambiar su modus operandi… Y además, otra cosa. Los pensamientos volaban en la mente de Valentina. Esa vez no llevaba la cara tapada. Las otras chicas decían que llevaba una especie de braga en la cara. Pero no ese día. Eso no le gustó demasiado. No le importaba que pudiese verlo… ¿Qué quería decir eso? Valentina observó que tenía fríos ojos azules y el pelo castaño y bien cortado. No era un hombre feo, sin embargo. Sus facciones eran correctas, atractivas incluso. Salvo la expresión de la boca, que sonreía en un rictus sádico que la alarmó todavía más. Aquel tipo era muy peligroso. El perfil tenía razón, podía ser que ya no solo le bastase con violar. Se apoyó en la pared, tropezando con algo que no pudo ver y que cayó rodando con sonido hueco. Una lata de pintura.

—Ven aquí, María. —Él se acercó a ella y la estrujó contra el muro de ladrillos, con fuerza. Las manos frías y pegajosas empezaron a manosearla, primero por la cintura, luego el pecho por fuera del sujetador—. ¿Te gusta lo que te estoy haciendo? Espero que no. ¿Sabes? A mí me gusta que las putas como tú se me resistan… —Sus labios susurraban de nuevo en la oreja de Valentina, que se estremeció de asco. Si solo pudiese librarse un momento de sus ataduras…— Vas a resistirte, ¿verdad? Es que si no lo haces, lo vas a pasar muy mal...

Los botones de la blusa saltaron por los aires con violencia. El cuchillo jugueteó con el sujetador blanco, subiendo arriba y abajo, acariciando la piel de la inspectora. Luego cortó las tiras y dejó caer las copas a los lados. Los senos de Valentina aparecieron en todo su esplendor, la blanca y tersa piel reflejaba la luz de la noche. Al verlos libres y a su merced, el Charlatán perdió la cabeza por completo.

—Dios, me encantan tus pechos, María. —La mano agarró un pezón con suavidad, mientras la lengua recorría el cuello, rozando el lóbulo de la oreja mientras hablaba. Valentina, conteniendo su miedo y su repugnancia, se movió bruscamente y frotó el pañuelo contra la pared, intentando aflojar los nudos.

—Estate quieta, María. Así. Quieta. No te muevas. O te corto el cuello, ya lo sabes. Y ahora dime. ¿Qué le haces a tu novio cuando quedas con él? Cuéntame. Una chica como tú tiene que tener novio… ¿Te come las tetas? —El violador agarró los pechos con las dos manos, apretando los pezones con intensidad. Valentina gritó muy fuerte, en parte por el dolor pero también para que los del operativo pudieran situarla.

—¡Chist! Silencio. No quiero escuchar ni un grito más. —El Charlatán le tapó la boca con la mano, mientras pegaba totalmente su cuerpo al de ella. Valentina notó la erección a través de su ropa—. Muy bien. Me sientes, ¿verdad? —Él empezó a frotarse contra ella con torpeza, subiéndole la falda hasta la cintura y clavándole la pelvis mientras gemía. Le quitó la mano de la boca y la cogió del pelo, haciéndole daño.

—Abre tus labios. Bésame. ¿No decías que te gustaba besar? Ahora vamos a comprobarlo. Quiero un beso húmedo y profundo, ya me entiendes. Un beso de ramera, venga. Demuéstrame lo que sabes hacer.

***

—¿Habéis oído? ¡Un grito, joder! ¡Eso ha sido un grito, por ahí arriba, por las escaleras de ladrillo! —La subinspectora María Varela subió las escaleras de dos en dos, con la pistola y la linterna en las manos. El resto del operativo estaba en el otro lado de la nave, peinando todo el lugar, sin encontrar nada. Las linternas parecían volar por la nave.

—¡Gorka, están por aquí! ¡Vamos, deprisa! ¡En el piso de arriba!

