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Santi Osakar

Nacido en la siempre convulsa Margen Izquierda de Bilbao en 1974, Santi Osakar es periodista de formación y vocación, aunque la vida lo ha conducido por otra senda. Tras algunos años trabajando como fotógrafo free-lance, cursó un máster en Cooperación al Desarrollo que le permitió conseguir un pasaje de dos años laborales en la sede de Naciones Unidas de Buenos Aires, ciudad en la que dejó un pedazo de su corazón. Tras un corto periplo barcelonés, regresó a tierra vasca, donde se ha desempeñado profesionalmente en el campo del marketing y la documentación, lo que no lo ha apartado de su verdadero anhelo, que no es otro que el de escribir. La Estrella de Samarcanda es la primera novela de otras que actualmente están en proceso.

Además de su trabajo como escritor, Osakar divide su tiempo entre su blog eldespertarsantiosakar.wordpress.com y la consultoría de investigación social, que ha iniciado recientemente su andadura en Bilbao.

 

Octubre de 1917. La revolución bolchevique alumbra un nuevo orden en Rusia. Antes de ser forzada al exilio, la derrocada emperatriz Alejandra Feodorovna confiará a sus más fieles la custodia de un fabuloso tesoro: una auténtica fortuna cuya pieza más codiciada es la Estrella de Samarcanda, la joya más valiosa que nadie haya poseído jamás.

Casi veinte años después, Charles Waugham —veterano de la Gran Guerra y borracho en tiempos de paz— languidece en París sin mayor aspiración que la de combatir sin tregua su sobriedad antes que reconocer su fracaso como escritor. El azar le brindará la ocasión de romper amarras con su mediocre existencia, involucrándolo en la caza de los legendarios diamantes rusos por los que compiten los servicios secretos alemanes y soviéticos. Una peligrosa partida que lo llevará hasta Estambul tras un rocambolesco viaje a bordo del mítico Orient Express. El bueno de Charlie, sin saberlo ni pretenderlo, conseguirá retorcer los imbricados hilos de la historia con la sola arma de su candidez.

LA ESTRELLA DE SAMARCANDA

SANTI OSAKAR

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Primera edición: mayo de 2013

www.alreveseditorial.com

© de la presente edición, 2013, Editorial Alrevés, S.L.

Depósito legal: B. 9092-2013

Diseño de portada: Mauro Bianco

 

 

 

A mi aita, donde quiera que estés

A mi ama, por estar siempre ahí

A Covi, que nunca me falta

CAPÍTULO 1

UNA ESTRELLA EN EL PALACIO DE INVIERNO

La puerta sonó el día de Navidad de 1917, trayéndole el mejor regalo que podía desear. La abrió sin temor, casi jubiloso ante lo que preveía encontrar, pero se sorprendió al ver ante sí a un joven embutido en una desgastada pelliza de piel de cordero, con el rostro sucio y tembloroso por el intenso frío que azotaba la ciudad. Casi sin resuello, el muchacho preguntó:

—¿Es usted Sergei Antipovitch Wyrubov?

Al verlo asentir con la cabeza, el extraño visitante echó mano a uno de los bolsillos de sus raídos pantalones, del que extrajo un sobre que entregó al anciano barbudo de planta imponente que le había sido descrito.

—De parte de una amiga común que se encuentra retenida en Tobolsk.

Acto seguido, dio media vuelta apresuradamente y se dispuso a marchar. El hombre lo interrumpió:

—Un momento. ¿Quién eres, chico?

El muchacho se giró y se limitó a pronunciar un lacónico «lo siento, es peligroso» antes de trotar escaleras abajo. Preso de una incontenible emoción, se olvidó del mensajero y cerró la puerta con un sonoro estruendo. Sus manos se agitaban al contacto con el amarillento papel. No era posible, «una amiga común». Por fin, se decidió a abrir el sobre y leer la carta que contenía.

Mi muy querido amigo,

¿Cómo te encuentras? Ruego a Dios cada día para que te conserve con buena salud. Quiero agradecerte sinceramente tus esfuerzos tendentes a ponernos a mí y a mi familia a salvo en nuestra residencia de verano. ¡Qué lejos quedan los felices y tranquilos días que pasábamos a bordo del Standard! Sin embargo, el Cielo quiso que recaláramos en este infausto lugar, donde no hay embarcación alguna que nos conduzca a la libertad. A pesar de todo, hacemos cuanto está en nuestra mano por mantenernos firmes y unidos. El cautiverio no impide que procuremos llevar una vida lo más normal posible. Yo sigo dando sus lecciones de historia al zarevich, y a las niñas no les faltan sus clases de alemán. Por las tardes nos juntamos alrededor del piano y Tatiana nos reconforta con su saber hacer al teclado. Ahora, mientras te escribo estas líneas puedo contemplar desde el zaguán de nuestra modesta casa cómo los chicos levantan un muñeco de nieve. Pronto será Navidad y a ninguno le faltará su regalo.

Te estarás preguntando por qué no has recibido noticias mías hasta ahora. Has de saber que todas nuestras comunicaciones están férreamente controladas por el comisario al mando de la guarnición que nos custodia, a pesar de lo cual mantenemos un contacto regular con todos nuestros fieles amigos. Son estas notas estrictamente personales y nada comprometedoras. En tu caso, amigo mío, he preferido mantenerte alejado de la lista de sospechosos que a buen seguro han confeccionado los bolcheviques con nuestros interlocutores. Si Dios quiere, la misiva que ahora tienes en tus manos te habrá llegado de forma clandestina gracias al celo de una persona que ha arriesgado su vida para remitirla sin el conocimiento de nuestros enemigos. Comprenderás que deba mantener su nombre en el más estricto anonimato.

Recordarás, mi querido Sergei, que la última vez que nos vimos te aseguré que algún día recurriría a ti para requerirte un último y decisivo servicio a la Corona. Pues bien, ese día ha llegado. Ahora te emplazo a que honres el juramento que me hiciste aquel entonces.

