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EL REINADO

G. B. WALL

EL REINADO

© 2019, Guadalupe Banda Wall

Primera Edición

© 2019, Book Depot, S.A. de C.V.

Cda. Guillermo Prieto 36, Col. Jesús del Monte,

Huixquilucan, Estado de México, C.P. 52764.

ISBN: 978-607-98584-0-7

Impreso en México

Printed in México

Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción, almacenamiento y divulgación total o parcial de esta obra por cualquier medio sin el pleno consentimiento y permiso por escrito de la editorial.

Siempre busca alcanzar tus sueños.

Para ti, Hugo. Gracias por existir.

Te conocí en un café, pues soy curiosa y amante de las pequeñas cafeterías. Decidí entrar a aquel lugar, víctima del agradable y embriagante olor. No, detenerme un rato allí no me afectaba mucho en cuanto al tiempo. Acababa de ir a una entrevista, como lo había hecho en otras ocasiones. Sé que no era mi mejor época, pero confiaba en que me iría mejor. Aquellos no eran mis lugares recurrentes, pero aprovecharía este café para acogerme del frío de invierno. Pasé por la puerta. El olor se hacía más fuerte y más exquisito, acompañado por un delicioso aroma a pan recién horneado. Era una cafetería pequeña y las mesas estaban llenas. Cerca de la caja se retiraba una pareja y aproveché para tomar asiento.

Una joven se acercó a mí. Yo estaba tan hipnotizada por el aroma que, francamente, no presté atención a la señorita. Solo escuché cuando dijo: “Un café”, con lo cual le bastó para que tomaran su pedido. Ella se retiró y me quedé observando la ventana, sin nada nuevo en que pensar: solo en mi entrevista. Creo que había dado mi mejor esfuerzo y estaba alegre por ello.

—Disculpa, ¿esperas a alguien más?

Fue aquella voz grave lo que me sacó de mis pensamientos. Giré a verlo: era un hombre bien vestido, alto, aperlado, con unos ojos de un verde obscuro, con una barba cuidada y un cabello castaño obscuro. Se me hacía raro que un hombre como él se encontrara ahí. Su porte era elegante con esa gabardina de color café. Creo que tardé mucho observándolo. Solo respondí a su pregunta negando con mi cabeza.

—¿Puedo sentarme aquí? Las demás mesas están ocupadas.

—Claro, adelante.

Vaya, hasta que me salió decirle algo.

—Hola, mi nombre es Roberto Thalassinos.

Me extendió su mano en lo que se sentaba. La mesera se le acercó, alta, delgada, con su cabello castaño rojizo recogido en una cebolla, y con unos ojos color café obscuro que le sonreían a ese atractivo hombre.

—Te encargo un café —dijo él—, con un pedazo de pastel de zanahoria.

Ella lo apuntó sin dejar de sonreír.

—¿Algo más? —preguntó.

—No sé si la señorita desea tomar algo —respondió él.

La mesera giró su cabeza hacia a mí y borró su sonrisa de su rostro.

—Ahm, no. Acabo de pedir un café. Gracias —contesté. Aquella situación era extraña.

—¿Eres alérgica a la piña o a la zanahoria? —preguntó él con rostro curioso.

—Ahm, no.

—¿Sabes? Que sean dos rebanadas de pastel, por favor, July —le pidió a la mesera.

Ella se retiró devolviéndole una sonrisa.

—Te va a encantar el pastel de zanahoria —me dijo él—. Es uno de los más exquisitos pasteles que venden aquí.

—Veo que eres cliente.

—A decir verdad, es la segunda vez que vengo, pero el lugar es muy agradable.

Al colocar él sus manos sobre la mesa, noté algo peculiar: portaba un anillo, así que mi golpe de suerte se desvaneció. Es posible que esté casado

—A mi esposa no le gusta el café.

¡Bingo! Estaba casado.

—Es la mejor bebida que existe y más en esta época —dije.