Los policías subieron al primer piso por las escaleras de ladrillo e iluminaron el laberinto de pasillos oscuros y rampas de hierro. No había rastro de Valentina y su captor. Un par de dinamos llenas de óxido ocupaban parte de la nave. Los gestos de desesperación de todos eran evidentes. Aquel cabrón tenía una madriguera muy oculta. Pero… ¿dónde? ¿En qué parte de la nave? El GPS decía que en la esquina orientada al norte. El Charlatán había hecho subir unas escaleras a la inspectora. Pero no encontraban ningún sitio que se ajustara a las descripciones que surgían de la radio.

Volvieron a llamar al operativo de transmisiones. Necesitaban saber cuál era la situación exacta de la inspectora en aquel momento. Era necesario actuar de inmediato. El asunto se les había ido por completo de las manos. La linterna de Gorka iluminó un rincón donde se adivinaban unas antiguas escaleras de metal forjado. Se acercó con rapidez y enfocó a lo alto. Llamó a todos los demás. Había encontrado la manera de subir. Había descubierto el sitio, gracias a Dios.

***

El Charlatán introdujo la lengua en la boca de Valentina hasta casi ahogarla. Luego le mordió los labios. La besó en un instante que a ella le pareció interminable. Era absolutamente repulsivo, como tener dentro la lengua de un reptil.

—María date la vuelta. Te voy a desatar y te vas a desnudar. Despacio. Poco a poco. ¡Sin prisas, María! Sin prisas... Quiero disfrutar de tu cuerpo mientras lo haces.

Valentina notó que la sangre volvía a recorrer sus manos al ver aflojadas sus ataduras. Respiró con fuerza y tensó todos los músculos de su cuerpo. Notó el cuchillo en el cuello. El Charlatán apretó la punta hasta traspasar la piel. El pecho de Valentina subía y bajaba con rapidez. Notó el calor tibio de la sangre bajar por la sensible piel hasta el escote.

—¿Ves? No estoy de broma. No quiero ninguna tontería por tu parte. Date la vuelta otra vez. Así... —La analizó con lujuria, recorriendo sus senos con una mirada obscena y alucinada.

—Joder, menudos pechos… Diosss. Escucha... —La voz del Charlatán se hizo más grave y entrecortada—. Quiero que empieces por arriba a desnudarte. Quítate la chaqueta, la blusa y luego lo que queda del sujetador. Despacito. Muuuy lentamente, con sensualidad. Ya me entiendes, moviéndote de forma provocativa, como las putas... Quiero excitarme mientras lo haces. Y mírame a los ojos. Quiero que te desnudes solo para mí.

Valentina obedeció. Las manos le temblaron cuando se despojó muy despacio de toda la ropa que él había dicho y la tiró al suelo. Se tapó los pechos con las manos en un gesto automático.

—Muy bien. —Palmoteó satisfecho, como un niño pequeño—. Muy bien. Lo has hecho muy bien. Ahora, quítate las manos de esos hermosos pezones para que yo pueda verlos a gusto y empieza a bajarte la faldita. Las botas y las medias quedan para el final… —Hizo una pausa y siguió hablando, entre jadeos—. ¿Llevas bragas? Espero que no…

Valentina se quitó la falda, procurando con cuidado situarse de forma que él no viese el pequeño dispositivo que permanecía pegado a su piel. Se quedó en medias y botas, las manos cubriendo los pechos de nuevo. El hombre hizo una mueca de desagrado.

—¡Quítate las manos de ahí, zorra, no quiero volver a repetírtelo!

El Charlatán se acercó a Valentina y la abofeteó con fuerza. Ella se mordió los labios, aguantando la ira. Después, con el cuchillo de nuevo pegado a su cuello, el violador empezó a lamer los senos y a morder y chupar los pezones con verdadera saña. Su mano bajó a través de las medias, alcanzando las bragas y después los labios vaginales. Valentina intentó cerrar las piernas con toda su fuerza mientras con las manos intentaba apartar la cabeza de su raptor, que mordía sin misericordia y gemía asquerosamente. Él siguió acariciando y forzando, hasta que consiguió llegar a la entrada de la vagina a pesar de la resistencia. Al notarlo, introdujo dos dedos con fuerza, sin compasión, traspasando a Valentina, que se mordió los labios de nuevo para no gritar de dolor al sentir las uñas clavadas como un garfio. Al fin paró, tras unos instantes interminables de horror, y la miró de arriba abajo con cara de triunfo. Su voz traslucía su excitación brutal, imparable.

