Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2012 Fiona Harper. Todos los derechos reservados.

UN BAILE DE AMOR, N.º 2464 - junio 2012

Título original: The Ballerina Bride

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2012

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

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I.S.B.N.: 978-84-687-0186-8

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

CAPÍTULO 1

EL RUIDO del motor del helicóptero hacía que hablar fuera imposible. Y casi mejor, porque Finn no sabía qué decirle a la mujer que estaba sentada a su lado. Tenía cara de susto, las rodillas apretadas y se agarraba con fuerza al cinturón como si fuera un salvavidas.

¿Qué diablos había hecho Simon?

–He encontrado una sustituta estupenda para Anya Pirelli –le había dicho su productor–. ¡Espera a verla!

Sin embargo, Finn no estaba seguro de que aquella propuesta fuera realmente buena. Él no habría elegido a una mujer como ella para el papel de estrella invitada.

Era una mujer menuda. Una bailarina de ballet, o eso le había dicho Simon. De pie, apenas llegaba a sus hombros. Nada que ver con la jugadora de tenis de cabello rubio y cuerpo de deportista que se suponía debía de ir sentada a su lado.

No, aquella mujer era tan delgada que era como si no estuviera allí. Y parecía que podía salir volando si el viento soplaba con fuerza.

Al pensar en el viento, él se volvió para mirar por el parabrisas del helicóptero. El parte meteorológico había advertido de que habría tormenta de madrugada, pero parecía que el variable clima tropical había decidido darles una bienvenida espectacular. Una nube gris se extendía por el horizonte y el mar empezaba a oscurecerse y a picarse.

El piloto también frunció el ceño y se volvió para mirar a Finn, negando con la cabeza antes de concentrarse en el horizonte.

Por quitó el cinturón de seguridad y alcanzó su mochila. Estaba convencido de que aquella bailarina no soportaría lo que se avecinaba y él tendría que retirarse a la isla desierta donde viviría temporalmente acompañado únicamente por Dave, el cámara de televisión.

¿De veras Simon pensaba que aquella mujer era adecuada para un programa de televisión sobre la capacidad de supervivencia? Miró a Dave un momento y ambos se fijaron en la mujer que estaba sentada entre ellos. Al parecer, Finn no era el único que pensaba que Simon se había equivocado.

Dave comenzó a moverse también, asegurándose de que llevaba todo el equipo con él. El resto de los miembros del equipo llegaría más tarde, por medios más civilizados. Por el momento solo necesitaban a Dave, que estaba acostumbrado a ir detrás de Finn haciendo lo que le pidieran.

La bailarina los observaba como si nunca hubiera visto a alguien preparar una mochila. Estaba completamente quieta y solo dirigía la mirada de uno a otro.

–¿Qué sucede? –preguntó ella.

Finn no oyó sus palabras, solo pudo leer sus labios.

Él señaló hacia las nubes oscuras que cubrían la isla y gritó:

–Se acerca una tormenta. Tenemos que irnos.

Era afortunada. Si él hubiera estado solo, habría saltado al agua con el helicóptero en movimiento. Pero era algo muy peligroso para una novata. Tendrían que saltar, pero sobre la orilla de una playa extensa. Nada parecido al descenso controlado que habían planeado. Pero en aquella forma de vida, había una cosa segura… Nada salía tal y como estaba planeado. Y por eso le gustaba tanto.

Finn movió el cinturón de seguridad de la bailarina y ella se aferró a él con más fuerza.

–Faltan dos minutos –dijo él, y señaló hacia la tierra.

Ella no se movió, pero sí cambió la expresión de su rostro. Había algo en la mirada de aquellos ojos azules que indicaban que el pánico se había apoderado de ella.

Pero Finn no tenía tiempo de tranquilizar a aquella mujer. El helicóptero debía marcharse antes de que llegara la tormenta.

–Quítate el cinturón –gritó, escenificando la acción con los dedos.

Al ver que ella dudaba un instante, él gritó de nuevo. No podía permitir que se quedara paralizada. La vida de los tripulantes del helicóptero dependía de ellos.

Sin dejar de mirarlo, ella se desabrochó el cinturón.

«Buena chica», pensó él.

Decidió emplear el mismo método para guiarla en todos los pasos que debían realizar mientras avanzaban hacia su destino. Él gritaba y ella obedecía. Todo perfecto.

Parecía que había pasado una eternidad cuando, por fin, el helicóptero se situó a tres metros por encima de la playa que se convertiría en su hogar durante la siguiente semana. Sin pensárselo dos veces, él saltó desde la puerta lateral del helicóptero, dobló las rodillas y rodó por la arena antes de ponerse otra vez en pie. Al cabo de un instante, Dave apareció a su lado, lo que indicaba que solo quedaba un pasajero por desembarcar.

Finn se volvió para mirar hacia el helicóptero. Ella estaba en la puerta y se agarraba con fuerza. No parecía que tuviera prisa por soltarse. Y eso no podía ser.

–¡Salta! –gritó él, estirando los brazos hacia delante.

Al instante, el peso de una bailarina voladora cayó sobre sus brazos. Ella debía de haberse soltado nada más escuchar sus palabras, y Finn esperaba tener que gritar al menos una vez más. Lo pilló totalmente desprevenido, de modo que Finn perdió el equilibrio y ambos acabaron en el suelo. Apenas se percató de que el helicóptero se alejaba.

Permaneció en el suelo, respirando de forma acelerada.

Por la espalda sentía el frío de la arena mojada y, por delante, el calor del cuerpo de una bailarina temblorosa.

–Lo siento –tartamudeó ella. Sin embargo, no se movió. Debía de estar demasiado asombrada.

No tenía por qué preocuparse. A Finn le gustaban las sorpresas. Le generaban un cóctel delicioso de adrenalina y endorfinas que le encantaba. Incluso cuando las sorpresas aparecían en forma de bailarina voladora. De pronto vio el lado gracioso de la situación y comenzó a reírse.

–¿Cómo te llamabas? –preguntó, mirándola a los ojos.

–Alle… –empezó a decir ella. Lo intentó de nuevo–. Allegra.

Finn le dedicó una sonrisa.

–Bueno, Allie… O Allegra, lo que sea –la tomó en brazos con facilidad y la dejó sobre la arena, a su lado.

Sin duda, tendría que atarla a un árbol si el viento empezaba a soplar con fuerza. Se puso en pie y le ofreció la mano, sonriendo. El cielo estaba gris y el olor del viento indicaba que la tormenta estaba a punto de llegar.

–Bienvenida al paraíso –dijo él.

CAPÍTULO 2

Cuarenta y ocho horas antes

ALLEGRA permaneció quieta entre los bastidores mientras las bailarinas de la compañía pasaban a su lado hacia el escenario de la Royal Opera House.

«Respira», se ordenó. «Tranquila. Has ensayado estos pasos miles de veces. Tu cuerpo sabe muy bien lo que tiene que hacer. Confía en él».

Era demasiado tarde para que ensayara de nuevo. En cuestión de minutos entraría en el escenario.

Aun así, no pudo evitar ensayar los movimientos sin desplazarse del sitio.

«Haz como si fuera el ensayo general», se dijo, pero no lo consiguió.

No era un ensayo, sino la noche del estreno.

Y el entorno no le resultaba familiar. Ni por los bailarines ni por el público.

Representaba un papel nuevo creado en exclusiva para ella. Para poner a prueba a la niña prodigio, para demostrar que la joven bailarina no había perdido la chispa después de siete largos años en la profesión. Se suponía que, el ballet de La sirenita, iba a silenciar las críticas que durante años habían anunciado que Allegra Martin triunfaría puntualmente y que su fama se extinguiría enseguida.

Lo llevaban vaticinando desde que cumplió los veinte años y, tres años después, cada vez que se ponía las zapatillas de ballet sentía que el cumplimiento de aquella predicción era inminente.

No podía suceder esa noche. Su padre quedaría destrozado.

Intentando no pensar en ello, comprobó el estado de su vestuario. Llevaba un vestido con caída que le llegaba hasta las rodillas. Varias capas de gasa de color azul oscuro, turquesa y aguamarina. Y en lugar de llevar el cabello recogido, llevaba la melena suelta sobre los hombros y los mechones delanteros sujetos hacia atrás para despejarle el rostro. Se contuvo para no tocar las horquillas, consciente de que estropearía su peinado.

La orquesta comenzó a tocar una nueva pieza de música. No faltaba mucho tiempo. Debía concentrase y respirar hondo. Cerró los ojos y soltó el aire despacio.

Tras sus párpados apareció la imagen de unos ojos masculinos y oscuros que se entornaban debido a la sonrisa de una boca que ella no podía ver. Allegra abrió los ojos.

¿De dónde había salido esa imagen?

El corazón comenzó a latirle con fuerza. Maldita sea. Necesitaba controlar sus pensamientos. Tenía que salir al escenario en menos de un minuto. Negó con la cabeza y suspiró.

Y entonces, sucedió de nuevo. Pero esa vez con los ojos abiertos.

Y esa vez pudo ver que el hombre sonreía.

Debía de ser el estrés.

El hecho de haber estado preparándose durante semanas para aquel momento, la había afectado. Otros bailarines le habían contado que a veces, antes de una actuación, tenían pensamientos extraños, pero a ella nunca le había pasado.

¿Y por qué pensaba en aquel hombre al que ni siquiera conocía?

¿Por qué invadía su pensamiento en ese momento crucial? Resultaba muy inquietante. Lo que menos necesitaba. Los violines comenzaron a tocar la melodía que indicaba que tenía que entrar a escena.

Por fortuna, había ensayado tanto que su cuerpo reaccionó como si fuera un acto reflejo y salió al escenario sin verse afectada por el hecho de no estar del todo concentrada. Hubo un instante de silencio, una pausa en la música, y ella percibió que el público contenía la respiración.

La estaban observando. Esperando para ver qué hacía.

Su objetivo era sorprenderlos, transportarlos a otro mundo. Y cuando arqueó el brazo sobre su cabeza para iniciar una serie de pasos a través del escenario, deseó que fuera posible. Deseaba poder escapar a otro mundo. Y quedarse allí. En algún lugar nuevo, emocionante, donde nadie esperara nada de ella y no tuviera posibilidad de fracasar a la hora de alcanzar el nivel exigido.

Pero esa noche, mientras provocaba que el público creyera que ella era la Sirenita, mientras la veían saltar y girar desafiando a la gravedad, sabría la verdad.

Desde fuera, el ballet podía parecer algo que no requería mucho esfuerzo, pero era una actividad dura y exigente. Ella había elegido ese camino y no tenía escapatoria. No existía otro mundo. Era un espejismo.

Pero los engañaría a todos. Bailaría como una niña llena de tristeza y atrapada por la nostalgia, que desea una realidad que nunca podrá conseguir. Y no tendría que actuar, porque era la verdad. Su verdad.

«No hay escapatoria. Por mucho que lo desees».

Era tan cierto como el dolor de miles de cuchilladas.

–Ha sido maravilloso, cariño. Impresionante.

Allegra saludó con un beso a una mujer de la que ni siquiera recordaba su nombre y sonrió.

–Gracias. Pero, el mérito es de Damien, por ofrecerme la posibilidad de trabajar con una coreografía tan buena.

–Tonterías –dijo la mujer, moviendo la copa de champán y derramando unas gotas sobre el brazo de otra invitada.

Nadie se percató.

Sin embargo, Allegra era consciente de todos los detalles de la fiesta que se celebraba después de la actuación. Se fijó en los arcos de acero y cristal del salón que, en su día, había sido el famoso mercado de flores de Covent Garden. Y en cómo la gente se movía de un lado a otro con una copa de champán en la mano, gran parte de ella mirándola boquiabierta intentando que no se les notara.

–Disculpe –dijo ella con una sonrisa–. He visto a mi padre allí…

La mujer miró hacia donde ella señalaba y dijo:

–Por supuesto, por supuesto. Un hombre maravilloso y un director de orquesta con tanto talento… Debe de ser fantástico saber que está a tu lado el día del estreno. Debe de ser maravilloso sentir su apoyo.

Allegra deseaba decirle que no, que no era así. A veces, quería contar que el hecho de que su padre estuviera tan pendiente de su vida no era nada positivo. Deseaba sorprender a aquella mujer contándole la de veces que había deseado que su padre fuera un obrero o un profesor de colegio. Cualquier cosa excepto director de orquesta. O que se sentara en el patio de butacas, igual que hacían los otros padres, en lugar de estar siempre bajo los focos del escenario. Quizá así, ella no se sentiría aplastada por su mirada, ni por las expectativas que él tenía sobre ella, no solo como padre, sino también como su representante y mentor.

Por supuesto, no dijo nada. Sonrió de nuevo y se separó de ella.

A los periodistas les encantaba sacar partido de la relación padre-hija: con titulares como: Un viudo desolado dirige la orquesta mientras su hija, la bailarina, encabeza el reparto. Tal y como habían hecho con su madre cuando estaba viva.

En algunos momentos de intensa tristeza, ella lo acusaba de que, en el fondo, le encantaba que lo hicieran. Para duplicar su fama. Pero no era cierto. Él solo quería que las cosas fueran como antes, retroceder en el tiempo y resucitar a los muertos. Pero como era imposible, no le quedaba más remedio que conformarse con su segunda opción. Allegra había notado que él había recuperado la alegría cuando ella se creció lo suficiente como para ponerse los zapatos de su madre y desempeñar su papel como bailarina.

Pero esa noche no. Esa noche era solo para ella. Nadie haría comparaciones. Al día siguiente, las críticas hablarían de su éxito o de su fracaso, y de nadie más.

Puesto que había utilizado a su padre como excusa, decidió acercarse a saludarlo. Avanzó entre la multitud ignorando a todos los que la miraban. Eran muchos. Aquella noche, ella era la estrella de la fiesta.

Pero no quería hablar con ellos. Ni con los desconocidos, ni con aquellas personas que conocía de la compañía. La miraban como si fuera diferente a ellos, como si fuera alguien de otro planeta, y no un ser humano.

En más de una ocasión tuvo que cambiar de dirección cuando le cerraban el paso. O permanecer quieta, en espera de que se abriera un hueco entre el gentío.

Todos celebraban el éxito, tras el gran esfuerzo que había supuesto preparar el espectáculo de aquella noche y mostraban su alegría mediante risas y animadas conversaciones.

Pero Allegra no sentía nada.

Ni alegría, ni nada que deseara salir con fuerza de su interior.

Excepto, quizá, el deseo de gritar.

Desde hacía unos años se preguntaba qué pasaría si algún día lo hiciera. ¿Cómo reaccionaría la gente si Allegra Martin, una mujer reservada, se plantara en el centro de la habitación y gritara con fuerza desde lo más profundo de su alma?

La expresión de sus rostros no tendría precio.

Le gustaba aquella fantasía, porque la había ayudado a soportar numerosas fiestas, comidas y eventos. Pero ya no le parecía tan divertida, porque esa noche tenía muchas ganas de convertir la fantasía en realidad.

Le apetecía gritar de verdad. Y el deseo era tan irresistible que la asustaba.

Continuó avanzando hasta donde estaba su padre y se percató de que él no la había visto llegar porque estaba conversando con el director artístico. Oyó que mencionaban su nombre. Ninguno de los dos parecía contento.

¿No había actuado bien esa noche? ¿Los había decepcionado? La idea hizo que el pánico se apoderara de ella y, cuando estaba a punto de interrumpir la conversación de su padre, giró hacia la derecha y aprovechó un hueco entre la gente para alejarse de allí.

Curiosamente, una vez que empezó a caminar no pudo parar. No hasta que salió de la fiesta, bajó por las escaleras hasta el recibidor, dejando la copa de champán sobre la barandilla, y atravesó la puerta giratoria para salir al exterior, donde el aire fresco de la noche acarició sus pulmones.

Permaneció allí, pestañeando.

¿Qué estaba haciendo?

No podía marcharse. No podía escapar.

Su padre estaría esperándola. Y los patrocinadores y el personal de dirección querrían saludarla.

Le dolía todo el cuerpo. Se había despertado a las seis, había realizado su clase de las mañanas y había pasado casi toda la tarde ensayando con Stephen, su pareja de baile, los cambios que el coreógrafo había decidido hacer a última hora. Y el espectáculo que parecía tan ligero y etéreo desde fuera, en realidad había sido agotador.

Durante unos segundos, permaneció quieta y con los ojos cerrados. «Respira hondo y suelta el aire despacio», se ordenó.

Al cabo de un momento, abrió los ojos de nuevo. Se volvió y regresó al interior, subió por las escaleras, recogió su copa de champán y entró de nuevo en el salón para perderse entre la multitud.

Allegra abrió los ojos y miró el reloj digital que tenía sobre la mesilla. Era demasiado tarde para estar despierta. ¿O demasiado temprano para levantarse?

