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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2017 Julia James

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Promesas y secretos, n.º 2651 - septiembre 2018

Título original: Claiming His Scandalous Love-Child

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-001-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

El volumen de la música del órgano fue subiendo hasta un último crescendo antes de cesar. Los murmullos de los congregados se interrumpieron cuando el sacerdote levantó las manos y procedió a pronunciar las palabras de la ancestral ceremonia.

El corazón de Vito latía con fuerza dentro de su pecho. Abrumado de emoción, giró la cabeza hacia la mujer que estaba a su lado.

Con un vestido blanco, el rostro oculto bajo el velo, su novia esperaba. Esperaba que él pronunciase las palabras que los unirían en matrimonio…

 

Eloise tomó un sorbo de champán, mirando el elegante salón privado del hotel, uno de los más famosos de Niza, en la Costa Azul.

El salón estaba repleto de mujeres enjoyadas y elegantes hombres vestidos de esmoquin, pero sabía con total certeza que ninguno de esos hombres podría compararse con el que estaba a su lado. Porque era, sencillamente, el hombre más devastadoramente atractivo que había visto en toda su vida, y se le aceleraba el pulso cada vez que lo miraba. Como en ese momento.

Era soberbio, alto y distinguido con un esmoquin hecho a medida, el pelo negro y un esculpido perfil romano. Eloise acarició con la mirada la bronceada piel, los altos pómulos y la mandíbula cuadrada.

Vito sonreía mientras charlaba en francés, que hablaba con la misma fluidez que el inglés o su nativo italiano.

«¿De verdad soy yo, estoy aquí o esto es un sueño?».

A veces pensaba que debía de ser un sueño. Las últimas semanas habían sido un mareante torbellino en los brazos del hombre que estaba a su lado, a cuyos pies había caído literalmente.

Eloise recordó su encuentro…

Corría por el aeropuerto de Heathrow hacia la puerta de embarque, con la hora justa para tomar su vuelo. Eran sus primeras vacaciones en siglos, robadas antes de empezar a buscar un nuevo puesto como niñera. Su último empleo había terminado cuando los mellizos a los que cuidaba empezaron a ir al colegio.

La echarían de menos durante algún tiempo, pero pronto se acostumbrarían a su ausencia, como había hecho ella misma con una sucesión de niñeras y au pairs cuando era niña porque su madre no solo había sido una madre trabajadora, sino que carecía de sentimientos maternales. Y su padre, enfrentado a la negativa de su madre de tener más hijos, las había abandonado a las dos para buscar una nueva esposa.

Eloise apretó los labios, como hacía siempre al recordar que su padre la había abandonado para formar una nueva familia.

«¿Es por eso por lo que me hice niñera? ¿Para ofrecer cariño a niños que no ven mucho a sus padres, como me pasó a mí?».

Le encantaba su trabajo, aunque su madre nunca había podido entenderlo. Como no podía entender que hubiese preferido tener un padre. Y tenía opiniones muy claras al respecto:

«Los padres no son necesarios, Eloise. Las mujeres son perfectamente capaces de criar solas a sus hijos. Y es lo mejor, en realidad. Los hombres siempre te defraudan y es preferible no depender de ellos».

Eloise no había querido recordarle que ella había sido criada por una sucesión de niñeras.

«Pero yo no voy a ser así y tampoco voy a enamorarme de un hombre que me deje».

No, su vida sería diferente a la de su madre, estaba totalmente convencida. Le demostraría que estaba equivocada. Se enamoraría profundamente de un hombre maravilloso que nunca la dejaría, nunca la defraudaría, nunca la abandonaría por otra mujer y jamás rechazaría a sus hijos, a los que criarían juntos con gran amor.

Quién sería ese hombre, no tenía ni idea. En fin, a los veintiséis años había tenido su cuota de novios y sabía, sin ser vanidosa, que siempre había llamado la atención de los hombres, pero ninguno de ellos había logrado enamorarla. Aún no.

«Pero lo encontraré. Encontraré al hombre de mis sueños, el hombre del que voy a enamorarme. Ocurrirá algún día».

Pero el día que conoció a Vito, mientras corría hacia la puerta de embarque, se sentía libre y despreocupada, dispuesta a pasar unas vacaciones estupendas, viajando ligera de equipaje, en vaqueros y camiseta, con unas cómodas y gastadas deportivas.

