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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Donna Jean

© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.

Una relación complicada, n.º 1149 - enero 2015

Título original: Carried Away

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2002

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-5797-1

Editor responsable: Luis Pugni

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

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Prólogo

 

—No viene. ¡Lo sabía!

Trevor McQuillen se sintió muy incómodo. No había nada peor que estar con una novia llorosa el día de su boda. Al verla así, Trevor decidió pasar a la acción.

—Escucha, tal vez haya tenido algún problema…

—No. No está aquí porque alguien le dijo que Eric iba a estar en el banquete. Me pidió que no lo invitara y le juré que no lo haría, pero… ¡Tenía que hacer algo! —exclamó sollozando—. Solo quería que fuera feliz. Como yo lo soy con Mike. Viv y Eric están hechos el uno para el otro, y se me ocurrió que una vez que ella estuviera aquí, tal vez se dejaría llevar por el ambiente sentimental de una boda… —un sollozo ahogó sus palabras.

Trevor se dijo que debía mantener la calma. Mike solo le había pedido cinco minutos. Tenía que hacerle compañía durante cinco minutos hasta que llegara su padre. Trevor había dirigido complicadas operaciones secretas en cuatro países distintos en los últimos cinco años. Sin duda podría tratar con una mujer que no dejaba de sollozar.

De modo que hizo lo que mejor sabía hacer: valoró la situación y se puso al mando de la operación. Kate quería que Vivian estuviera en su banquete. Si Trevor podía volar a través de medio mundo para defender a su mejor amigo, la tal Vivian podría superar los problemas que tuviera con Eric para hacer lo mismo por su mejor amiga.

—¿Sabes dónde está?

Kate se estaba sonando la nariz con un pañuelo de papel.

—¿Dónde está Viv?

—Sí, señora; si me dices dónde está, iré a buscarla.

Kate sacudió la cabeza, pero la esperanza que Trevor vio reflejada en su mirada lo ayudó a decidir que haría lo que estuviera en su mano para conseguir que Viv se vistiera de dama de honor.

—Está… seguramente en casa. Le pedí a Tricia que la llamara, pero no contestó al teléfono.

Trevor no tenía idea de quién era Tricia; probablemente una de la docena de damas de honor que en ese momento se estaban vistiendo y charlando en la alcoba encima de donde estaban ellos.

—¿Pero crees que está allí?

Ella asintió.

—No sé dónde más podría haber ido —aspiró hondo, como si fuera a echarse a llorar de nuevo—. ¿Por qué se me habrá ocurrido hacer de casamentera el día de mi boda?

Trevor deseó que se centrara en la solución, no en el problema. Llevaba demasiado tiempo arriesgándose la vida solucionando problemas, y había aprendido que la gente siempre se negaba a centrarse. Aparentemente, el regreso a la vida civil no parecía que fuera a proporcionarle descanso alguno.

—¿A qué distancia está?

—A unos cinco o diez minutos.

Sacó la invitación de boda del bolsillo de su chaqueta y un lápiz de una caja llena de sobres.

—¿Cuál es la dirección?

Kate pareció dudosa.

—¿Y si ella… ? Quiero decir… no querría…

—Este es el día de tu boda y quieres que sea testigo de tus votos con Mike, ¿no es así?

Ella asintió mientras se limpiaba la nariz, que ya se le había puesto colorada.

—Probablemente se sentirá mal consigo misma más tarde si se pierde la boda, de modo que en realidad le estás haciendo un favor. Me aseguraré de decirle que puede marcharse después de la ceremonia y evitar a… ¿Cómo se llama?

—Eric. Es su esposo. O más bien lo era —rectificó inmediatamente—. Se divorciaron hace dieciocho meses, pero los dos están muy tristes —se apresuró a añadir.

Trevor no quería saber todo aquello. En ese momento su misión era asegurarse de que la futura esposa de su amigo estuviera feliz y lista para casarse. No quería pensar en que pudiera estar metiéndose en la vida de nadie, menos aún en la vida sentimental de otras personas. Se encargaría de llevar a Viv de vuelta a casa después de la ceremonia. Así todos quedarían contentos.

Le pasó a Kate el lápiz y el papel, y ella sonrió entre sollozos y lágrimas.

—Mike tenía razón. De verdad que eres un héroe. Gracias por salvarme el día —dijo con emoción—. Muchísimas gracias por hacer esto.

