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PAPELES DEL TIEMPO

Ant Machado Libros

www.machadolibros.com

HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO

William H. Prescott




Traducción de
Rafael Torres Pabón


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Número 2

Mapas realizados por Juan Pando de Cea

© Machado Grupo de Distribución, S.L.

C/ Labradores, 5

Parque Empresarial Prado del Espino

28660 Boadilla del Monte (MADRID)

machadolibros@machadolibros.com

www.machadolibros.com

ISBN: 978-84-9114-161-7

Índice

Mapas

Introducción

Nota del traductor

Prefacio

LIBRO I. Introducción. Visión general de la civilización azteca

Capítulo I. México antiguo. Clima y producción. Razas primitivas. El imperio azteca

Capítulo II. Sucesión a la corona. La nobleza azteca. Sistema judicial. Leyes y recaudación. Instituciones militares

Capítulo III. Mitología mexicana. El estamento sacerdotal. Los templos. Sacrificios humanos

Capítulo IV. Los jeroglíficos mexicanos. Manuscritos. Aritmética. Cronología. Astronomía

Capítulo V. Agricultura azteca. Artes mecánicas. Mercaderes. Costumbres domésticas

Capítulo VI. Los texcocanos. Su edad de oro. Príncipes hábiles. Decadencia de su monarquía

LIBRO II. Descubrimiento de México

Capítulo I. España bajo el reinado de Carlos V. Evolución del descubrimiento. Política colonial. Conquista de Cuba. Expediciones al Yucatán. 1516-1518

Capítulo II. Hernando Cortés. Sus primeros pasos. Visita al nuevo mundo. Su estancia en Cuba. Dificultades con Velázquez. Armada a las órdenes de Cortés. 1518

Capítulo III. Celos de Velázquez. Cortés embarca. Equipamiento de su flota. Su persona y carácter. Cita en La Habana. Fuerza de su armamento

Capítulo IV. Viaje a Cozumel. Conversión de los nativos. Jerónimo de Aguilar. El ejército llega a Tabasco. Gran batalla con los indios. Introducción del cristianismo. 1519

Capítulo V. Viaje por la costa. Doña Marina. Los españoles toman tierra en México. Entrevista con los aztecas. 1519

Capítulo VI. Consideraciones sobre Montezuma. Situación de su imperio. Extraños pronósticos. Embajada y presentes. Campamento español. 1519

Capítulo VII. Problemas en el campamento. Plan de una colonia. Manejos de Cortés. Marcha a Cempoala. Acciones con los nativos. Fundación de Vera Cruz. 1519

Capítulo VIII. Nueva embajada azteca. Destrucción de los ídolos. Despachos enviados a España. Conspiración en el campamento. El hundimiento de la flota. 1519

LIBRO III. Marcha a México

Capítulo I. Sucesos en Cempoala. Los españoles ascienden a la meseta. Paisaje pintoresco. Negociaciones con los nativos. Embajada a Tlaxcala

Capítulo II. La república de Tlaxcala. Sus instituciones. Sus comienzos. Discusiones en el senado. Batallas desesperadas. 1519

Capítulo III. Victoria decisiva. Consejo Indio. Ataque nocturno. Negociaciones con el enemigo. Héroe de Tlaxcala. 1519

Capítulo IV. Descontento en el ejército. Espías tlaxcaltecas. Paz con la república. Embajada de Montezuma. 1519

Capítulo V. Los españoles entran en Tlaxcala. Descripción de la capital. Intento de conversión. Embajada azteca. Invitación a Cholula. 1519

Capítulo VI. La ciudad de Cholula. El gran templo. Marcha a Cholula. Recepción de los españoles. Conspiración detectada. 1519

Capítulo VII. Terrible masacre. Tranquilidad reestablecida. Reflexiones sobre la masacre. Acciones posteriores. Enviados de Montezuma. 1519

Capítulo VIII. Reanudación de la marcha. Ascensión al gran volcán. Valle de México. Impresión de los españoles. Conducta de Montezuma. Descenso al valle. 1519

Capítulo IX. Entorno de México. Entrevista con Montezuma. Entrada en la capital. Acogedora recepción. Visita al emperador. 1519

LIBRO IV. Estancia en México

Capítulo I. El lago de Texcoco. Descripción de la capital. Palacios de Montezuma. La familia real. Modo de vida de Montezuma. 1519

Capítulo II. El mercado de México. El gran templo. Santuarios interiores. Los cuarteles españoles. 1519

Capítulo III. Inquietud de Cortés. Arresto de Montezuma. Trato recibido de los españoles. Ejecución de sus oficiales. Montezuma con grilletes. Reflexiones. 1519

Capítulo IV. El comportamiento de Montezuma. Su vida en los cuarteles españoles. Planes de insurrección. Atrapado el señor de Texcoco. Posteriores medidas de Cortés. 1520

Capítulo V. Montezuma jura lealtad a España. Los tesoros reales. Su división. Culto cristiano en el Teocalli. Descontento de los aztecas. 1520

Capítulo VI. Suerte de los emisarios de Cortés. Medidas en la corte castellana. Preparativos de Velázquez. Narváez desembarca en México. Diplomática conducta de Cortés. Salida de la capital. 1520

Capítulo VII. Cortés desciende la meseta. Negocia con Narváez. Se prepara para asaltarle. El campamento de Narváez. Atacado por la noche. Derrota de Narváez. 1520

Capítulo VIII. Descontento de las tropas. Insurrección en la capital. Regreso de Cortés. Signos generales de hostilidad. Masacre de Alvarado. Alzamiento de los aztecas. 1520

LIBRO V. Expulsión de México

Capítulo I. Desesperado ataque al campamento. Furia de los mexicanos. Escapada de los españoles. Montezuma se dirije al pueblo. Herido de gravedad. 1520

Capítulo II. Asalto al gran templo. Espíritu de los aztecas. Angustia en el campamento. Duros combates en la ciudad. Muerte de Montezuma. 1520