En este lúgubre momento en que los revolucionarios se han hecho con el control del territorio patrio, y el caos y el terror reinan en nuestros pueblos y ciudades, nuestra amada Rusia necesita más que nunca la vuelta de su emperador. Solo el regreso de la monarquía y la guía de Nuestro Señor Jesucristo pueden liberarnos de esta ignominia. Pero, para ello, soy consciente de que necesitaremos considerables fondos para ampliar nuestra reducida lista de aliados, aglutinar bajo una misma bandera todas las fuerzas leales a la tradición y, por último, restaurar la gloria imperial. Eres tú, Sergei, quien habrá de llevar a cabo esta tarea.

Para ello te confío el tesoro más preciado que jamás haya soñado el hombre: los diamantes de la Reina. Se encuentra entre ellos el más grande y único que nadie haya visto. Su historia es igualmente singular: en 1868, nuestros ejércitos entraron en la ciudad de Samarcanda con motivo de la campaña que habría de extender nuestras fronteras hasta los lejanos e inhóspitos desiertos del Asia Central. En el transcurso de la batalla que siguió a tal acontecimiento, fue hecho prisionero Abdul Malik Tura, hijo del emir de Bujará, quien, a cambio de su liberación, ofreció la Estrella de Samarcanda, pues tal es el nombre de la joya, al General Abramov. Reza la leyenda que fue el mismo Aladino quien la robó del palacio de la esposa de algún poderoso sultán de Arabia.

Sea como fuere, a su regreso a Rusia la piedra fue entregada personalmente a la emperatriz María Alejandrovna. Afortunadamente, nunca llegaría a formar parte del Tesoro Imperial que ahora descansa en el Kremlin a merced de los rojos. Desde aquel entonces, junto con otros diamantes menores atesorados a lo largo de los años, ha ido pasando sucesivamente a las manos de cada emperatriz, sin ser jamás vista en público. Sin duda, Dios, en su infinita sabiduría, lo quiso así.

Tras tu partida de Tsarskoe Selo, yo escondí las joyas en el interior de una vieja matrioshka que, acto seguido, confié a mi joven y más fiel amiga, Silvie Sven. El mismo día que me pediste autorización para abandonar el Palacio Alejandro, yo solicité a Silvie, muy a su pesar, partir igualmente y proteger el tesoro con su vida. Las autoridades le facilitaron un salvoconducto con el que pudo dirigirse a Crimea. Hace una semana recibí una nota suya en la que me aseguraba haber alcanzado su destino sana y salva. Más aún, ha conseguido reunirse con la Emperatriz Madre, María Feodorovna, el Gran Duque Alejandro y la Gran Duquesa Xenia, el príncipe Yussupov y otros amigos.

Es en vosotros, aquellos que nos son más cercanos, nuestra familia, en quien depositamos toda nuestra confianza. El secreto de la Estrella no ha de propagarse más allá de este reducido círculo. Y tú, Sergei, habrás de convertirte en el albacea del tesoro que restituirá nuestros derechos. Sé que ningún soldado ruso se atrevería a alzar su fusil contra nuestras personas. Dios jamás permitiría tal sacrilegio. Por ello, nuestra liberación es una mera cuestión de tiempo. Sin embargo, el retorno al orden pasado será indiscutiblemente una cuestión de fondos, fondos que la venta de la Estrella y sus hermanas pequeñas nos ayudarán a conseguir. Ese será tu cometido, Sergei, hacer de estos diamantes el instrumento del renacer monárquico.

No vaciles en tratar con la calaña si ello sirve a nuestro propósito. Negocia, si es preciso, con los mercaderes judíos de Occidente. Muchos de ellos son auténticos expertos en piedras preciosas. Pero sobre todo, mantente en guardia contra aquellos que, portando nuestro estandarte, combatirán al enemigo a cambio de réditos materiales. Si algo hemos aprendido en estos infaustos días es que nuestro círculo de aliados, tanto dentro de nuestra ingrata patria como en el exterior, es mucho más reducido de lo que pensábamos. Ruego a Dios para que Inglaterra, Francia y el resto de naciones que un día llamamos amigas recuperen por fin la cordura y nos brinden su apoyo en la lucha contra el bolchevismo. Y ya que el derecho y la justicia no los incitan a actuar, que sea entonces el oro.

Siempre fuiste un gran administrador. Parte pues sin más demora, reúnete con Silvie, hazte cargo de la Estrella de Samarcanda y del resto de los diamantes, y usa el precio que logres de su venta para comprar lealtades.

Estaremos esperando. Silvie te indicará cómo podrás contactar con nosotros discretamente.

Que el Señor te acompañe y te ayude a triunfar en esta empresa.

Tu amiga, Alejandra.

Tuvo que releer aquellas líneas una vez más para convencerse de que no se trataba de una ilusión fruto del delirio o de una traición artera de sus supuestos enemigos. Pero tanto el tono de la misiva como, fundamentalmente, el trazo circular y preciosista de la escritura lo convencieron de que la mano que la había firmado era indiscutiblemente la de su reina y amiga Alejandra Feodorovna, emperatriz de todas las Rusias.

Las palabras de la mujer a quien había declarado lealtad eterna lo retrotrajeron a los todavía recientes días de octubre en los que todo su mundo se hizo pedazos con la fuerza de un suspiro. Un mes para él infausto que consolidó el triunfo revolucionario en su amada patria y que, en cierto modo, marca también el inicio de esta aventura.

Aunque, en realidad, todo comenzó unos meses antes de tan cacareada fecha. Mientras un ejército de millones de mujiks hambrientos se dejaba matar en el frente oriental en plena Gran Guerra, la autocracia zarista daba sus últimos coletazos, zarandeada por el peso de sus crímenes. La población rusa había sobrepasado ya el límite de su resistencia y, hastiada de vivir condicionada por la ineficacia de un inepto Nicolás II, estaba preparada para tomar las riendas de su propio destino.

