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Jordi Ledesma

Jordi Ledesma Álvarez (Tarragona, 1979) cursó estudios artísticos en la Escola Taller D´Arts i Oficis de Tarragona. Es autor del poemario Agua de mayo (Silva, 2003) y de Narcolepsia (Alrevés, 2012), novela finalista de los premios literarios de la XXV Semana Negra de Gijón en la categoría de mejor primera novela negra y finalista de los premios leemisterio.com, en la edición de 2012, como mejor novela nacional. Narcolepsia ha sido publicada en México con el título de Narcosis (Ediciones B, 2014). Es guionista del cortometraje Checkout (Quartofilms, 2015), basado en un cuento homónimo, también del autor. El diablo en cada esquina es su segunda novela. Con ella se ratifica como una de las voces emergentes del género negro.

 

Esteban siempre tuvo una vida cómoda, jamás le faltó de nada, hasta que su familia le dio la espalda y la suerte cambió de bando.

Jorge Solís nunca fue un buen policía, aun así no le costó ascender, y con él ascendieron sus tácticas de sobresueldo.

Humberta quiso dejarse atrás a sí misma, huir de su propio ser. En el afán se convirtió en Dulce.

Santi no tuvo una infancia fácil. En el ejército encontró su vocación. No tardó en entender sus posibilidades al servicio del crimen organizado.

Cuatro historias independientes se entremezclan para urdir una novela negra, muy negra. Un relato de ritmo súbito, sin intermediarios. Y en el que iremos recogiendo las decisiones temerosas de cada personaje mientras se enfrenta a su verdad y a las mentiras de los demás.

Un niño de papá con problemas de adicción. Un intendente de policía infame y corrupto. Una puta con un botín extraviado, mucha codicia y un pasado asfixiante. Y un exmilitar que trabaja para la mafia. Los cuatro serán satélites de los mismos miedos: un cerebro malhechor. Un hampón canalla. Un mercader de arte. Y toda la capacidad inhumana del criminal más peligroso del país.

Un texto sin respiro, ni tiempo de reacción. Cada capítulo rompe límites e integra casualidades, conecta personas y ánimo de lucro ligando una trama coral que nos hará preguntarnos si: ¿es el infierno, diferente del mundo en que vivimos?

Estamos ante un narrador que nos transmite perfectamente los diálogos, la música, la gestualidad, las miserias y simplezas de un mundo situado al otro lado de la ley, pero que está aquí, junto al nuestro.

Paco Camarassa

Cuando Jordi describe a un personaje, yo le pongo rostro en mi vida.

Víctor del Árbol

Ledesma tiene oído para los diálogos, domina los registros, y sobre todo sabe que la verosimilitud es la madre de la novela negra.

Sebastià Bennasar

EL DIABLO EN CADA ESQUINA

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Primera edición: febrero de 2015
Segunda edición: marzo de 2015

Para Josep Forment, siempre con nosotros

© Jordi Ledesma Álvarez, 2015
© de la presente edición: Editorial Alrevés, 2015

Diseño e ilustración de portada: Mauro Bianco

Editorial Alrevés S.L.
Passeig de Manuel Girona, 52 5è 5a • 08034 Barcelona
info@alreveseditorial.com

ISBN digital: 978-8-4159-0087-0
DL B 936-2015
Código IBIC: FF

Producción del ebook: booqlab.com

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del «Copyright», la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, comprendiendo la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

EL DIABLO EN CADA ESQUINA

JORDI LEDESMA ÁLVAREZ

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A Víctor y León

 

 

La vida es un carro de heno,
del cual cada uno toma lo que puede.

Proverbio holandés

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LA RELIQUIA

El hierro corta la hierba que aguanta la bola, el golpe suena diseminado y el eco lo devuelve de inmediato. La pequeña esfera sube. Una nube espesa y oscura le da a la mañana un aire de tarde terminada. Un soplo helado golpea los árboles. A la bola le falta un empujón para atravesar esa racha de cierzo envenenado, la carencia la hace bajar antes de lo necesario y es engullida por el lago. Con ella se desvanece la posibilidad de ganar dinero. Solo queda esperar a que llame Mariscal, el argentino.

