Lucky Jim

Kingsley Amis

 

 

Traducción del inglés a cargo de

Eder Pérez Garay

 

 

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Kingsley Amis. Nació en 1922 en Londres. Cursó estudios en el St. John's College de la Universidad de Oxford. Su primera novela, Lucky Jim (1953), influyó en el grupo de dramaturgos y novelistas británicos que acabarían siendo conocidos como los Jóvenes Airado. Otras obras suyas son Una chica como tú (1960), El hombre verde (1970) y El caso de Jack (1979). En una etapa posterior, coincidiendo con su segundo matrimonio, publicaría Stanley y las mujeres (1984) o Los viejos demonios (1986), con la que ganó el premio Booker de aquel año. En 1990 le fue concedido el título de sir. Falleció en Londres en 1995.

 

 

 

Título original: Lucky Jim

 

Edición en ebook: junio de 2018

 

Copyright © 1953, Kingsley Amis

All rights reserved

Copyright de la traducción © Eder Pérez Garay, 2018

Copyright de la presente edición © Editorial Impedimenta, 2018

Juan Álvarez Mendizábal, 34. 28008 Madrid

 

www.impedimenta.es

 

Diseño de colección y dirección editorial: Enrique Redel

Maquetación: Nerea Aguilera

Corrección: Susana Rodríguez, Virginia de Castro y Ane Zulaika

Composición digital: leerendigital.com

 

ISBN: 9788417115449

 

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

 

 

 

 

 

La nueva traducción de la mítica novela-debut de Kingsley Amis, plena de elegante ironía y refinado humor inglés, que le valió el prestigioso Premio Somerset Maugham.

 

 

 

 

 

"Estamos sin duda ante la novela más divertida de la segunda mitad del siglo XX."

The Atlantic

 

 

"Lucky Jim expone esa diferencia humana crucial entre un hombre que es joven y un hombre que es insignificante. Y no olvidemos que Dixon, al igual que su creador, no es precisamente un payaso, sino más bien un sentimental."

CHRISTOPHER HITCHENS

 

 

 

Lucky Jim

 

 

CubiertaJim Dixon se encuentra en una situación delicada. No está muy seguro de poder conservar su puesto de profesor de Historia Medieval en la universidad, ya que para ello tiene que publicar un artículo que le valga la admiración de la academia. Y no solo eso, sino que debe asegurarse de mantener una buena relación con el profesor Welch, el jefe de su departamento, un hombre pedante y despistado que probablemente no olvide con facilidad que Jim proviene de una familia de clase media baja, y que las altas esferas académicas no son precisamente su fuerte. Y todo esto mientras intenta conquistar a Margaret, una de sus compañeras de trabajo que se está recuperando de un intento de suicidio a causa de su ruptura con su exnovio. ¿Le acompañará a Jim la suerte para conseguir sus propósitos?

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Índice

 

 

PORTADA

LUCKY JIM

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SOBRE ESTE LIBRO

SOBRE KINGSLEY AMIS

CRÉDITOS

A Philip Larkin

Oh, lucky Jim,

How I envy him.

Oh, lucky Jim.

How I envy him.

Oh, Jim el afortunado,

Cuánto le envidio.

Oh, Jim el afortunado.

Cuánto le envidio.

(Vieja canción.)

1

—Ahora bien, cometieron un error tonto —dijo el catedrático de Historia, y su sonrisa, mientras Dixon le observaba, fue confundiéndose poco a poco con el resto de sus rasgos en el recuerdo—. Tras el entreacto tocamos una pequeña pieza de Dowland para flauta dulce y teclado. Yo toqué la flauta dulce, por supuesto, y el joven Johns… —El catedrático hizo una pausa y enderezó el torso mientras caminaba, como si un hombre distinto, un impostor incapaz de imitar su voz, le hubiera sustituido momentáneamente. Luego volvió a la carga—: El joven Johns tocó el piano. Es un muchacho de lo más versátil… Lo suyo, en realidad, es el oboe. En cualquier caso, el plumilla del Post se equivocó, o tal vez no estaba prestando atención, pero el caso es que lo publicó tal cual… A Dowland, en cambio, no le confundieron, ni tampoco a los señores Welch y Johns… Pero… ¡adivine qué puso!

Dixon meneó la cabeza.

—No tengo ni la más remota idea, profesor —respondió con total sinceridad. Ningún otro docente en toda Gran Bretaña, pensó Dixon, merecía más aquel apelativo que Welch.

