cover.jpg
portadilla.jpg

 

 

Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2004 Ally Blake. Todos los derechos reservados.

UNIDOS DE NUEVO, Nº 1925 - octubre 2012

Título original: Marriage Make-Over

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2005

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-1118-8

Editor responsable: Luis Pugni

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Capítulo 1

 

LA TEORÍA DE KELLY:

¿QUIERES SER UNA CHICA «SOLTERA Y ORGULLOSA DE SERLO»?

¡SÉ DECIDIDA, SÉ TEMERARIA, SÉ DURA!

 

 

–Kelly Rockford, cariño, eres todo un éxito!

Ésas eran la clase de palabras que Kelly sólo había oído en sueños. Pero ahí estaba, sentada delante del escritorio de la editora de la revista Fresh, Maya Rampling, oyendo esas mismas palabras.

Maya señaló el último artículo que Kelly había escrito en la revista.

–Es lo mejor que has escrito hasta ahora. Este artículo ha causado un gran impacto. Apenas ha transcurrido un mes y recibes más correo que ninguna otra escritora de la revista. Por lo tanto, he decidido ofrecerte un contrato para que trabajes como freelance aquí en Fresh.

Soltera y orgullosa de serlo, su columna semanal sobre ser soltera y feliz, se acababa de convertir en el medio para dejar de escribir sobre compromisos matrimoniales, bodas y defunciones en los periódicos locales. Y le permitiría pagar el alquiler sin retrasos.

Estaba encantada.

–Te ofrecemos un contrato de tres meses –continuó Maya–. Podrás trabajar donde quieras, aquí o en casa, siempre y cuando yo tenga un artículo tuyo todos los lunes a las cinco de la tarde y las respuestas a los lectores no se retrasen. De ser así, serás bienvenida como miembro de la familia Fresh. Vamos, voy a enseñarte tu lugar de trabajo.

Maya se puso en pie y Kelly la imitó.

Cuando llegaron a su lugar de trabajo, Kelly tuvo que reprimir un grito de absoluta felicidad. Estaba delante de su propio cubículo de tres paredes, entre otra docena de diminutos cubículos iguales al suyo. El escritorio era tan pequeño que le recordó al pupitre del colegio. Su cubículo contenía también un tablero de corcho colgado de una de las paredes, un mueble archivador, un teléfono, artículos de papelería y un ordenador.

Kelly se quitó la chaqueta vaquera y el pañuelo rosa que llevaba al cuello, y los colgó del respaldo de la silla giratoria. Después, se sentó.

Sí, su sueño se había convertido en realidad.

–Bueno, ¿qué te parece esto? –le preguntó Maya.

¡Le parecía que era como flotar en una nube!

–Bien, gracias –respondió Kelly tranquilamente.

–Estupendo. Bueno, y ahora vamos a lo que importa, tu próximo artículo. Has tocado una fibra nerviosa y quiero que continúes, que profundices en cada artículo semanal. A nuestras lectoras les gusta tanto lo que escribes que, con mi infinita sabiduría, he decidido que las respuestas a las lectoras formen buena parte de tu página. Pero vamos a empezar por lo más difícil: entre las legiones de admiradoras, ha habido un lector que no parecía convencido.

–¿Sólo uno?

«¡Estupendo, Kelly!»

Maya le dedicó una indulgente sonrisa.

–Sí, un lector que ha expuesto una interesante objeción. Quiero que le contestes en el próximo artículo.

Maya dejó una carta en la mesa de Kelly y se marchó diciendo:

–Diviértete y bienvenida a la familia Fresh.

¿Que se divirtiera? Estaba resultando ser el mejor día de su vida; al menos, el mejor que se atrevía a recordar. Ahora tenía un trabajo de verdad que le encantaba y que le iba a permitir ganarse la vida decentemente; también tenía un casi despacho, una silla giratoria y, sobre todo, un contrato con sueldo. Lo único que sentía era no tener clavada a su madre en el tablero de corcho de la pared para que hubiera oído todo lo que Maya había dicho. De ser así, su vida sería perfecta.

Kelly agarró la carta, aún sorprendida de que sólo hubiera habido una persona que hubiera escrito algo negativo respecto a su artículo. La idea de Soltera y orgullosa de serlo se le había ocurrido hacía un mes, después de una noche de copas un sábado con su compañera de piso, Gracie; y Cara, la dueña de la casa. Las tres habían estado quejándose de sus antiguos novios, hartas de gastar energía en sus relaciones mientras los hombres las consideraban algo mejor que el cricket, pero no tan importantes como la comida casera de sus madres. ¿Era eso el amor?, se habían preguntado a sí mismas. ¿Era eso lo máximo a lo que podían aspirar?