—Venga, rápido. Desnúdate por completo. Tengo muchas ganas de saber lo que eres capaz de hacer con esa boca y esas tetas en mi polla… Está muy dura, te has dado cuenta, ¿verdad? Joder, estás buenísima. La pena es que lleves bragas. Me hubiese gustado que fueses sin ellas para mí… Da igual. Ahora mismo te las vas a quitar. A lo mejor te ato las manos con ellas… ya lo pensaré. O te las meto en la boca… Por cierto… ¿Te gusta tragar el semen? En realidad, ya lo sabes, espero que no te guste. —El Charlatán rio con fuerza, totalmente satisfecho de sus palabras—. Ya te he dicho que lo que más me pone es que te resistas… Pero tendrás que tragártelo de todas formas, como una niña muy buena… Te aviso, María. Hoy es un día muy especial. He traído Viagra por si me canso de ti pronto… No vamos a desaprovechar una oportunidad tan buena, ¿verdad? —El Charlatán paró de hablar unos segundos e hizo un gesto con la cabeza, pensativo. Chasqueó los dedos ruidosamente—. Sí señor. Ya sé lo que vamos a hacer. Cuando te quites las bragas, quiero que empieces a masturbarte. Un dedito, dos deditos… ya sabes. Todo eso. Te quiero toda mojada en un rato. Si no te mojas, te arreglaré esa preciosa cara que tienes con mi navaja, tenlo claro. —Volvió a reír su propia ocurrencia sádica—. Pero te mojarás. Vaya si te mojarás… estoy totalmente seguro. De hecho, ya lo estás… ¿O te crees que no me he dado cuenta? ¡Cuando te metí los dedos en el coño empezaste a moverte como una perra!

La inspectora se agachó sumisamente para quitarse la bota derecha. En realidad estaba harta de tanta palabrería inútil. Aquel cabrón le estaba provocando un terrible dolor de cabeza con todas aquellas barbaridades. Por alguna razón que ella desconocía, el terror había dejado paso en su cerebro a una ira que lo arrollaba todo a su paso, como un tsunami. Miró hacia el Charlatán con los ojos ardiendo de furia. Si el puto operativo no aparecía, ya iba a encargarse ella de semejante cerdo degenerado. Valentina no podía soportar ni una orden más. Notó el peso de la bota negra en su mano. Acarició el tacón afilado de diez centímetros.

Como un relámpago, la bota voló hacia la cabeza del violador, interrumpiendo su discurso. La punta del tacón se le clavó en la cara, dejándolo estupefacto. Valentina aprovechó el momento para pegarle una patada a la mano que llevaba el cuchillo, que cayó a varios metros de donde estaban ellos, encima de un colchón.

—¡Hija de puta, me cago en…!

El Charlatán se tocó el ojo, aterrado al notar la sangre en los dedos, y a continuación miró a Valentina con ferocidad. Luego, en un instante, ambos se lanzaron a por el cuchillo. Él llegó antes, con una agilidad inusitada. Valentina recibió un fuerte golpe en la cara, pero aferró como pudo la enorme mano que empuñaba el filo. El forcejeo intenso terminó con el arma de nuevo en el cuello de Valentina, que luchaba con todas sus fuerzas para evitar que él decidiera clavárselo en la yugular.

—¡Cuando te dije que me gustaba que te resistieras no me refería a esto, zorra! —La voz del Charlatán había subido varios tonos, hasta alcanzar un deje casi histérico.

Valentina hizo un esfuerzo supremo y apartó el cuchillo, revolviéndose como una pantera y doblándole la mano con la habilidad que proporcionaban muchas clases de defensa personal, provocando en el Charlatán un dolor agudo e intenso en la muñeca, que hizo caer el arma al suelo. El hombre intentó agarrar a Valentina, sorprendido por la fuerza nerviosa de su oponente. Su mano resbaló por la espalda cuando detectó el dispositivo. Lo palpó, y después de unos segundos, lo arrancó de cuajo y lo analizó, sin dar crédito a lo que veía. En un instante, lo comprendió todo. La miró con los ojos muy abiertos, arrodillado delante de ella.