—Flauta y piano.

—¿Perdón?

—Que escribió flauta y piano, en lugar de flauta dulce y piano. —Welch soltó una breve carcajada—. Pues, verá usted, el caso es que una flauta dulce, como bien sabrá, no es lo mismo que una flauta, pese a ser su más inmediata antecesora, desde luego. Para empezar, la flauta dulce se toca, como suele decirse, à bec, es decir, soplando por una boquilla de una forma similar a la del oboe o la del clarinete. Mientras que la flauta moderna se toca a traverso o, en otras palabras, soplando a través de un agujero en vez de…

Welch recobró la calma y ralentizó el paso, y Dixon, a su lado, pareció relajarse también. Le había sorprendido encontrarse al catedrático en la biblioteca, de pie frente al estante de «Adquisiciones recientes». Ahora atravesaban juntos, en diagonal, un pequeño jardín en dirección a la fachada del edificio principal de la universidad. Bien mirados, e incluso mal mirados, parecían sacados de un espectáculo de variedades. Welch, alto y enclenque, tenía el pelo cada vez más cano y lacio; Dixon, bajito, blancuzco y con la cara redonda, llamaba la atención por unas espaldas excepcionalmente anchas a las que jamás había acompañado fuerza ni habilidad física alguna. A pesar del contraste más que evidente entre el uno y el otro, Dixon era consciente de que sus andares, circunspectos y a todas luces meditabundos, debían de parecerles muy doctos a los alumnos con los que se iban cruzando. De hecho, todos ellos podrían haber supuesto que iban hablando de historia, como si ambos fueran miembros de cualquiera de los cenáculos de Oxford o de Cambridge. Es más, en momentos como aquel, Dixon casi llegaba a desear que así fuera, y se sumía en sus pensamientos hasta que el viejo se animaba y estallaba en un ataque de fervor, hablando a voz en grito, y culminando con el trémolo de alguna carcajada producida por algún comentario que solo le hacía gracia a él.

—Además, el desbarajuste llegó a su punto álgido en la pieza que tocaron justo antes del entreacto. El muchacho de la viola tuvo la mala fortuna de saltarse dos páginas de la partitura de golpe y la confusión resultante… Palabra que…

Hablando de palabras, a Dixon le vino una a la punta de la lengua que no tardó en repetir para sus adentros. Después, trató de esbozar una expresión que demostrase al profesor que su charla le estaba divirtiendo sobremanera. Pero el rictus que se le venía a la cabeza era bien distinto, y se prometió llevarlo a la práctica en cuanto se quedara a solas. Elevaría el labio inferior hasta situarlo bajo los dientes superiores y, poco a poco, retraería la barbilla lo máximo posible y abriría los ojos como platos dilatando al tiempo las fosas nasales. Si se dejaba llevar por sus emociones en aquel instante, un peligroso sonrojo acabaría inundando su rostro.

Welch retomó el tema del concierto. ¿Cómo había llegado a ocupar la Cátedra de Historia, incluso en un lugar como aquel? ¿Publicando artículos y libros? No. ¿Por sus excelentes clases magistrales? No, resáltese en cursiva. Entonces, ¿cómo? Una vez más, Dixon acabó descartando la pregunta y se repitió que lo importante era que aquel hombre ejercería un poder decisivo sobre su futuro, al menos durante las siguientes cuatro o cinco semanas. Hasta entonces tendría que ingeniárselas para caerle en gracia, y suponía que una manera de lograrlo era estar presente y demostrar que le interesaba toda aquella cháchara sobre conciertos. Pero, absorto en su charla, ¿se daba cuenta Welch de que alguien le escuchaba? Y si así era, ¿se acordaría después de quién era esa persona? Y si se acordaba, ¿afectaría eso de algún modo al juicio que ya se había formado sobre él? Entonces, abruptamente y sin previo aviso, a Dixon le asaltó la segunda de sus preocupaciones. Tratando de reprimir un bostezo de nerviosismo que le hizo estremecerse, preguntó, con su acento neutro del norte de Inglaterra:

—¿Qué tal le va a Margaret?

Los rasgos arcillosos del profesor dibujaron una expresión indefinible mientras su atención, como una escuadra de viejos y lentos buques de guerra, iniciaba un cambio de rumbo para enfrentarse a la nueva situación.

—Margaret… —dijo, pasado un momento.

—Sí… La verdad es que llevo sin verla una o dos semanas. —O tres, se dijo Dixon, con cierta inquietud.

—¡Oh! Pues juraría que se está recuperando bastante rápido, dadas las circunstancias. Por supuesto, se llevó un gran disgusto con el asunto de aquel tipo, el tal Catchpole, y todos los desafortunados sucesos que vinieron después. A mi modo de ver… Mire usted, yo creo que ahora sufre de la cabeza más que del cuerpo… De hecho, yo diría que, físicamente, está en plena forma. Es más, cuanto antes regrese al trabajo, tanto mejor, aunque por otro lado me temo que ya es demasiado tarde, claro, para que vuelva a impartir clase este curso. Sé que a ella le gustaría retomar sus tareas cuanto antes, y le confesaré que estoy de acuerdo. Le permitiría olvidarse antes de…, de…

Dixon, que estaba al tanto de todo, incluso de más de lo que Welch habría imaginado, se limitó a decir:

—Comprendo. Supongo que este tiempo viviendo en su casa, profesor, con usted y la señora Welch, la habrá ayudado a salir del túnel.

—Sí, creo que hay algo en el ambiente de nuestro hogar que contribuye a la cicatrización. Una vez, hace ya años, un amigo de Peter Warlock[1] que vino de visita en Navidad dijo más o menos lo mismo. Recuerdo que yo mismo, cuando volví de aquella conferencia de examinadores en Durham el verano pasado… Era un día abrasador y el tren estaba… En fin, estaba…

Tras este imprevisto volantazo, el vehículo destartalado al que tanto se asemejaban las conversaciones de Welch reemprendió su rumbo habitual. Dixon se dio por vencido y tensó las piernas para alcanzar, por fin, la escalinata del edificio principal. Se imaginó entonces que agarraba al catedrático por la cintura, que estrujaba su chaleco gris azulado de felpa hasta cortarle el aliento y que subía cargando afanosamente con él las escaleras. Luego arrastraría aquellos piececitos calzados con zapatos de vestir por el pasillo hasta la taza del váter y tiraría una o dos veces de la cadena, e incluso otra más, mientras le rellenaba a Welch la boca con papel higiénico.

Dixon siguió fantaseando. Solo se sonrió, con ojos soñadores, cuando, tras un meditabundo alto en el vestíbulo empedrado, el catedrático le dijo que tenía que subir a recoger su «bolsa» del despacho, que estaba en la segunda planta. Mientras aguardaba, se dedicó a buscar la mejor manera de recordarle, evitando que frunciera el ceño con un prolongado gesto de asombro, que le había invitado a tomar el té en su casa, a las afueras de la ciudad. Habían acordado salir para allá a las cuatro, en el coche de Welch, y ya eran y diez. Dixon sintió una punzada de terror en el estómago al caer en la cuenta de que vería a Margaret y de que esa sería la primera vez que saldrían de paseo desde la noche en que la joven perdió los estribos. Para apaciguar el temor que tal encuentro le inspiraba, centró su atención en los hábitos de conducción de Welch y taconeó estrepitosamente en el suelo con uno de sus zapatones marrones, sin dejar de silbar. Su maniobra surtió efecto durante unos cinco segundos, o tal vez alguno menos.

¿Cómo se comportaría Margaret cuando se quedaran a solas? ¿Se mostraría risueña y fingiría no recordar el tiempo transcurrido desde la última vez que se vieron para así ganar altura moral antes de lanzarse al ataque? ¿O permanecería callada y apática, distraída en apariencia, y a él no le quedaría más remedio que reemplazar a regañadientes su habitual retahíla de trivialidades por un rosario de promesas y excusas cobardes? El encuentro se desarrollaría del mismo modo en que comenzara: con una de esas preguntas que nadie es capaz de responder ni evitar, con alguna confesión espeluznante, con alguna afirmación de Margaret sobre sí misma que, ya fuera pronunciada por efectismo o no, surtiría efecto igualmente. Dixon se había visto arrastrado a esta historia por una combinación de virtudes que desconocía poseer: cortesía, interés amistoso, preocupación cotidiana, cierta disposición bondadosa a que le impusieran cosas y un deseo inequívoco de camaradería. En su momento, le pareció lo más natural del mundo que una profesora invitara a tomar café en su casa a un compañero que, pese a ser mayor que ella, se encontraba por debajo en el escalafón docente. Él aceptó la invitación por cortesía y, desde entonces, sin comerlo ni beberlo, se convirtió en el hombre que «salía» con Margaret y en el competidor oficial de un tal Catchpole, un tipo acechante con un prestigio que variaba según el día. Hubo un tiempo, unos meses antes, en el que llegó a creer que Catchpole le había venido de perlas, pues en cierto modo le había quitado un peso de encima, reduciéndole a la algo más llevadera condición de simple consultor y estratega. Incluso había disfrutado de la aceptación implícita de que era un experto en las técnicas del cortejo. Pero entonces Catchpole le lanzó a Margaret encima, directamente sobre el regazo. Y en esa posición no podía escapar a su sino como único destinatario de las preguntas y las confesiones castrantes de la joven.