Trevor asintió, rezando en silencio para que se diera prisa. Cuando Kate le pasó la nota, leyó la dirección. Había vivido de niño en esa zona y había vuelto cada vez que le había sido posible a visitar a su abuela, pero ella había fallecido años atrás y su trabajo con las Brigadas Especiales le había impedido volver tan a menudo desde entonces. Todo parecía cambiar cada vez que volvía al pequeño barrio de Richmond, en Virginia.

Miró a Kate y asintió para darle ánimos.

—Que tu padre le diga al reverendo que me dé veinte minutos. La traeré.

Capítulo Uno

 

Christy Russell no era de las que se levantaban con facilidad por las mañanas. Ni tampoco por las tardes. Todo dependía del turno que hiciera. En ese momento llevaba tantos seguidos que ya había perdido la cuenta. Lo único que sabía con seguridad era que no tenía ningún turno en las próximas setenta y dos horas. Ni busca, ni móvil, ni llamadas de emergencia. Ya podía acabarse el mundo, que ella no pondría el pie en los pasillos de la UCI del Hospital General de Richmond hasta el lunes a las cuatro de la tarde.

Tres días. Tenía la intención de permanecer inconsciente al menos durante la mayor parte del primero. Y lo haría si quienquiera que estuviera aporreando la puerta en ese momento dejara de hacerlo. Golpes y más golpes, y después gritos. No pensaba escuchar nada de nada. Estaba inconsciente. No disponible.

Al momento se sumergió de nuevo en el mundo de los sueños, pero los ruidos volvieron a molestarla. Era alguien que llamaba a Viv. Ah, pensó medio dormida. Bien. Sonrió y acomodó la cabeza sobre la almohada. Viv no estaba. Viv se había marchado, recordó medio aturdida, y seguidamente se puso la almohada sobre la cabeza y cayó rendida en brazos de Morfeo.

—Levántate, Vivian.

Mmm. Morfeo tenía una voz profunda y sensual, pensó mientras se tapaba aún más la cabeza para seguir dormitando.

—Llegas tarde a una cita muy importante.

Cita. Sí. Se iría a donde fuera con el dueño de esa voz. Parecía tan real, tan cercana.

—Ven aquí —murmuró, intentando mentalmente alcanzar al hombre de sus sueños.

—Vamos, despierta.

Un par de manos fuertes la agarraron. Manos que hacían juego con la voz; manos fuertes y cálidas. Tal vez algo recias, pero se las apañaría con un amante exigente. Solo Dios sabía cuánto tiempo había pasado.

—Vivian, es hora de levantarse. Ya.

Frunció el ceño.

—¿Viv? —murmuró.

¿Por qué aquel hombre de sus sueños quería a Viv?

—¡Vivian!

El hombre de sus sueños se estaba volviendo muy exigente, pero no del modo en que a ella le habría gustado.

—Márchate —dijo, pensando que ya se inventaría otro hombre de ensueño.

Y de pronto el hombre que ella creía fantasía utilizó aquellas manos fuertes para destaparla y arrancarle el almohadón de la cabeza. ¡Qué grosero! Christy empezó a tomar conciencia de su alrededor, solo que ni su cuerpo ni su mente estaban listos para seguirla. Algo que no resultaba nada sorprendente, dado que probablemente sería una de las personas que tenía el sueño más profundo.

—Va a celebrarse una boda dentro de quince minutos y tú vas a estar allí junto a tu mejor amiga.

—¿Eh?

No tenía idea de qué tipo de loco sueño era aquel, pero desde luego estaba empezando a odiarlo. Se dio la vuelta y maldijo entre dientes.

—Oh, no, de eso nada.

De nuevo esas manos tiraron de ella. Aquello tenía que parar. Estaba segura de que se lo estaba diciendo, pero las palabras se le amontonaban y confundían en el cerebro. Lo único que quería era dormir, maldita sea. ¿Acaso no podían dejarla dormir en paz? ¿Y quién diablos era esa persona, a todo eso?

—¿Qué pasa? ¡Eh! —dijo con más claridad mientras la sacaban a rastras de la confortable y acogedora cama de Viv.

Empezó a quedarse de nuevo dormida. Pero entonces la despertó su propio grito al ver que le daban la vuelta del revés.

—¿Qué narices… ? —pestañeó con fuerza, intentando disipar la niebla que le cubría los ojos—. ¿Qué está haciendo?

Esas palabras aterrizaron directamente en la espalda fuerte y amplia de… Un momento.

El hombre de su sueño no podía ser real, ¿verdad?

No, seguramente seguiría dormida. Pero enseguida se dio cuenta de que el musculoso y cálido antebrazo que le rodeaba los muslos era definitivamente de lo más real.

Empezó a forcejear ya de verdad, al tiempo que terminaba de cuajar en su pensamiento que aquello no era un sueño.

—¿Quién demonios es usted? ¡Bájeme!

—Su mejor amiga se está hinchando a llorar en una iglesia, en el que debería ser el día más feliz de su vida, y por eso va a dejar de lado los problemas que tenga y va a ir a darle una alegría.

Ya iban bajando por las escaleras de la casa de Viv, y ella se agarró a su cintura para evitar golpearse la cabeza contra la espalda. No podía formar dos pensamientos coherentes seguidos, menos aún intentar dar sentido a lo que estaba ocurriendo allí.

—Ba… je… me.

Pero aquel cuerpo recio y musculoso no se sintió en absoluto impresionado por su mejor voz de enfermera de la UCI. «De acuerdo, de acuerdo… calma», se dijo Christy. ¿De qué estaba hablando? Ah, sí, de una boda. ¡Una boda!

—¡Ah, debe de estar refiriéndose a la boda de Kate Winchell!

—Muy amable por su parte el acordarse.

Finalmente se dio cuenta de todo. Aquel hombre pensaba que ella era Vivian y Kate lo había enviado para llevar a su dama de honor a la ceremonia.

A punto estaba de explicarle lo que pasaba cuando el aire húmedo del exterior le rozó las piernas. Sus piernas desnudas. ¡Oh, santo cielo!

—¡Espere un momento! ¡No llevo nada puesto!

—Yo tengo su ropa. Puede vestirse en la iglesia.

—Pero no soy…

—Guárdese las excusas. Sean cuales sean, se las va a callar durante los veinte minutos que va a tardar mi amigo en casarse con el amor de su vida —la cargó como si fuera un saco de patatas y abrió la puerta—. Una mujer que tiene muy mal gusto a la hora de elegir a sus mejores amigas —añadió, claramente molesto—. Pero ella merece que este sea el día más feliz de su vida, y yo voy a asegurarme de que así sea.

Dejó a Christy con bastante brusquedad en el asiento delantero de un coche, y se quedó pensando en algo que decirle a aquel neandertal que Kate había enviado para aparentemente buscar a Vivian. Pero todas las palabras que le habían cruzado por la mente desde que él se la había echado a la espalda quedaron olvidadas en cuanto ella lo miró a la cara.

Probablemente aquel era el neandertal más guapo que había visto en su vida.

Y cuando él se inclinó para ajustarle el cinturón, Christy tuvo sus ojos a tan solo pocos centímetros de los de ella. Los tenía azules. Y, santo cielo, qué azules eran. Ni todas las palabras poéticas hubieran sido suficientes para describir aquella intensa tonalidad.

Abrió la boca, pero la volvió a cerrar. Mejor no hablar hasta que estuviera segura de que no iba a babear. Claro que, llegado ese momento, no podría sentirse más humillada. Sin maquillar, con los ojos hinchados, el pelo revuelto… y ropa interior de algodón blanco. El problema era que su cuerpo estaba demasiado consciente de que, algodón blanco o no, no llevaba mucho puesto. Y las manos de aquel hombre estaban demasiado cerca… bueno, cerca de sitios donde no quería que estuvieran las manos de un extraño. Aunque en ese caso sí que quería.

Dios, estaba tan cansada. Debió de ser por esa razón por la que esperó hasta el último momento posible para darle un manotazo y arrebatarle el cinturón de seguridad. Un segundo después y sus nudillos habrían rozado… bueno, no quería ni pensar en lo que habrían rozado. Sus pezones ya parecían haber pensado bastante, muchas gracias.

—Abrócheselo —le dijo en tono tenso, aparentemente ajeno a la revolución que había provocado en sus hormonas.

Seguramente la agitación se debería a la falta de sueño. A eso y a una grave carencia de vida amorosa.

Cerró su puerta con fuerza, y Christy pegó un respingo. Mientras lo observaba caminando hacia el lado del conductor con rigidez, se le ocurrió que no le hubiera hecho falta llevar uniforme. ¡Pero qué bien le sentaba!

Christy se sentía tan aturdida… ¿Cómo había permitido que ocurriera aquello? Bostezó con ganas y apoyó la cabeza sobre el respaldo. Conocía a Kate Winchell, pero solo a través de Viv. Christy había conocido a su prometido, Mike, en una comida campestre de un Cuatro de Julio. Había sido miembro de las Brigadas Especiales y, teniendo en cuenta el uniforme, adivinó que aquel era uno de sus compañeros. Se le cerraron los ojos y se fue quedando dormida, mientras vagamente se preguntaba qué tal se habrían llevado el neandertal de ojos azules y ella de haberse conocido en una comida campestre. Tal vez se hubiera vestido con aquel uniforme y más tarde le habría dejado que se lo quitara, a solas. En algún lugar donde pudieran tener su espectáculo privado de fuegos artificiales. Oh, sí, eso sería estupendo.

Se pegó un buen susto cuando él cerró la puerta de un portazo. Entonces ya estaba dentro del coche. Precisamente al lado suyo. Y al de sus fantasiosas y revolucionadas hormonas. Y a su cuerpo semidesnudo. Se agachó y ladeó un poco, pero no sirvió de mucho. De todos modos, él ya lo había visto todo. Claro que, después de cómo la había tratado, sabía que no le daría ninguna oportunidad. Pero su cuerpo seguía en la comida campestre, preparándose para tirar unos cuantos cohetes.

De acuerdo, había estado haciendo demasiados turnos dobles. Tenía que pagar los préstamos para los estudios y un apartamento que cada vez le exigía más gastos. Tenía prioridades. Y estas no incluían los fuegos artificiales. Con o sin uniforme.

Pero de todos modos lo estudió de arriba abajo. Se fijó en sus muslos, claramente delineados bajo los impecables pantalones del uniforme, hasta la americana con cinturón que le cubría… bueno, cosas que en ese momento no le convenía imaginar. Pero no apartó la vista. No. Tenía que mirarle las manos…. Y, ay, Dios mío, qué manos tenía.

Tal vez sus fantasías no incluyeran a hombres con uniforme, pero sin duda sentía un interés especial por las manos de los un hombre. Y las de ese eran… perfectas. De palmas anchas, dedos largos y uñas chatas, tan fuertes agarrando el volante forrado en cuero. Imaginó la fuerza con la que la agarrarían de las caderas… Oh, Dios mío, intentó no imaginar, pero tal vez sus prioridades necesitaban cierto reajuste.

Se volvió a mirar por la ventanilla. No tenía derecho a fantasear con aquel tipo. ¡Debería estar furiosa, no fantaseando!

El dolor de cabeza del que casi se había librado horas antes, volvió con fuerza. En realidad lo que le hacía falta era estar en la cama, que tan cerca la tenía. ¿Así que por qué dejaba que aquel hombre se la llevara a un acontecimiento con el que nada tenía que ver?

Se volvió para decírselo, pero de pronto pensó que había un modo mucho mejor de que se diera cuenta de su patinazo. Ahogó una sonrisa mientras se acomodaba en el mullido asiento de cuero, decidiendo aprovechar el corto trayecto hasta la capilla. Pronto se enteraría de que había arrasado la cama equivocada. Y a la mujer equivocada, ya puestos. Cerró los ojos mientras se imaginaba la humillación que iba a sufrir aquel hombre cuando se detuvieran delante de la capilla y…

—¡Oh, Dios mío! —abrió los ojos de inmediato.

Él pegó un frenazo.

—¿Qué pasa?

—No pienso dejar que me deje en la esquina de la calle en ropa interior. Ni va a empujarme por la iglesia delante de todo el mundo así.

—Entonces le sugiero que se mude al asiento de atrás y empiece a vestirse —dijo sin siquiera mirarla—. Será mejor que se dé prisa. Llegaremos en tres minutos.

Le dieron ganas de darle una bofetada, pero como la situación resultaba tan embarazosa de todos modos, decidió no perder más tiempo.

Christy se tragó el orgullo y se pasó al asiento de atrás; al hacerlo, varias partes de su cuerpo rozaron partes del cuerpo de aquel hombre, entre ellas la cara. Todo lo que tenía que hacer era volver la cabeza y…

Cayó al asiento de atrás sin ninguna elegancia. Claro que él ni se fijó en ella. Menudo tipo frío y calculador. Sin embargo, ella sí era consciente de su presencia. Tenía el pulso acelerado, y no precisamente de frustración. Le sacó la lengua, y entonces se fijó con recelo en el vestido color melón de chiffón y lentejuelas que había sobre el asiento. Dios santo. ¿En qué había estado pensando la amiga de Viv? Aquello parecía una ensalada de frutas de un caro establecimiento de Las Vegas.

Pero, o bien se vestía con aquel traje tan ridículo, o se enfrentaba a Kate, los invitados y cualquier curioso que pasara por la puerta de la capilla, en ropa interior.

«Algún día me reiré de todo esto», se dijo para sus adentros mientras sacaba el vestido de su envoltura de plástico. Pero mientras embutía su torneada y generosa silueta en el vestido talla treinta y ocho de Viv, empezó a pensar que tal vez el día no se le presentara tan divertido.

Capítulo Dos

 

Trevor agarró con fuerza el volante, intentando fijar la vista en la carretera en lugar de hacerlo en lo que se veía por el retrovisor del sedán de alquiler.

Santo Dios, aquella mujer no tenía más que curvas. Sintió que tenía la frente sudorosa y supo que nada tenía que ver con la humedad del verano. ¿Pero cómo se le había ocurrido decirle que se pasara al asiento trasero? Al hacerlo, le había rozado la oreja con partes de su cuerpo que… bueno, con las que no le habían rozado la oreja desde hacía… Nunca, la verdad. Él era un amante aventurero y dispuesto, pero… ¡Tenía la oreja ardiendo!

Había intentado ignorar la combustión que se había generado en su interior cuando la había sacado de la cama medio desnuda. ¡De acuerdo, ella había estado medio inconsciente en ese momento! ¡Pero eso qué le importaba a su cuerpo!

Maldita Kate y su estúpido plan. Tomó una curva y miró por el retrovisor, y segundos después la iglesia apareció delante de ellos. Menos mal que no había tenido ningún accidente. ¿Tenía idea aquella mujer de cómo le quedaba el vestido? Le sentaba como una segunda piel; desde luego había carne a la vista por todas partes.

Aquello era una ceremonia religiosa, una boda, no la última edición de rodeo erótico de Hugh Hefner. Porque con toda aquella carne a la vista, ningún hombre de sangre caliente iba a dejar de mirarla. Aquella melena por los hombros de cabellos rojos y rizados habría parecido un nido de serpientes en otra mujer; pero en su caso, junto con aquellos labios llenos y sensuales, aquellos grandes ojos color chocolate y aquel vestido… esa mujer era una bomba sexual.

¿Habría planeado Kate ponerle aquel vestido con la esperanza de dejar loco al ex marido de Viv? En ese momento, Trevor se preguntó cómo era posible que el tipo la hubiera dejado escapar.

—Solo quiero que sepa que está a punto de cometer el error más grave de su vida. Y voy a disfrutar de cada minuto, se lo aseguro —dijo, esbozando una sonrisa de suficiencia.

Vaya, vaya, tal vez el tal Eric había sido más listo de lo que había imaginado.

—No intente hacer ninguna tontería —la avisó él.

De haber querido habría sido difícil, porque ni siquiera sabía si podría caminar con ese vestido puesto, menos aún echar a correr.

Trevor detuvo el coche delante de la iglesia y lo aparcó detrás de una limusina donde se leían las palabras «Recién Casados» en la ventanilla trasera.

Seguramente las damas de honor ya estarían ocupando sus puestos, de modo que ella podría colocarse delante con disimulo y nadie se enteraría de su aparición forzada. Kate se haría cargo a partir de ese momento y él volvería a su lugar cerca del altar, junto a su amigo. En silencio pidió disculpas al tal Eric. No lo conocía, pero le daba lástima de lo que le esperaba ese día.

Se dio unas palmadas en el bolsillo al tiempo que se desabrochaba el cinturón de seguridad. El estuche con los anillos seguía allí. En una hora estaría por fin brindando con los novios y aquella pesadilla habría concluido.

Cuando fue a abrir la puerta trasera vio que Vivian ya lo había hecho, y en ese momento intentaba salir a duras penas. El vestido le quedaba tan estrecho que le pareció que no podría hacerlo sin ayuda; por eso la agarró de las manos y tiró de ella.

—Puedo sola, gracias —dijo en tono áspero.

—Sí, señorita.

Él hizo una mueca y ahogó una sonrisa. Menudo problema de mujer, pensó mientras la ayudaba a ponerse de pie sobre los tambaleantes tacones. Al salir del coche, el vestido se le había subido hasta por encima de las rodillas. Pero como tenía tanto escote, Christy no se atrevió a agacharse para colocarse bien la falda. Entonces lo miró indignada.

—¿Quiere que la ayude en algo más, señorita?

—Sabe de sobra que sí. Es culpa suya que yo esté aquí, así que lo menos que puede hacer es intentar que este horroroso vestido quede lo más presentable posible.

Solo los años de entrenamiento intensivo lo salvaron de echarse a reír a carcajadas.

—¿Entonces no fue usted la que eligió el modelo?

Christy le enseñó los dientes en lo que solo podría ser una sonrisa. Pero en un tigre.

—Bájeme la falda, por favor —añadió con voz ahogada.