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Primera edición digital: septiembre 2018
Colección Ciudad invisible

Coordinación: Antonio Rubio
Directora de la colección: Cristina Morató
Campaña de crowdfunding: Raúl Gil

Ilustración de la cubierta: Silvia Barberá
Edición: Juan Francisco Gordo
Revisión: María Luisa Toribio

Versión digital realizada por Libros.com

© 2018 Emma Lira
© 2018 Libros.com

editorial@libros.com

ISBN digital: 978-84-17236-96-0

Emma Lira

Espejismo

Viaje al Oriente desaparecido

A Chema, Pepe y Faly. Gracias por creer en lo imposible.

«Al final, cuando todo se acaba, lo único que importa es lo que has hecho».

Alejandro Magno

 

«Las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por la huella que dejan».

Proverbio árabe

Índice

 

  1. Portada
  2. Créditos
  3. Título y autor
  4. Dedicatoria
  5. Cita
  6. Prólogo
  7. 1. Donde todo comienza
  8. 2. Fantasmas balcánicos
  9. 3. El color de Bizancio
  10. 4. En tierras de mitos
  11. 5. Tras las huellas del paleocristianismo
  12. 6. La puerta de Oriente
  13. 7. La senda de los nabateos
  14. 8. A orillas del mar Rojo
  15. 9. Encuentros
  16. 10. La perla del desierto
  17. 11. En la tierra de los kurdos
  18. 12. Volver
  19. Mecenas
  20. Contraportada
mapa

Prólogo

 

Lo habíamos hecho ya antes y sabíamos que lo volveríamos a hacer.

Viajar en coche, sin horarios, sin más ataduras que los trámites fronterizos, atravesando países y continentes, viendo cambiar los paisajes y las gentes ante tus ojos, como en un atlas de geografía humana, crea auténtica adicción.

Dicen que los viajes se disfrutan tres veces: cuando se planean, cuando se realizan y cuando se recuerdan.

Quien redactó esa máxima olvidó la magia del azar. Ese azar que te lleva por un camino distinto al planeado; ese imprevisto que trastoca tus planes, convirtiendo las experiencias soñadas en vivencias distintas —y reales—; ese paisaje que te enamora y te abduce, hasta que no puedes soportar más tanta belleza; ese desconocido que te abre las puertas de su casa y de su vida, y con ellas, las de toda una existencia paralela…

Viajar en coche es todo eso. Libertad. Libertad en estado puro. Sin depender de alojamientos, reservas ni vuelos. Con un poco de suerte, sin fechas estrictas para el regreso. Sin más visados que los innegociables, esos que sabes que no van a expedirte en las fronteras de turno. A veces sobra algún visado, porque jamás llegaste a uno de los países que habías programado. A veces sobra un mapa intacto, sin desdoblar, o una guía nuevecita, oliendo como recién salida de la imprenta. Y eso es bueno; significa que el azar —una vez más— se ha puesto al volante.

Para viajar en coche —aunque parezca obvio— sólo hace falta un coche. Ya está. Ni grandes todoterrenos, ni preparaciones específicas, ni cubrecarters, ni snorkels ni emisoras a bordo. Un coche. Por todo el mundo la gente se mueve a diario con mucho menos. Un coche de segunda mano, cuanto más mecánico mejor, pues será más fácil de reparar. Un coche con la única misión de aguantar kilómetros. Y por eso, aunque tengas la ilusión fingida de que tú eliges el destino, es él quien lo hace. Y si en algún momento cae agotado como las monturas de las grandes travesías, es el momento de despedirle y tomar un avión de regreso a casa con una inexplicable sensación de orfandad y una maleta llena de experiencias.

Y un coche de segunda mano es relativamente fácil de conseguir.

—Ha tenido una buena vida; me gustaría que tuviera un fin digno.

Nuestra amiga Ana no hablaba de una mascota. O quizá sí; se refería a su Renault Clio, que acumulaba años y kilómetros, y ante la llegada de un nuevo miembro a la familia, acababa de ser relegado a un segundo plano por un vehículo más grande, más nuevo y más moderno. El Clio azul cogía polvo y achaques aparcado en la calle, sin seguro, ni ITV, y a Ana le había gustado el relato de nuestro último viaje. Un viaje que nos había llevado desde Madrid hasta Abidjan atravesando las carreteras barridas por la arena del Sahara Occidental, una Mauritania hostil y desértica, en la que Al Qaeda en el Magreb empezaba a insinuarse como una amenaza, un Mali espectacular, como anclado en el tiempo, con sus mezquitas de adobe, sus mercados fluviales y la falla de Bandiágara, la infinita brecha que separaba climas, etnias y culturas. Había sufrido con nuestro deambular por fronteras escasamente transitadas por vehículos europeos, había respirado con el relato de nuestra llegada a Burkina Faso, un paréntesis de tranquilidad en el tormentoso espectro subsahariano, y se le había encogido el corazón, como a nosotros, con la sucesión de check points aleatorios, sin más fin que el recaudatorio, en Costa de Marfil. Puntos alejados de las poblaciones, en los que paramilitares borrachos y drogados de qat nos sacaban del coche a punta de Kalashnikov mientras jurábamos que no teníamos nada, que no llevábamos regalos para ellos, ni dinero, ni documentación, ni gafas de sol, ni móviles, ni GPS, que éramos tourist tourist, que nos habían robado todo y que sólo queríamos llegar a la capital para tramitar de nuevo un pasaporte de emergencia en nuestra embajada.