Las deportivas debían de estar demasiado gastadas porque, con las prisas, resbaló y cayó al suelo. Su maleta salió volando y, un segundo después, oyó un improperio, pero apenas prestó atención porque le dolía el tobillo como un demonio.

–¿Se ha hecho daño?

Era una voz ronca, con un suave acento. Eloise levantó la cabeza y vio la pernera de un pantalón, el fino material gris cubriendo unos fuertes muslos masculinos.

Levantó la cabeza un poco más y se quedó mirando al hombre, atónita. No podía hacer otra cosa.

Un par de ojos oscuros, penetrantes, rodeados de espesas y largas pestañas negras, la miraban con preocupación.

–¿Se ha hecho daño? –repitió.

Ella intentó hablar, pero tenía la garganta seca.

–Yo… –empezó a decir por fin–. No, estoy bien.

Un par de fuertes manos tiraban de ella como si no pesara nada. Tenía la extraña sensación de estar flotando a unos centímetros del suelo.

La gente caminaba a toda prisa a su alrededor, como si ellos no existieran, y Eloise siguió mirando al hombre.

–¿Seguro que está bien? ¿Quiere que llame a un médico?

En su tono había una nota de humor, como si supiera por qué no podía apartar la mirada.

Tenía una sonrisa algo torcida, encantadora, y unas pestañas largas y espesas. El brillo de sus ojos oscuros la tenía hipnotizada.

–Creo que esta es su maleta –murmuró, inclinándose para tomarla del suelo.

–Gracias –consiguió decir ella, casi sin voz.

–De nada.

El hombre sonrió de nuevo. No parecía molestarle que lo mirase fijamente, admirando esos oscuros y expresivos ojos, el ondulado pelo negro, la esculpida boca, los pómulos que parecían hechos del más fino mármol.

Eloise tragó saliva. Algo estaba pasando y no tenía nada que ver con el bochornoso resbalón justo a los pies de aquel hombre.

–¿Le he hecho daño? –preguntó entonces, contrita–. Siento mucho haberle golpeado con la maleta.

Él hizo un gesto con la mano.

Niente… no ha sido nada –le aseguró.

Con el fragmento de cerebro que aún le seguía funcionando, Eloise se dio cuenta de que había hablado en italiano. Vio que entornaba los ojos, como para estudiarla con más detalle. Para estudiarla y descubrir que… le gustaba.

Sintió que le ardía la cara al ver el brillo de los preciosos ojos oscuros. El sutil mensaje le aceleró el pulso, dejándola clavada al sitio.

«Dios mío, ¿qué me está pasando?».

Porque ella nunca, jamás, había experimentado una reacción así ante un hombre. Pero él estaba diciendo algo y Eloise intentó ordenar sus pensamientos.

–Dígame, ¿a qué puerta de embarque se dirigía?

Eloise miró la pantalla y dejó escapar un gemido al ver que el número de su vuelo había desaparecido.

–Oh, no… he perdido el avión.

–¿Dónde iba?

–A París –respondió ella, mirando alrededor con desesperación.

–Qué coincidencia. Yo también voy a París. Y, como es culpa mía que haya perdido su vuelo, debe permitirme que le compre otro billete.

Eloise lo miró, abriendo y cerrando la boca como un pez. Un pez que estaba siendo levantado sin ningún esfuerzo por un pescador muy experimentado.

–Muchas gracias, pero no creo que…

Dos oscuras cejas se enarcaron sobre los ojos oscuros.

–¿Por qué no?

–Porque…

–¿Porque no nos conocemos? Pero eso tiene fácil remedio –la interrumpió él, enarcando las cejas de nuevo y esbozando una sonrisa que le aceleró el corazón–. Mi nombre es Vito Viscari y estoy enteramente a su servicio, signorina. Siento mucho haber hecho que perdiese el vuelo.

–Pero usted no ha hecho nada –protestó ella–. Ha sido culpa mía… resbalé y la maleta salió volando.

–No se preocupe, no ha pasado nada. Lo que importa ahora es encontrar un médico que le mire el tobillo. Tenemos mucho tiempo antes de que salga nuestro vuelo.

–Pero no puedo dejar que me pague el viaje…

De nuevo, el desconocido sonrió.