—¡Joder, hija de puta. Hija de la gran puta…! ¿Qué cojones es esto? —El micrófono seguía en el medio de la palma de su mano—. ¡Eres de la policía! ¡Te voy a matar, zorra! ¡TE VOY A MATAR!

—¿Y a ti qué te parece, imbécil? ¿Me vas a matar? ¿No te gustaba que se resistieran las chicas, cabrón? —Valentina le pegó, desde el suelo, una patada fuerte en la cara con la bota que aún llevaba puesta. Se levantó con agilidad y volvió a pegarle otra patada, esta vez en medio del plexo solar. En solo un instante se bajó la caña de la bota y sacó un pequeño espray de pimienta que llevaba oculto en la pierna: lo roció sin piedad sobre los ojos y la cara lastimada del agresor, caído e indefenso. El Charlatán intentó aspirar algo de aire puro, boqueando como un pez fuera del agua, gimiendo y llorando de una forma repulsiva. La inspectora vio la luz de la luna reflejada en el filo del cuchillo y le dio un puntapié, alejándolo de él. Cogió al Charlatán por el hombro, le dio la vuelta y le asió las manos, atándolo fuertemente con los restos de su rasgada blusa de seda, sin hacer caso de las quejas agudas y cada vez más intensas del violador, cuyos ojos le ardían sin que pudiera hacer nada para calmar el terrible picor. Luego se quitó la alta bota de tacón, se puso la chaqueta por encima para tapar la desnudez de su torso y subió por las escaleras, dispuesta a abrir la trampilla. A mitad de camino se arrepintió y volvió a bajar, acercándose al hombre que yacía gimiendo, boca abajo, tirado en un colchón sucio. Se agachó, lo cogió del pelo y le levantó la cabeza con brusquedad.

—Por cierto. No me llamo María. Me llamo Valentina. Inspectora Valentina Negro. Y sí, está claro que a mí también me «pone» que se me resistan los hijos de puta como tú.

Valentina le soltó el cabello y dejó caer la cabeza sobre el colchón. El Charlatán continuó gimoteando, con los ojos irritados, intentando liberar las manos para calmar el escozor de sus heridas. En ese mismo instante, la inspectora oyó golpes en la trampilla, que se deslizó en un momento con gran estruendo escaleras abajo mientras los GOES entraban en el lugar, armados con sobrefusiles de asalto. Las linternas deslumbraron a la inspectora, que sintió un alivio indescriptible. Al fin.

—Otra cosa, cabronazo. —La voz de Valentina, al oído del Charlatán, adquirió un tono de desdén casi regio, la boca torcida en un rictus de asco—. A ver si aprendes a besar mejor. Eres realmente patético… Pero no te preocupes, siempre puedes practicar en la cárcel. Allí habrá muchos que quieran montárselo contigo. Una pena que no sean chicas indefensas… no van a ser tan apetecibles. Pero te gustará… estoy segura de ello.

Un rato después, la inspectora Valentina Negro, vestida con una sudadera gris y un amplio pantalón de chándal masculino, estaba sentada en el coche patrulla y con la puerta abierta, y una manta térmica sobre los hombros. El ojo se le estaba poniendo morado del golpe. Un enfermero le había hecho las curas del cuello, y sus compañeros la rodeaban, aún estupefactos. Le dolía el pecho por culpa de los mordiscos. Gorka le acercó una bolsa con hielo para que se la pusiera en la cara y evitase la hinchazón. Valentina respiraba con tranquilidad, intentando relajarse. Lo único que necesitaba en aquel momento era tomarse algo fuerte: un whisky, ron, lo que fuera. Y después, meterse en la cama. No, primero darse una ducha bien caliente y luego irse a la cama. Quería quitarse el olor de aquel cerdo de encima. Y también el hedor repugnante de aquel antro en donde había estado con él. Pero sabía que primero tendría que ir al hospital.

El comisario Bello se acercó para felicitarla. Le apretó la mano con fuerza. Valentina respondió, de forma bastante más débil. El bajón de adrenalina estaba dando paso a un entumecimiento que le provocaba un escalofrío tras otro. Estaba empezando a temblar y no le hacía gracia que su jefe se diera cuenta de que estaba desplomándose a ojos vista. Se quitó la bolsa de la cara. Estaba helada.

