Título original: La Crise Catalane. Une opportunité pour l’Europe.

© 2018, Lannoo Publishers (de la versión original)

 

Primera edición en lengua castellana: diciembre de 2018

 

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ISBN: 978-84-949578-5-7

Conversión a epub: EpubOnline

 

 

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Prólogo a la edición en castellano

La crisis política entre Cataluña y España ha generado muchas preguntas en la sociedad europea que asiste, entre atónita y expectante, a los diferentes capítulos que le ofrece. La percepción de que se trata de un asunto doméstico, interno, que solo incumbe a los españoles, ya no se sostiene y crece, por el contrario, la sensación de que lo que pase en Cataluña afectará a Europa; que la batalla por los derechos fundamentales no es nunca algo doméstico sino que concierne a todos los europeos. Las crisis democráticas en Polonia y en Hungría, y los riesgos que emergen en Italia, afectan al conjunto de Europa del mismo modo que lo que ocurra en ese rincón del noreste de la Península también lo hará.

El libro pretende responder a algunas de aquellas preguntas. Es una respuesta de parte interesada y, por tanto, discutible. Nadie puede pretender tener todas las repuestas ni tener toda la razón. Pero son respuestas necesarias para una comprensión del problema, para poder tener una mirada mucho más completa y rigurosa de un conflicto que va a durar, que va a conocer otros episodios y que no va a acabar hasta que el estatus político de Cataluña sea el resultado de la voluntad de sus ciudadanos. El libro es una aportación para completar ante el lector europeo un retrato muy desigual de lo que nos ocurre; un retrato muy descompensado por los efectos de la poderosa maquinaria de propaganda del Estado.

En España, los efectos de esa propaganda no solo son muy visibles y acentuados, sino que consiguen crear en buena parte del imaginario colectivo la peor de las percepciones sobre todos nosotros y lo que representamos. En esas condiciones es muy difícil construir nada. Es muy difícil que se pueda avanzar desde la negación del otro, o desde la demonización y deshumanización del otro. Ese es uno de los propósitos de la burbuja de intoxicación que cubre gran parte de España: evitar a toda costa cualquier riesgo de empatía con la Cataluña que quiere resolver el conflicto votando, con la Cataluña que considera una inmoralidad y una violación de los derechos fundamentales que gente claramente demócrata y pacífica sea privada de libertad de forma preventiva desde hace ya más de un año por un sistema judicial que obedece a los criterios de la política de Estado. La idea de que con esa Cataluña no hay nada que hablar resume bastante bien lo que trato de describir. Nada de qué hablar y mucho que reprimir.

Sin embargo, creo que esa Cataluña, que esos catalanes y catalanas nos hemos ganado el derecho como mínimo a ser escuchados. ¿De verdad que a nadie le preocupa cuáles son las razones que nos han llevado a más de dos millones de ciudadanos a querer darnos de baja de España? ¿Nadie se cuestiona que todo eso es mucho más complejo que simplemente el resultado de una manipulación, un adoctrinamiento, una locura…? ¿Nadie se pregunta por qué una sociedad como la catalana lleva ocho años recorriendo el camino de la autodeterminación, pidiendo de forma masiva y pacífica poder votar, y a pesar de los palos y la represión sigue ahí, pidiendo lo mismo?

Tratar de explicar la crisis catalana con argumentos simples es muy irresponsable, además de impropio de una sociedad democráticamente madura. Hay que ir más allá de la propaganda, de la unidad de criterio en lo editorial, de los mantras salidos de las factorías narrativas de los grandes partidos españoles. Dedicar un esfuerzo de comprensión ante una crisis constitucional y política de esa trascendencia es lo mínimo que se debe exigir a quien quiera aproximarse con honestidad al problema.

Este libro quiere contribuir a ello. Mi deseo no es convencer a nadie, sino ayudar a comprender mejor. Prescindir de los argumentos de una parte solo porque no nos gusta su posición política es poco recomendable y, lo reitero, alejado de los estándares democráticos europeos.

Aurora Bertrana, una escritora nacida en Girona, mujer de letras, de música y de compromiso democrático, dejó escrita una frase en un artículo sobre el amor libre publicado en 1934 en La Humanitat, que me sirve para pedir un deseo final: «No em condemneu sense llegir-me» (no me condenéis sin antes leerme).

