Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2006 Fiona Harper. Todos los derechos reservados.

LA SERENIDAD DE LA PASIÓN, N.º 2475 - agosto 2012

Título original: Blind-Date Marriage

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Este título fue publicado originalmente en español en 2007.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

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I.S.B.N.: 978-84-687-0751-8

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

CAPÍTULO 1

JAKE sólo sabía dos cosas sobre la mujer con la que iba a encontrarse: su nombre era Serena y su padre tenía mucho dinero.

Serena.

Qué nombre más esnob. Seguramente llevaría pantalones de montar. Mel no le había dicho si era guapa o no, de modo que seguramente tendría cara de caballo.

Casi parecía verlo: una estantería llena de trofeos de hípica, la habitación decorada con telas de Laura Ashley… Serena llevaba el pelo recogido en un apretado moño y tenía muchos dientes.

Jake cruzó la enorme avenida a la carrera, abriéndose paso entre el insoportable tráfico de Londres, escuchando el sonido airado de los cláxones cuando iba haciendo zigzag entre los coches.

Por eso le gustaba pasear. Le daba una sensación de libertad en medio de aquel caos. Él no aceptaba órdenes de nadie, especialmente de un poste con tres luces de colorines.

Cuando por fin llegó a la otra acera, sacudió la cabeza para quitarse el agua del pelo. Era una fina llovizna, sólo visible bajo las luces de las farolas, pero estaba más mojado que si le hubiera caído una tormenta.

No iba a tener un aspecto perfecto cuando llegase al restaurante. Pero sería amable, encantador. Y luego saldría de allí lo antes posible.

Mientras Serena no tuviera risa de caballo soportaría la tentación de huir por la ventana del lavabo. Esperaba que hubiese una ventana. Por si acaso.

Pero debería haberlo comprobado antes.

En el futuro haría tareas de reconocimiento antes de alguna de las citas a ciegas en las que le metía la pesada de su hermana.

Aunque no habría una próxima vez si él podía evitarlo.

Seguía sin entender por qué había aceptado aquélla. Mel había llamado a su oficina y lo había dejado caer en la conversación mientras él estaba estudiando un informe de gastos, diciendo «sí» y «no» a intervalos, como solía hacer cuando lo llamaba su hermana. Pero, sin darse cuenta, había aceptado una cita en Lorenzo’s con una completa extraña. Que se llamaba Serena y tenía cara de caballo.

Algún día tendría que ponerse firme con Mel, se dijo a sí mismo. Pero su hermana pequeña le había robado el corazón desde la primera vez que le sonrió. Seguro que sabía que no la estaba escuchando mientras le hablaba de aquella cita a ciegas. En realidad, seguramente habría planeado exactamente a qué hora debía llamarlo para que estuviese más ocupado.

Jake tomó un atajo por el parque. Eso era mejor que soportar el ruido de los coches. Aunque no había mucho verde en aquella época del año, al menos olía a noviembre: a bellotas y hojas secas en el suelo. Jake respiró profundamente para saborear el olor a tierra mojada. Fue entonces cuando se fijó en el mendigo. De no ser por el olor que despedía habría pensado que era un abrigo olvidado sobre un banco…

Al viejo no parecía importarle la lluvia. O, más bien, estaba profundamente dormido. Un hilillo de saliva caía por su barbilla y el viento hacía rodar una lata vacía de cerveza debajo del banco. Jake tomó el Financial Times que llevaba bajo el brazo y colocó unas cuantas páginas sobre su pecho… sin tocarlo. Con un poco de suerte, cuando la lluvia hubiera empapado el papel, al mendigo se le habría pasado la borrachera y se iría a algún sitio más seco.

Luego siguió su camino, pensativo.

A él no le gustaba mucho el restaurante Lorenzo’s. Y no sabía por qué su hermana Mel lo había elegido para que se encontrase con la caballuna Serena.

Según lo que había leído en Internet, el restaurante era pequeño, familiar, nada especial. Él prefería sitios que fueran exclusivos, ahora que podía permitírselo. Que le dieran mujeres con diamantes, hombres con abultadas carteras y camareros que se doblaban por la cintura cada vez que entraba un cliente.

Pero, supuestamente, la comida era buena y el crítico recomendaba los canelones de carne y setas. Aunque a Serena eso le daría igual. Ella pediría una hoja de lechuga o una zanahoria y tan contenta.

La ventana del lavabo sonaba cada vez más tentadora. Quizá podría entrar por la parte de atrás y echarle un vistazo antes de nada…

Estaba tan perdido en sus pensamientos que no vio el charco. Y tampoco vio el deportivo que se acercaba a toda velocidad. Lo que sí vio fue la enorme ola que levantó al pasar por encima. Y vio, sin poder hacer nada, como a cámara lenta, que esa ola de agua sucia lo empapaba de la cabeza a los pies.

