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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Harlequin Books., S.A.

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Buscando a su príncipe, n.º 1361 - febrero 2016

Título original: Searching for Her Prince

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2003

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones sonproducto de la imaginación del autor o son utilizadosficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filialess, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N: 978-84-687-8002-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

NO podía fallar a la Reina. Sencillamente, no podía.

El ascensor de alta velocidad bajó diez pisos en cuestión de segundos, y lady Amira Sierra Corbin se sintió algo mareada. Había volado de Penwyck a Chicago para cumplir la misión de la Reina, que consideraba un honor. Estaba ansiosa, encantada con la idea, y no había dudado ni por un momento de que podría reunirse con Marcus Cordello. Pero su secretaria le había estado dando largas durante tres días.

Cuando el lunes le dijeron que no estaría disponible en dos semanas, pensó que nadie podía estar tan ocupado y tomó una decisión: ir el martes a su oficina y permanecer en la sala de espera hasta que el señor Cordello tuviera un momento libre.

Lamentablemente, no lo tuvo.

Aquel día, Amira volvió a pasar por el despacho de su secretaria, a primera hora de la mañana, e insinuó que debía tratar un asunto confidencial con su jefe, un problema de gran importancia que podría cambiar el futuro de varias personas. La estrategia no sirvió de nada, pero la expresión de la secretaria se suavizó un poco cuando le explicó que el señor Cordello estaría fuera de la oficina hasta el viernes, y que después se marcharía de la ciudad durante una semana.

Ahora, todavía dentro del ascensor, Amira miró a las personas que viajaban con ella. Llevaba un traje de color violeta, muy femenino pero profesional, a juego con el color de sus ojos. Se había recogido su largo cabello rubio en un moño y sus zapatos de tacón alto y su bolso no eran muy adecuados para un día de principios de octubre en Chicago.

Pero por mucho que le interesara la ventosa ciudad en la que había aterrizado, no olvidaba su misión ni por un momento. Se preguntó dónde estaría Marcus Cordello. Tal vez encerrado en su despacho, o en una reunión, o cerrando algún trato en algún lugar de la ciudad. De él solo sabía que tenía veintitrés años y que era multimillonario. Era dueño de un hotel y, tal y como había descubierto durante los últimos días, estaba rodeado por un equipo de personas decididas a protegerlo.

Sin embargo, tenía que verlo. Cabía la posibilidad de que fuera un príncipe, y por tanto, el heredero del trono de Penwyck.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, Amira se encontró en el lujoso vestíbulo del hotel, con sus suelos de mármol, sus alfombras persas, sus decoraciones florales y los asientos pensados para departir agradablemente. Era la hora de la cena y en el mostrador de recepción había varias personas, con aspecto de ejecutivos, que obviamente estaban reservando habitaciones para pasar la noche.

Al sentir los aromas que procedían del restaurante, tuvo hambre. No recordaba cuándo había comido por última vez. Por supuesto, podía llamar al servicio de habitaciones desde su dormitorio, pero había estado tan preocupada por la misión que no había pensado en nada más. Aquella mañana solo había tomado un par de galletas y un café antes de dirigirse a la suite de Marcus Cordello, situada en el piso veinte. Y más tarde no había salido a comer por miedo a perder la oportunidad de verlo.

Estaba tan hambrienta que no pudo resistirse. Empujó las pesadas puertas dobles del restaurante y entró. Estaba lleno de gente.

Cuando el jefe de camareros la vio, se acercó para interesarse por ella.

—Una mesa para una persona, por favor—dijo Amira.

—¿Cómo se llama?

—Amira Corbin. ¿Tendré que esperar mucho?

—Entre media hora y cuarenta y cinco minutos.

Amira estaba tan cansada y hambrienta que no sabía si podría resistir tanto tiempo y se sintió mareada.

Justo entonces vio que entraba un hombre alto, pero no le prestó demasiada atención. En aquel momento su único problema era decidir si debía subir a su habitación y pedir comida o esperar allí. Además, apenas se sostenía en pie.

El jefe de camareros se acercó al recién llegado y dijo:

—Hoy llega temprano, señor. Su comida estará en pocos minutos.

—No se preocupe por mí. Sirva antes a esta señorita —dijo el hombre.

Amira sintió que sus piernas se negaban a sostenerla, y se habría desmayado de no haber sido por la rápida reacción del desconocido, que la tomó entre sus brazos.

De repente, la mujer se encontró contra su duro pecho.

—Me la llevaré a mi suite. Por favor, averigüe si hay un médico en la sala y envíelo en cuanto pueda.

Amira levantó la cabeza y clavó su mirada en los verdes ojos del hombre.

—Estoy bien, no te preocupes. No llames a un médico, por favor.

—No, no estás bien. Has estado a punto de desmayarte.