—Inspectora, su idea ha sido muy osada. Ha dado resultado, tenía razón. Y su actuación también. Enhorabuena. Pero ha corrido usted un gran peligro… Y eso no ha estado bien. Tenía que haber llevado una pistola consigo.

Valentina hizo una mueca de agradecimiento, porque en esos momentos todo su cuerpo permanecía todavía en estado de supervivencia.

—Gracias. Tenía miedo de que me viera la pistola y me la arrebatara. Eso lo hubiera hecho todo más difícil. Por fortuna ha salido bien. Un hijo de puta menos en la calle. —Valentina lo miró con seriedad y un profundo cansancio en los ojos. Se encogió de hombros, en un gesto característico de ella. No tenía ganas de hablar, presentía que lo que había vivido unos minutos antes le pasaría una factura muy dura después, cuando bajara la terrible tensión a la que había sometido su cuerpo.

—¿A quién se le ocurrió que ese cabrón iba a cambiar de barrio y de modus operandi, y no iba a actuar más en Coia?

El comisario Antonio Bello torció la cabeza, mirándola con admiración contenida.

—A mí, comisario. Bueno, no exactamente. El mérito no es mío en realidad. Lo leí en un perfil que publicó un criminólogo, Sanjuán, en el periódico el mes pasado… y me pareció brillante. —Levantó las manos en un gesto de humildad—. Solo eso. Este lugar era ideal para comenzar un nuevo ciclo… Está cerca del parque, hay poca gente y muchos sitios en donde esconderse y huir si hace falta. Además, si lo que le gustaba era actuar a la luz de la luna llena, hacerlo al lado de la ría es… podría ser… —Valentina habló con un tono de voz distinto, extraño, la mirada perdida en el silencioso discurrir del agua—, simplemente, el sitio es espectacular. ¿No le parece?

Alguien le acercó una petaca llena de whisky. Valentina Negro bebió un buen sorbo y se secó los labios tumefactos, que le picaron al entrar en contacto con el alcohol, con el dorso de la sudadera. El comisario Bello no pudo por menos de asentir en silencio. Era cierto. La inspectora tenía razón. El lugar era hermoso, y pensó en la paradoja de que tanta maldad se diera cita en él.

Primera parte: CADÁVERES EXQUISITOS

«Ya se le ha dado bastante a la moralidad, ahora les toca el turno al gusto y a las bellas artes». El asesinato considerado como una de las bellas artes, Thomas de Quincey.

Capítulo 1: Lidia

La Coruña, 4 de junio de 2010

Lidia Naveira se ató muy fuerte sus Nike con un nudo de doble lazo. Odiaba que se le desataran las zapatillas en el medio del camino, rompiendo el ritmo de carrera y obligándola a detenerse, sobre todo porque podía caer al suelo al pisar el cordón. Cogió el iPhone para elegir el listado de música que escucharía durante el entrenamiento: Lady Gaga, Beyoncé, Shakira, Katy Perry… canciones que la animaban y la ponían de buen humor. Y lo más importante: la ayudaban a despertarse y a espabilar con ritmo. Metió el iPhone en el brazalete y lo ajustó a la altura del bíceps. Estaba lista. Solo faltaba ver qué tiempo hacía.

Abrió la ventana: ya estaba amaneciendo. Eran las siete menos cuarto de la mañana. Las nubes empezaban a pintarse de un hermoso color de fuego. Al fin había dejado de llover, tras unos meses de tiempo insoportable. Así que esa mañana no tocaba chubasquero. Con la camiseta ajustada gris resultaría suficiente. No tendría clase hasta las nueve y media. Se le echaban encima las fechas de Selectividad y los profesores del Colegio Salesiano habían dejado tiempo a los que habían aprobado todo para estudiar y prepararse bien. Así que antes de ir al Colegio le daba tiempo de sobra para correr hasta El portiño por el paseo marítimo y volver, ducharse, desayunar e ir a clase. Su mente voló emocionada. Cada vez que se acordaba de sus notas, una gran sonrisa invadía su hermosa cara pecosa. Notables y sobresalientes. En cuanto se sacase el carnet de conducir, en octubre, su padre le había prometido que iba a comprarle un coche. Un coche totalmente nuevo. Por su cumpleaños. Lidia quería un Fiat 500. Eran preciosos…

El olor a café recién hecho pronto se expandió por toda la casa. Su madre ya estaba en pie, preparando el desayuno. Lidia fue a la cocina a darle un beso.