Aquellas preguntas… Aunque no se permitía fumar hasta las cinco en punto, Dixon encendió otro cigarrillo al recordar el primer interrogatorio, hacía seis meses o más. Fue a comienzos de diciembre, siete u ocho semanas después de que él empezara a trabajar en la universidad. «¿Te gusta venir a verme?» Aquella era la primera pregunta que recordaba, y le resultó muy fácil responder afirmativamente sin necesidad de mentir. Pero entonces vinieron otras del tipo: «¿Crees que nos entendemos bien?», «¿Soy la única chica a la que conoces en este lugar?», etcétera. Y, en cierta ocasión, después de invitarla a salir tres tardes seguidas: «¿Vamos a seguir viéndonos tanto?». Fue entonces cuando surgieron los primeros reparos de Dixon. Antes de aquello —y también después, durante algún tiempo—, siempre había querido creer que la sinceridad y la franqueza hacían mucho más fácil la engorrosa faena de lidiar con las mujeres. Las confesiones de Margaret —«Disfruto estando contigo», «No suelo entenderme con los hombres», «No te rías de mí, pero creo que el Consejo estuvo más acertado de lo que sus miembros creen cuando te nombraron para el puesto»— le parecieron buena prueba de ello. Dixon no quiso reírse entonces y tampoco quería reírse ahora. ¿Cómo iría vestida aquella tarde? Se sentía capaz de elogiar casi cualquier prenda que llevara, salvo aquel vestido verde de cachemir que solía combinar con unos zapatos de tacón bajo de falso terciopelo.

¿Dónde estaría Welch? El viejo era célebre por sus incorregibles escaqueos. Dixon subió las escaleras al vuelo, dejó atrás las placas conmemorativas y avanzó por los pasillos desiertos, pero cuando llegó al despacho de techos bajos del catedrático, que tan bien conocía, se encontró con que este estaba vacío. Bajó luego trotando las escaleras traseras, una escapatoria que él mismo utilizaba a menudo, y entró en el baño de los profesores. Allí, encorvado con mucho misterio sobre el lavabo, encontró a Welch.

—¡Ah, por fin…! —dijo Dixon con cierta camaradería—. Pensaba que se había marchado sin mí. Profesor… —añadió, quizá demasiado tarde.

Welch elevó su rostro estrecho, distorsionado por la sorpresa.

—¿Marchado? —preguntó—. Usted…

—Me había invitado a tomar el té a su casa —le recordó Dixon—. Quedamos en eso el lunes, a la hora del café, en la sala de profesores. —Al ver su propio rostro reflejado en el espejo del baño, a Dixon le asombró reconocer en él una expresión de entusiasta amistad.

Welch, que se estaba sacudiendo las manos para secárselas, paró de repente. Parecía un salvaje africano contemplando con cara de pasmo un sencillo truco de magia.

—¿A la hora del café? —preguntó.

—Sí, el lunes —repitió Dixon, y acto seguido se metió las manos en los bolsillos y cerró los puños.

—¡Ah! —dijo Welch, levantando al fin la vista hacia él—. Ah… ¿Era esta tarde? —. Se dio la vuelta, alcanzó una toalla cubierta de lamparones y empezó a secarse las manos muy despacio, observando a Dixon sin bajar la guardia.

—Así es, profesor. Espero que aún le resulte conveniente.

—¡Oh, más que conveniente…! —respondió Welch tan tranquilo, aunque en un tono que sonó muy poco natural.

—¡Estupendo! Porque estoy deseando ir —dijo Dixon, descolgando su viejo abrigo de un gancho de la pared.

Aunque se recuperó enseguida de la sorpresa, el comportamiento de Welch seguía ocultando algún misterio. Aun así, recogió enseguida su «bolsa» y se caló su gorro beige de pescador en la cabeza.

—Iremos en mi coche. —Se ofreció.

—Estupendo.