De nada habían servido las tímidas aperturas del pasado. Desde que en 1861 Alejandro II decretara su emancipación, ya no había siervos cultivando el trigo que el hambriento Oso regalaba a Occidente y del que privaba a sus súbditos. Pero ¿qué puede un hombre libre si su estómago gruñe famélico? La represión a sangre y fuego de las ilusiones de 1905 había dado a luz una Duma representativa de una voluntad popular que continuaba cercenada. Pero ¿qué puede un voto ante los fusiles de la intolerancia?

El pelele de los Romanov y su camarilla no podían disimular su desprecio por la chusma, y sería la chusma la que los barrería en su camino hacia la libertad. Pero hubo de ser la guerra —qué si no— el instrumento desencadenante de la revuelta. En agosto del 14, la enfermedad militarista que azotaba Europa también contagió a Rusia, que salió en defensa de sus hermanos serbios contra la agresión austríaca y alemana. Tres años de ininterrumpida matanza habían colmado el vaso de la paciencia de los sufridos hijos del moribundo imperio que instaurara aquel terrible Iván, quien inauguró un modo despótico de ejercer el gobierno destinado a perdurar, sin grandes cambios, hasta 1917.

Aquel invierno bélico estaba siendo particularmente gélido. Las temperaturas en el rusificado Petrogrado —atrás había quedado el nombre de San Petersburgo por mor del propagandístico odio hacia el teutón— y Moscú habían descendido a cuarenta grados bajo cero. Escaseaban el pan y el carbón. Los miserables padecían ante la mirada indiferente de quienes habían amasado fortunas al socaire de la guerra.

Pero no solo se helaba el pueblo, también la maquinaria del Estado. El zar continuaba preso de consejeros exaltados y reaccionarios, nulificada su personalidad por la de su esposa, Alejandra Feodorovna, una iluminada retrógrada convencida de estar llevando a cabo una misión divina, conduciendo a su patria adoptada a la ruina. No existía en Rusia burguesía capaz de impulsar los cambios que adormecieran los reclamos de la población. Irrelevante se demostraba la oposición política, tanto las derechas como las izquierdas, ante el desesperado cariz que tomaba la situación. Todos quedaron borrados por la marea de la historia, por el embate de los que nada tienen que perder pero sí todo por ganar. La hora de los enjambres de desesperanza había sonado.

Así, de mero objeto, la masa devino sujeto. Las jornadas de febrero del 17 constituyen uno de esos momentos excepcionales en los que la multitud anónima cobra vida y, con su sacrificio, se burla de los caminos artificiales de la evolución humana que siempre trazan actores alejados de quienes han de recorrerlos desde el sufrimiento. Es la revolución.

La explosión que hizo hervir el aterido corazón de la ciudad de Pedro fue espontánea, liderada por el cerebro común de los misérrimos. Ningún partido o dirigente político se situó al frente de la masa. La burguesía liberal no quería oír hablar de revueltas. Los cabecillas revolucionarios se pudrían en el exilio o en las prisiones de Siberia. Como suele ser habitual en estos procesos, el detonante obedeció a un cúmulo de casualidades: el recrudecimiento de las huelgas ante la amenaza de cierre de las fábricas Putílov, el malestar de las mujeres ante la falta de comida, el hartazgo, en definitiva.

En las calles del barrio obrero de Viborg, los gritos de «Abajo la autocracia» y «Abajo la guerra» comenzaron a mezclarse con los ya acostumbrados de «Queremos pan» y «No tenemos nada que comer». Para el día 25 la huelga se había generalizado en la capital, recibiendo el apoyo de los estudiantes. En su camino hacia el centro de la ciudad, la turba cruzó el helado río Neva, evitando así unos puentes fuertemente custodiados. Atemorizado ante la que se avecinaba, un Nicolás II recién regresado de uno de sus frecuentes períodos vacacionales exigió el fin de los disturbios. La guardia del zar actuó sin escrúpulos, acostumbrada a derramar la sangre de los indefensos. Por el contrario, los numerosos soldados acantonados en la ciudad, veteranos del frente, se mostraron indecisos ante los ruegos de las mujeres que apelaban a sus conciencias de hijos del pueblo. Nadie mataría a una madre que lo interpela con angustiosas súplicas. Incluso los cosacos, antaño feroces peones de la violencia zarista, se abstuvieron de alzar sus armas contra la protesta. Aquella especie de patetismo heroico, conjugado con los lamentos de la desesperación, se asemejaba a las escenas vividas en el Montmartre parisino de 1871. En aquel entonces se parió la Comuna, ahora se gestaba todo el maldito siglo XX. Momentos engullidos por la historia, de los que apenas se recuerdan los años en los que se produjeron: 1789, 1830, 1848, 1871, 1917 y los que seguirían. Distintas combinaciones de números que inundaron el mundo con lágrimas de justicia, hoy convertidos en material de examen para sufridos estudiantes.

Sin embargo, el día siguiente amaneció con sangre: decenas de personas cayeron bajo las balas de las ametralladoras de los guardias, a pesar de lo cual la multitud seguía afluyendo en revoltosa procesión desde la periferia hacia el centro de la ciudad. En contraste con la actitud dubitativa de los delegados obreros, la masa no parecía dispuesta a cejar en su empeño, como lo demuestra el incendio del Palacio de Justicia. Por toda medida política, el zar se limitó a disolver la Duma, con lo que demostraba su nula intención de ofrecer siquiera un mínimo de reformas que apaciguaran los ánimos. El Romanov apostaba por la represión violenta sin concesiones, una resolución del problema tradicionalmente radical, y que pudo haber tenido éxito de no haber mediado una circunstancia inesperada. Para triunfar en una estrategia militar se debe contar con la fidelidad del estamento armado, y eso fue precisamente lo que le faltó al monarca ruso en la encrucijada de la revuelta. El antiguo ejército de los zares tomó partido por la revolución.