—¿No tomas algo antes de ir a correr, Lidia? ¿Un poco de café aunque sea?

—No, mamá. No tomo nada antes de hacer deporte, lo sabes perfectamente. A la vuelta. —Lidia volvió a besarla con cariño—.No llevo llaves, así que no te vayas muy lejos.

—No te preocupes. Hoy tu padre tiene que levantarse temprano también. Creo que tiene una reunión importante en la asociación de hosteleros.

—Me voy, mami. O luego no llegaré a clase a tiempo.

—Hasta luego, hija. Ten mucho cuidado, anda.

Lidia cogió el ascensor y bajó hasta el portal. Abrió la puerta y aspiró la brisa embriagadora con gran placer. El mar estaba totalmente en calma. No había casi coches aún por el paseo y solo se escuchaba algún graznido lejano de las gaviotas, y el romper de las olas, rítmicas y mansas, contra la arena de la playa.

Se apoyó en la barandilla del paseo para hacer los estiramientos. En sus oídos retumbaba Bad romance, la primera canción de la lista, la que hacía que su cuerpo y su mente se pusieran en marcha con el ritmo frenético. Estaba tan concentrada en la música que no se fijó en una furgoneta blanca con rótulos azules, bastante vieja, que estaba parada en doble fila justo delante del portal de su casa.

Cuando Lidia empezó a correr, primero despacio, pronto más y más deprisa, la furgoneta se puso en marcha lentamente. En pocos segundos avanzó por el asfalto, sin aparentar demasiada prisa. La furgoneta paró en el semáforo. Lidia la rebasó. Seguía corriendo, ajena a todo. Aún le quedaban tres cuartos de hora de entrenamiento. Tenía que estar en plena forma para las finales de baloncesto que estaban a la vuelta de la esquina, en apenas una semana. En unos segundos, el semáforo se puso en verde. La furgoneta empezó a acelerar y desapareció en la lejanía. Lidia esquivó con agilidad un baldosín roto que sobresalía sin ningún pudor y amenazaba sus tobillos delicados. Miró su cronómetro Nike: a ver si era capaz de no pasar de los seis minutos por kilómetro. Iba a hacer un día maravilloso de sol, seguro. No había ni una nube en el horizonte.

Un rato más tarde, Lidia había bajado el ritmo ostensiblemente. La cuesta la había dejado exhausta, aquel era un recorrido rompepiernas por completo. Por lo menos entonces bajaba hacia El Portiño, y el tramo que le quedaba era cuesta abajo y llano. La vuelta la haría andando, pensó, agotada. Tampoco era cuestión de matarse a primera hora de la mañana. Su estómago empezó a protestar: tenía hambre. Por la tarde podría ir al gimnasio y hacer un poco de bicicleta, se dijo, para sentirse algo menos culpable.

Miró a lo lejos con extrañeza. ¿Qué hacía una furgoneta cruzada en el medio del paso peatonal tan temprano? Parecía del Ayuntamiento. Al lado, un obrero vestido con un mono azul colocaba dos grandes sacos en el suelo, que parecían muy pesados. Lidia se acercó al trote y calculó rápidamente si tendría sitio para pasar entre los sacos y la furgoneta, para no tener que bajarse a la carretera. Sí, había un hueco bastante grande.

La joven se aproximó hasta la altura de la furgoneta y avanzó más despacio, para no tropezar con los sacos de color gris, que parecían estar llenos de cemento. Cuando consiguió sortearlos y ya iba a dejar atrás el vehículo, notó tras ella una sombra, una presencia. Solo durante un instante fugaz. En unas décimas de segundo, un golpe brutal en la cabeza la hundió en la más profunda inconsciencia.