–¿Por qué no? Tengo millas de viajero frecuente y, si no las uso, será un desperdicio.

Eloise torció el gesto. No parecía un hombre preocupado por ahorrar. Todo en él, desde el traje de chaqueta que le quedaba como un guante a los brillantes zapatos italianos o el maletín con sus iniciales, dejaba eso bien claro.

Pero él la empujaba suavemente hacia delante, con un brillo de admiración y simpatía en los ojos que la hizo olvidarse de todo, salvo del rápido latido de su pulso.

–Bueno, ¿debo llamarla simplemente bella signorina? –bromeó él entonces. Y su acento italiano hacía que sintiera mariposas en el estómago–. Aunque solo sería la verdad. Bellissima signorina

Eloise intentó respirar, pero de repente el aire parecía tener demasiado oxígeno.

–Eloise Dean.

Él sonrió de nuevo, una sonrisa cálida e íntima que la dejó sin aliento.

–Venga, signorina Dean –dijo, tomando su brazo–. Apóyese en mí. Yo cuidaré de usted.

–Pero yo no…

Era muy alto y absolutamente devastador. Su boca parecía como esculpida y las largas pestañas que enmarcaban los ojos oscuros eran para morirse.

–Desde luego que sí –insistió, en voz baja–. Yo cuidaré de usted.

Y eso era lo que Vito Viscari había hecho desde entonces. Horas después, Eloise había descubierto que Vito no tenía intención de viajar a París, sino a Bruselas. Había cambiado de destino por una única razón y lo había admitido abiertamente, con una sonrisa que hizo que se derritiera: para cortejarla. Para conquistarla.

Y lo había conseguido sin hacer ningún esfuerzo.

Eloise no se había molestado en resistirse o discutir. De hecho, pensó, compungida, había participado en el proceso encantada porque ir a París, la ciudad más romántica del mundo, con el hombre más atractivo que había conocido nunca, era un sueño hecho realidad.

Y seguía sintiendo lo mismo después de unas semanas que habían sido un torbellino. Sus pies no parecían tocar el suelo mientras Vito la llevaba por toda Europa de un lujoso hotel a otro, todos de la cadena Viscari, una de las grandes cadenas hoteleras del mundo, que pertenecía a su familia.

Le había contado que estaba haciendo una inspección de sus hoteles europeos, situados en las ciudades más hermosas e históricas, desde Lisboa a San Petersburgo. Y mientras viajaba con él, envuelta en un capullo de romántico entusiasmo, la idea de volver a Gran Bretaña había empezado a esfumarse.

¿Cómo iba a despedirse de Vito? Estar con él era tan embriagador como el champán.

«Sí, pero incluso el champán se termina tarde o temprano… y al final siempre nos despertamos de los sueños».

Tenía que recordar eso.

A su lado, en aquel fabuloso ambiente de hoteles lujosos y gente de la alta sociedad, tenía que hacer un esfuerzo para escuchar esa vocecita interior. Porque, por romántico que fuera viajar por Europa del brazo de Vito, sintiéndose al borde de algo que nunca había sentido antes por un hombre, seguía habiendo preguntas que exigían respuesta.

«¿Puedo confiar en mis sentimientos? ¿Son reales? ¿Y qué siente Vito por mí?».

La deseaba, no había la menor duda. Pero ¿era deseo lo único que sentía? En ese momento vio el brillo de sus ojos y supo que su propio deseo era real, ardiente, un deseo que nunca había sentido por otro hombre.

–¿Eloise?

La voz de Vito, con ese acento italiano tan sexi, interrumpió sus pensamientos.

–Están a punto de servir la cena.

Entraron juntos en el salón, donde habían preparado un fastuoso bufé. Una mujer rubia se acercó a ellos entonces. Debía de ser unos años mayor que Eloise, de la edad de Vito. Iba impecablemente maquillada, con un vestido de diseño en satén dorado, a juego con su pelo. Era la anfitriona que había organizado aquella cena en el hotel Viscari de Niza a la que, por supuesto, Vito había sido invitado.

Eloise no había tardado mucho en darse cuenta de que Vito se movía en los círculos de la alta sociedad y se relacionaba con los ricos y famosos en todas las ciudades de Europa.