Así nació Soltera y orgullosa de serlo. Después de las copas, Kelly se puso a escribir sobre el tema. A la semana siguiente ya le había vendido el artículo a Fresh y, desde entonces, había estado escribiendo semanalmente sobre lo mismo.

Bajó los ojos, miró la carta y leyó:

 

Querida Kelly:

Dices que los hombres y las mujeres se atraen, pero no indefinidamente. Dices que se unen con el fin de llenar un espacio, un tiempo, el vacío dejado por sus padres.

Bueno, querida Kelly, no me creo ni una sola palabra de lo que dices.

Creo que eres una mujer que has amado y has sido amada profundamente. Creo que te has convencido a ti misma de que el amor no existe con el fin de evitar sentir que has fracasado.

En mi opinión, querida Kelly, el amor existe. Sobre todo en tu caso. Lo único que tienes que hacer es liberarte y permitirte encontrarlo.

Simon de St Kilda.

 

Kelly soltó la carta como si se hubiera quemado los dedos. Rápidamente, volvió la cabeza para asegurarse de que nadie la hubiera leído, las palabras que no quería que nadie creyera ya que eran unas palabras que podían hacerle mucho daño.

¿Cómo lo sabía la persona que había escrito eso? En ese momento, el velo imaginario que le tapaba los ojos se le levantó. Agarró la carta y leyó el nombre del remitente.

Simon de St Kilda.

¡No podía ser!

Kelly conocía a un Simon, pero de eso hacía un siglo. Y, por lo que sabía, ese tal Simon vivía en Fremantle, en el lado opuesto de Australia. No en Melbourne y, desde luego, no en St Kilda, el barrio en el que ella misma vivía.

Tanto la carta como la firma estaban mecanografiadas, por lo tanto no podía reconocer la letra. Olió el papel y le olió a papel, no a hoguera en la playa, un olor que siempre asociaba con Simon.

No obstante, sabía que era Simon quien había escrito la carta. Hasta podía oír el timbre de su voz en cada sílaba.

Simon de St Kilda era Simon Coleman. Su Simon Coleman, de quien no había tenido noticia durante los últimos cinco años, desde el día que cumplió dieciocho años; desde el día en que, por un motivo desconocido para ella, él había huido y jamás había regresado.

Pero ahora estaba allí, escribiéndole sobre el amor.

El rostro le quemaba; no de vergüenza, sino de ira. ¿Cómo se había atrevido a escribir sobre ella? Era la persona con menos derecho a acusarle de negar sus propios sentimientos. Ella jamás había reprimido lo que sentía, sino todo lo contrario.

–Bueno, ¿qué te ha parecido? –le preguntó Maya que pasaba por delante de su cubículo en ese momento.

Kelly parpadeó rápidamente.

–¿Mmmmm?

–Me refiero a la carta –clarificó Maya–. ¿Crees que podrás justificar tu posición? ¿Vas a poder refutar sus palabras sin problemas y mandarle al infierno?

«Sí, sin problemas. Y ni siquiera tienes que pagarme para que lo haga».

–Podría hacerlo, pero... ¿no has dicho que has tenido mucha correspondencia favorable a los artículos?

–Sí, claro. Pero ya tendrás tiempo de contestar a tus admiradoras después de poner a este tipo en su sitio, ¿no te parece?

Kelly se encogió de hombros.

–Supongo que tienes razón.

–Estupendo –dijo Maya con un brillo travieso en sus ojos–. En ese caso, querida Kelly, escribe algo sensacional. Quiero algo sensacional. Y quiero que aparezca Simon de St Kilda.

«No puedes imaginarte lo que podría escribir sobre él».

Maya le dio una palmada en el hombro y se marchó para hablar con otra de las escritoras.

¿Qué quería Simon? ¿Por qué había vuelto? ¿Y cómo iba ella a poder mantener la compostura si lo veía? Tembló al recordar pasándole los dedos por aquel maravilloso cuello.

Kelly entró en Internet, buscó la guía telefónica local y encontró a un único S. Coleman en St Kilda. Con manos temblorosas, descolgó lentamente el auricular de su teléfono privado que apenas unos minutos antes le había causado tan ridículo placer y marcó.

Aunque Maya no hubiera insistido, habría tenido que verlo de todos modos.

Simon era su esposo.

 

 

Kelly, con los pies como si fueran de plomo, se quedó mirando al tercer piso del elegante edificio de apartamentos en St Kilda. Las ventanas estaban abiertas y blancas y ligeras cortinas se mecían con la brisa. Había alguien en la casa y ese alguien tenía que ser Simon Coleman.

Después de llamar al teléfono y colgar varias veces aquella mañana; al final, había decidido ir a verlo personalmente. Tenía que enfrentarse a él cara a cara.