La tarde de aquel domingo 26 continuó con la tónica de la mañana. La guardia zarista, atrincherada en la orilla izquierda del canal Catalina, acribillaba a la multitud, cuando, inesperadamente, soldados pertenecientes a la compañía Pavlovski hicieron igualmente uso de sus armas, pero no contra los manifestantes, sino contra los mismos guardias. Este incidente dio un giro a los acontecimientos. La soldadesca se había posicionado a favor del pueblo y tamaño acto de indisciplina requería ya de un paso más decisivo, amotinar al resto de unidades del ejército. En las horas siguientes, la insubordinación prendió como un reguero de pólvora, propagándose por todas las guarniciones de la ciudad. En calles y plazas se repetían escenas de júbilo protagonizadas por grupos de soldados confraternizando con los obreros.

Ante la falta de reacción de una Duma silenciada, mantenida hasta entonces prudentemente al margen, resurgió entre la clase obrera la institución del sóviet, ya experimentada en la revolución de 1905. Creación espontánea de los propios trabajadores, los sóviets o consejos eran el resultado de las elecciones de delegados obreros en sus propios lugares de trabajo. Las cárceles fueron asaltadas y liberados los presos políticos, entre ellos militantes mencheviques y bolcheviques que corrieron a sumarse a la rebelión. Los primeros, corriente mayoritaria entre la oposición a la monarquía, se dirigieron al Palacio de Táuride, sede de la Duma, donde constituyeron un primer Comité Ejecutivo Provisional y convocaron la primera reunión del Sóviet de Petrogrado. Los segundos, conscientes de su inferioridad, se fundieron con las organizaciones obreras, reforzando la agitación revolucionaria. La resistencia de las últimas tropas leales, bajo las órdenes de un desbordado general Kabálov, duró muy poco. La recia fortaleza de Pedro y Pablo capituló sin disparar un solo cañonazo. Fuera de la capital, Moscú cayó de un suspiro en manos de los insurgentes. Por las provincias, la revolución se extendió gracias al telégrafo, provocando la inmediata adhesión, espontánea o fingida, de quienes ostentaban algún cargo de responsabilidad. El cambio de chaqueta político estaba a la orden del día y no era extraño reconocer en el reaccionario de ayer al ferviente revolucionario de hoy. La izada de la bandera roja había puesto punto y final al Antiguo Régimen.

Ahora bien, los pobres y los desesperados habían dado el triunfo a la revolución, pero fue la burguesía la que recogió sus frutos. Los mencheviques urgieron a los liberales y a su líder, Miliukov, a hacerse cargo del Gobierno provisional. De hecho, de no haber accedido a tan generosa oferta, muy posiblemente habrían sido linchados allí mismo por las tropas amotinadas. De este modo, se dio oxígeno a una alcanforada Duma que emprendió la onerosa tarea de restablecer el orden y formar un Gobierno adaptado al nuevo viento que soplaba en Rusia. Tales movimientos eran, a juicio de los mencheviques, necesarios a fin de obtener la legitimidad y aceptación por parte de las potencias aliadas, que favorecieron la solución liberal evitando toda injerencia proletaria a través de los sóviets. A fin de cuentas, tanto a ingleses como a franceses los guiaban los únicos deseos de mantener a su aliado eslavo en la contienda, aliviando las presiones en el frente occidental, y erradicar la más mínima posibilidad de triunfo de una revolución socialista susceptible de reproducirse dentro de sus fronteras. Así fue como ambas instituciones, Gobierno provisional de carácter burgués y sóviet netamente proletario, coexistirían en lo sucesivo, pasando de la cooperación mutua a la confrontación abierta y determinando el curso político del país hasta la toma del poder por parte de los bolcheviques.

¿Y el zar? A lo largo de aquellos días, un impotente Nicolás II quiso infructuosamente regresar a su palacio natal de Tsarskoe Selo a fin de poner en marcha un desesperado intento de retomar el poder. Sin embargo, todas sus iniciativas tendentes a enviar a la capital tropas desde el frente fueron en vano, abandonado ya por el ejército e incluso por el alto mando. Desde su cuartel general del frente septentrional en Pskov, recibió las noticias de la constitución del nuevo Gobierno y la sugerencia de abdicación por parte de sus más estrechos consejeros. Viéndolo todo perdido, el zar pensó ceder el trono a su hijo, pero la salud del zarevich, afectado de una hemofilia incurable desde su nacimiento, no lo aconsejaba. Finalmente, decidió renunciar en favor de su hermano, el gran duque Miguel.

Aquel rey destronado, víctima de su propia intransigencia y obcecación, se aferraba a una quimérica supervivencia de la monarquía. De nada le servía designar sucesor alguno, toda vez que la realidad revolucionaria lo había despojado de cualquier autoridad. Y quien ahora la ostentaba no albergaba el menor deseo de prolongar por más tiempo el viejo orden. El secular zarismo había dejado de existir.

Había bastado una leve sacudida del árbol para hacer caer la manzana en descomposición que resultó ser el anterior régimen. Dos minorías sociales se jugaban ahora la partida del futuro ruso. En efecto, mientras los campesinos vegetaban en sus tierras o morían en el frente, la aristocracia, consumida por su propia decadencia, siguió el destino de su zar. Así pues, quedaban frente a frente la burguesía y la clase obrera, cuya coincidencia de intereses posibilitó su triunfo. Como en episodios revolucionarios anteriores, la primera usó a la segunda como vanguardia de choque para la obtención del poder. Con una decisiva salvedad en el presente caso: la debilidad estructural de esta clase liberal burguesa, que la incapacitaba para imponer sus dictados a su antagonista proletaria.

Los siguientes meses serían testigos de una singular pugna que haría las delicias de todos aquellos empeñados en trazar analogías temporales. La arena política de la nueva Rusia basculó entre dos facciones socialistas, suerte de rémora de girondinos y jacobinos de otras épocas y lugares. Así, los mencheviques encabezados por Kerensky, con el apoyo de su mayor raigambre popular, se esforzaron en mitigar cualquier veleidad revolucionaria sustituyendo su acervo socialista por una servil subordinación a la burguesía y, sobre todo, al aliado franco-británico. Su implantación de una república liberal contó con el apoyo de la Entente en cuanto el nuevo Gobierno salido legalmente de la Duma se comprometió a mantener a Rusia en la guerra.