—Vaya, no es que me alegre de que un día os vayan a pegar un tiro en alguna frontera del fin del mundo —había puntualizado Ana, para nuestra tranquilidad—, pero si lo vais a seguir haciendo, por lo menos podéis contar con mi coche. Y así —repitió— por lo menos tendrá una muerte digna, que el pobre lleva media vuelta al mundo recorrida entre Madrid y Vitoria.

Para hacer un viaje en coche, sólo se necesita un coche. Y una mínima revisión, para asegurarte de que, al menos, no te deja tirado antes de haber salido de la península.

—Está perfecto —nos anunció Luis, nuestro mecánico de cabecera—. Los faros un poco opacos por el tiempo, pero no merece la pena cambiarlos. Ah. Y os he rellenado el depósito de aire acondicionado. No sé si está roto o sólo descargado, pero yo lo he rellenado, para que por lo menos no os muráis de calor por esos mundos de Dios.

Estaba roto. No llegó ni a Barcelona. Era el 28 de julio y esos mundos de Dios se adivinaban ardientes y calurosos. Pero aún tardaríamos unos días en saberlo.

Para viajar en coche sólo se necesita un coche revisado y buena compañía.

—Oye —nos anunció feliz nuestro amigo Pepe desde Córdoba—, que Faly y yo nos apuntamos. Nos han vendido un Volvo familiar en Sevilla que ni regalao. Ella tiene que volverse por curro en algún momento a final de agosto, pero puede cogerse un avión, y yo me quedo hasta que haga farta. ¿Qué hacemos? ¿Tiramos para Mongolia y nos montamos nuestro propio Mongol Rally?

Mongolia no estaba mal, pero había demasiada estepa, demasiada frontera con visados carísimos en origen, demasiada Rusia que atravesar y —desde mi punto de vista— demasiada poca historia.

—Pues mira, estábamos pensando tirar más hacia abajo, hacia Oriente Medio y la península arábiga. Cruzar los Balcanes, atravesar Turquía, conocer el Kurdistán, recorrer Siria —y quizás el Líbano—, visitar Jordania… A la vuelta incluso podríamos acercarnos por Georgia o Armenia…

—¿Atravesar Europa hasta Siria? —Una pausa aprobadora al otro lado del teléfono—. ¿Como si siguiéramos la ruta de las Cruzadas?

Allí sí había historia. Mucha. Seis mil años de historia documentada. Nueve mil, según algunas excavaciones. Había ciudades, como Damasco, que llevaban habitadas ininterrumpidamente cinco mil años. A su lado, la estirada y pretendidamente madura Europa era una jovenzuela echándose años de más.

—Bueno, algo así.

—Pero esa es una zona civilizada, ¿no? Ahí no nos van a poner un rifle en la cabeza ni nada de eso.

Pepe había vivido con nosotros algunas de las etapas del viaje anterior por África. Y eso que se había perdido el capítulo en el que tuvimos que irnos —cinco chicas y un chico— a dormir a un burdel de Kondeyakoró, el único recinto vallado con camas y vigilante de seguridad en la puerta en un centenar de kilómetros, para hacernos invisibles a los paramilitares que patrullaban armados y borrachos.

—No, hombre, no tiene pinta. Costa de Marfil acababa de salir de una guerra civil dos años antes de que nosotros entráramos en plan inconsciente. Todavía había grupos armados vagando por ahí, tratando de hacer caja cuando fuimos. Esto no tiene que ser así.

—Ea, pues ya está. Contad con nosotros.

Para hacer un viaje sólo se necesita un coche revisado, buena compañía y un destino.

Era finales de verano de 2010 y acabar un viaje por coche en Siria parecía —sobre todo después de la aventura africana— algo no sólo perfectamente posible, sino aparentemente tranquilo.

Así que ya lo teníamos todo.