Él miró a su alrededor para cerciorarse de que no había nadie. El lugar estaba totalmente desierto. Ni un alma a aquellas horas. El cuerpo pesaba más de lo que había previsto, pero no tardó en estar dentro de la caja del furgón. Metió también los sacos y se aseguró de que no quedaba nada tras él. Luego subió al vehículo y emprendió la marcha.

La furgoneta se alejó rápidamente del lugar. Tenía que alcanzar en poco tiempo su refugio. Antes de que la chica despertara. Así sería todo mucho más fácil. Cuando recuperase la consciencia, ya debería estar atada e inmovilizada. No quería correr ningún riesgo innecesario.

Cuando llegó a la cabaña detuvo el vehículo en la parte de atrás, oculto a la vista de cualquier curioso. Abrió la caja de la furgoneta. Allí estaba, totalmente inmóvil, con su cabello rojo ensangrentado por el golpe. Inerme ante él estaba todavía más hermosa. Acarició el pelo color zanahoria, peinándolo con sus dedos casi con cariño. Luego observó cómo el pecho subía y bajaba rítmicamente. No pudo evitar, casi con timidez de amante, acariciar el contorno de los senos. Luego le subió con lentitud la camiseta, pegada al cuerpo por el sudor. Sin duda su elección había sido la correcta.

Cogió el rollo de cinta americana plateada que tenía guardado en una bolsa de cuero. Le dio la vuelta al cuerpo de Lidia y llevó sus manos hacia atrás, pasando varias veces la cinta alrededor de las muñecas. Luego hizo lo mismo con los tobillos. Se aseguró de que estaba inmovilizada por completo. Y por fin, de la misma bolsa de cuero, sacó una mordaza de bola de color rojo, que ajustó en la boca de la joven, apretando hasta el último agujero de la correa. No quería arriesgarse a que gritase y alguien pudiera oírla.

Cuando terminó su labor, se deslizó entre los asientos delanteros para buscar la cámara que había dejado olvidada en la mochila, en el asiento del conductor.

Capítulo 2: El accidente

Benidorm, abril de 2008

La inspectora Valentina Negro miró a su compañero de patrulla mientras bajaba la potencia del aire acondicionado. Aún no hacía tanto calor como para ponerlo tan alto... Pero Alberto Muñiz era un hombre que se asaría en medio de una expedición al Ártico. El termómetro del coche indicaba que fuera estarían a unos veinticinco grados centígrados. Tampoco era un calor sofocante. ¿Qué iba a hacer con él en pleno agosto, entonces?

—Alberto, me estoy congelando. No te importa, ¿verdad? El aire acondicionado me fastidia la garganta —protestó Valentina.

—Inspectora, quítelo si quiere. Abriré la ventana entonces. Hace un calor terrible. Le recuerdo que soy de Gijón, y allí hace fresquito a estas alturas.

—Y yo de La Coruña, donde más o menos hay el mismo clima, hombre. No te pases. Y date prisa, o no llegamos a la rueda de prensa. Y ya sabes cómo me gustan... —dijo con evidente ironía.

—Odiar las ruedas de prensa es un problema muy grande si uno está destinado en el gabinete de prensa, ¿no le parece? —replicó con cierta sorna Muñiz.

Valentina bajó la ventanilla del Citröen Xsara Picasso mientras asentía con la cabeza. Era verdad. Aborrecer las ruedas de prensa y estar de jefa del gabinete de comunicaciones resultaba un tanto paradójico. Pero por otro lado no tenía queja: el puesto era un chollo, especialmente tras haber pasado unos años bastante crudos forjándose primero en Zaragoza y después en Vigo. Después del caso del Charlatán la habían premiado con la Cruz al Mérito Policial y, sin mucho disimulo, sus jefes completaron ese reconocimiento con el destino en Benidorm, confiados en que en esa plaza soleada se repondría de su encuentro con el violador múltiple. Benidorm era una ciudad relativamente tranquila, salvo los meses de verano, en los que había mucho más movimiento de turistas y también de delincuentes, por supuesto. En verano era cuando empezaba realmente la diversión.

***

La Coruña, abril de 2008

Llevaba más de veinticuatro horas sin dormir.