Una vez fuera del edificio, caminaron por una senda de grava hasta el vehículo, que estaba aparcado entre otros cuantos. Dixon echó un vistazo a su alrededor mientras Welch se afanaba en buscar las llaves. Frente a ellos se extendía un jardín descuidado, delimitado por una hilera de verjas amputadas tras las que se hallaban la carretera de la universidad y el cementerio municipal, una conjunción que suscitaba alguna que otra guasa muy popular en la zona. Es más, los propios profesores acostumbraban a alabar ante sus discípulos la sumisión que mostraba, en comparación con ellos, «la clase de enfrente». Tampoco a los alumnos —a nadie, en realidad— se les escapaba el parecido entre los sepultureros y los miembros del cuerpo docente.

Dixon continuaba examinando los alrededores cuando un autobús ascendió lentamente la colina bajo el sol pálido de mayo. Se dirigía al pueblito en el que vivían los Welch. «Llegará antes que nosotros», se apostó consigo mismo. En aquel instante, una voz estruendosa que le pareció —y quizá lo fuera— la de Barclay, el catedrático de Música, comenzó a cantar tras una de las ventanas que se encontraban sobre sus cabezas.

Un minuto más tarde, sentado en el coche mientras Welch trataba de arrancarlo, Dixon oyó un rumor semejante al de un timbre gastado. El ruido acabó mutando en un triple zumbido que pareció transmitirse por todos y cada uno de los componentes del automóvil. Welch volvió a intentarlo, pero esta vez sonó como si alguien estuviera manipulando una caja llena de botellas de cerveza. Antes de que pudiera cerrar los ojos, Dixon se vio proyectado contra el respaldo de su asiento, y el cigarrillo, que aún llevaba encendido en la mano, aterrizó en algún recoveco del suelo. Justo en ese instante el coche derrapó en la grava y salió disparado en dirección al bordillo del jardín, sobre el que Welch transitó despacio unos segundos antes de conseguir detenerlo. Acto seguido, se incorporaron a la carretera a paso de tortuga acunados por el tremendo runrún del motor. Un grupo de alumnos rezagados, envueltos en las bufandas amarillas y verdes de la universidad, se quedaron mirándolos desde el pequeño pórtico de la conserjería, donde colgaban los resultados deportivos.

Ascendieron por el carril central de la carretera. Pronto un camión se les pegó a los talones y empezó a tocar el claxon infructuosamente, y Dixon lanzó una mirada furtiva a Welch, cuyo rostro —le apasionó comprobarlo— mantenía la calma y la fe en sí mismo propias de un intendente de guerra en un día de perros. Dixon volvió a cerrar los ojos. Esperaba que cuando Welch lograra culminar con torpeza los dos cambios de marcha que le quedaban pendientes, la conversación adquiriera un tono menos académico, aunque eso supusiera oírle perorar interminablemente sobre música o sobre las andanzas de sus hijos: Michel, el escritor afeminado, y Bertrand, el pintor barbudo y pacifista del que Margaret ya le había hablado. Pero, fuera cual fuera el tema de conversación, Dixon sabía que antes de que terminara el trayecto su rostro se arrugaría y se deformaría como un saco viejo por la pesada carga de verse obligado a sonreír, a mostrar interés y a pronunciar las tres palabras que le estaban permitidas, además de por los esfuerzos de evitar fatigarse o tensarse con anárquica furia.

—Oh… Uh… Dixon.

Dixon abrió los ojos e hizo lo posible por mirar hacia otro lado. Cualquier recurso era bueno con tal de desahogarse por adelantado.

—¿Sí, profesor?

—Me preguntaba si ese artículo suyo…

—¡Ah, sí! No…

—¿Aún no sabe nada de Partington?

—Sí… En realidad, se lo envié a él antes que a nadie, no sé si lo recordará, pero me dijo que estaban hasta arriba de trabajo…

—¿Cómo?

Dixon habló más bajo de lo que exigía el ruido del coche —básicamente hablar a gritos— para ocultarle por un lado a Welch su propia desmemoria y también, en cierto modo, para protegerse a sí mismo. Cuando volvió a abrir la boca se sorprendió desgañitándose.

—Ya le conté que les resultaba del todo imposible hacerme un hueco.

—Ah, ¿imposible? ¿Imposible? Naturalmente, reciben una cantidad… tremenda de artículos. Aun así, supongo que si algo les llamara verdaderamente la atención… Entonces…, ¿no se lo ha enviado a nadie más?