Carles Puigdemont

Waterloo, noviembre de 2018

 

Introducción

Desde hace algún tiempo, y en especial durante este último año, la situación en Cataluña se ha convertido en tema periodístico de interés mundial, de tal modo que ha atraído la atención de muchas personas que quizá antes no habrían acertado a situar este país en el mapa. En muchos hogares del mundo se ha cobrado conciencia de la lucha de Cataluña por constituirse en una república independiente radicalmente democrática, así como de la brutal represión que ha sufrido a manos de un Estado con una tradición democrática inferior a la de los grandes Estados de la Unión Europea.

 

Pero los hechos no son fáciles de resumir en un libro, y menos aún cuando siguen sucediéndose. En cualquier instante, la historia puede adoptar giros inesperados y modificar previsiones que, unas semanas antes, parecían seguras. Las circunstancias políticas, judiciales y personales en el momento en que comencé a hablar con el periodista Olivier Mouton, colaborador indispensable de este proyecto, y las del día en que concluimos este libro presentan diferencias significativas y notorias.[1] El Gobierno español que dirigió la brutal ofensiva contra el independentismo catalán ha sido apartado del poder por una mayoría parlamentaria articulada en torno al Partido Socialista, para la cual han sido decisivos los votos de las minorías prosoberanistas vascas y catalanas. Mariano Rajoy, ese presidente inmóvil, incapaz de actuar como demócrata y escuchar a una parte del pueblo que ya no se siente parte del país, ha abandonado la política. Miembros de mi Gobierno que entonces estaban libres y la presidenta del Parlamento catalán de la legislatura precedente han sido recluidos en centros penitenciarios en España, al igual que antes lo fueron los dos dirigentes de las mayores asociaciones civiles de Cataluña, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, y dos miembros de mi Gobierno: el vicepresidente Oriol Junqueras y el conseller de Interior Joaquim Forn. Yo mismo he pasado doce días en una prisión en Alemania, en la ciudad de Neumünster, tras ser arrestado a consecuencia de una segunda euroorden. Ocurrió cuando regresaba de Finlandia a Bélgica, adonde me dirigía para ponerme a disposición de la justicia, puesto que era en Bélgica donde me había establecido y donde ya había emprendido acciones para defenderme frente a una primera orden de arresto. La secretaria general de Esquerra Republicana de Catalunya tomó la decisión de exiliarse en Suiza el día en que fueron arrestados los demás miembros del Gobierno. El cantante Valtònyc, condenado a más de tres años de prisión por la letra contra la monarquía española de uno de sus raps, también partió al exilio, a Bélgica, para denunciar el alarmante ataque contra los derechos fundamentales que está teniendo lugar en España. Mientras tanto, el proceso judicial español avanza al mismo ritmo que los fracasos que cosecha en Europa, pues en ninguno de los cuatro países europeos a los que se ha extendido el conflicto (Bélgica, Alemania, Escocia y Suiza) la estrategia judicial española ha obtenido un resultado positivo respecto de la principal acusación formulada en mi contra: la de rebelión. La opinión pública europea, en particular la de los países donde las ocho personas en el exilio nos hemos instalado, ha descubierto una realidad que ignoraba o que se le había explicado con estereotipos que impedían el conocimiento exacto y riguroso de lo que estaba sucediendo.

Hoy, una parte de la opinión pública se pregunta cómo es posible que los miembros de un Gobierno democráticamente elegido se hallen en prisión o en un exilio forzoso por haber organizado un referéndum de autodeterminación, en cumplimiento de lo acordado por una mayoría parlamentaria nacida de unas elecciones y con una altísima participación. Y se pregunta también cómo es posible que ese referéndum no haya podido negociarse antes, o incluso ahora, para hacer factible lo que debería ser una obviedad en democracia: que un pueblo pueda decidir de forma democrática su destino.

El itinerario geográfico y los cambios de contexto que han acompañado la elaboración de este libro ayudan a comprender su dimensión. Mis primeras entrevistas con Olivier Mouton tuvieron lugar en los pequeños apartamentos de Waterloo donde residí tras haber pasado unas semanas determinantes en un apartahotel de Lovaina. Nuestras conversaciones continuaron en la casa de Waterloo en la que hemos instalado el cuartel general del Consejo para la República; prosiguieron en un hotel de Berlín, poco después de haber abandonado la prisión de Neumünster, y ahora reviso y termino este libro en un magnífico pueblo del land de Schleswig-Holstein, en el momento del año en que las cerezas están maduras y el trigo pinta los inmensos campos de un tono dorado.