Por el espejo retrovisor ella vio la ola de agua que había levantado sin darse cuenta y contuvo un gemido.

Estaba tan perdida en sus pensamientos que se le había olvidado el charco que se formaba siempre en aquella esquina. Sin pensar, pisó el freno, salió del coche y se dirigió corriendo hacia el pobre hombre al que había empapado.

No se había movido. Estaba mirando su traje empapado como si no se lo pudiera creer.

–¡Ay, Dios mío! No sabe cómo lo siento…

Él levantó la cabeza y la fulminó con la mirada.

–¿Se encuentra bien?

El hombre levantó una ceja. O eso le pareció. No era fácil decirlo porque tenía el pelo pegado a la frente.

–¡Está empapado! Deje que le lleve a alguna parte… Es lo mínimo que puedo hacer.

Llevaba hablando quince segundos por lo menos, pero tuvo la impresión de que él se fijó sólo en ese momento. La miraba de arriba abajo con una expresión… rara. Ella miró su falda de ante y sus botas de tacón. En fin, también se estaba empapando, pero no había salido del coche con la falda enganchada en las bragas. ¿O sí?

Cuando volvió a levantar la mirada, él estaba sonriendo. Y no la clase de sonrisa amable que pone uno cuando el camarero te lleva una copa. No, una sonrisa de verdad.

Una sonrisa que le provocó un escalofrío.

Aquel hombre tenía un rostro muy atractivo.

Había empapado a un chico guapísimo.

–¿Estaba diciendo…?

–Sí. Es que… lo menos que puedo hacer es llevarlo a algún sito.

–Sí, seguramente es buena idea. Me temo que no estoy para ir a cenar a un restaurante.

–Qué horror. No sabe cómo lo siento… Le he estropeado la noche, así que le llevo donde usted me diga. Y no quiero discusiones.

Él la volvió a mirar de arriba abajo.

–Yo no pienso discutir. Bonito coche, por cierto.

La llovizna estaba convirtiéndose en lluvia de verdad y una gruesa gota cayó sobre su frente. Sin decir nada, los dos salieron corriendo hacia el Porsche azul y entraron a toda prisa.

Ella lo observó pasándose una mano por el pelo. Estaba incluso más guapo con el pelo echado hacia atrás. Ahora podía ver bien su cara. ¿Cómo podían unos fríos ojos azules parecer tan ardientes? Y esa mandíbula firme… Parecía un hombre que controlaba su destino. Y eso le gustaba.

–El coche no es mío en realidad.

–¿Qué ha hecho, robarlo?

–No, claro que no. El mío está en el taller. Éste me lo ha prestado… un amigo.

No pensaba decirle que era el coche de su padre. No quería que supiera que su padre estaba pasando por una crisis de identidad. Porque el alocado comportamiento de Mike Dove no había empezado cuando cumplió los cincuenta sino cuando era un adolescente. Y no había madurado nunca.

Pero no le gustaba admitir eso cuando conocía a un hombre que le gustaba. Había aprendido a esconderlo hasta que era seguro soltar la bomba… e incluso entonces nunca estaba segura de si ella era la atracción principal.

Los ardientes ojos azules estaban mirándola intensamente.

–¿Un amigo? Pues dígale que tiene muy buen gusto en coches… y en mujeres.

Ella intentó arrancar, nerviosa. «Venga, chica, replica con alguna broma. Dile que se equivoca».

–¿Dónde quiere que le deje?

«Genial. Bien hecho. Qué ingeniosa».

–En la calle Portman. ¿La conoce?

–Conozco a una persona que vive por allí. No está lejos, ¿no?

–No, pero con este atasco podríamos tardar veinte minutos.

–Lo sé. A veces creo que es más rápido ir caminando.

–Yo opino lo mismo. Aunque si no quieres mojarte… –sonrió él, levantando la pernera de su pantalón con dos dedos–. Pero no se preocupe, en realidad me ha hecho un gran favor. No me apetecía absolutamente nada lo que tenía que hacer esta noche y usted me ha dado la excusa perfecta para salir corriendo.

–¿Ah, sí?

–Sí. Tenía una cita con una chica que parece un caballo… y no sé si es la cara o los cuartos traseros en lo que más se parece.

Ella soltó una carcajada.

–Ah, pues entonces considéreme su caballero andante.

–Le estoy eternamente agradecido, señorita. De hecho, debería darle las gracias como Dios manda. ¿Qué tal si cenamos juntos?