Capítulo III. Consejo de guerra. Los españoles evacúan la ciudad. Noche triste. Terrible matanza. Alto nocturno. Alcance de las bajas. 1520

Capítulo IV. Retirada de los españoles. Penurias del ejército. Pirámides de Teotihuacan. Gran batalla de Otumba. 1520

Capítulo V. Llegada a Tlaxcala. Recepción amistosa. Descontento del ejército. Envidia de los tlaxcaltecas. Embajada de México. 1520

Capítulo VI. Guerra con las tribus vecinas. Éxito de los españoles. Muerte de Maxixca. Llegada de los refuerzos. Regreso triunfante a Tlaxcala. 1520

Capítulo VII. Guatemozin, emperador de los aztecas. Preparaciones para la marcha. Código militar. Los españoles cruzan la sierra. Entrada en Texcoco. Príncipe Ixtlilxochitl. 1520

LIBRO VI

Capítulo I. Preparativos en Texcoco. Saqueo de Iztapalapa. Ventajas de los españoles. Sabia política de Cortés. Transporte de los bergantines. 1521

Capítulo II. Cortés hace un reconocimiento de la capital. Ocupa Tacuba. Escaramuzas con el enemigo. Expedición de Sandoval. Llegada de refuerzos. 1521

Capítulo III. Segunda expedición de reconocimiento. Encuentros en la sierra. Toma de Cuernavaca. Batallas en Xochimilco. Cortés escapa por poco. Entra en Tacuba. 1521

Capítulo IV. Conspiración en el ejército. Botadura de los bergantines. Asamblea de las fuerzas. Ejecución de Xicoténcatl. Marcha del ejército. Comienzo del asedio. 1521

Capítulo V. Derrota de la flotilla india. Ocupación de las calzadas. Ataques desesperados. Quema de los palacios. Espíritu de los asediados. Barracones para las tropas. 1521

Capítulo VI. Asalto general de la ciudad. Derrota de los españoles. Su desastrosa situación. Sacrificio de los cautivos. Deserción de los aliados. Constancia de las tropas. 1521

Capítulo VII. Éxitos de los españoles. Infructuosas ofertas a Guatemozin. Derribo de los edificios. Terrible hambruna. Las tropas toman la plaza del mercado. Catapulta. 1521

Capítulo VIII. Terribles sufrimientos de los asediados. Espíritu de Guatemozin. Sangrientos ataques. Captura de Guatemozin. Evacuación de la ciudad. Fin del asedio. Reflexiones. 1521

LIBRO VII. Conclusión. Posterior carrera de Cortés

Capítulo I. Tortura de Guatemozin. Rendición del país. Reconstrucción de la capital. Misión a Castilla. Quejas contra Cortés. Se ve confirmado en su autoridad. 1521-1522

Capítulo II. México moderno. Colonización del país. Condiciones de los nativos. Misioneros cristianos. Cultivo del terreno. Viajes y expediciones. 1522-1524

Capítulo III. Deserción de Olid. Terrible marcha a Honduras. Ejecución de Guatemozin. Doña Marina. Llegada a Honduras. 1524-1526

Capítulo IV. Tumultos en México. Regreso de Cortés. Desconfianza de la Corte. Cortés regresa a España. Muerte de Sandoval. Brillante recepción de Cortés. Se le confieren honores. 1526-1530

Capítulo V. Cortés visita México de Nuevo. Se retira a sus estados. Sus viajes de descubrimiento. Regreso final a Castilla. Fría recepción. Muerte de Cortés. Su carácter. 1530-1547

APÉNDICE

Nota preliminar

PARTE I. Origen de la civilización mexicana. Analogías con el viejo mundo

Bibliografía utilizada por Prescott

Mapas

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Introducción

El lector tiene entre sus manos la nueva edición de La Conquista de México, de William Hickley Prescott, editada por la editorial Antonio Machado Libros. Se trata de la reimpresión de una obra que vio la luz por primera vez en octubre de 1843, razón por la que se impone una relectura cuidadosa, ya que los años no pasan en balde. La revisión histórica es un proceso dinámico y el libro de Prescott es ya un clásico y, por eso, antes de leerlo, no estará por demás decir dos palabras sobre el autor y de las circunstancias en que escribió.

William Hickley Prescott nació en 1796 en Salem, Massachussets, en el seno de una familia acomodada, que más tarde se estableció en Boston, ciudad a cuya sociedad se integró; en la adolescencia sufrió un traumatismo que vino a marcarlo de por vida: ocurrió que en el comedor del colegio se suscitó un bullicio juvenil y uno de sus condiscípulos le arrojó un trozo de pan duro que le hirió en un ojo. Se le envió a casa y después de unos días de reposo absoluto parecía haberse recuperado, retornó a la escuela pero a las pocas semanas reapareció la infección, ahora en el otro ojo. Y así daría comienzo un calvario que lo martirizaría por el resto de sus días: problemas con la visión de manera recurrente, con sus mejorías y recaídas. Para consultar en Londres a los más afamados oculistas de Inglaterra, a los diecinueve años emprendió el primero de los dos viajes que realizaría a Europa. Ya sus problemas de visión eran serios. En compañía de John Quincy, el ministro de Estados Unidos ante la corte de Saint James, recorre distintos lugares, conoce a numerosas personalidades y visita museos, bibliotecas y librerías. Pasa a Francia, recorre París y varias ciudades para trasladarse luego a Italia, donde realiza un amplio recorrido por ciudades del norte para incluir a Roma y descender a Nápoles. Retorno a París y traslado a Inglaterra. En Liverpool embarca en viaje a Estados Unidos. Ese invierno tiene serios problemas con los ojos y su hermana menor le lee diariamente durante largas horas. Cumple veintidós años y estudia idiomas –francés, italiano, alemán y, al registrar escasos progresos en este último, lo sustituye por el español–. Contrae matrimonio en 1820, y cuando tiene veintiocho años nace la primera de los tres hijos que tendrá. Para entonces tiene ya un secretario italiano que le lee (éste será el primero de los cuatro que tendrá). En 1830 comienza a trabajar sobre su historia de los Reyes Católicos y se presentan los primeros achaques de artritis reumatoide, pero en cambio experimenta una mejoría en la visión, lo cual le permite leer hasta tres horas diarias. Concluye su Historia del reinado de Fernando e Isabel, con la cual sienta fama de historiador, y en función del éxito obtenido, cuando en 1835 concluye la Historia de la Conquista de México, no tuvo la menor dificultad en encontrar editor.