El desconocido, de cabello castaño, llevaba un elegante traje gris con camisa de seda y corbata. Amira pensó que no había visto a un hombre tan elegante en toda su vida.

—No he comido casi nada, eso es todo —explicó Amira.

—Entonces tendremos que remediarlo.

El hombre comenzó a andar, sin soltarla, y ella protestó.

—Déjame. No es necesario que me lleves...

—No te estoy secuestrando ni nada parecido. Solo te llevo a mi suite privada. Créeme, allí no tendremos que esperar para comer.

—Pero...

Amira no terminó la frase. Cómo podía explicarle que había crecido en un ambiente muy estricto, y que estaba acostumbrada a que la acompañara una carabina cuando salía con un hombre, a pesar de que ya tenía veinte años.

—No hay peros que valgan. He pedido un asado más que suficiente para dos personas, y puedes tomarte mi ensalada como primer plato.

Las dudas de Amira desaparecieron. Estaba hambrienta y el desconocido parecía un perfecto caballero. Además, desde que había aterrizado en Chicago se sentía cada vez más lejos del mundo de Penwyck, en muchos sentidos.

—¿Y bien? —preguntó él—. ¿Permitirás que te invite a cenar?

La joven siempre había deseado vivir una aventura y supo de forma instintiva que cenar con aquel individuo lo sería. Así que olvidó sus modales regios aprendidos a lo largo de muchos años, hizo caso omiso de todo lo que le había enseñado su madre y sonrió.

—Sí, puedes invitarme a cenar. Pero dime una cosa, ¿todos los hombres de Chicago son tan caballerosos como tú?

Él sonrió de forma irresistible.

—Ni mucho menos.

Cautivado por la belleza de la joven, Marcus Cordello no podía apartar la vista de ella. Sus ojos eran de un extraño tono violeta, y su cabello, de un rubio precioso y natural. En realidad, todo en ella parecía natural. Desde su rostro oval hasta su piel clara, aunque estaba un poco pálida, probablemente por no haber comido.

Preocupado por su condición física, hizo una pregunta que debería haber hecho tres años antes a otra mujer, a una mujer que había fallecido porque no le había prestado suficiente atención, porque estaba demasiado concentrado en el imperio que había construido.

—¿Estás enferma? Tal vez deberíamos llamar a un médico...

—No, no estoy enferma. He estado bastante tensa durante los últimos días y no he comido bien. De hecho, esta mañana solo he tomado un par de galletas y un café.

—¿Y qué ha mantenido tan tensa a una mujer tan bella como tú?

—Oh, es una larga historia —respondió con un suspiro.

—Tendrás mucho tiempo para contármela durante la cena.

—No sé si debería...

Un camarero apareció con una enorme bandeja en aquel preciso instante.

—Buenas noches, señor. No sabía que esperara visita.

Marcus sonrió.

—Yo tampoco sabía que estaría acompañado. El asado será suficiente para los dos, pero le agradecería que trajera brécol y unas patatas, si es posible.

Mientras el camarero servía la comida en la mesa, Marcus tomó de la mano a Amira.

—¿Estás mareada?

—Un poco.

—Entonces, vamos a comer. Y si no te encuentras mejor cuando terminemos, llamaré a un médico.

Marcus sentó a la elegante mujer a la mesa y la observó, divertido, mientras ella daba buena cuenta del asado con patatas. Sus mejillas recobraron rápidamente el color y de inmediato se sintió intrigado por ella y por su extraño acento.

—Ahora, cuéntame la larga historia a la que te referías antes.

Amira se limpió con la servilleta y sonrió.

—Te va a sonar un poco extraña. No es una historia muy común para un estadounidense.

—¿No eres de Estados Unidos?

—No, soy de Penwyck, una isla cercana a Gales, y este es mi primer viaje a Estados Unidos —declaró, con timidez—. Soy lady Amira Sierra Corbin. Mi madre es la dama de honor de la reina de Penwyck.

Marcus pensó que le estaba tomando el pelo y estuvo a punto de reír a carcajadas, pero estaba tan asombrado con su belleza que no lo hizo.

Sin embargo, ella notó que no la había creído y añadió:

—Supongo que la realeza no es algo a lo que estéis acostumbrados los estadounidenses.

—En eso tienes razón, pero estoy intrigado. Sigue con tu historia.

Tras un momento de duda, ella siguió hablando.

—Como te decía, mi madre es dama de honor de la Reina. Haría cualquier cosa por la reina Marissa, al igual que yo, y eso explica mi presencia en tu país. En realidad tendría que haber venido ella, pero mi madre está de luna de miel en las islas griegas del Egeo y se trata de un asunto de gran importancia que no puede esperar.

Marcus no salía de su asombro. Solo cabían dos opciones: o estaba completamente loca, o su historia era real.