—La verdad es que sí, pero, bueno, no todos compartimos el mismo gusto. Y ¿cómo te llamas?

—Me llamo Melissa.

—Muy bonito nombre. ¿A qué te dedicas?

—Soy paisajista.

Él sonrió.

—¿Sabes? Eres idéntica a mi esposa. Podría jurar que eres su…

—Escucha: si esta es tu manera de seducir…

Me puse de pie para irme.

En ese momento, él me muestra una imagen suya con una hermosa mujer. Era como verme en el espejo, pero con el cabello de color castaño claro y ojos verdes. En todo lo demás, era idéntica a mí: su sonrisa, la forma de sus ojos, su nariz.

Me senté de golpe.

—¿Ella es tu esposa?

—Así es. Seducirte no es parte de mi plan, pero tú sola habrás de venir a mí.

Había pasado toda mi vida creyendo que era solamente una persona más en el mundo. Sin embargo, aquello no era del todo cierto. Resultó que, para mí, había más responsabilidades de las que podía imaginar. Pero las vidas de ellas eran más importantes que cualquier otra cosa que existiera en mi mente, y mi miedo aumentaba porque las habían localizado y yo me encontraba a una distancia desde la cual me era imposible poder ayudar.

Solo un milagro nos podía salvar.

CAPÍTULO I

Sumida en mi sueño, desperté siendo víctima de mi propia suerte. Estaba en una habitación enorme con maravillosos cuadros, forrada en su totalidad de madera de pino. Su fragancia era exquisita, con una bella chimenea encendida que proveía de un ambiente acogedor. Las almohadas eran suaves y las cobijas, magníficas. Vislumbraba un ventanal, aunque se encontraba cerrado por aquellas cortinas de color escarlata. Era tan perfecta mi suerte: hace algunos meses eso solo parecía un cuento de hadas que no podría ni siquiera soñar, y hoy era simplemente una magnífica realidad.

Llegar a ser nombrada princesa de aquel país tan lejano a mi vida era algo que no sabía cómo afrontar. Ver a aquella señora alta, elegante, con una presencia fantástica, era contradictoriamente encantador y aterrador. Verla llegar a mi modesta casa, donde vivía yo con mi hija y mi marido, y la cual se mantenía por nuestro trabajo arduo y nuestro esfuerzo. Al verla llegando con su limosina y su seguridad, supe que ese era, por mucho, un día muy extraño. Pidió entrar y hablar conmigo. Sabía mi nombre y mi procedencia. Eso fue aún más extraño, pero su primer acto, al yo cederle la entrada a mi casa, fue abrazarme. Sus lágrimas tocaron mi rostro. Yo estaba estupefacta: no sabía cómo reaccionar o qué decir.

Aquella señora regresó a su compostura y me pidió que la disculpara, tomó asiento y comenzó a contar una historia sobre un país, sus reglas y cómo a las princesas se les prohibían ciertas cosas para guardar su compostura, cómo podía aquello agobiar a una niña o sofocar a una adolescente. Francamente, yo seguía sin saber qué estaba pasando. Seguía conmocionada, pero no la interrumpí. Me comentó que se había enamorado de un apuesto joven que, al parecer, actualmente es un empresario; que huyó con él y quedó embarazada a una corta edad; que sus padres, los cuales eran los reyes en aquel momento, sobornaron al joven para que la olvidara, y a ella la obligaron a ceder los derechos de su hija a un matrimonio de otro continente: una pérdida difícil, a la que tuvo que acceder por la posición en que estaba; que, a pesar de contraer matrimonio con otro hombre, jamás se atrevió a tener más hijos; que, al convertirse en reina y no haber otro heredero, sus padres palidecieron porque había escriturado que su única heredera sería la hija que le quitaron, así que, después de tantos años, decidieron mencionarle la ubicación de quienes se habían convertido en los padres adoptivos de la niña. Parecía una novela lo que me estaba contando, y no yo perdía de vista la expresión de su rostro. Cuando finalizó su historia, quedé espantada; en vez de encantada, estaba anonadada, con miedo, frustrada: ella decía que yo era esa niña y que la corona era mi derecho.