En mayo de 1850 emprende su segundo viaje a Europa, que durará hasta septiembre. A su llegada a Londres se encuentra en la cima de la fama; se trata de un período en que se codea con lo más alto de la aristocracia inglesa, se llena de honores académicos y obtiene el doctorado en derecho civil en la Universidad de Oxford. Cena de gala en honor de la reina Victoria y el príncipe Alberto, con quienes sostiene una animada conversación. Cruza el Canal de la Mancha para visitar París, Bruselas, Amberes, Roterdam y Amsterdam para luego retornar a Londres. Visita Edimburgo y se aloja en varios castillos de aristócratas que lo invitan como huésped de honor. Sin que los honores se le suban a la cabeza, con su acostumbrada modestia, visita centros culturales y regresa a Estados Unidos. Sorprende un poco que, siendo un autor que trabajaba el tema hispánico, no incluyera España en su recorrido.

La Conquista de México fue libro de éxito inmediato; en cuatro meses fueron vendidos los cuatro mil ejemplares de la primera edición, hecha en Nueva York, que sería sucedida por la impresión realizada en Inglaterra, y en México en el breve espacio de dos años se harían dos traducciones; vendría luego la traducción al alemán. Un éxito editorial no sólo para su tiempo, sino que, en términos actuales, se le catalogaría como un best seller; figuró entre los títulos más vendidos en Estados Unidos en su día, en época anterior a la electricidad, cuando las rotativas funcionaban a vapor y los grandes periódicos aparecían diariamente en tiradas de decenas de miles de ejemplares. Y fue esa prensa la gran promotora del libro al dedicarle amplias reseñas en sus páginas. Es indudable que el respaldo publicitario contribuyó a su difusión instantánea, pero ello no significa que el éxito fuera producto de la publicidad. La obra se impuso por su calidad, pues se trata de un libro muy bien escrito, ampliamente documentado y que presenta la singularidad de que, por vez primera en lengua inglesa, se presentara en un solo volumen la historia de la conquista de México. Existían relatos fragmentarios, pero ninguno que diese una visión de conjunto, y sobre todo con la percepción con que el bostoniano aborda el tema; propiamente hablando se trataba de una revisión histórica. Por entonces las conquistas españolas en América habían pasado a englobarse con la actuación del duque de Alba en Flandes y la opinión en el mundo anglosajón se había quedado anclada en la Leyenda Negra. El nombre de España era sinónimo de inquisidores, hogueras y despotismo. Por todas partes por donde habían pasado los españoles dejaron tras de sí un rastro de muerte y destrucción. En el Nuevo Mundo, culturas avanzadas sucumbieron ante la codicia de un puñado de aventureros. Ese, a grandes rasgos, era el estado de la cuestión en esos momentos, pero Prescott pensaba diferente, como nos lo hace sentir en el prefacio de su libro: «Entre las heroicas proezas ejecutadas por los españoles en el siglo dieciséis, ninguna es más sorprendente que la conquista de México». Esas líneas ponen de manifiesto su ideología.

En orden cronológico, el primer historiador del tema viene a ser el propio Cortés a través de sus Cartas de relación, a las cuales se ha querido parangonar con la Guerra de las Galias de Julio César, pero, aunque muy bien escritas, las cartas vienen a ser un alegato político presentando los hechos al Emperador de la manera que mejor favorezcan a sus intereses; además, están sumamente resumidas, sin abarcar el proceso completo de la conquista; el primer libro que sí trata el tema en su integridad fue el de Francisco López de Gómara, cuya Conquista apareció en 1552, obra de gran aliento que alcanzó gran notoriedad a causa de la prohibición casi instantánea que siguió a su publicación, «porque no conviene que se lea», reza la cédula que ordena además la recogida de los ejemplares que se encontrasen en manos de los libreros y en posesión de los particulares que los hubiesen adquirido. Nunca se aclararon los motivos. A este libro siguió el de Bernal Díaz del Castillo, quien, al arremeter indignado con la obra de Gómara, tituló al suyo como Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, implicando con ello que la Conquista de México no reflejaba la verdad de lo ocurrido; se trató de un libro de memorias en el que el autor se volcó en cuerpo y alma, lo que lo vuelve muy emotivo, razón que explica que desplazara a todos los demás escritos y pasara a convertirse en la historia de la conquista por antonomasia; en apoyo de ello estaba la circunstancia de que el autor fuese a la vez testigo directo de los hechos que narra. Hubo otros soldados y cronistas que se ocuparon de reseñar la conquista, pero se trató de relatos parciales en la mayor parte de los casos y que tuvieron escasa repercusión. Don Antonio de Herrera, quien se desempeñó como Cronista de Indias durante el final del reinado de Felipe II y parte del de Felipe III, ocupándose de reseñar la historia de la conquista, pero con el inconveniente de que no constituye libro aparte, sino que se encuentra intercalada dentro de su extensa obra Historia General de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, cuyo título ya anticipa lo que es: lectura para especialistas. Y por esa misma vía discurre la Monarquía indiana que el franciscano fray Juan de Torquemada dio a la imprenta en 1617. Ese era el estado de la cuestión cuando en 1684 el erudito literato y a la vez cronista de Indias don Antonio de Solís publicó su Historia de la Conquista de México, libro muy considerado en su día dentro del ámbito de habla hispana, escrito en elegante estilo, pero a la par que glorifica a Cortés no pierde ocasión para derogar al indio, presentándolo como un salvaje. Una apología de la conquista española. Tan parcial es el libro que nada extraño es que hoy día prácticamente no se lea; no obstante, Prescott lo tuvo en gran estima, según lo menciona en el prefacio de su obra. El erudito Solís, con su pulida prosa barroca, es muy dado a fantasear; describe con la mayor naturalidad los interiores de los palacios, dándoles una suntuosidad que ninguno de aquellos que fueron testigos oculares menciona, y pone en labios de sus personajes extensas e imaginarias conversaciones. Pero, pese a esos inconvenientes, Prescott lo valora y en algo se deja influir por él, quizá sólo por tratarse de un libro bien escrito. Otro autor al que hace alusiones es Francisco Javier Clavijero, el jesuita mexicano que partió al exilio al alcanzarlo la orden de expulsión dictada por Carlos III, quien escribió y publicó en Bolonia su Storia Antica del Messico, en 1780; algo que no deja de llamar la atención es la poca mella que parece haberle hecho este texto, altamente valorado en nuestros días.