En el lado opuesto, un menguado Partido Bolchevique abrazó la causa pacifista, que conjugó hábilmente con la bandera de la tierra para los mujiks. Ambas armas le valieron el gradual apoyo de las masas urbanas y campesinas, estas últimas tradicionalmente opuestas a cualquier experimento socialista. Hubo un hombre que llevó estas reclamaciones a su extremo, transformando su organización de facción residual a fuerza dominante. Su porte insignificante aunque taimado y sus modos apacibles le conferían el aspecto de un librero. Sus continuas estancias en el exilio habían hecho mella en su salud, pero no en su determinación, que permanecía intacta. Respondía al patronímico de Ulianov, pero todos lo conocían como Lenin. Incansable, intransigente, implacable, Lenin estaba convencido de que la estrategia menchevique de fidelidad al procedimiento marxista de toma del poder —con parada indefinida en un estadio burgués capitalista que Rusia se acababa de inventar— condenaba la revolución a una muerte lenta.

En el frente, la ofensiva de junio-julio acabó en desastre militar, cuya consecuencia última fue un nuevo levantamiento popular, esta vez aplacado por un Gobierno cada vez más inclinado a la derecha. El ejecutivo estaba encabezado ahora por un Kerensky definitivamente acomodado en la reacción y la persecución del cada vez más influyente Partido Bolchevique, que acabó por ganarse el control de los sóviets y, por ende, la animadversión de la Duma. La represión a que se vieron sometidos sus militantes en aquel final de verano indujo a Lenin a apostar por la insurrección armada. El 10 de octubre, el futuro fundador de la Unión Soviética se presentó ante sus acólitos en el Instituto Smolny, antigua escuela para los niños de la aristocracia reconvertida en sede del Sóviet de Petrogrado, tocado con una peluca y con el rostro completamente afeitado. Con un aire más bonachón que nunca, pidió y consiguió la aprobación del Comité Central del partido para emprender el camino hacia la dictadura del proletariado.

Al otro lado de la barricada, el Gobierno Kerensky aceleró su degeneración convirtiéndose en un espejo del zarismo más corrupto e ineficaz. Carente de rumbo y privado de toda perspectiva histórica, Kerensky acabó padeciendo, a juicio de algunos, una auténtica «neurastenia política». En resumen, el Gobierno provisional no fue capaz de aplicar reforma o cambio sustancial alguno con respecto al anterior régimen durante los siete meses en los que ostentó el poder. Esta dejadez no pudo sino acarrear el lógico rechazo de todo el espectro político, desde las derechas a las izquierdas, pasando por un ejército que se abstendría de alzar su brazo en defensa de unos dirigentes que lo habían condenado al abandono. Pero mayor era el rechazo de la clase trabajadora, cuyo hartazgo la empujó a abrazar la causa bolchevique en el momento decisivo.

La incautación de las imprentas del partido de Lenin por parte de las autoridades se convirtió en una excusa tan buena como cualquier otra para dar inicio a las hostilidades. Desde la fortaleza naval de Kronstadt, escenario de pasadas y venideras insurrecciones, los irredentos marineros del crucero Aurora se adentraron en las aguas del Neva para dar el pistoletazo de salida hacia el futuro soviético. Una vez en la ciudad, el buque de guerra impidió el alzamiento de los puentes del río, que hubiera obstaculizado el paso de los obreros desde los barrios de Viborg hacia el centro. Por su parte, un Trotsky de rostro mefistofélico ya se había ganado el apoyo de la guarnición del fortín de Pedro y Pablo, cuyos cañones dominaban estratégicamente el Palacio de Invierno, donde se atrincheraban los incrédulos miembros del Gobierno. En la madrugada del día 25 se ocupaba la Central de Telégrafos y de Correos, el Banco del Estado, así como las principales estaciones de la capital. Con Kerensky huido, la famosa salva del Aurora desde el canal anunció el asalto a la antigua residencia del zar. El ejecutivo se rindió pacíficamente. El golpe se había llevado a cabo con una facilidad inaudita, casi anecdótica. La falta de oposición la hizo incruenta, «como si en vez de una revolución no se hubiera producido más que un cambio de guardia», apuntaría Sujanov más tarde.

Sin duda, la más extraña de las revoluciones. La tarde anterior, mientras los bolcheviques tejían sus redes y el Gobierno daba sus últimos estertores, lo más granado de la sociedad petersburguesa se agolpaba en la Ópera para aplaudir a Chaliapin en Don Carlos. Concluida la obra, los espectadores volvieron a sus hogares, encantados con la actuación del afamado bajo e ignorantes de que despertarían al nacimiento de un nuevo mundo.

Entre esa exultante concurrencia se encontraba un tal Sergei Wyrubov, que, precisamente en el amanecer del día 26, comenzó a temer seriamente por su vida. Como cada mañana, había abandonado su lujoso apartamento de la calle Liteini para desandar el tramo de la Perspectiva Nevsky que lo separaba de la catedral de Nuestra Señora de Kazan, donde diariamente buscaba el refugio espiritual y el consuelo divino del que se veía privado en un exterior convulso y amenazador. La gran avenida imperial presentaba aquel día un aspecto inusitadamente calmado, casi irreal por la falta de toda actividad humana. Una lluvia ligera comenzaba a disipar la persistente niebla de la madrugada y la quietud que se respiraba contrastaba con la relevancia de los acontecimientos de la jornada anterior, de los cuales había tenido conocimiento a través de las llamadas telefónicas que desde el Palacio de Invierno le anunciaron la caída del Gobierno. Sergei Antipovitch Wyrubov tenía buenos motivos para sentirse intranquilo. No en vano había sido uno de los más cercanos consejeros del zar y una de las figuras políticas que con más virulencia se había enfrentado al Partido Bolchevique.