Como estaban parados en un semáforo, ella lo miró a los ojos.

–¿Se le ha olvidado por qué estamos aquí? ¡Está empapado!

–No tardaría mucho en cambiarme de ropa. Podríamos cenar cerca de mi casa, en un restaurante. Estaría usted absolutamente a salvo.

–¿Y cómo voy a estar segura? Acabamos de conocernos. Ni siquiera sé su nombre.

–Jake.

–Bueno, Jake, no te conozco de nada.

–Pero me has dejado subir en el coche de… tu amigo. Y podría ser un asesino. Podría llevar un hacha en el bolsillo.

Ella se puso rígida. Tenía razón. Le había dado tanta pena empaparlo que lo dejó subir a su coche sin pensar en nada más.

–No seas tonto –dijo, sin embargo, intentando hacerse la valiente–. Yo te rescaté a ti, ¿recuerdas? No puedes llevar un hacha en el bolsillo.

¿O sí?

Jake soltó una carcajada y eso la relajó un poco. Aunque no del todo. Afortunadamente, poco después llegaban a la calle Portman, una calle ocupada por casas victorianas convertidas en pisos.

–¿Hacia dónde voy?

–Vivo aquí mismo. En el segundo piso.

–Ah, es muy bonito.

–Sube conmigo y te haré una visita guiada.

–Eres un poco fresco, ¿no?

–Sé lo que quiero y no paro hasta conseguirlo –afirmó.

El doble sentido de la frase hizo que se pusiera colorada. Pero se sintió muy orgullosa de contestar sin que le temblase la voz:

–Lo siento, Jake. Quizá otro día.

–¿No puedes darle plantón?

Una contestación como ésa la habría enfadado en otra ocasión, pero Jake era tan encantador que tuvo que sonreír.

–No.

Pero le gustaría. Curiosamente, la idea de encontrarse con Charles Jacobs cada vez se le antojaba menos apetecible.

–Una pena. Pero al menos dame tu número de teléfono.

–¿Que le dé mi teléfono a un maníaco con un hacha? ¡Debes estar loco!

Ella sonrió.

Él sonrió.

Si no salía disparada de allí acabaría por cancelar su cita. Y entonces Cassie la mataría por darle plantón al que podía ser el «hombre de su vida» y eso no podía ser.

Pero Jake sacó una tarjeta del bolsillo y anotó algo en el dorso con una pluma.

–Como quieras. Éste es mi número de teléfono.

Incluso la tarjeta estaba mojada. Desde luego lo había empapado, al pobre.

–Úsalo.

Sus ojos se encontraron. Estaba tan seguro de que iba a llamarlo… No había ni sombra de duda en su expresión. Las mujeres seguramente caían rendidas a sus pies todos los días, pensó. Por un lado, le daban ganas de tirar la tarjeta por la ventanilla. Por otro, le gustaría meterla dentro del sujetador para no perderla.

–Es posible. Adiós, Jake.

–Adiós –se despidió él, cerrando la puerta.

Iba a arrancar de nuevo cuando Jake golpeó la ventanilla con la mano.

–¡Espera!

Ella presionó el botón, disfrutando de su evidente irritación cuando la ventanilla empezó a bajar con toda lentitud.

–No me has dicho tu nombre.

–No, es verdad.

–¿Y bien?

–Tengo la impresión de que eres el tipo de hombre que no deja que un pequeño detalle como ése se interponga en su camino. Lo averiguarás… si realmente estás interesado.

Y después de decir eso subió la ventanilla y desapareció al final de la calle. Cuando miró por el espejo retrovisor una sonrisa iluminó su cara. Él seguía en la acera, con la boca abierta.

No volvió a mirar. En lugar de hacerlo tocó el claxon y sacó la mano por la ventanilla.

¡Eso sí que había estado bien!

Una tontería, pero había estado bien.

Una tontería porque la única razón por la que no le había dicho su nombre era la curiosa reacción que provocaba en todo el mundo. No había querido estropear el momento, no quería que el guapísimo Jake sacara conclusiones precipitadas sobre ella.

¿En qué estarían pensando sus padres cuando le pusieron por nombre Serendipity? ¡Eso era prácticamente maltrato infantil! Había sido el objetivo de todos los matones del colegio por ese maldito nombre.

¿Por qué no la habían llamado Sally o Susan? Nombres sensatos, tradicionales. Nadie pensaría que Susan era un nombre hippy. Y Sally era el tipo de chica cuyo padre tenía un trabajo de nueve a cinco, mientras su madre se dedicaba a hacer pasteles y se preocupaba por la cantidad de maquillaje que se ponía su hija adolescente.