En 1846 Prescott concluye su Historia de la Conquista del Perú, y al año siguiente, al ser invadido México por Estados Unidos, se da el caso de que buen número de oficiales norteamericanos cargasen en sus mochilas su libro sobre la conquista de México, a manera de una guía del país en el que se internaban. La vieja ruta de Hernán Cortés sería estudiada por la oficialidad del contingente al mando de Winfield Scott, desembarcado en Veracruz. Se lanza entonces al ambicioso proyecto de escribir su Historia de Felipe II, y al describir la batalla de Lepanto, con la mano derecha tullida por la artritis, dice luchar como Cervantes en la famosa acción. En marzo de 1558 sufre un ataque de apoplejía que lo mantiene en cama y en la oscuridad; en cuanto se recupera examina las dos ediciones mexicanas de su Historia de la Conquista de México, ocupándose de revisarlas y hacerles adiciones. Alcanza a sacar de prensa el tercer volumen de la Historia de Felipe II, y muere el 28 de enero de 1859, a los sesenta y un años.

Para enjuiciar a Prescott, lo primero será asomarnos a su tiempo. Estamos frente a un historiador erudito y muy sólido, pero que no termina de desprenderse de la influencia romántica. Por un lado, el historiador científico y, por otro, con un pie en el romanticismo. Una característica muy acusada de los historiadores románticos fue la tendencia a idealizar un pasado que no existió, una desvirtuación de la realidad. Ese fue el sello de los Chateaubriand, los Walter Scott, seguidos de Washington Irving, quienes están más cerca de la novela o, para ser más precisos, lo que hacen es novela con un sesgo histórico. Prescott embellece su relato aderezándolo con anécdotas imaginarias; pero, pese a todos los adornos que introduce, predomina en él la faceta del historiador descriptivo. Su erudición impresionante, máxime cuando la mayor parte de los textos le debían ser leídos, según su visión se debilitaba, al grado de que –como él mismo lo cuenta– debía valerse del noctógrafo, un artilugio que permitía escribir a los ciegos, pero sin poder leer lo que hacían, y no le fue posible leer las pruebas de imprenta de La Conquista de México. Pese a sus limitaciones tan grandes para la lectura manejó todas las crónicas existentes y rastreó todos los manuscritos cuya existencia conocía o sospechaba, escritos además en un idioma que aprendió, pero que no era el suyo. Hoy, un investigador en cualquier biblioteca consulta el fichero y solicita que le fotocopien el documento que le interesa, y se tiende a pasar por alto las condiciones en que se trabajaba en el pasado; por principio de cuentas, por ejemplo, lo primero era cartearse con eruditos de otros países para preguntarles si poseían el manuscrito que le interesaba, y, en caso afirmativo, solicitarles que se encargase a un amanuense la tarea de copiarlo. Para esa recopilación a Presscott le resultó de gran ayuda la colaboración del presidente de la Real Academia de la Historia, don Martín Fernández de Navarrete, quien dispuso que se le facilitasen copias de todo el material que solicitase, e, igualmente, el apoyo de que le prestó el erudito español don Pascual Gayangos, quien se puso a sus órdenes para proporcionarle todo lo que se le ofreciese. Y de manera semejante mantuvo contacto con otros eruditos de España, México, Inglaterra, Italia y otros países; entre los muchos con quienes se carteaba figuró el barón Alexander von Humboldt. En México sus más destacados corresponsales fueron don Lucas Alamán, varias veces secretario de Relaciones Exteriores, organizador del Archivo de la Nación y a su vez autor de las Disertaciones, valiosa obra histórica que se ocupa también de la conquista; otro de sus corresponsales fue don Joaquín García Icazbalceta. Eso en cuanto a los grandes nombres. A grandes rasgos puede decirse que manejó toda la documentación existente en nuestros días, al menos la más importante, la que realmente cuenta, a excepción de la Crónica de la Nueva España, de Francisco Cervantes de Salazar, ya que el hallazgo de este manuscrito es de fecha posterior. Según refiere, llegó a reunir ocho mil páginas en folio concernientes a las conquistas de México y el Perú.