Al pasar por la Biblioteca Imperial, su mirada se detuvo por un instante en la estatua de Voltaire y se le dibujó instintivamente una sonrisa sardónica en su rostro. En su época de estudiante en la Sorbona había devorado, con el ansia de saber propia de la juventud, la obra del librepensador francés, y no ocultaba su orgullo ante el empeño que Catalina II mostró a la hora de edificar aquel templo del saber en su ciudad natal, un edificio que acogía los manuscritos del enciclopedista Diderot o los archivos de la Bastilla. La Rusia del finisecular atraso intelectual parecía avanzar hacia la Ilustración y el imperio del saber que ya reinaba en Occidente. Pero ya se sabe que una elegante fachada no siempre acoge un interior igualmente hermoso. Wyrubov sabía que tras el fatuo ornamento artístico de la ciudad de Pedro subyacía un fondo de analfabetismo e ignorancia que había de ser combatido con reformas graduales pero decididas. Por ello, desde el París donde recibía la educación propia de los privilegiados rusos, aplaudió las tímidas políticas liberalizadoras de Alejandro II y sus esfuerzos legisladores en pro de la abolición de la servidumbre. El propio Wyrubov provenía de una familia noble que años atrás no disimuló sus simpatías decembristas cuando recibió con júbilo el a la postre baldío intento de entronización del hermano de Nicolás I como monarca constitucional.

Sin embargo, sus ideas liberales se ahogaron en el pozo de descontento causado a raíz del asesinato en 1881 de aquel zar reformador a manos de los anarquistas de la Narodnik. El vuelco ideológico que generó el luctuoso suceso en el joven e influenciable Wyrubov lo impulsó a abandonar sus estudios en Francia y regresar a su hogar empujado por un confuso deber patriótico. Lo cierto es que no lograba comprender cómo los esfuerzos de Alejandro por convertir Rusia en una monarquía moderna habían recibido como recompensa el más abyecto de los crímenes, el magnicidio. Sin duda, el pueblo llano no se encontraba preparado para el regalo que quiso ofrecerle el rey caído. Si aquella banda de alocados nihilistas que soñaba con la abolición de la propiedad y del Estado era capaz de acabar con la máxima autoridad del país, bien podría hacer prender la llama de la insurrección entre aquel hatajo de ingratos miserables que componía el grueso de la población rusa.

Con veintidós años recién cumplidos, Wyrubov entró como ayuda de cámara al servicio de Konstantin Petrovich Pobedonostsev, procurador del Santo Sínodo y tutor del recién nombrado emperador Alejandro III y su hijo Nicolás. De Pobedonostsev, su joven protegido obtuvo un acelerado adoctrinamiento en el más ajado de los conservadurismos y en los valores últimos de la reacción. Su carácter se amoldó perfectamente al temor del nuevo déspota ante cualquier veleidad reformadora. Abrazó la causa paneslavista convencido de la urgencia de salvaguardar a la Santa Madre Rusia de los turbadores vientos de cambio que llegaban desde Occidente hasta un Oriente desprotegido y necesitado de la recia tutela de la autocracia. A la muerte de su mentor, y con Nicolás II aupado al trono, su destino quedaría ya ligado a la familia Romanov al ser nombrado oficiosamente tesorero imperial. Un cargo al que se hizo acreedor no tanto por méritos académicos como por falta de verdaderas mentes lúcidas para la gestión administrativa del Estado entre la banda de consejeros chupatintas y oportunistas que revoloteaban alrededor del joven zar.

La temprana muerte de su esposa, a consecuencia de una neumonía tardíamente diagnosticada, lo animó a instalarse permanentemente en Tsarskoe Selo, donde desarrollaría una profunda complicidad con la emperatriz. Los severos rasgos germanos de la zarina le recordaban aquellos que con tanta fruición contemplaba en el busto que atesoraba de su admirada Catalina II. Ambas mujeres compartían tanto país de origen como determinación en la defensa de su patria adoptiva. La continuidad en el trato y las intermitentes charlas que sostenían vieron aumentar la veneración que Wyrubov sentía por la Feodorovna. Verdaderamente, de venéreos se podrían calificar los pensamientos que hacia ella dirigía, voluntariamente privado como se encontraba de todo contacto femenino. Se trataba de un controlado deseo platónico hacia la figura que representaba todas las cualidades de la Rusia que él amaba. Desde luego, era inconcebible que los religiosamente obcecados sentidos de la zarina advirtieran los sentimientos que le profesaba su amigo y súbdito. Para ella, él era uno de tantos confidentes en quien depositar sus limitadas reflexiones acerca de la política, Dios, la vida, la muerte o cualquier otro tema mundano. En él, ella despertaba su devoción hacia la divinidad patria, a veces trocada en apetito sexual.

Toda una vida en la Corte había hecho de Sergei Wyrubov un estricto servidor de la monarquía, el funcionario por excelencia, entregado por entero a su labor. Su semblante se había tornado grave, el rostro cubierto por una poblada barba cana, el cabello tan lacio y blanco como el color de su firme político. Gustaba de verse como la viva imagen del legendario héroe Bogatir, la versión eslava de Lancelot, tal como lo representó Mijail Vrubel en un hiperbólico cuadro. Majestuoso, fornido en la desproporción, desafiante sobre una montura cuyos estribos acarician las copas más altas de los árboles. Wyrubov sentía fluir en sus venas el espíritu del mítico guerrero, fiel valedor de las tradiciones, del honor y de la razón de la espada.

La revolución de febrero no supuso mayor sorpresa para él —en realidad, para nadie—, pues abscesos insurreccionales habían erupcionado y seguirían haciéndolo sobre la piel del oso ruso. Lo que verdaderamente inquietó al fiel monárquico en aquella ocasión fue el abandono institucional al que se vio sometido el zar. Acompañando a la angustiada emperatriz en el Palacio Alejandro del complejo residencial de Tsarskoe Selo, recibió atónito la noticia de la abdicación de su rey. Por un instante, confió en que su hermano Miguel lograra hacerse con el destino del imperio y calmar los ánimos revolucionarios aceptando la instauración de un régimen constitucional. Pero todo fue en vano. Los apoyos con los que Nicolás II hubiera podido contar se esfumaron tan rápido como la esperanza del sostenimiento de un régimen que se desintegró como un soplido en una tormenta.