Debo decir que a los catalanes nos resulta francamente difícil hacernos entender de una manera simple, rápida y eficaz. Sin embargo, tenemos el deber de explicarnos y de dirigirnos a los ciudadanos europeos para proporcionarles un relato del conflicto que vivimos, más allá de las informaciones caricaturescas y de la propaganda, de las noticias falsas, de la desinformación y del ruido de las redes sociales. Un relato que, sin pretender ser el único, es necesario para que el ciudadano europeo, atónito ante los acontecimientos ocurridos desde el 1 de octubre de 2017 hasta hoy, tenga elementos de primera mano que le permitan comprender mejor una crisis que también le afecta directamente. De ese modo, tendrá ocasión de contrastar estos elementos con los provenientes de los medios contrarios a la independencia o incluso los que proceden de la diplomacia española, lo que le ayudará a entender la situación y a adoptar una posición bien fundada.

Esta situación afecta a los ciudadanos europeos porque la crisis catalana es una crisis de Europa, no solo una crisis interna española. Y les afecta de forma especial porque esta crisis pone a prueba la capacidad de la Unión Europea para situar los intereses de la ciudadanía por encima de los intereses de algunos Estados. Constituye una clara oportunidad para reforzar —o, por el contrario, debilitar— el compromiso europeo con los derechos y libertades fundamentales. De hecho, la crisis catalana le brinda a Europa la oportunidad de demostrar que los derechos humanos son su principal fortaleza frente a los autoritarismos que se apoderan de otras regiones del mundo, territorios que temen a Europa cuando esta se erige en activa defensora de los derechos humanos, como Rusia, China o Estados Unidos. Creo que hoy, para muchos europeos, cualquier retroceso de los derechos y libertades que se produzca dentro de la Unión constituye una dolorosa ofensa. No queremos que eso suceda, no nos representa. Tanto da que ocurra en Hungría, en Polonia o en España: cuando la libertad de expresión está bajo amenaza o la independencia de la justicia no está garantizada en cualquier territorio de la Unión, todos los ciudadanos europeos sufren las consecuencias de esa deriva. Todos nos sentimos amenazados ante tal regresión, hasta el punto de que algunos deciden movilizarse y salir a la calle para defender los valores europeos.

Eso es lo que hicimos en Cataluña el 1 de octubre de 2017. Cuando protegimos las urnas con nuestro cuerpo y sufrimos una represión policial y judicial de gran violencia y dureza, teníamos plena conciencia de estar obrando dentro del marco de los derechos fundamentales europeos, con el convencimiento de que la Europa en la que queremos vivir, la Europa que queremos ayudar a construir, está mejor representada por ciudadanos que protegen unas urnas que por un Estado que envía a la policía para reprimirlos con aquella violencia extrema que quedará para siempre en nuestra memoria. Por ello reivindicamos que nuestro caso es, insisto, un asunto europeo, y no una cuestión interna de un determinado Estado. No queremos separar nuestro destino del de Europa. No queremos renunciar a poner la revolución catalana, pacífica, pacifista y radicalmente democrática, al servicio de un debate cuyo propósito es mejorar Europa.

Por todas esas razones que acabo de señalar, siento la necesidad y el deber de explicarme con nuestros conciudadanos europeos, de responder a las preguntas que esta crisis ha suscitado y de aclarar las dudas que un conflicto de esta envergadura siempre termina por engendrar.

En esta crisis, yo personalmente he tenido que desempeñar un papel que nunca habría imaginado. Mi vida ha cambiado por completo, casi de la noche a la mañana. Se ha vuelto complicada, y se ha visto expuesta de un modo para el que creo que nadie está nunca preparado. Por lo menos, nadie que no lo haya buscado de forma voluntaria. Una combinación de circunstancias y decisiones me han golpeado con intensidad atroz. En poco tiempo, he sido proyectado casi desde el anonimato de una vida en la Cataluña interior (donde todos nos conocemos y nos damos los «buenos días» y las «gracias» como ya hemos olvidado hacerlo en demasiadas grandes ciudades del mundo) a los telediarios y las páginas de los medios de comunicación de todo el mundo. He visto cómo mi apellido, que la mayoría de políticos y periodistas españoles consideran impronunciable, era articulado con una dicción más que correcta por comentaristas de radios y televisiones internacionales. Y, durante estos meses, he tenido que aprender a vivir con tal nivel de publicidad que apenas me ha dejado margen para la imprescindible invisibilidad, saludable y reparadora.

Así que no creo que me esté engañando a mí mismo cuando digo que los acontecimientos no se han desarrollado, en el aspecto personal y vital, como yo habría deseado. De hecho, algunos han ido en una dirección claramente contraria. Tenía previsto abandonar la política después de haber sido presidente de la Generalitat: no es eso lo que ha sucedido. Soñaba con vivir discretamente la última parte de mi vida activa, aquella en la que sentimos que somos más o menos como siempre, aunque ya vamos pensando más en el final que en el principio. Resulta más que evidente que eso tampoco ha ocurrido.