Es preciso destacar que la obra de Prescott se encuentra presidida por el buen sentido, lo cual hace que en su relato no se escape ningún aspecto fundamental, y ello es importante, porque en una narración relativamente breve tienen cabida desde los orígenes del pueblo azteca hasta la muerte de Hernán Cortés, asignándose a todo un cuidadoso balance para destacar su importancia. Un lector no especializado, o alguien que parte prácticamente de cero, podrá tener una idea de cómo ocurrió la conquista, algo que no puede decirse de otros textos que abultan excesivamente unos hechos y pasan por alto otros. Y cabe destacar que en este autor concurren la calidad de ser un historiador muy sólido a la vez que escritor de muy amena pluma, dos circunstancias que no siempre se dan juntas; en cuanto a ideología, su posición es clara: siente una admiración inmensa por Cortés, a quien ve como un héroe digno de equipararse con el más grande que haya existido, y para él el tema no admite discusión: la civilización azteca se encontraba ya sentenciada, y no podía ser de otra manera por las bases en que se sustentaba. Sacrificios humanos y canibalismo. Pero como es hombre inteligente, para no aparecer como un incondicional apologista de Cortés (a la manera de Solís) busca enaltecer aspectos del mundo indígena, como es el caso de la administración de justicia, la cual, según él, estaría en manos de tribunales altamente cualificados (lo cual es inexacto), y lo mismo ocurre cuando habla de la existencia de hospitales destinados a la curación de enfermos y asilo permanente de los guerreros. Un dato que no deja de llamar la atención, por lo imaginativo, consiste en señalar que las sentencias de muerte se indicaban por una línea trazada con una flecha sobre un dibujo trazado sobre una tela de henequén que pretendía ser el retrato del acusado. Es posible que haya escrito eso inspirado en la costumbre china de estampar una gota de tinta roja junto al nombre del sentenciado cuando se trataba de condenas a muerte, lo cual ha derivado en la raya roja con que se cruza el nombre en la tablilla que los sentenciados llevan atada a la espalda. Por otra parte asevera que los pueblos indígenas reconocían la existencia de un supremo creador del universo, o sea, que concibieron la idea de Dios, lo cual es inexacto. En el panteón prehispánico se adoraba una pluralidad de dioses y diosas, unos más poderosos que otros, pero ni por asomo llegaron a plantearse la idea de un creador del universo. Y ese afán de buscar equilibrar su relato lo lleva con frecuencia a decir despropósitos, inocentes en la mayoría de las veces, pero que no dejan de ser fantasías; a raíz de la consumación de la independencia de México, en un afán por configurar la identidad de la nueva nación que accedía a la vida independiente, comenzaron a fraguarse una serie de especies que hoy circulan como moneda corriente que por primera vez aparecen en Prescott, y que si no fue él quien las inventó, sí fue el encargado de divulgarlas. Por ejemplo, hasta el presente se menciona en México con toda rotundidad que a la mesa de Moctezuma se servía pescado sacado del mar el mismo día, lo cual se afirma sin demasiada reflexión, pues se pasa por alto que cualquier envío que se realizase por mensajeros relevándose a lo largo de la ruta tomaba de tres a cuatro días como mínimo. Y buena parte del recorrido transcurría por tierra caliente. Un margen de riesgo muy alto de que Moctezuma hubiese muerto intoxicado por comer pescado en mal estado. Una arraigadísima tradición en México quiere que Cortés, durante la retirada de la Noche triste, se detuviera a llorar bajo las ramas de un ahuehuete. Se trata del famoso árbol de la Noche Triste, el cual, rodeado de una verja de hierro, era reverenciado como un símbolo patrio. Hoy el árbol se ha secado y está completamente muerto, ya que resultaron inútiles todos los esfuerzos realizados para mantenerlo con vida. Muerto el árbol resulta menos doloroso desechar la historia como un mito; queda por ver cómo se originó, ya que ningún cronista contemporáneo habla de que Cortés se apease del caballo durante la retirada (lo cual difícilmente hubiera podido hacer, ya que, por traer destrozados dos dedos de la mano izquierda, al no poder empuñar la rienda la traía atada a la muñeca). El primer indicio que encontramos está igualmente en Prescott, quien señala que en ese sitio Cortés desmontó y se sentó en los escalones de un templo que allí supuestamente habría existido, y al ver pasar a sus hombres maltrechos y cobrar conciencia de los muchos que habían muerto, se cubrió la cara con las manos y lloró. Aquí parece encontrarse el antecedente que dio origen a la leyenda. Y siempre por ese camino, incorpora una serie de informaciones que, aunque no afectan el curso de la historia, no dejan de ser parte de una imaginación romántica. Cuenta, por ejemplo, que la noche en que Cortés hace su entrada en Tenochtitlan los españoles celebraron el acontecimiento disparando salvas de artillería, hecho harto improbable. Un adorno retórico que en nada altera el curso de la historia. Vemos que allí donde los cronistas señalan que se libró una batalla reñida, sin aportar detalles, él reseña toda suerte de movimientos de las tropas, redobles de tambor y actuaciones heróicas; en fin, siente el tema y le pone emoción. El desenlace de la acción viene a ser el mismo, pero enriqueciéndolo con su fantasía. Son tantos los añadidos fantasiosos que alguno podría preguntarse si no estaría incursionando en la novela histórica, extremo que debe desecharse pues no altera ninguno de los episodios fundamentales, y en cambio en obsequio al lector ofrece un relato más ameno que el de muchos prestigiosos historiadores que vinieron a continuación, muy solventes, pero que en la actualidad son escasamente leídos

Pero el acto de este autor que mayor trascendencia ha tenido es el de haber bautizado a México como la nación azteca. Cuauhtémoc, Moctezuma y todo su pueblo murieron sin saber que un día serían llamados aztecas. Es notable la forma en que este apelativo hizo fortuna, máxime cuando se introdujo en fecha tan tardía. La voz no aparece en ninguno de los cronistas originales, mientras que Prescott la utiliza desde la primera página de su libro. Cortés se refiere a ellos como los de Colhúa; Pedro Mártir de Anglería, Fernández de Oviedo, Gómara, Bernal Díaz del Castillo, Andrés de Tapia, Francisco de Aguilar, Motolinia, fray Diego Durán, fray Bartolomé de Las Casas, fray Juan de Torquemada, los llaman indistintamente los de Colhúa o los mexicanos; y así llegamos a finales del siglo, cuando en la crónica de Alvarado Tezozomoc, por primera vez, hay tímidos balbuceos, empleando en cuatro ocasiones la voz «aztlantlaca» (muy acertada por cierto, pues se refiere a hombres procedentes de Aztlán) y en una la de «azteca». Durante el siglo XVII, solamente fray Antonio Tello emplea en varias ocasiones la voz «azteca», pero su manuscrito no trascendió, pues tardó muchos años en darse a la imprenta. En la segunda parte de esta centuria aparece el libro de Solís, y siguen siendo mexicanos. Y a finales del XVIII, el respetado Clavijero emplea el vocablo mexicanos a lo largo de su escrito y es hacia el final cuando en cuatro ocasiones desliza el término azteca, que no llegó a trascender y es así como observamos que ya muy entrado el siglo XIX Lucas Alamán en sus Disertaciones siempre se refiere a ellos llamándolos mexicanos, hasta finales de siglo, en que todavía observamos que historiadores de renombre continúan con el mismo término. Sería ya en el siglo XX cuando el vocablo extendido en el extranjero se adoptase en México.