Su atractivo, su fortuna, su apellido y su condición de hombre soltero lo convertían en objetivo de las mujeres, a las que atraía como polillas a la luz. Incluyendo, aparentemente, a su anfitriona de esa noche.

–¡Vito, querido! ¡Qué alegría que hayas venido a mi fiesta! –la mujer miró a Eloise sin dejar de sonreír, pero sus pálidos ojos azules brillaban como el hielo–. Así que tú eres la última conquista de Vito. Cuánto le gustan las rubias guapas. Una lástima, me habría gustado hablar de los viejos tiempos –añadió con una risa cantarina antes de alejarse.

Vito miró a Eloise con expresión compungida.

Mi dispiace –se disculpó–. Stephanie y yo nos conocimos hace mucho tiempo. Pero ya no hay nada entre nosotros, te lo aseguro.

Eloise sonrió, comprensiva. No le había molestado el comentario y tampoco le molestaba la atención de tantas otras mujeres. Vito siempre era amable con todas, pero el brillo sensual de sus ojos era solo para ella.

Pero ¿duraría? ¿Ser la mujer en la vida de Vito duraría o sería ella un día la próxima Stephanie? ¿La siguiente exrubia?

¿O había algo más creciendo entre ellos? ¿Algo que sería importante para los dos? ¿Podría ser?

Todas esas preguntas daban vueltas en su cabeza. Era demasiado pronto para obtener respuestas, pero eso le recordaba la necesidad de ser cauta.

No se había enamorado como su madre, que se había casado después de un breve romance solo para descubrir que su marido y ella eran incompatibles. Un descubrimiento que los había alejado y, como resultado, había hecho que ella perdiese a su padre.

«Yo no debo cometer ese error. Sería fácil creer que estoy enamorada de Vito. Especialmente viviendo esta existencia de ensueño, yendo de un maravilloso hotel a otro».

Vito estaba haciendo su presentación como presidente de la cadena de hoteles Viscari, un papel del que había tenido que hacerse cargo a los treinta y un años, tras la inesperada muerte de su padre.

–Soy el único Viscari que queda, el único que puede salvaguardar nuestro legado. Ahora todo depende de mí y no puedo defraudar a mi padre –le había dicho con expresión seria.

Le había parecido notar cierta tensión en su voz, algo más que pesar por la muerte de su progenitor. Pero después siguió contándole que la cadena de hoteles Viscari había sido fundada por su bisabuelo, el formidable Ettore Viscari, a finales del siglo XIX, durante el auge de los hoteles de gran lujo. Ettore le había dejado su herencia a su hijo y él a sus dos nietos, el padre de Vito, Enrico, y su difunto tío Guido, que no había tenido descendencia.

Había sido su tío Guido quien se encargó de la expansión de la cadena por todo el mundo, abriendo hoteles en los destinos de moda para sus ricos clientes. Vito era responsable del legado que debía dirigir y de lo que eso exigía de él, incluyendo su vida social, como esa noche y todas las noches desde que estaba con él.

–Relacionarme con nuestros clientes es algo inevitable –le había explicado–. Es agotador, pero tenerte a mi lado lo hace menos aburrido.

La animó escuchar eso y su emoción se acentuó al ver un brillo en los lustrosos ojos oscuros. Pronto, muy pronto, se despedirían cordialmente de su anfitriona y de los demás invitados para irse a la suite. Allí lo tendría para ella sola y disfrutarían de una noche de exquisito y sensual placer…

Eloise experimentó un temblor de anticipación. Lo que sentía cuando hacía el amor con Vito era algo que no había sentido con ningún otro hombre. Solo él podía llevarla al éxtasis, a un lugar desconocido para ella, y eso eclipsaba todas las preguntas y las dudas sobre aquel loco romance.

Después, mientras estaba entre sus brazos, con el corazón latiendo como las alas de un pajarillo, se sintió llena de anhelo…

«Vito, sé el hombre para mí. Sé el único hombre para mí».

Era tan fácil, tan peligrosamente fácil, creer que podría ser el hombre de su vida.

Pero ¿se atrevería a creerlo?

No podía responder a esa pregunta. Solo sabía que anhelaba atreverse. Anhelaba creer que Vito era el hombre de su vida. Anhelaba amarlo por encima de todo.