Entonces dejó escapar un suspiro.

Había sido una bobada escapar sin darle su número. Ahora tendría que llamarlo ella si estaba interesada. Debería haberle dado su número y esperar que la llamase. A ella siempre le había gustado el cortejo clásico.

Suspirando de nuevo, dio la vuelta a la esquina y se dirigió al restaurante. Quizá había merecido la pena no decirle su nombre para verlo con la boca abierta. Al menos tendría algo por lo que sonreír si Charles Jacobs resultaba ser un aburrido.

Después de aparcar el coche en la puerta miró su reloj. Sólo llegaba media hora tarde. Si sonreía y movía un poco la melena, quizá a Charles no le importaría demasiado.

De modo que salió del coche y corrió al restaurante. Había demasiadas uvas de plástico y demasiadas botellas de vino forradas con tela de saco para que la decoración resultase de buen gusto, pero no le importaba. Era un sitio muy acogedor.

Había una mujer inclinada sobre la barra, colocando botellas de zumo de naranja en la estantería de abajo. Pero reconocería ese trasero en cualquier parte.

–¡María!

María se incorporó a tal velocidad que se le cayeron dos botellas al suelo. La mujer levantó los brazos y lanzó un grito:

–¡Gino, nuestra niña ya está aquí!

Un hombre grueso de mediana edad apareció entonces por la puerta que conectaba la cocina con el bar.

–Pensábamos que te había atropellado un autobús, ¿verdad, cariño?

Ella se agachó para entrar en la barra y abrazarlos a los dos.

–Mira que eres dramático, Gino. Y ahora dime, ¿cómo es?

El hombre hizo un gesto hacia su mesa favorita, cerca de la ventana. Pero la mesa estaba vacía.

–¿No ha llegado todavía?

Gino negó con la cabeza, abrumado por la tragedia.

–Bueno, da igual. Yo también he llegado tarde, así que no me puedo quejar.

¡Aunque esperaba que mereciese la pena! Mataría a Cassie si hubiera vuelto a prepararle una cita con un idiota. Su amiga sabía que estaba dispuesta a sentar la cabeza, pero no parecía entender la diferencia entre «estable y responsable» y «absolutamente insoportable».

Sólo había aceptado aquella cita porque era mucho más fácil que discutir con ella. Si le decía que no, Cassie insistiría durante días y días hasta que por fin se rindiera, de modo que lo mejor era decir que sí desde el principio y ahorrarse la charla de una vez por todas.

Gino le llevó una copa de su vino favorito y ella se puso a mirar por la ventana.

Se levantó con una sonrisa en los labios cuando un hombre con traje de chaqueta y un ramo de flores pasó por delante, pero el hombre pasó de largo y se encontró con una rubia que lo esperaba a la entrada del metro. Ah, no era Charles Jacobs.

Los minutos pasaban y la única persona que entró en el restaurante fue un hombre bajito y calvo.

Ella se escondió detrás de la carta, rezando para que no fuera Charles Jacobs… Afortunadamente, una mujer alta con los dientes torcidos lo esperaba al otro lado del restaurante. Entonces bajó la carta… y se sobresaltó al ver a Gino, que parecía haberse materializado de repente.

–Hay un mensaje para ti. Ha llamado por teléfono.

Por su cara, estaba claro que no era una buena noticia.

–¿Qué ha dicho?

–Que lo siente mucho, pero que le ha surgido algo y no puede venir.

¡Que le había surgido algo! ¿Qué clase de excusa era ésa?

–¿No ha dicho nada más?

–Que lo sentía mucho. Y que te espera mañana a la una en el Maison Blanc –Gino arrugó la nariz al pensar que alguien iba a comer en un establecimiento que no fuera el suyo–. Pero también ha dicho que, por supuesto, tu cena de esta noche corre por su cuenta.

Ella cerró la carta y sonrió como un gato frente a un canario.

–En ese caso, amigo mío, quiero el entrante de caviar, seguido del plato más caro que Marco pueda cocinar. Ah, y una copa de champán para todo el mundo.

Gino le guiñó un ojo.

–¡Ésa es mi chica! Para que aprenda.

Menuda cara. Dejarla plantada y luego prácticamente exigir que fuera a comer con él el día siguiente sin pensar si ella podría o no. Que no tuviera nada mejor que hacer y pudiese ir a comer donde le diera la gana y a la hora que le diera la gana no tenía nada que ver. Era un arrogante y un idiota por pensar que ella estaba tan desesperada como para obedecer sus órdenes.

«¡Ni lo sueñes, guapo!» No pensaba ir. Al día siguiente sería él quien recibiera el plantón.