Siempre le pasaba lo mismo después de la noche del estreno. Estaba demasiado cansada, demasiado nerviosa, y demasiado pendiente de las críticas que se publicarían al día siguiente.

Consciente de que no conseguiría nada tratando de quedarse dormida, abrió el cajón de la mesilla y sacó el mando a distancia del televisor. Al instante, una luz azulona invadió la oscuridad. Rápidamente, silenció el volumen para no despertar a su padre.

Cambió de canal montones de veces en busca de algún programa interesante. Justo cuando estaba a punto de abandonar, una imagen hizo que se quedara paralizada.

En la pantalla aparecía la imagen de un par de ojos marrones muy masculinos. Y una sonrisa mortal.

Conteniendo la respiración, Allegra subió el volumen una pizca, lo justo para poder oír.

Era Finn McLeod. ¡Un hombre muy atractivo!

Pura energía masculina y un brillo de aventura en su mirada.

Su cabello oscuro caía hacia un lado de su frente y su sonrisa decoraba un rostro de barba incipiente. Ella no sabía que retransmitían programas de Fearless Finn a esas horas de la noche. Y casi mejor, porque de haberlo sabido habría pasado las noches viendo cómo escalaba montañas y descendía cañones. Y por desgracia, una bailarina con falta de sueño no habría tenido éxito en la Royal Opera House.

A veces se sentía muy vieja. Y eso no estaba bien a los veintitrés, ¿no? Sin embargo, se sentía como si se le hubiera escapado la vida entre ensayos y actuaciones, y hubiese envejecido antes de tiempo. Ni siquiera era sorprendente que, en el fondo, deseara hacer algo nuevo.

Fijó la mirada en la pantalla del televisor y observó cómo Finn McLeod explicaba la manera de encontrar comida si uno tenía la mala suerte de quedarse perdido en las montañas.

Ella sonrió. Nunca se había fijado en que dentro de las piñas había unas semillas que podían comerse.

¿O sí?

Suponía que sí. Había tomado pasta con piñones muchas veces. Simplemente era que nunca había relacionado los pinos de montaña con el paquete de piñones que se vendía en los supermercados.

Y por eso le gustaba ver Fearless Finn. Le recordaba que era joven, y que todavía le quedaba mucho por ver y por aprender.

Finn se volvió hacia la cámara y sonrió antes de lanzarse desde una roca al agua del río.

Él era tan… Allegra no sabía cómo describirlo, pero se sentía viva cuando lo veía en la pantalla.

Otro síntoma de la vida tan limitada que tenía que vivir si quería llegar a lo más alto de su profesión. El ballet debía serlo todo para ella. E igual que sentía que no sabía mucho acerca del mundo, sabía que apenas tenía experiencia con los hombres. Sin embargo, al ver a Finn en la pantalla, deseaba aprender mucho de ambas cosas.

Se sonrojó y se mordió el labio inferior. Era como si por fin hubiese descubierto su amor de la adolescencia. En aquellos momentos, Finn McLeod era para ella y estaba dispuesta a olvidarse de las críticas de ballet y a dejarse llevar por sus cautivadores ojos marrones.

Observar el amanecer desde la cima de un glaciar era la manera en que a Finn McLeod le gustaba comenzar el día. El horizonte era azul cobalto y, a medida que el sol ascendía, tornaba a un tono más pálido.

–¡Vaya! –exclamó el actor famoso que estaba a su lado–. Es perfecto –dijo el chico.

–Sí –dijo Finn. Aquella imagen no podía mejorarse mucho más.

Tobias Thornton y él permanecieron en silencio disfrutando de aquel momento.

–El helicóptero no tardará mucho –dijo Finn, mirando las mochilas que estaban sobre el hielo. Cuando se volvió de nuevo hacia la salida del sol, vio que Toby se disponía a darle un abrazo.

–Gracias, amigo –dijo Toby, dándole unas palmaditas en la espalda.

–De nada –contestó Finn.

El actor se separó de él y dio un paso atrás.

–Esto me ha cambiado la vida, Finn. En serio –se volvió para mirar el amanecer otra vez, pero continuó hablando–. Me siento como si hubiese tirado toda la porquería que he ido acumulando a lo largo de mi vida y hubiera descubierto quién soy en realidad.