Ahora, a primeras horas de la tarde, sin chaqueta vaquera y sin pañuelo, prendas que había dejado en el respaldo de la silla giratoria, sintió un temblor recorriéndole el cuerpo. El tiempo iba a cambiar para peor. Durante los cinco minutos que llevaba ahí de pie en la calle, el cielo se había tornado gris y se había levantado una fresca brisa. Iba a empezar a llover en cualquier momento.

La puerta del edificio se abría hacia dentro. Una mujer joven la estaba abriendo con la cadera mientras empujaba un cochecito de niño. Kelly se apresuró a ayudarla.

La mujer la miró y sonrió.

–Gracias.

–De nada.

Kelly se dio cuenta de que aún estaba sujetando la puerta después de que la mujer desapareciera de su vista. Ya que podía entrar, no tenía sentido llamar al telefonillo. Se adentró en el vestíbulo del edificio y la puerta se cerró a sus espaldas.

La entrada era amplia y elegante. Los tacones de las botas negras repiquetearon en el suelo de mármol mientras se dirigía al ascensor. Cuando se abrieron las puertas de éste, se dio cuenta de que era la última oportunidad que tenía de escapar de allí a toda prisa, pero dejó que se volvieran a cerrar.

En el espejo del ascensor vio reflejada su imagen: una mujer joven y delgada de estatura media, enfundada en un vestido ceñido negro y botas negras de tacón; cabello largo, espeso y oscuro con mechas rubias recogido en una coleta; ojos grandes y marrones de expresión triste a los que el maquillaje les confería un aire dramático.

La última vez que había visto a Simon ella llevaba el pelo corto y de punta, producto de sus años rebeldes. También había pesado unos cuantos kilos más, luciendo envidiables curvas. Ella se había referido a sus curvas con el término «grasa»; Simon, por el contrario, las había calificado de adorables. Pero vivir fuera de casa y pagarse el alquiler con esporádicos cheques le había hecho saltarse alguna cena que otra. La grasa acabó desapareciendo y ahora estaba delgada. ¿Le parecería a Simon una delgadez excesiva?

«¿Y qué me importa?», pensó Kelly. La razón por la que estaba allí era para decirle que se guardara sus opiniones para sí mismo.

Las puertas del ascensor se abrieron y a Kelly le dio un vuelco el corazón. Se encontró en un pequeño vestíbulo particular de suelo blanco desde donde oyó ruidos de cocina. Respiró profundamente y se adentró en la casa como si fuera la dueña.

Era un lugar precioso. Suelos de madera pulida y alfombras color crema, mobiliario contemporáneo, sofás y sillones de cuero. Todo opulento. Era un lugar en el que sus padres se encontrarían cómodos, lo que le hizo sentirse aún más fuera de lugar.

Una mujer de cabello cano y uniforme de sirvienta apareció.

–Hola.

–Hola –respondió Kelly con la esperanza de que la sonrisa no pareciera fingida–. ¿Está... Simon en casa?

–No, lo siento. ¿Es usted amiga del señor Coleman?

¿Amiga? No, nada de eso.

–No, no soy una amiga, soy su esposa.

La otra mujer arqueó las cejas con gesto de sorpresa.

–No sabía que tuviera una esposa.

–Hace mucho que no... nos vemos.

La mujer asintió.

–Ya, ahora lo entiendo. Bueno, me alegro de que haya vuelto. A esta casa le hace falta una mujer. A juzgar por lo impecable que está siempre la cocina, se diría que el señor Coleman jamás come en casa. Hágale una buena comida, lo necesita.

Kelly asintió al tiempo que contenía una sonrisa. Su versión de una comida casera era una sopa de sobre.

La mujer de la limpieza agarró sus cosas y se encaminó hacia la puerta.

–Volverá pronto. Pero si usted se va antes de que él vuelva, cierre con llave.

Tras esas palabras, la mujer se marchó.

Kelly no podía creer la suerte que había tenido. Ahora disponía de algo de tiempo para recuperar la compostura.

Se paseó por la casa en busca de huellas del adolescente que le robó el corazón cuando apenas ella tenía once años, el adolescente que la había besado por primera vez a los catorce años, el joven con el que se casó en secreto en la playa de St Kilda el día que cumplió los dieciocho.

No había fotografías ni en las paredes ni encima de los muebles. Tampoco vio souvenirs de viajes. No había rastro alguno del Simon Coleman que conocía: escultor, marino, amante de la libertad.

Las dudas la asaltaron. ¿Y si no era el mismo Simon? Este hombre que vivía en aquella casa impersonal no podía ser Simon.

Giró sobre sus talones al oír una llave en la cerradura. Cuando la puerta se abrió, vio al propietario de la casa. Simon de St Kilda.

Sin lugar a ninguna duda, Kelly se dio cuenta de que estaba delante de su marido.