Aquellos días en la residencia imperial constituyeron una auténtica pesadilla para los allí congregados. Aislados del resto del mundo, ignorantes de cuanto acontecía en el exterior, se sabían presos sin condena previa. Una desbordada emperatriz, ataviada con un conjunto blanco de enfermera, atendía sin descanso a sus hijos enfermos, en especial a Tatiana, aquejada de una neumonía que mantuvo en vilo a un Wyrubov asaeteado de malos recuerdos. Finalmente, el conde Benckendorff y él consiguieron ponerse en contacto con Rodzianko, el presidente de la Duma, quien envió al general Kornilov como interlocutor con la misión de evaluar la situación en palacio. Las intenciones del nuevo Gobierno quedaron meridianamente claras cuando, tres días más tarde, Kornilov repitió visita para poner a la emperatriz bajo arresto domiciliario. Todos los integrantes del séquito de la familia imperial fueron invitados a irse o quedarse, según fuera su elección. Por supuesto, su alma caballeresca apresuró a Wyrubov a aseverar que su vida estaba a disposición de su señora y reina, a la que no abandonaría bajo ningún concepto.

Cuando, al día siguiente, el depuesto zar logró llegar tras numerosas vicisitudes a Tsarskoe Selo, Wyrubov tuvo la ocasión de maravillarse ante el espectáculo del derrumbamiento súbito de la institución a la que había dedicado toda su vida. Al cruzar las puertas de entrada al Palacio Alejandro, un guardia espetó al recién llegado: «¿Quién va?»; a lo que el interpelado respondió con voz atiplada: «Nicolás Romanov». El gesto pusilánime del rey destronado constituía la muestra palpable de la fragilidad y la evanescencia de esa Rusia que él creía imperecedera. Los días siguientes transcurrieron en una especie de sopor nervioso. El singular grupo de reclusos se reunía en el Salón de Té al calor del samovar, una representación ajustada de la familia ordinaria rusa quemando las horas de un indolente domingo. La inactividad y la indefinición hacían mella en el estado anímico de todos, pero muy especialmente de Wyrubov, quien, como buen adalid, rezongaba indisimuladamente ante la ausencia de respuesta a la adversidad.

Pronto le llegaría la oportunidad de mostrarse útil. A comienzos de abril recibieron la sorpresiva visita del príncipe Lvov, presidente del nuevo Gobierno provisional. Contrariamente a lo que cabía esperar, no mostró interés en hablar con el zar, sino que, reunidos en el Gran Salón, dirigió toda su atención hacia el mismísimo Wyrubov, a quien propuso, recordando sus brillantes servicios al Estado, unirse al recién nombrado ejecutivo en calidad de Secretario del Tesoro. El dilema quedaba planteado: unir su destino al de la familia imperial o aprovechar la oportunidad de servir a su patria una vez más. Unas breves palabras de su soberano zanjaron la cuestión:

—Sergei, amigo mío, Rusia te necesita en estos momentos de crisis. Aquí no puedes hacer nada.

Nunca volvió a escuchar la voz del último de los Romanov. Ahora, tan solo le quedaba despedirse de Alejandra, a quien encontró descansando en su tocador opalado de la Sala Malva. Las presentes tribulaciones habían repercutido en su físico, que parecía ahora marchito y fláccido. Sin embargo, a pesar de la lividez de su rostro, la mirada permanecía lúcida, plena de la determinación que mostrara antaño cuando se le ofrecía a la vista, encantadoramente embozada en sus vestidos de verano estilo imperio. Su fidelidad a la monarquía descansaba sobre la base del amor que profesaba a su emperatriz. Porque no había duda, amaba y amaría siempre a esa mujer.

Desde la ventana abierta de la habitación llegaba el perfume de las flores de tilo que, mezcladas con el amargo aroma del comino seco que envolvía la estancia, anunciaba la llegada de la primavera y el fin de una época de libreas, lujos y autoridad divinamente emanada. Como era costumbre entre los miembros de la Corte, hablaron en francés. Voltaire debía de estar revolviéndose de gozo en su tumba, pensó Wyrubov.

—Majestad, he venido a anunciaros mi marcha. Las autoridades de Petrogrado reclaman mi presencia.

—Lo sé, mi querido Sergei. —Realmente, no sabía—. Has de hacer lo que mejor conviene al imperio en este tiempo de zozobra.

—Mi señora, parto con sumo dolor sabiéndoos a merced de la chusma.

—Es el mismo Dios quien nos está poniendo a prueba, Sergei. —Oírle pronunciar su nombre de pila por segunda vez consecutiva lo estremeció—. Debemos ser fuertes y encarar la desgracia con entereza. Quiera el Cielo que llegue pronto el día en que la monarquía regrese para salvar a nuestra patria del caos. En ese momento, amigo mío, habré de solicitar tu ayuda.

—En cualquier instante, en cualquier lugar, Majestad. —Se inclinó para besar su mano y aspirar el halo profético que despedía. Aquel revelador misticismo era todo lo que él necesitaba para mantener la esperanza. Fuera la premonición o fuera la demencia la que hablaba por su boca, él no habría de fallarla.

Así fue como Sergei Wyrubov abandonó la residencia y familia imperiales para trasladarse de nuevo a la capital. Acometió sus responsabilidades en el Gobierno con una calculada negligencia que, a decir verdad, pasó desapercibida entre el enredo burocrático que afectaba a toda iniciativa que ponía en marcha el gabinete de Lvov. La sustitución de este por Kerensky tras la desastrosa ofensiva de julio no mejoró en absoluto las cosas. Por descontado, Wyrubov apoyaba los esfuerzos de guerra, pero estaba convencido de que el Gobierno provisional habría de llevar a Rusia al desastre. De ahí su indiferencia ante cualquier derrotero que pudiera tomar la situación política. En su opinión, ya solo existía un modo de salvar a la patria: un acto inspirado por Dios, un cataclismo bíblico que diera paso al renacer de una Rusia en comunión con la sagrada imagen. Por de pronto, debía hacer cuanto estuviera en su mano por salvaguardar la integridad de los Romanov.