Cada vez que platico con ella sobre nuestro encuentro, le menciono que la quería correr de mi casa. Así cambió mi vida. Al día siguiente de nuestro encuentro, volé a la ciudad más maravillosa, más mágica, tan elegante y majestuosa. Con sus calles de piedra, sus construcciones de adoquín y sus techos de tejado, era tan clásica, que me maravillaba que aún existieran construcciones con una arquitectura tan única en el mundo. Había volado solo con mi hija, produciendo en aquella mujer una gran felicidad. Se presentó con la pequeña, que aún no hablaba claramente. Nos llevó a conocer todo el lugar. Tardamos días en recorrer el castillo y el reino. Nos tomó un mes más conocer que el trabajo de ser reina era extenuante: papeles, política, administración de los fondos públicos del reino, administración del palacio… todo era digno de admirarse. Lo que más me fascinaba de aquella mujer era que su inteligencia trascendía: tenía negocios que sostenían al palacio sin necesidad de tomar nada del pueblo.

Mi marido iba una vez cada dos meses a visitarnos. Era maravilloso tenerlo cerca: una persona con su propia presencia. Mi hija no paraba de sonreír cada que lo veía. Conforme pasaba el tiempo, yo aprendía algo nuevo, y la reina no dejaba de mencionarme lo ágil que era yo para aprender los movimientos. Sin embargo, algo no comenzaba a cuadrar.

Yo tenía una carrera en finanzas, y mientras más cotejaba información, más parecía un desvío de fondos. Me dediqué a conocer a todos los que integraban parte del Consejo real, así como a los representantes del pueblo electos democráticamente. Necesitaba hallar al culpable. Cuando creía que estaba más cerca, más me alejaba del responsable del delito. Uno de los consejeros comenzó a auxiliarme con el personal, mientras que mi madre, la actual reina, se dedicaba a disfrutar de mi hija. Cuando paseaba por el reino, me daba cuenta de que había una fuerte sensación de tensión de la gente del palacio, lo cual me comenzó a aterrar. Instintivamente, o tal vez, maniáticamente, contraté en secreto a alguien que me ayudara con mi defensa personal. No soy muy atlética y me costaba mucho hacer los movimientos, pero mis prácticas eran constantes. Todas las noches, antes de dormir, mi cuarto se llenaba de mis prácticas y técnicas. Tenía que apresurarme a ejecutar bien cada uno de los pasos que daba.

No confiaba en nadie del Consejo y debía tramar un plan B. Cada día me ponía más nerviosa por los comentarios políticos que procedían del pueblo. ¿Es que acaso no entendían que el palacio era una cuestión distinta del reino?

La reina estaba notando la situación y me comentaba ciertas cosas. Decidió hacer mi nombramiento en cuidado silencio. Nadie más debía enterarse: solo el sacerdote que hizo el cambio, de acuerdo con las leyes religiosas, para la abdicación de la reina. Solo una persona del Consejo estuvo presente, una persona muy leal a mi madre. También se hallaba su consorte, mi consorte y, por supuesto, mi maravillosa hija, que, según quedó estipulado, sería la siguiente en el trono en un futuro.

Se hizo el nombramiento. Una maravillosa diadema se dejó posar sobre mi cabeza, elegante, exquisita y brillante. Una banda se colocó en mí, sobre aquel encantador vestido que parecía más de novia, tan largo, esponjado y entallado. Sentía en mis hombros, más que felicidad, una nueva y pesada responsabilidad, pero ahí estaba yo. El rostro de la reina era de orgullo y gozo.

Días después de mi nombramiento, comenzaba a ver ciertos problemas en el Consejo, y en parte era porque no estaban de acuerdo con mi presencia. Era comprensible hasta cierto punto, pero mi presencia era solo parte de algo que ya estaba en proceso. El detalle era saber qué era. Tenía ideas dispersas, pero nada concluyente. El pueblo comenzaba a manifestarse con muy bajos argumentos, que solo me hacía pensar que estaban siendo manipulados, pero ¿por quién? Cada vez me hacía más diestra en la forma de expresarme y de solucionar cuestiones políticas, pero el ambiente era tenso. Todos aún creían que mi madre era la reina. Gran error, pues yo estaba tomando las decisiones, pero no sabía hasta qué punto aquello era bueno. La gente del pueblo se había tranquilizado, pero ello solo aumentaba más mis sospechas. Tal vez ya me estaba volviendo paranoica.

Mi hija había salido a cabalgar con su abuela. Resultó ser más diestra para aquella sutil vida; se veía hermosa y radiante. Conforme pasaba el tiempo, mi madre insistía en enseñarle otro idioma, pero el idioma no era para nada popular. Claro, aprendió una lengua romance debido a la ubicación del reino, y aparte, su lengua materna. Mi madre tenía un don espectacular para enseñar. Sé que ella también estaba muy consciente de la situación del palacio, pero siempre me repetía que no me desesperara, que las cosas solas se acomodarían y que, si tenía que pasar algo obscuro para que las cosas se establecieran, entonces tendría que pasar. Vaya que era tan lógico, pero, a la vez, tan poco coherente para mi gusto.

Aquel día fue el primero de mi verdadero miedo.

CAPÍTULO II

Sentía que alguien tapó mi boca mientras yo yacía dormida, debajo de mis suaves y calientes cobijas. La chimenea estaba aún encendida. La sombra mostraba una silueta, pero era difícil identificar si era de hombre o de mujer. Solo escuché el susurro: “Baja en silencio. Saldremos por el túnel que va hacia el río, lo más rápido que puedas”.

Me soltó y desapareció por una de las puertas de mi recámara. Desperté a mi consorte, que estaba ahí de visita. Se alistó a una velocidad impresionante, sorprendido por la noticia que le di. Corrió inmediatamente a buscar a mi pequeña princesa. Al abrir la puerta, unos fuertes estruendos y algarabías predijeron lo que más temía: se estaban levantando en armas

Espantada, apresuré mi paso, y quise tomar las alhajas reales, pero para mi sorpresa, no estaban, así que supuse que alguien ya tenía todo previsto.

Corrí, bajé los escalones y me coloqué delante de las grandes puertas principales, que estaban cerradas. Veía a los guardias tratando de mantener protegido el palacio. Estaba anonada por aquella situación, quería hacer algo, ayudar, apoyar, cerciorarme de que todos estaban bien. En eso, sentí cómo me jaló alguien del antebrazo y me decía algo, pero no lograba entender nada de lo que decía. Estaba tan centrada en lo que requería mi gente, que no escuchaba nada más.

Mi mundo se obscureció. Escuchaba los llantos de una niña que no paraba de gritar: “¡Mami!”. Corrí hacia a ella. Estaban todos ahí. Corrimos a través de un túnel hasta llegar a una zona donde se escuchaba agua. Era un canal y, sobre el agua, estaba un pequeño yate. Subimos a toda prisa. El yate avanzó y, al cabo de una media, hora salimos a una playa. Rompimos algunas olas, pero este no dejaba de avanzar. Sentía una fuerte opresión en el pecho por todo lo que había pasado: fue tan rápido, que no terminaba de digerir las cosas.

Mi madre nos pidió que nos cambiáramos de atuendos por algo menos llamativo y un poco más cómodo. Bajamos en un muelle y caminamos un poco. Mi pequeña protestaba, pero continuaba con nosotros, sucesivamente sobre las espaldas de cada uno de los que nos encontrábamos huyendo. Una carreta apareció ante nosotros y, por lo visto, el conductor conocía a mi madre porque la saludó con una reverencia. Subimos y continuamos nuestro viaje. Mi madre no me había dirigido palabra alguna y suponía que solo le interesaba ponernos en la mayor seguridad. Vaya, ella sí que tenía un plan B, el cual yo no pude elaborar. Proseguimos nuestro andar y el clima comenzaba a cambiar ligeramente.

Nos acercamos a una estación que se encontraba vacía, podría decirse que abandonada, debido a su falta de mantenimiento en su estructura. Ahí estaba un pequeño tren con un vagón. En él solo subimos la reina, mi consorte, su leal acompañante y yo. El consorte de mi madre le prometió que estaría allí, esperando a que su “alteza” regresara para su siguiente movimiento. ¿De qué “alteza”, exactamente, hablaba? ¿Cuál era el siguiente movimiento? ¿De qué me había perdido? Eran tantas las preguntas, que no encontraba una lógica en su sucesión. Estaba más que asustada, estaba ansiosa.

El vagón avanzó. El clima comenzó a sentirse más frio conforme subíamos a las faldas de aquella sierra. Abrigué a mi hija, quien ya había cerrado sus ojos. Estaba cansada de viajar sin algún rumbo aparente. Poco a poco, el paisaje comenzaba a vestirse de blanco. Las ventanas estaban más frías y la tensión era evidente, pero nadie decía absolutamente nada.

El vagón se detuvo. Llegamos a una estación con una alta fachada de pura madera. En ella había una puerta. Parecía que el edificio era antiguo, y tenía el aspecto de un fuerte. Una persona salió del fuerte, se inclinó ante mi madre y le dijo algo en un idioma coloquial. Mi madre entró por la puerta y nos dijo que la siguiéramos. Subimos por una escalera en forma cuadricular con varios pisos. Con el clima frío, aquello sería una misión difícil aunque no imposible. Comenzamos a subir. A cada paso, la madera crujía. La iluminación era difícil debido a que la obscuridad se aproximaba. Cada cierto número de pisos había una persona. Estas, lejos de vernos con respeto, nos veían con desprecio, pero no me importaba: no podíamos exigir respeto, y desconocíamos su situación. Al contrario, les agradecíamos por ayudarnos, aunque no estaba segura de cómo agradecerles.

Llegamos a la cima del fuerte, y ahí se encontraba un teleférico, con una vista panorámica, aunque no se podía apreciar mucho porque la noche había cubierto cada uno de los rincones del lugar. El frío era intimidante. Yo temblaba. Le había dado mi abrigo a mi hija; ella lo necesitaba más.

Subimos al teleférico. Nos comenzamos a mover. Lo que veía a lo lejos eran luces. Era como si existiera una pequeña civilización entre las montañas, lejos de cualquier sociedad, un lugar limpio, o al menos era lo que el paisaje me inspiraba a creer. Llegamos y nos ayudaron a descender del teleférico. Era fantástico: aquel lugar era un sueño, algo que creía inexistente. Estaba enamorada de aquel paisaje. Imaginaba que, al amanecer, aquello sería algo aún más bello. Me tomaron de la mano y me llevaron por aquel lugar. La gente salía para observarnos, como si fuéramos unos extraños, aunque, si lo pienso bien, sí lo éramos. Entramos por una puerta y ahí nos recibieron con bebidas calientes. Era delicioso, sobre todo porque lo único que habíamos comido durante todo nuestro viaje era agua y pan. Nos ofrecieron un lugar para descansar y nos acercaron al fuego. Era tan reconfortante que no podía explicar lo bien que se sentía. Nos acogieron unas mantas y algunos catres para poder dormir mientras mi madre hablaba con ellos. Yo solo observaba cómo mantenían sus rostros tensos y solo hacían ciertos comentarios, pero nadie me explicaba nada.