Esteban es el pequeño de tres hermanos, su padre, el señor Telmo Puig, abrió en 1966, en Sabadell, la Carpintería Puig, empresa que trabajó ininterrumpidamente hasta el 2010, año en que quebró con el nombre de Puertas Puig. El viejo no llegó a la fallida, dejó este mundo en el 2009, pero en esa fecha estaba suficientemente lúcido como para ver que la sólida empresa que sus dos hijos mayores, Andrés y Manuel, levantaron, tiritaba desnuda y empeñada ante el vendaval económico. Los Puig habían logrado convertir el pequeño taller de su padre en el mayor fabricante de puertas de España. Esteban creció al margen de la fábrica, nació tarde, veinte años tarde. Se podría decir que fue un descuido, aunque la inversión que sus padres hicieron en amor y caprichos no fuera acorde a la deseabilidad de tener un tercer hijo. Vino al mundo en primavera. Entonces, sus hermanos ya trabajaban en la carpintería, ya proyectaban, entre el olor del pino y la cola, la prosperidad que anhelaban.

Tras unos años difíciles decidieron copar un mercado que estaba por explotar. Empezaron a producir puertas por sistema, diferentes modelos y medidas. Crearon un stock que ofrecían a promotores y constructoras a un precio bastante bajo. A finales de los noventa, Puertas Puig suministraba por todo el país y empezaba a servir pedidos en el sur de Francia.

Esteban pasó la niñez en el interior de esa nube, su adolescencia se vio amparada por la ascensión, cada ampliación de capital llevaba anexo un cambio de domicilio. Nunca trabajó en el taller, ni siquiera en la oficina, de hecho, a día de hoy, no sabe cómo se hace una puerta. Nunca tuvo que esmerarse para conseguir dinero. Su padre le concedió una asignación de ochocientos euros mensuales al cumplir los dieciocho años, hecho que cabreó notablemente a sus hermanos, ya que, pocos meses atrás, había abandonado los estudios y no veían en él el más mínimo atisbo de inquietud laboral o formativa. Supo negociar la retribución que percibía y aumentarla a mil doscientos, al cumplir los veinte años. Sus hermanos tuvieron que tragar y, resignados, asumieron el lastre de mantenerlo. Papá corría con todos los gastos aparte de la paga. Incluso en momentos de dificultad para la empresa, el chico despilfarraba y no cesó de practicar deportes náuticos, de nieve y golf. No dejó de vagar por el mundo en invierno, ni renunció a las quincenas veraniegas por el Mediterráneo. Pero ese no era el mayor de los males de Esteban Puig, el viajar era una actividad cara, pero altamente enriquecedora. En cuanto se hizo un hombre, le empezaron a sobrar vicios, los carajillos de la mañana, las medianas del mediodía, el vino de la comida, las cañas de las siete y los cubatas de la noche, además de la cocaína, las pastillas, el cristal, las putas, el bingo… Y toda la gavilla nocturna que se le adhería en las barras y en los parkings de los tugurios que frecuentaba. Daba igual que fuera viernes o martes, él andaba de aquí para allá, hasta las tantas, rondando ambientes no solo lúgubres, sino, además, peligrosos. Llegó un momento en el que la asignación y los extras no cubrían ni un tercio del nivel de vida y los vicios de Esteban. A pesar de eso, no descuidó su rutina social, mantuvo la red de amistades prefabricadas, durante años, en patios de colegio exclusivo, parques de urbanizaciones, piscinas privadas, pistas de esquí y amigos con velero. A la vez, en los antros, entre subidones de LSD, sudor y vomitonas, los profesionales del hampa distinguieron su procedencia de alta esfera y, lejos de intimidarlo, previeron el filón. También ahí, en el crisol de los ambientes peligrosos, forjó amistades —y esas van más deprisa, tanto como de dinero se disponga—. Pronto descubrió que tenía cierta capacidad, así que empezó a trapichear para costearse la vidorra. Solo en farlopa gastaba dos mil al mes, eso si no se le iba la mano. Por supervivencia, empezó a mezclar ambos mundos, entrelazaba asuntillos, y se dedicó a conectar personajes y ánimo de lucro. Durante algún tiempo le fue bien, bastante bien. Algunos meses bebía Dalmore en cubierta y se dejaba llevar —pero las derivas son peligrosas cuando hay oleaje—. Las invitadas, las putas de doscientos euros a la hora, las fiestas con amigos en una casa alquilada en el Tirol. El viaje a Vietnam. El Cayenne siniestrado... Todo lo empujaba al abismo al que se asoman los que sienten que nunca tienen suficiente dinero. Ante tal panorama, no tardó en pillarse los dedos, siempre se metía más de la cuenta, siempre gastaba más de lo que tenía, lo que le obligaba a recurrir a chanchullos de camello vulgar; racaneaba, timaba, cortaba, y al final, con una tapaba la otra.

Fuera como fuera, Esteban no era un tío discreto. No pasó demasiado tiempo hasta que una banda de paleros lo siguió tras recoger un porte de droga, en Rubí. Lo sacaron de la calzada, de un volantazo, en una carretera secundaria, cerca de Can Barata, y, a punta de pistola, le ventilaron trescientos gramos de coca. La merca era fiada, y ciertas amistades se diluyeron a la misma velocidad a la que se solidificaron, y se vio sin manos con qué tapar. Aun así, tuvo la opción de reconducir el asunto, sus acreedores lo derivaron a otra área de los ambientes peligrosos, a la sección de robos; allí, dada su procedencia y su falta de escrúpulos, no le sería difícil hacer dinero rápido con el que devolver lo que debía, antes de que los intereses le costaran una pierna o las dos. Así se lo hicieron saber.

Entró como informador, chivaba lugares rentables en los que dar el palo. Chalés, pisos, masías, naves, apartamentos, despachos, y tantos datos como pudiera disponer, todos de gran utilidad para la comisión de asaltos, atracos o incluso tirones. Recurría a personas cercanas de su entorno elitista, de las que daba todos los detalles que hiciera falta. Llegó a informar acerca de un proveedor de Puertas Puig, que cobraba gran cantidad de dinero en negro. Incluso fue responsable intelectual de un asalto fallido, concluso de manera violenta, con resultado de muerte, en una finca en Alella. Nada de eso lo alejó del mundillo; aunque no todo fue voluntad de quedarse, la implicación en la muerte de Alella era bastante como para que la banda en la que se introdujo lo obligara a seguir pasando información. En vista de no poder escapar y con afán de ganar más dinero, acuciado por la sensación de estar siempre sin blanca y dándole todo igual, decidió ir más allá, pasó a perpetrar los robos junto a sus socios.

El día que lo trincaron en el domicilio de un conocido promotor y constructor barcelonés, que años atrás, antes de que él naciera, había prestado dinero a papá, perdió la palabra de sus hermanos. La policía relacionó una serie de asaltos a naves industriales y almacenes; curiosamente, todas guardaban trato con Puertas Puig. Fue una vergüenza, una historia que, aún hoy, se explica en los corrillos que se forman en los patios de instituto y en algunas piscinas privadas. En los ambientes peligrosos ya la han olvidado.

El abogado de Esteban le costó a papá veinte mil euros, que sirvieron para eludir la prisión, aunque no fue solo eso, el juez interpretó la lista de nombres que el chaval dio a la policía como una muestra de colaboración, y el atenuante que concluyó lo libró de entrar en la cárcel. Esteban no era más que un soplón miserable, y lo peor fue que todo el mundo lo sabía, era un chivato aquí y allá.

Pasó bastante tiempo encerrado en casa —pero la cabra tira al monte—, y sus hermanos no tardaron en encontrar drogas en su habitación. Entonces, incluso papá lo rechazó.

Se ocultó durante algún tiempo en Barcelona, utilizó amistades, a las que seguramente compró con información. Y por primera vez en su vida se comportó de manera discreta. Pero nada acababa ahí, tanto él como todos los que lo conocían sabían que tarde o temprano le sacarían la lengua por la garganta, por chivato. Por eso, un día de otoño, al oscurecer, Esteban pidió ver a su padre, y le imploró el último favor que el hombre concedió en el mundo de los vivos.

El abogado costó veinte, pero la vida de Esteban salió por más de cincuenta mil euros. El asunto no era sencillo, por eso el señor Puig recurrió a ese tipo de personas a las que, fuera de los ambientes peligrosos, solo conocen quienes tienen algo que esconder. Es probable que aquella necesidad pasara, en su día, por la oficina de Raúl Mariscal, el argentino. Murieron tres hombres y otros dos fueron severamente reprimidos. Pero no fue eso lo que conectó a Esteban con Mariscal, ninguno sabía del otro hasta que un tío que le debía un favor a Esteban lo recomendó para un trabajo; desde entonces está en la cadena de los esporádicos. El viejo Mariscal capta almas extraviadas.

Entre tanto, el chico subsiste trapicheando, engullido por una ciudad con un hambre feroz y que se nutre de aquellos a los que no les importa ser comidos. Él sigue siendo un saco de vicios, un vaivén de ventura y, sobre todo, de desventura. La suerte suele ser fosca, pero a veces la buena dicha aparece como una nube negra de agosto que emerge del Mediterráneo, palia el calor y da respiro, porque la calle aprieta pero no ahoga. Desde hace unos meses vive con un amigo, Chechu, otro superviviente de la gran urbe.

A Esteban le sigue gustando patear la noche, deambular, de bar en bar, a ver qué rasca. Le gusta sentarse a fumar un canuto en cualquier portal cuando hace la ruta entre el Tucson y el Dakota, entre Sant Pau y Hospital, a la altura de la Aurora, en esos callejones de ventanas rejadas y paredes sucias. Se sienta a mirar el manto de chicles, latas y colillas. Plásticos y escupitajos. Observa las decenas de almas que concurren la travesía. Lateros paquistaníes. Negros portando valijas. Patrullas de policía permisiva. Chiflados en bici... Lo que más hay son fulanas. También viejos verdes que ya no tienen nada ni a nadie que temer, y se arriman a magrear a las putas y van soltando los euros de uno en uno, hasta que la excitación es tal que sacan un billete de cinco a la vez que la polla; el escarceo concluye en paja de diez segundos entre dos coches. Se dejan caer guiris, en manada, salidos de la marmita de un bar irlandés. Los pasos adyacentes expelen todo tipo de espíritus desviados, curiosos, perdidos. Más allá, hay un nido de enfermos, tramado a los pies de un bloque en el que todos saben que se vende caballo. Aún quedan yonquis en Barcelona, y no hay que ir lejos para verlos. Los novatos se guarecen y se pinchan en los pies, disimulan ahora que todavía carecen de picores, aún hay grasa sobre sus huesos. En esas calles, cada centímetro cuadrado de alquitrán rezuma vicio y abandono. Hay adictos, perturbados y una maraña de vidas vacías, como los corazones que habitan. En cada esquina hay un camello con bolsas de cuatro micras.

A Esteban le gusta observar ese submundo, no se siente, ni jamás se ha sentido, parte de él, aunque lo haya frecuentado con asiduidad. Le gusta sentarse a mirar y recordar aventuras y días de ciegos insostenibles en sitios parecidos.

Cuando papá murió, Andrés y Manuel dieron con él, lo excluyeron de la sociedad y lo desvincularon de la herencia familiar salvando lo legítimo. Firmó un documento con el que aceptó y obtuvo un piso de setenta metros cuadrados en Sants, un Mercedes CLS del año 2008 y treinta mil euros en efectivo.

A día de hoy, no ha vuelto a ver a sus hermanos. Se enteró del cierre de la empresa por los diarios. Del dinero que le dieron ya no le queda nada. El coche lo vendió hace unos meses, tampoco le queda un céntimo de eso. El piso de Sants lo tiene alquilado, de ahí saca setecientos mensuales. Vive en casa de Chechu, que no le cobra, sabe que Esteban es un tío generoso, y que si las cosas le van bien puede llegar a ser espléndido. Pero últimamente las cosas no le van bien.

Esteban es consciente de que ha dejado pasar los trenes que lo hubieran llevado a lo que, para su familia, sería una vida normal. Él se cura en salud pensando en el batacazo que habrá supuesto para ellos la quiebra de la empresa. «¡Que se jodan!», se dice maldiciendo a sus hermanos, de quienes piensa que son unos buitres chupones a los que la avaricia no les cabe en el culo. También recuerda a su madre, tampoco a ella la ha vuelto a ver. La última vez vio una marioneta sedada bailando bajo las manos de las cuñadas, dos crótalos enjoyados, rebozadas de ego y compostura, a las que sus maridos les han transmitido esa liturgia de trabajo y rectitud y que ambas predican desde la falsedad de no haber dado un palo al agua en su vida. Para él solo son dos zorras aprovechadas que un día supieron hacer una mamada, o quizás ni eso.

Pasó pronto de estudiar, no llegó a acabar el instituto, un ciclón se cruzó en su vida. A veces piensa en ello, siente cierto remordimiento, no por no ser un prototipo de señor Puig, pero sí por el hecho de no haber estudiado. Entonces culpa a sus padres de la falta de severidad, en eso está de acuerdo con sus hermanos. Todas esas tribulaciones las sufre cuando llega a casa muy pedo o alguna mañana de resaca severa, en esos ratos le asquea la vida que lleva, solo en esos ratos en los que se da cuenta de la suerte que tuvo de salir libre y vivo de aquel quilombo.