En cualquier caso, sigo reconociéndome a mí mismo, y puedo mirarme al espejo. No sé cómo explicar quién soy, y me cuesta mucho entrar en el terreno biográfico si no es en un plano íntimo. Aun así, durante todo este periodo muchas veces me he visto obligado a rememorar mi vida y a hablar de ella. Por un lado, porque era un perfecto desconocido y existía un interés objetivo por revelar elementos biográficos que ayudaran a comprender al personaje. Sabemos que esa es una de las finalidades del periodismo, tratar de satisfacer un interés dentro de los límites de la ética y la deontología profesional. Por otro lado, porque sigue habiendo una tendencia a desacreditar fenómenos como el de la gran movilización catalana como si fueran resultado de la actuación de un líder al que, por misteriosas razones, se le atribuye el deber histórico de conducir a un pueblo a su destino. Me refiero a la voluntad de hacer entrar la revolución catalana, que no tiene nada de clásica ni de antigua, en el molde de un mesianismo clásico y antiguo. Así, todo resulta fácil de explicar… y de combatir: si cae el líder, cae la revolución. Encarcelando a los líderes, el proceso de independencia queda encarcelado.

Esta idea, además de ser falsa, es ultrajante para una nación que ha sabido sobrevivir y superar toda clase de amenazas y ataques no por obra de ningún líder, sino por una actitud de responsabilidad cívica y de solidaridad popular que se ha ido fortaleciendo generación tras generación. La lengua, la cultura y las instituciones siempre han encontrado amparo en una población que las ha preservado cuando determinados Estados —el español o el francés— han ordenado perseguirlas y prohibirlas. Ha sido esa actitud, y no la lealtad a un líder, la que nos ha conducido hasta aquí, la que explica las colosales manifestaciones pacíficas celebradas cada 11 de septiembre desde 2012, y también la que hizo posible la victoria del 1 de octubre. Y será, asimismo, la que nos permitirá enfrentarnos a las dificultades que todavía nos aguardan. Francesc Pujols, filósofo y escritor catalán que reivindicaba la arquitectura de Gaudí y que fascinaba a Salvador Dalí, definió hace tiempo esa actitud con una frase que se ha hecho célebre: «El pensamiento catalán rebrota siempre y sobrevive a sus ilusos enterradores».

A veces se ha dicho que cada catalán lleva dentro un anarquista. Lo cierto es que hemos tenido que desarrollarnos cultural, económica y socialmente al margen, y a menudo en contra, de la acción de un Estado centralista, uniformizador y autoritario. La abolición total de las constituciones y las instituciones catalanas a partir de 1714, tras la derrota en la Guerra de Sucesión a la corona española, provocó una desafección general y el desinterés de los catalanes por el gobierno y la participación en el Estado. Así, por ejemplo, según un estudio del Instituto Español de Estudios Estratégicos y el Ministerio de Defensa de septiembre de 2013, solo el 25,8% de los catalanes alentarían a sus hijos a ser militares, un porcentaje mucho menor que el de Madrid (49,1%), Valencia (53,4%), Andalucía (58,6%), Aragón (66,1%) o Murcia (70,5%).

Yo me incluyo en esa realidad, al igual que otros millones de personas. Y aunque nos hayamos movilizado para darnos un Estado independiente, rompiendo por así decirlo con esa tradición histórica, no tenemos el más mínimo interés por reproducir un Estado que actúe como España y se organice como ella, con la sola diferencia del tamaño y el nombre. Para eso nunca existirá una mayoría social republicana en Cataluña. El Estado que queremos construir bebe de esa tradición y mira hacia un porvenir en el que los Estados tradicionales estarán obligados a evolucionar. Queremos dotarnos de un Estado catalán para liberarnos del peso y de la ineficacia de un Estado obsoleto. Somos millones los que lo queremos.

Yo soy uno más entre ellos, alguien a quien las circunstancias condujeron a asumir la responsabilidad de la presidencia del Gobierno en la transición de la autonomía a la declaración de independencia.


[1] De hecho, en el momento de la publicación de esta traducción, ya se han producido cambios con respecto a algunos de los acontecimientos que se mencionan en el libro. Pero se ha preferido mantener la perspectiva temporal del original, sin ulteriores explicitaciones en nota. (N. del T.)

 

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«De niño no podía llamarme Carles»

Las raíces de mi voluntad
de independencia