Renglón aparte lo constituyen las erratas, que en este punto el libro tiene lo suyo. Comienza por hacer al plátano como oriundo de México; a Melchorejo –el indio yucateco que fungiría como incipiente intérprete– lo hace llevado a Cuba por Grijalva, siendo en el viaje de Hernández de Córdoba cuando fue capturado. Errores geográficos se detectan varios, algunos de mucho bulto, como el decir que Texcoco distaba media legua del lago, cuando se encontraba en el borde mismo, dándose el caso de que algunas casas estaban edificadas sobre pilotes en el agua. Y otro tanto ocurre al señalar que Cortés extrajo plata en abundancia de las minas de Zacatecas, cuando la realidad es que la Audiencia de Nueva Galicia informó al rey en carta de agosto de 1557 que Juanes de Tolosa recién había descubierto las minas de Zacatecas. Ello ocurría cuando estaban próximos a cumplirse diez años del fallecimiento de Cortés. Y cuando habla de las hijas legítimas de éste, habidas en el matrimonio con la marquesa doña Juana de Zúñiga, escribe que las tres «se casaron muy ventajosa y brillantemente», lo cual es inexacto, pues Catalina murió soltera. Pero en favor de Prescott hay que destacar que a pesar de encontrarse casi ciego poseía una mirada penetrante, ya que ha sido el primero en destacar que Cortés, al retorno de su primer viaje a España, llevó a su madre a México, circunstancia omitida por autores de mucho fuste. Y hay que tener presente que el libro se ajusta al título, o sea, no constituye una biografía de Cortés, sino que se ciñe a la conquista.

La importancia de la obra de Prescott podría establecerse diciendo que durante muchos años no apareció ningún otro libro que rivalizara con el suyo, como si él hubiese dicho la última palabra y ya no hubiera nada más que agregar; si bien es cierto que Lucas Alamán le hizo llegar sus Disertaciones, obra de amplísimo alcance en la que incluye la conquista, ésta fue escrita casi simultáneamente sin que el uno influyese en el otro; es más, Alamán ya tenía concluidos los primeros volúmenes antes de que apareciese el libro de éste, los mismos que le remitió junto con las dos traducciones de su Historia que para diciembre de 1845 ya habían sido hechas en México, lo cual pone de relieve el inmenso interés despertado por su trabajo. Sigue un período de silencio en que ningún autor importante se ocupa del tema, pues ahí estaba el libro de Prescott, donde estaría dicho todo. Durante poco más de medio siglo será el autor indiscutido de la conquista de México, situación que se prolongará hasta 1888, año que don Manuel Orozco y Berra dio a la imprenta su Historia Antigua y de la Conquista de México, docto y amplísimo trabajo en cuatro tomos, el último de los cuales corresponde a la conquista. La orientación de este libro es ya opuesta a la sostenida por Prescott, pues a la par que enaltece el pasado indígena se muestra crítica hacia Cortés y los conquistadores. Al término de la Revolución Mexicana surge una línea de exaltación nacionalista e indigenista que rechaza lo español por considerarlo como un cuerpo extraño que se introdujo en el ser nacional. Esta tendencia encuentra su máxima expresión cuando los pintores se apropian del tema y narran la historia con sus pinceles, siendo su máximo exponente Diego Rivera, quien, con sus murales que adornan muros de escaleras y corredores del Palacio Nacional, viene a ser la antítesis del pensamiento de Prescott. La Conquista en México es un tema vivo que todavía no entierra a sus muertos.

La aparición de una nueva edición del libro de Prescott siempre es novedad bibliográfica por tratarse de una obra de presencia obligada en los anaqueles de la biblioteca de toda persona con gusto por la historia, y sigue siendo lectura sugerida para aquel lector en busca, sobre todo, de un libro legibilísimo, divertido y ágil, más que de una obra que cumpla con la doxografía científica contemporánea. En estas páginas encontrará un relato muy fresco que le hará vivir todas las peripecias de la conquista sin que se escape ningún episodio esencial; existen algunos errores, es cierto (qué obra no los tiene), pero obtendrá dos cosas que muy difícilmente podría hallar en una obra: un concepto claro de los acontecimientos y una narración sumamente disfrutable.

Nota del traductor

Desde el punto de vista de la traducción este es un libro curioso, que ofrece algunas dificultades y no pocos retos. El primero y más peliagudo de ellos ha sido trasladar el lenguaje de un escritor norteamericano de mediados del siglo XIX, a un castellano moderno sin que se pusiera en el camino ese estilo decimonónico que lo caracteriza. Pero, más allá del estilo, se trata de un libro de historia que se ocupa de unos hechos ocurridos trescientos años antes de que fueran relatados y unos quinientos vistos desde nuestros días. Se encuentra por tanto a medio camino entre la historia que relata y el lector actual. Es cierto que en casi todos los aspectos científicos las posteriores investigaciones han superado los temas de los que se ocupó Prescott, de tal manera que ahora podría parecer que éstas han perdido el interés científico. Pero más que el valor como historiador, estimo que su interés actual radica en la peculiar visión que Prescott, un norteamericano del XIX, nos ofrece sobre la España del siglo XV y la América recién descubierta. Que el libro de historia sea a su vez, en sí mismo, historia.

Probablemente el lector se sorprenda al encontrar en muchas de las notas a pie de página prácticamente el mismo texto que aparece citado entre comillas en el cuerpo de la narración. Esta repetición se debe a otra de las curiosidades del libro. El tema que le ocupa está directamente ligado a México y a España, la mayor parte de las fuentes en las que se basa Prescott están escritas en español, mientras que él escribe para un público anglosajón, de tal manera que cuando utiliza una cita y la engarza dentro del curso de su narración se ve obligado a traducirla al inglés. En muchos casos pone tan sólo una referencia, a pie de página, sobre la obra de donde proviene, pero en muchos otros incluye además el párrafo original. Resultaría imposible desmontar la estructura de la narración para «incrustar» el texto original dentro, sin que éste perdiera su coherencia (sin tener en cuenta que en muchas de las citas no está el original), pero además me ha parecido que sería interesante para el lector poder constatar la cita en castellano con la traducción de Prescott, o mejor dicho, con mi traducción de la traducción de Prescott.

Otro problema difícil de resolver de forma plenamente satisfactoria es la transcripción de los nombres aztecas. He intentado mantener la forma fijada actualmente en castellano, aunque esto sea difícil, ya que la transcripción de las palabras aztecas tiene enormes variaciones en su paso al castellano, dependiendo de los diferentes autores o las diferentes épocas. En el caso de Montezuma, sin embargo, ha decidido mantener la transcripción del autor, ya que éste, en nota a pie de página, explica el porqué de su elección. En todos los demás casos he tratado que fuera lo más clara posible y que compaginara los criterios de fidelidad al original azteca y de respeto al uso establecido.

Como la obra está escrita obviamente para un público angloparlante, todas las medidas de longitud, de peso o de espacio están expresadas en el sistema inglés. Para que el lector pueda hacerse una idea de las descripciones que hace el autor, le ofrezco aquí una tabla en la que se muestran los equivalentes de estas medidas en el sistema métrico decimal.



Medida inglesa

Traducción al español

Equivalente en el sistema métrico


Longitud

1 inch

1 foot

1 yard

1 statute mile

1 nautic mile

1 league

1 rod

Pulgada

Pie

Yarda

Milla terrestre

Milla náutica

Legua

Vara

0,0254 m

0,3048 m

0,9144 m

1.609,3 m

1.853 m

4.827,9 m

5,03 m


Espacio

1 square foot

1 acre

Pie cuadrado

Acre

0,0929 m2

0,4047 hectáreas


Peso

1 pound

1 ounce

1 mark

Libra

Onza

Marco de oro

0,4536 kg

28,35 g

Marco de oro



Prefacio

Habiéndose ocupado ya de la conquista de México las plumas de Solís y Robertson, dos de los historiadores más capaces de sus respectivas naciones, podría parecer que, hoy en día, queda poco que recabar para el investigador histórico. Pero la narración de Robertson es breve por necesidad, ya que forma parte de un trabajo mucho más extenso y ni el autor británico ni el castellano disponían en su momento, para relatar este acontecimiento, de los importantes materiales que los eruditos españoles han recopilado laboriosamente desde entonces. El estudioso que lideró estas investigaciones fue don Juan Bautista Muñoz, el célebre historiógrafo de las Indias a quien, por edicto real, se le concedió libre acceso a los archivos nacionales y a la totalidad de las bibliotecas públicas, privadas y monásticas de todo el reino y sus colonias. El resultado de su largo trabajo fue un vasto corpus de material, del que desgraciadamente no pudo cosechar los beneficios en vida. Sus manuscritos fueron depositados tras su muerte en los archivos de la Real Academia de la Historia en Madrid. Esta colección se vio aumentada posteriormente con los manuscritos de don Vargas Ponce, presidente de la Academia, obtenidos, como los de Muñoz, de diferentes lugares, pero en especial del Archivo de Indias de Sevilla.

En 1838, al solicitar permiso a la Academia para copiar la parte de esta inestimable colección relacionada con México y Perú, me fue concedido libre acceso junto a un eminente erudito alemán y nombraron a uno de sus miembros para supervisar la recopilación y trascripción de los manuscritos, todo esto, debe añadirse, antes de que tuviera ninguna queja sobre la cortesía de este respetable cuerpo. Esta conducta muestra el avance del espíritu liberal en la península desde la época del doctor Robertson, quien se queja de que se le negara el acceso a los depósitos públicos más importantes. El favor con el que se contempló mi solicitud, sin embargo, debe ser principalmente atribuido a los buenos oficios del venerable presidente de la Academia, don Martín Fernández de Navarrete, un estudioso que gracias a su carácter ha conseguido en casa la misma alta consideración que con sus trabajos literarios en el extranjero. Le debo aún más a esta eminente persona por el libre uso que me ha permitido hacer de sus propios manuscritos, fruto de una vida de recopilación y base de esas valiosas publicaciones, con las que en diferentes ocasiones ha ilustrado la historia colonial española.

De estas tres magníficas colecciones, el resultado de medio siglo de cuidadosas investigaciones, he obtenido un corpus de documentos inéditos, relacionados con la conquista y la colonización de México y Perú, que componen en total unas ocho mil páginas. Entre ellos figuran instrucciones de la Corte, diarios militares y privados, correspondencia de los principales protagonistas de los hechos, documentos legales, crónicas contemporáneas y demás, extraídos de los principales lugares del extenso imperio colonial español, así como de los archivos públicos de la península.

He enriquecido aún más la colección recogiendo materiales del mismo México que habían sido pasados por alto por mis ilustres predecesores en estas investigaciones. Éstos se los debo a la cortesía del conde Cortina y aún más a la de don Lucas Alamán, ministro de Asuntos Exteriores de México, pero sobre todo a mi excelente amigo don Ángel Calderón de la Barca, último ministro plenipotenciario de la Corte de Madrid ante ese país, un caballero cuyas altas y estimables cualidades, más que su condición, le valieron la confianza pública y le facilitaron libre acceso a todos los lugares de interés e importancia en México.