De este modo, consiguió convencer a Kerensky de la necesidad de trasladar a los «prisioneros del Estado» lejos de San Petersburgo. Por más que le desagradara la presencia de aquel hombrecillo tocado con la gorrita de proletario, hubo de reconocer que el líder menchevique había dado un interesante giro ideológico que Wyrubov bien podría aprovechar para sus propios fines. La propuesta de un exilio acomodado en Livadia, la residencia favorita del zar a orillas del mar Negro, en Crimea, pareció ser bien recibida por el antiguo social-revolucionario. Allí, pensó Wyrubov, estarían alejados de los rigores del invierno y, en todo caso, era el emplazamiento ideal para planear una hipotética salida del país. O una posible restauración del viejo orden.

A pesar de la rigurosa censura que afectaba toda comunicación con Tsarskoe Selo, Wyrubov se arriesgó a enviar varias notas a la emperatriz anunciándole sus intenciones. Ella le respondió agradecida, deseándole doushevny mir, paz del alma. Los preparativos para la marcha se iniciaron y todo hacía prever una tranquila mudanza. Nada más lejos de la realidad. En el mismo momento de la partida, la guardia del Palacio Alejandro recibió contraorden de embarcar a la augusta familia en un tren especial —con vagones de primera y coche restaurante— con destino a Tyumen. De allí, tomaron un vapor hasta Tobolsk, dejando anecdóticamente atrás la villa de Pokrovskoye, lugar de nacimiento del mismísimo Rasputín, quien, al parecer, había preconizado a la emperatriz que algún día sus pasos la dirigirían hasta allí.

Cuando recibió la noticia de que la familia imperial se encontraba prisionera en Siberia, Wyrubov montó en cólera. Acusó públicamente a Kerensky de ser un simple peón en manos de los sóviets y presentó su dimisión inmediata. Se recluyó en su casa a la espera de una señal, la señal. Intuía que sus movimientos estaban siendo vigilados, pero sabía que nadie prestaría excesiva atención a las actividades de un viejo servidor de la monarquía privado de influencias entre los nuevos detentadores del poder. Sus escasas amistades en la Duma lo mantenían puntualmente informado del devenir político en la ciudad. Acogió con esperanza el putsch de Kornilov, aunque desconfiaba con razón de la excesiva egolatría de los militares. Sus Cruces de San Jorge no obedecían a más zar que su propia ambición. No, la degeneración debía continuar hasta alcanzar su paroxismo.

Así, en aquella húmeda mañana del 26 de octubre, mientras dejaba atrás la estatua del fatídico francés, se dijo a sí mismo que el día había llegado. Entró en la catedral y rogó a Cristo que intercediera por su amada Rusia.

Llegó el invierno sin que ningún bolchevique llamara a la puerta de su casa. Lo enrabietaba de un modo infantil que ningún rojo sediento de sangre se acordara del peligroso contrarrevolucionario que Wyrubov escondía en su interior. ¿Acaso él no era merecedor del denigrante trato que los soviéticos reservaban a todo aquel que se guiaba por la decencia? Toda la agitación que percibía desde su domicilio se limitaba al monótono ajetreo de las troikas y otros trineos que surcaban el manto de nieve que ya cubría la Perspectiva Nevsky. Su vida de anacoreta parecía pasar desapercibida. Subsistía vendiendo algún objeto de valor a los escasos mercaderes que aún se arremolinaban bajo las arcadas del bazar de Gostinnor Dvor. Ningún guardia rojo prestaba la menor atención a esos pequeños trapicheos. Decididamente, la represión bolchevique tardaba en desatarse. Muy probablemente, Lenin y su camarilla dedicaban la totalidad de sus esfuerzos a buscar una paz humillante con Alemania. A pesar de la escasez de alimentos, no tenía mayor problema en agenciarse diariamente un par de arenques y algo de mijo que cocía en agua antes de llevarlo a la boca. Por lo demás, aquellos días transcurrieron sin grandes sobresaltos.

Así fue, al menos, hasta el momento en que aquel muchacho llamó a su puerta en el día del nacimiento de su señor Jesucristo para hacerle entrega de la carta que iba a cambiar lo que le quedaba de vida para siempre. Volvió a leerla una vez más, convencido ya de que se trataba de la señal divina que había estado aguardando. Un maravilloso cuento de hadas, descabellado y excitante a un tiempo. La princesa solicitando al abnegado caballero el hallazgo del Grial, la búsqueda del tesoro, la batalla por la liberación de un reino subyugado por las malas artes del perverso mago bolchevique. Aun así, qué mayor honra para el bogatir que montar de nuevo en su brioso corcel y cabalgar al servicio de su reina.

Si bien, en esta ocasión, el héroe ruso hubo de cambiar la montura animal por el caballo de hierro. Un tren atestado que, en el transcurso de cuatro jornadas, lo llevó a su destino en la península de Crimea, escenario de tantas batallas. ¿Sería la torre Malakov de Sevastopol, histórico enclave defensivo contra las agresiones externas, la fortaleza que acogería el inicio de tan peculiar reconquista? ¿Blandiría su espada el eslavo Lancelot en la ciudad del cólera para erradicar la epidemia roja?

En cualquier caso, justo es reconocer que Sergei Wyrubov no enfrentó excesivas dificultades a lo largo de su periplo. Su anciano aspecto y la documentación falsa que le proporcionó un antiguo comisario de la Okrana —reconvertido en funcionario de aduanas bolchevique— mantuvieron alejadas a las hordas enemigas.