Algunos de sus amigos se han visto en situaciones precarias con el cataclismo económico, Puertas Puig no es la única empresa que ha quebrado, y los hijos de otros se han quedado con una mano en cada huevo, pero la mayoría de ellos han logrado reintroducirse en un mercado laboral reducido. No haber terminado la ESO pesa toneladas en la capacidad para optar a empleos con una remuneración mínimamente satisfactoria para las expectativas y necesidades de Esteban, no se conforma con los escalafones bajos de la hostelería, ni está dispuesto a entrar como peón de una profesión ruda y vulgar relacionada con la construcción. Y, con tal abanico de descartes, las alternativas son bien pocas. A pesar de eso, el chico tiene una habilidad; de todo el derroche monetario que sus padres hicieron en su educación, hay algo que le es rentable y que ejerce sin esfuerzo ni peligro, aunque esté bebido o drogado: es un excelente jugador de golf, y aprovecha al máximo esa faceta.

En el golf se establece un hándicap que varía en función de la pericia del golfista. La intención de la norma es la de equiparar la diferencia entre jugadores y que, en la medida de lo posible, compitan en igualdad de condiciones. Ese hándicap otorga golpes de ventaja al golfista que, por nivel, empieza sin ella. Esteban se vale de ese rasgo de caballerosidad deportiva para ganarse la vida. El hándicap lo regula la actuación individual de cada jugador en cada torneo oficial, por lo que él se fija un calendario de competiciones con una dotación superior a los dos mil euros para el ganador y se inscribe en otras con fecha previa y de menor caché, en las que juega sin aplicarse para hacer una puntuación inferior a su nivel que le aumente el hándicap, y así llegar a la fecha fijada con unos golpes de ventaja respecto a los rivales de su categoría real. Ese es, ahora, su modus vivendi, esa es una de sus fuentes de ingresos. Pero en el golf, el factor suerte está demasiado presente, por eso los golfistas semiprofesionales suelen tener otras alternativas que les aporten dinero. Él ha perdido el mecenazgo familiar, que suele ser la opción de la mayoría. La minoría pulula como monitores en campos baratos, pero para eso hay que mantener un hándicap estable e inferior al que Esteban ostenta. Cuando no hay suerte en el golf, queda Raúl Mariscal, el argentino, que es otra fuente de ingresos.

A Mariscal no se le llama, es él el que llama. Suele contactar cada seis semanas, día arriba, día abajo. Envía un mensaje SMS desde un número oculto, el mensaje está en blanco, esa es la señal, y como diría él: «Si querés, acudís, y si no, lo dejás».

Raúl Mariscal es un platense con más tiros dados que Caballo Loco. Las citas con él siempre son iguales, tras recibir la señal hay que esperar al próximo partido que el RCD Espanyol de Barcelona juegue en casa. Cornellà-El Prat, puerta 12.

El viejo es una ETT del crimen, capaz de disponer y suministrar personal cualificado para cualquier actividad delictiva. Cerrajeros, lanceros, expertos en seguridad y tecnología. Ladrones, correos, chóferes, falsificadores, químicos, atracadores, sicarios o artificieros. Tratantes de armas, mujeres, droga. Abogados, policías, aduaneros… Si lo puedes pagar, él lo consigue. También organiza robos y atracos por su cuenta, solo en calidad de ideólogo, pero básicamente es un comisionista de toda la actividad criminal de la ciudad. «Si es ilegal, está Mariscal» es uno de los lemas que se gritan en las oficinas de la unidad especial de la UDYCO en Barcelona.

Mariscal está cubierto, es un criminal con todas las letras, pero es listo, lleva muchos años en escena y sabe lo que hace. Manteniéndose en la sombra obtiene un porcentaje de todas las transacciones delictivas que se llevan a cabo. Un centenar de personas trabajan directamente para él y más de un millar lo hacen de un modo colateral. Legalmente tiene una red de empresas de ocio; organiza fiestas y eventos deportivos. Le gusta dejarse ver con deportistas, trae futbolistas desde Argentina, aunque eso es como un hobby. También invierte en gimnasios y promueve veladas de boxeo y K1. Son tapaderas para blanquear dinero y a través de las que introducir sustancias dopantes y anabolizantes. Todos los cargos de esas empresas están delegados en terceras personas.