—La Reina me envió para hablar con Marcus Cordello, el dueño de este hotel y quién sabe de cuántos negocios más. Tengo algo que decirle, algo que podría cambiar su vida. Resulta que podría ser un príncipe.

Marcus estuvo a punto de atragantarse con el pedazo de carne que acababa de llevarse a la boca.

—¿Un príncipe?

—Sí, es una historia algo complicada. El rey Morgan se encuentra en coma y su hermano gemelo, Broderick, rige los destinos de Penwyck. Siempre envidió a Morgan y recientemente ha confesado que en el pasado hizo algo terrible. Conspiró contra los reyes y cambió a sus hijos recién nacidos, que también eran gemelos, por una pareja de bebés que iban a ser adoptados por un matrimonio de Illinois. Naturalmente, ni el Rey ni la Reina sabían nada y los criaron como si fueran sus verdaderos hijos, o al menos, eso es lo que afirma Broderick. Así que he venido para hablar con Marcus Cordello porque podría ser uno de los verdaderos herederos al trono.

—Tu historia es ciertamente complicada...

—Oh, no, lo es aún más de lo que parece. La Reina está convencida de que la historia de Broderick es falsa y de que Dylan y Owen, los niños que criaron, son sus verdaderos hijos. Pero quiere investigar para averiguar hasta dónde llega la confabulación, y en cualquier caso, cabe la posibilidad de que el hermano del Rey no haya mentido. Yo tengo que hablar con Marcus Cordello para que me diga dónde está su hermano. Un simple análisis de ADN bastaría para saber la verdad.

Asombrado por la historia de Amira, Marcus pasó unos segundos en silencio, pensando en lo que acababa de oír. Podía ser una simple estratagema para sacarle dinero, pero existía la posibilidad de que lady Amira Sierra Corbin y su historia fueran reales.

De todas formas, lo último que deseaba era ser príncipe. No quería verse involucrado en las intrigas de una casa real. Además, aunque su hermano y él mismo eran gemelos, no habían sido adoptados. Sus padres podían ser algo problemáticos, pero no podía creer que los hubieran engañado con un asunto tan importante.

Miró a Admira de nuevo. Era atractiva y se divertía con ella. Ninguna mujer le había interesado desde la muerte de Rhonda, y sin embargo, se estremecía cada vez que miraba a aquella joven. Necesitaba conocerla mejor, descubrir más cosas sobre ella y tal vez hacerle el amor. Pero no podría conseguirlo si sabía que él era Marcus Cordello.

—¿Cuánto tiempo pretendes quedarte en Estados Unidos?

—Hasta que pueda reunirme con ese hombre —respondió—. La secretaria del señor Cordello me ha comentado que estará fuera de la oficina esta semana y que se marchará de la ciudad durante siete días. Tendré que esperar a que regrese, pero debo encontrar la forma de hablar con él. Esperarlo en la sala de espera de su despacho no me ha servido de nada hasta el momento.

Amira se detuvo un momento para beber un poco de agua y añadió:

—Gracias por compartir tu cena conmigo. Pero ni siquiera sé cómo te llamas...

Marcus decidió darle su segundo nombre, Brent, e inventarse un apellido para salir del paso.

—Me llamo Brent, Brent Carpenter.

El hombre le estrechó la mano y bajo su apariencia delicada y frágil notó una extraña fortaleza en la joven que despertó su curiosidad. Los latidos de su corazón se aceleraron y tuvo que hacer un esfuerzo para tranquilizarse. No había conocido nunca a una mujer como aquella, y deseaba tomarla entre sus brazos y besarla.

Pero antes de que pudiera analizar las dimensiones de la atracción que sentía por Amira, el camarero regresó con dos porciones de tarta de manzana con crema.

—Oh, tiene muy buen aspecto —dijo ella.

El camarero se marchó de forma tan repentina como había llegado y Marcus se alegró. Sus empleados no solían llamarlo nunca por su nombre cuando estaba con un invitado, pero de vez en cuando sucedía. Además, la idea de haberse convertido en Brent Carpenter le gustaba cada vez más.

—¿Has visitado la ciudad? —preguntó él, mientras disfrutaban de la tarta.

—Solo vi el aeropuerto cuando llegué. Me comentaron que de noche es una ciudad peligrosa y no me he atrevido a salir.

—Deberías hacerlo. Es una ciudad maravillosa.

—No lo dudo, pero no estoy aquí de vacaciones.

Amira se manchó el labio superior con un poco de crema y él no pudo evitarlo: se inclinó hacia delante y se la retiró con el pulgar, para asombro de la joven. Después, se llevó el dedo a la boca y lo lamió.

—Es crema —dijo, sin más.

Los dos se miraron durante unos segundos, sin decir nada, dominados por una evidente atracción.

Por fin, él preguntó:

—¿Amira?

—¿Sí?

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte.