1.png

Un beso de Dios

Oguer Martínez Medina

Un beso de Dios

© 2019, Oguer Martínez Medina

Primera Edición

© 2019, Book Depot, S.A. de C.V.

Cda. Guillermo Prieto 36, Col. Jesús del Monte,

Huixquilucan, Estado de México, C.P. 52764.

Impreso en México

Printed in México

Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción, almacenamiento y divulgación total o parcial de esta obra por cualquier medio sin el pleno consentimiento y permiso por escrito de la editorial.


Italia, 2019 FABIÁN

Suspiro tras suspiro, Fabián recordaba los años de juventud. Ahora ya había cumplido cincuenta años. Se preguntaba si había tomado la mejor decisión; pensaba en lo que hubiera pasado si su decisión hubiese sido otra; pensaba y pensaba. El pasado lo atormentaba, suspiraba por lo que fue y lo que hubiera sido. Sin embargo, el tiempo no espera nada ni a nadie: aunque uno tenga alegría, tristeza o dolor, él debe seguir su marcha, como la vida misma; de ahí un dicho: “Dios perdona, pero el tiempo, no”.

“En esta tarde lluviosa”, pensaba Fabián, “los sentimientos brotan como el pasto, sentimientos que están ahí, en nuestro inconsciente, esperando ser despertados. Esta lluvia y el olor a tierra mojada hacen que esos sentimientos nos invadan, que nuestra alma se retuerza dentro de nosotros, como ahora la mía lo hace, pensando en el ayer y en vivir en el tormento del ahora”.

“¿Por qué lo hiciste, Aurelia? ¿Por qué, Aurelia, por qué?”; eran las preguntas que se hacía una y otra vez, preguntas que en los últimos cuarenta años se hacía una y otra vez. En cierta forma se resignaba a jamás encontrar una respuesta. Pero justo hoy, en una red social, encontró un rayo de luz entre toda esa oscuridad que lo cubrió por muchos años.

¿Acaso será ella? Veía una y otra vez la foto, pero no lograba convencerse de lo que estaba mirando. Si es ella, entonces, ¿adónde se fue tanto tiempo? ¿Qué fue lo que realmente pasó esa noche? ¿No murió?

Fabián era un mar de interrogantes. Los demonios de su pasado se estaban desatando. Todo aquello que había vivido en su juventud hoy lo inquietaban, al grado que se estaba haciendo a la idea de regresar a México, reencontrarse con sus antiguos amigos.

No olvidaba la promesa que hizo a una moribunda en el lecho de muerte, esa promesa que a veces lo despertaba a media noche, sudoroso y pidiendo perdón por el daño que había causado. Fabián no lo reconoció todo estos años; estuvo como en estado de negación, pero ahora, por fin, es consciente de lo que hizo. Él era el responsable de la infelicidad que le ocasionó a aquella ingenua jovencita, y de que otras familias fueran arrastradas a la desgracia, por la falta de honestidad de Fabián.

México, 1983 AURELIA

Hija de Santiago, de oficio zapatero; su madre, Lucía, ama de casa. Aurelia era la menor de ocho hermanos, la única mujer.

Ella decía que gozaba de una belleza rara: tenía unos ojos grandes, con pronunciadas pestañas, pelo lacio, cabellera abundante, color negro azabache, de cara redonda y estatura media. Tenía pies grandes, calzaba del siete. Se reía de sí misma: decía que la proporción de su cuerpo desentonaba con sus pies y que la ventaja de estar patona es que podía dormir parada, como el caballo lechero. Encontraba cierta gracia en eso.

Pertenecía a una familia tradicional, donde el padre es el que manda, el que decide qué se hace y cuándo se hace. La señora Lucía, una madre abnegada, sumisa, siempre dispuesta a complacer al marido para que no se enoje, porque, cuando se enfada, la “agarra contra todos”; no le interesa quién se la hizo, sino, quién se la pagará.

Lucia, todo el tiempo, trataba de evitar eso; de lo contrario, hasta a ella le tocaba uno que otro trancazo. Una mujer siempre atenta al pedido de Santiago:

—Alcánzame el sombrero… Tráeme un vaso de agua… Tráeme mis huaraches… Espanta el pollo… Patea al perro…

Siempre así, y ella, complaciente con su señor.

—Eh, Gamuza; Gamuza, ven —llamaba Silvano por su apodo a Aurelia. Era compañero de ella en la escuela.

El apodo surgió cuando, platicando con sus compañeros, Aurelia les dijo que los zapatos que todo el tiempo traía puestos le gustaban mucho, que su papá se los hizo de gamuza, y como es de esperarse, esa simple palabra ocasionó risas de mentes bobas, que esperan cualquier tontería para hacerla burla. Desde ese momento, sus compañeros le pusieron el mote de “Gamuza”.

—Que vengas, Gamuza —insistía Silvano.

—Ya, Silvano. A ti no te gusta que te digan por tu apodo. Dime por mi nombre —le contesto colérica Aurelia—, ¿o quieres que te empiece a gritar diciéndote “Tripa”? Si es lo que quieres, con gusto lo haré. Ahora dime, ¿qué quieres, Tripa?

—Ya, ya, no es para tanto. Siempre te hemos dicho así. No sé por qué te enojas —dijo Silvano—. Si no te gustaba el apodo —siguió diciendo—, desde un principio te hubieras opuesto; no que hasta ahora te indignas. Yo por eso, desde un inicio les advertí, que al que me dijera por mi apodo le rompería la cara.

—Antes, porque estaba inocente —replicó Aurelia— y dejaba que todo mundo me hiciera menos, pero no me iba a dejar toda la vida que me trataran como quisieran. Entiende que, si a ti no te gusta que te digan “Tripa”, a mí no me gusta que me digan “Gamuza”, porque el sentimiento que tienes tú, de partirle la cara a quien te dice así, ese sentimiento también lo tengo yo, de partirle la cara a quien me diga de esa forma. Lástima que no soy hombre para que te la parta.

—Está bien, ya; discúlpame. No lo volveré hacer. Sólo te llamaba para que hablemos de negocios. ¿Te interesa o no?

—¿Qué tipo de negocio?

—Quiero que me hagas la tarea de mate, y te doy cien pesos. ¿Qué dices?

—¡No, jamás! —contestó tajante y resuelta Aurelia.

En eso estaban cuando llega Dora, amiga inseparable de Aurelia. La amistad entre ellas había iniciado dos años antes, cuando entraron a la secundaria. Dora era irreverente, desenvuelta, con mucha seguridad en sí misma y hasta, en cierta forma, autoritaria. Había ayudado a su amiga a mejorar y moldear el carácter. Siempre alentó a Aurelia a tener seguridad en sí misma, que se defendiera, que no permitiera jamás dejarse insultar por alguien.

—Defiéndete de cualquier ataque que lastime tu humanidad. No importa si crees que perderás. Lo que verdaderamente importa es que los demás sepan que darás pelea.

Esas palabras le repetía Dora, hasta que agarro confianza en sí misma.

Efectivamente, al iniciar la secundaria, Aurelia era blanco de todo tipo de improperios, insultos y burlas: “Chimoltrufia, péinate”, “Aurelia, esconde tu mochila, que ahí viene el de la basura, jefa”, “Ponte aunque sea aceite de coco en tus patas cenizas”, “Tú, ponte nijayote por lo menos en el pelo”, etcétera, etcétera.

Dora salía siempre en su defensa. Era la única que se solidarizaba con ella. Cuando se dio cuenta de que Aurelia siempre se sentaba hasta atrás en la última butaca, ella se iba a asentar a su lado. Le prestaba cosméticos, la pintaba, la alentaba para que no fuera tan introvertida. Es así como nació y creció esa amistad.

—¿De qué hablan? —preguntó Dora.

—Esta “tripa” —dijo Aurelia señalando a Silvano—, que quiere que le haga la tarea de mate y me pagará cien pesos. ¿Cómo lo ves?

—Ya quedamos, ya quedamos que nada de apodos, ¿eh? —dijo molesto dijo Silvano.

—Pero ¿de qué te quejas? —dijo Dora—, si hasta allá donde estaba sentada escuche cómo le gritabas diciéndole “Gamuza”. Sabes que ella se llama Aurelia, así que no seas idioto, y si no te gusta que te digan “Tripa”, no le hables con apodos.

—Y tú, ¿qué te metes? ¿Quién te dijo que te metieras donde no te aclaman? Eres como la desgracia: andas donde no te llaman.

1 Agua donde se pone a hervir el maiz para hacer la masa (N. Del A.)

—Déjala —le dijo Aurelia a Silvano—. Ella puede opinar lo que quiera. Además, es exactamente lo que te dije, que no pidas respeto cuando no lo das, y que si estás dispuesto a seguir insultando, entonces no esperes otra cosa que no sean insultos.

—Bueno, bueno, yo te hago esa tarea —dijo Dora—. Cien pesos no me vendrían mal. Para mañana, antes de entregar la tarea, me enseñas el dinero. No vayas a salir diciendo que no trajiste. Tráigase esos cien pesos, que mañana serán míos.

—No se diga más. Te esmeras; quiero diez en ese trabajo y los cien pesos son tuyos. Bueno, áhi se ven, se portan bien, pero si se portan mal, me invitan —se despidió riéndose de sus “amigas”.

Ya de camino a casa, las amigas comentaban.

—¿Neta le vas hacer la tarea, Dora?

Se miran ambas a los ojos.

—¡Obvio no!

Ambas reían a carcajadas.

—Pobre iluso —dijo Aurelia.

Quién iba a pensar que el destino, a Aurelia y Silvano, les tenía preparado algo que cambiaría sus vidas para siempre; pero, mientras, gozaban de la inocencia que, hasta cierto punto, tiene un adolescente de secundaria.

“El destino debe ser incierto. No conocerlo nos lleva a tomar decisiones, buenas o malas, pues ahí radican las emociones del corazón.”

SILVANO

Compañero de Aurelia, flaco, alto, manos largas como un “camarón chacal”, decía él. Moreno y de pelo lacio. Era la mezcla de dos razas, afirmaba. Algunos de sus amigos le decían “Vara de bajar coco”, por alto y delgado.

Era huérfano de papá. Lo mataron cuando él aún era un niño. Un problema de tierras fue la causa. Su padre fue afroamericano, negro, pues; alto, fornido, de esos que les llaman “pelos de horcacucos” .

Su madre era doña Honoria, chaparra, regordeta; siempre traía dos trenzas, una de cada lado.

Honoria era una mujer extremadamente trabajadora. Había tenido dos hijos, a Silvano y a Artemia, pero la hija, con el propósito de buscar la libertad, se fue con el novio; estuvieron rejuntados un tiempo, procrearon un hijo, no se entendieron y se dejaron. Ella se fue al norte, dejando a Luis, su hijo, con la abuela.

Cuando Honoria enviudó, el gobierno del Estado les otorgó a todas las viudas de esa matanza de campesinos un proyecto productivo a cada una; les otorgo viviendas y una granja de puercos, para que de ahí se mantuvieran y dieran estudios a sus hijos.

Paso algo curioso: los líderes que encabezaron ese movimiento les quitaron la mitad del dinero que les dieron a las viudas para las casas. Se quedaron con la mitad de las granjas y prácticamente a las viudas les quedo muy poco o casi nada. Pero esas prácticas deshonestas siguen vigentes en gran parte del país. Eso es lo que los líderes políticos hacen y seguirán haciendo, pero no con personas como Honoria.

2 Una alusión coloquial al pelo extremadamente rizado de los africanos (N. Del A.)

Honoria fue la excepción que rompió la regla: no se dejó manipular, peleó y logró que le entregaran su casa y la granja de puercos. Los engordó y de ahí empezó su carnicería. Todos los días, a las cuatro de la mañana, levantaba a Artemia y a Silvano a poner el agua a calentar para pelar el marrano. La hija no aguantó esa vida de trabajo y mucho esfuerzo. Sólo Silvano siguió el trabajo con su madre.

Los compañeros de Silvano, cuando pasaban por la carnicería, lo veían arreglando las carnes. A son de broma, decían que eran tripas, y de ahí viene su apodo: “el Tripas”.

—No, no, y ya te dije que no, Silvano —decía Honoria.

—Mamá, sólo te estoy pidiendo eso. No estoy pidiéndote gran cosa; únicamente, esa grabadora de pilas. Sabes que la música es mi pasatiempo.

—¿Crees que me regalan el dinero? Además, ahí tienes esa grabadora de doble caset. No sé qué más quieres. ¿Qué piensas, que junto el dinero con escobas? Ya te dije que no y no sigas enfadando. Mejor vete a arreglar las lonjas para que más tarde hagas el chicharrón. También lavas el chiquero de los marranos; ya sabes que eso lo tienes que hacer diario. No sé por qué quieres que todos los días te lo esté diciendo. Eso debes de hacer y no andar pensando en esa cosa que no sé ni cómo se para, que la quieres, si ya tenemos una y más grande. Eso sólo te distrae. A ver si de la música vas a comer… No, hijo, ya ponte a pensar. Recuerda que una mente ocupada no piensa en tonterías. La ociosidad es la mera madre de todos los vicios. Cuando una mente no está ocupada, sólo piensa en qué maldad hacer.

—Ya mamá. Sólo te he pedido para eso, no es para que me digas tantas cosas, ¿no sé por qué no me quieres dar dinero? ¡Ni que costara tan caro! Además, la grabadora grande no la puedo andar cargando en las calles. Quiero una chiquita porque esa sí la puedo traer a donde vaya al mismo tiempo que hago mis quehaceres. Usted únicamente piensa en trabajar y trabajar; por eso se fue Artemia, porque no le aguantó su mal genio y lo codo-dura que es. Si usted fuera un poco…

—¿Un poco qué? —lo interrumpió Honoria—. ¿Un poco qué? ¿Crees que tu hermana se fue porque soy malhumorada y codo-dura? No, ella se fue porque quería una vida fácil. Lo único que yo hice es enseñarla a trabajar. Si eso ella no lo valoró, es su problema. ¿Acaso alguna vez los mandé pedir fiado? ¡Contéstame! ¿Alguna vez te he mandado a pedir algo fiado? Sabes de sobra que no, que por ello me mato trabajando, y, si no gasto en cualquier babosada, es porque también a ustedes les quise ahorrar la vergüenza de andar pidiendo fiado… La gente no dice que, porque estoy viuda, estoy necesitada. Me he matado trabajando y seguiré así hasta que ya no tenga fuerzas. Tu hermana no quiso esta vida; por eso agarró marido y ve como le fue: nomás la hicieron parir y el hombre la dejó, ya hasta tiene otra mujer. Artemia, ahora que está en el Norte, me dice: “¡Ay, mamá, cuánta razón tenías! Aquí me mato trabajando para poder mandarte dinero para mi hijo”. Ahora sí ya se dio cuenta, y lo mismo va a pasar contigo. Así que déjate de chingaderas, Silvano. Ponte a trabajar; al fin que, cuando yo me muera, todo esto que he trabajado es para ti. Ya cuando eso pase, haces lo que se te pegue tu gana; al fin que ya no te estaré viendo; pero mientas eso no pase y sigas viviendo bajo el techo de esta casa, vas a trabajar y a obedecer… ¿De dónde te nació que quieres ir por la calle con ese ruidero? Ya te ves con esa grabadora en el hombro, ¿verdad? Pero no; de mi parte no te voy a dar para que compres esa cochinada. La música es para escucharla bajita, en tu casa, a solas, para que sea disfrutada.

—Ya, mamá, ya. Solamente le pedí dinero para un simple aparato y usted hasta ya se murió y me heredó en un ratito. Con usted no se puede; siempre es lo mismo; nada se le puede decir porque toda se descose y empieza a maltratar e insultar. Mi compañero Luis tiene una y no creo que ellos alcancen más que nosotros, que nos matamos trabajando, pero como a usted, además de…

—¿Además de qué? ¿Además de qué? —dijo Honoria, volviéndolo a interrumpir—. ¿Quieres hablar de eso? ¿Te quieres comparar con ellos? Bien, entonces mírate en ese espejo, a ver si te das cuenta. Dices que tu amigo bien que tiene uno de esos aparatos y ¿por qué tú no? Fácil: ellos son conformistas; así como agarran un dinero, se lo acaban. Ellos no tienen casa propia, ellos no tienen un carro propio, ellos deben en todos lados. ¿Así quieres vivir tú?... Míranos, tenemos una casa propia, tenemos un negocio, tenemos un carro aunque sea viejo, todo destartalado, pero de nosotros, que nos lleva y nos trae. Abre el refrigerador para que veas que sí hay de comer. Ellos, con los que te comparas, ni refrigerador tienen, así que, hijo, fíjate con quién te comparas, no te atontes, piensa con la cabeza y no con los pies. De niño me mamaste a mí, no a la burra; por lo tanto, no digas esas burradas.

—¡Bueno! Usted debería trabajar para la judicial o para la motorizada. Todo sabe, hasta de quién tiene o no tiene refri, y eso que dice que no le gusta el chisme y que puro trabajar y trabajar. No sé cómo es que le hace para enterarse de todo.

—¿Y dónde trabajo? ¿Que no sabes dónde trabajo? Hijo, te recuerdo que trabajo en el mercado, en el mercado. Ahí todo se sabe. Si quieres enterarte de algo, no hay mejor lugar que en el molino de nixtamal y en el mercado. Sí, no creas que trabajo en oficina, y ni te creas: también en las oficinas todo se sabe… Mira, ya no quiero seguir peleando contigo. Ya te dije que no te voy a dar dinero para tu cosa esa. Deja de enfadar y vete donde te mandé; anda, anda. Vete antes de que te meta tu chinga.

—Mamá, no seas así; coopérame con algo; yo tengo una cantidad ahorrada. Y, de favor, ya deja de ser tan grosera y malhablada.

—¿Ahorrada? Y ¿de dónde agarras dinero, tú? Lo malhablada ya se me va a quitar ahora que me muera, porque yo así soy, así he sido y así me voy a morir. No necesito que a alguien eso le agrade o le desagrade. Pero contesta: ¿de dónde agarraste dinero para ahorrar? ¡A mí no me haces pendeja: estás agarrando dinero de la carne! Con razón a veces siento que no hay ganancias. Ahora entiendo: tú te estás quedando con parte del dinero. Quiero que me digas la verdad: ¿Me estas robando?

—¡Yaaa, ya no me digas nada! Siempre es lo mismo: te vales de otras cosas para salirte con la tuya. Ya entendí que simplemente no me quieres dar dinero. No sé porque te pones a decir que te estoy robando, si la que cobra es usted, quien da el cambio es usted. ¿Qué, acaso soy yo el que carga el dinero? ¡Si usted duerme con el dinero debajo de la chiche! Ahora sale con que le estoy robando, con tal de que ya no le siga pidiendo. Ya entendí, mamá, ya entendí que simplemente no me quiere dar.

—Mira, chamaco tonto, no creas que no me he dado cuenta de que…

—Sí, sí, sí, lo que usted diga. Ya mejor me voy —dijo finalmente Silvano, y se alejó.

Pero Honoria no dejaba de hablar, de maltratarlo, de aconsejarlo, de ponerle ejemplo de lo duro que es la vida y de lo importante de trabajar y la honestidad.

DORA

—Apúrate, apúrate. Ya van a llegar mis papás. Apúrate —le decía Dora a su novio César.

César había ido a verla a su casa, y aprovechaban que los progenitores de Dora andaban en el trabajo. Eran maestros rurales y bilingües, y habían ido a sus respectivas comunidades.

El par de enamorados aprovechaban para verse un rato ahí en casa de ella.

—Ya, ya, deja eso así, deja eso así —decía Dora refiriéndose al sillón—. Déjalo así; yo lo arreglo. Tienes que irte ya. No quiero ni pensar qué me van a decir mis padres si te ven salir de la casa. ¡Ya vete, César!

Dora era muy delgada. Siempre se rizaba el pelo y se maquillaba todo el tiempo. Piel oscura, ojos cafés, de estatura media; vestía, según ella, a la moda, hasta de cierta forma estrafalaria. Era mimada, consentida por sus papás. Era hija única. Los padres le cumplían todos los caprichos. Rafael, su papá, era de una comunidad indígena, que, movido por las tradiciones de su pueblo, se casó con Elene, por quien pago cierta cantidad de dinero.