También quiero reconocer a los amabilísimos ayudantes asignados a mi persona por el conde Camaldoni en Nápoles, por el duque de Serradifalco en Sicilia, un noble cuya ciencia presta lustre adicional a su rango, y por el duque de Monteleone, el actual heredero de Cortés, quien me ha abierto amablemente los archivos familiares para poder inspeccionarlos. A estos nombres se debe también añadir el de Sir Thomas Phillips, baronet, cuya valiosa colección de manuscritos probablemente sobrepasa en tamaño la de cualquier caballero de Gran Bretaña si no de Europa; el de mons. Ternaux-Compans, propietario de la valiosa colección literaria de don Antonio Uguina, incluyendo los papeles de Muñoz, cuyos frutos está dando al mundo en sus magníficas traducciones, y, finalmente, el de mi amigo y paisano el señor don Arthur Middleton, antiguo Chargé d’Affaires de los Estados Unidos de América en la Corte de Madrid, por la eficiente ayuda que me ha proporcionado para llevar a cabo mis investigaciones en la capital.

Además de este conjunto de documentos originales de estas diferentes fuentes, me he provisto diligentemente de todo material publicado que estuviera relacionado con el tema, incluyendo las magníficas publicaciones que han aparecido, tanto en Francia como en Inglaterra, sobre el patrimonio histórico de México, que por su coste y sus colosales dimensiones parecen más convenientes para una biblioteca pública que para una privada.

Habiendo expuesto la naturaleza de mis materiales y las fuentes de las que provienen, me queda añadir unas pocas observaciones sobre el plan general de composición del trabajo. Entre los logros notables de los españoles en el siglo XVI, no hay ninguno más impactante para la imaginación que el de la conquista de México. La destrucción de un gran imperio por un puñado de aventureros junto con todos los extraños y pintorescos hechos que la rodean, posee más el aire de una novela romántica que de sobria historia y no es fácil tratar un tema así siguiendo las severas reglas prescritas para la crítica histórica. Pero, a pesar de lo seductor del tema, me he esforzado conscientemente por distinguir los hechos de la ficción y establecer la narración sobre la base, tan amplias como ha sido posible, de testimonios contemporáneos y me he tomado el trabajo de corroborar el texto con amplias citas de autoridades, generalmente en el original, ya que pocas de ellas son accesibles para el lector. En estos extractos me he ajustado escrupulosamente a la ortografía antigua, por otro lado obsoleta e incluso bárbara, antes que dañar en cualquier grado la integridad del documento original.

Aunque el objeto del trabajo es en realidad tan sólo la conquista de México, lo he introducido con una visión general de la civilización de los antiguos mexicanos que permita al lector entrar en contacto con el carácter de esta extraordinaria raza y le haga posible entender las dificultades con que se encontraron los españoles en su dominación. Esta parte introductoria del trabajo junto con el ensayo en el Apéndice I, que en realidad pertenece a la Introducción, a pesar de que tan sólo hacen la mitad de un volumen, me han costado tanto trabajo y casi tanto tiempo como el resto de la historia. Si he conseguido dar al lector una idea ajustada de la verdadera naturaleza y alcance de la civilización que los mexicanos alcanzaron, no será un trabajo en vano.

La historia de la conquista termina con la caída de la capital. Sin embargo, he preferido continuar la narración hasta la muerte de Cortés, basándome en el interés que podía suscitar en el lector el desarrollo de su personalidad en su carrera militar. No soy insensible al peligro que corro por ese camino. La mente, previamente dedicada a una gran idea, la de la destrucción de la capital, puede sentir que la prolongación de la historia más allá sea superflua si no tediosa y puede encontrar difícil, después de la emoción que le ha provocado el ser testigo de una gran catástrofe nacional, interesarse en las aventuras de un individuo particular. Solís tomó el camino más diplomático de concluir su narración con la caída de México y por tanto deja a sus lectores con la impresión viva de ese memorable acontecimiento en sus mentes. Prolongar la narración es exponer al historiador al error tan censurado por los críticos franceses en algunas de sus obras teatrales más célebres, donde el autor por un dénouement prematuro estropea el interés de la obra. Es el defecto que se une necesariamente, aunque en un grado mayor, a la historia de Colón, en la que unas insignificantes aventuras en unas islas sirven de colofón a una vida que se abrió con el magnífico descubrimiento de un mundo. Un defecto, en pocas palabras, que ha requerido de todo el genio de Irving y el mágico encanto de su estilo para ser superado con éxito.

A pesar de estas objeciones, me he decidido a continuar la narración, en parte por deferencia a la opinión de algunos estudiosos españoles que consideran que la biografía de Cortés no había sido mostrada en su totalidad y en parte por el hecho de tener a mi disposición tal corpus de material original para esta biografía. Y no lamento haber tomado ese camino, ya que, por mucho brillo que la conquista pueda reflejar sobre los logros militares de Cortés, no da más que una idea incompleta de su espíritu ilustrado y de su genio polifacético y versátil.

Para el ojo del crítico puede parecer cierta incongruencia un plan que combina objetivos tan distintos como los abarcados por la presente historia, donde la Introducción, que se ocupa de las antigüedades y el origen de una nación, tiene un carácter ligeramente filosófico, mientras que la conclusión es estrictamente biográfica, al mismo tiempo que se espera que las dos encajen indistintamente dentro del cuerpo principal o porción histórica del trabajo. Pero espero que esas objeciones tengan más peso en la teoría que en la práctica y que, utilizada correctamente, la visión general de la Introducción prepare al lector para los detalles de la conquista y que los grandes acontecimientos públicos que en ella se narran abran sin violencia, el camino para el resto de la historia personal del héroe que conforma el alma de la misma. Cualquier otra incongruencia que pueda haber, espero que respete la unidad de interés, la única unidad a la que la crítica moderna da importancia.