—Sí, a ese tal Caton que se anunció en el TLS hace un par de semanas. Creo que pretende sacar una revista de historia tratada desde una perspectiva global o algo por el estilo. Y la verdad es que pensaba que me lo publicarían de inmediato. Al fin y al cabo, una revista nueva no puede estar saturada de colaboraciones con tanta antelación, porque todas en las que he…

—Sí, quizá merezca la pena intentarlo con una de esas publicaciones nuevas. Creo recordar que una de ellas se anunció hace algún tiempo en el Times Literary Supplement. El director se llamaba Paton o algo parecido. Quizá le convenga probar suerte con él, ahora que al parecer las publicaciones con más solera han rechazado el resultado de su… esfuerzo. Veamos… ¿Cómo ha titulado ese artículo exactamente?

Dixon contemplaba por la ventanilla los campos que iban dejando atrás, de un verde brillante tras las lluvias de abril. Se había quedado pasmado, y no por el último medio minuto de conversación, puesto que estas anécdotas constituían la esencia misma de los coloquios de Welch, sino por la perspectiva de tener que enunciar en voz alta el título de su artículo. Aunque lo cierto es que se trataba de un título perfecto, pues había logrado condensar en pocas palabras su engorrosa necedad, el desfile fúnebre de afirmaciones en que consistía y que causaban bostezos, y la falsa luz que arrojaba sobre problemas imaginarios. Dixon había leído, o había empezado a leer, docenas de artículos como el suyo, pero este era aún peor, debido a los aires de utilidad y trascendencia que se daba. «Al considerar este asunto extrañamente menospreciado…» Así comenzaba. ¿Menospreciado? ¿Extrañamente? ¿Qué asunto extrañamente menospreciado? Cuando pensó en ello, se sintió un perfecto hipócrita, además de un imbécil, por no haber profanado y prendido fuego aún a su máquina de escribir.

—Veamos… —rememoró frente a Welch, haciendo un esfuerzo un tanto teatral—. ¡Ah, sí! «Los efectos económicos del desarrollo de las técnicas de construcción naval entre 1450 y 1485.» Al fin y al cabo, así es como…

Dixon, incapaz de terminar la frase, dirigió de nuevo la mirada a su izquierda para darse de bruces con el rostro de un hombre que escrutaba el suyo a unos veinte centímetros de distancia. La cara, dominada por un gesto de alarma, pertenecía al conductor de una furgoneta a la que Welch había decidido adelantar en mitad de una curva cerrada flanqueada por dos muros de piedra. De repente, un autobús enorme apareció en lontananza frente a ellos. Welch redujo la marcha un poco, lo bastante para seguir al lado de la furgoneta justo cuando el autobús se les viniera encima, y dijo con determinación:

—Buen título, creo yo.

Antes de que Dixon pudiera acurrucarse hecho una bola, o al menos quitarse las gafas, la furgoneta frenó y desapareció, y el conductor del autobús, vociferando con la boca abierta, logró esquivar el muro. El coche de Welch, con un traqueteo de fondo, se apresuró a regresar a su carril. Dixon, pese al júbilo que sentía de haberse librado del choque, pensó que la muerte del catedrático habría resultado de lo más oportuna para rematar la conversación. En realidad, lamentó su suerte cuando el conductor reanudó la charla.

—Si yo estuviera en su lugar, Dixon, procuraría por todos los medios que el artículo fuera aceptado el mes que viene. Yo carezco de los conocimientos necesarios para emitir un juicio de valor sobre él… —Su voz se aceleró—. Me refiero a juzgar sus méritos, ¿no lo cree? Sería inútil que alguien viniera a mí y me preguntara: «¿Qué le parece el trabajo del joven Dixon?», puesto que no podría brindarle una opinión experta sobre el tema. Sin embargo, si lo publicara una revista de prestigio… Eso… En fin, ni siquiera usted sabe de verdad cuál es su valor, ¿no es así?

Dixon pensó que, al contrario, era más que capaz de juzgar la valía de su artículo. Y desde varios puntos de vista, además. Desde uno de ellos se había ganado a pulso un improperio compuesto por seis palabras. Desde otro, el reconocimiento del impetuoso empeño que había puesto en recabar datos (y del aburrimiento monumental en el que le había sumido la búsqueda). Y, desde un tercer punto de vista, merecía lograr su propósito inicial: enmendar la «mala impresión» que su autor había causado en la universidad y en el Departamento de Historia en concreto. Pero se limitó a decir:

—No, claro que no, profesor.

—Debe comprender, Faulkner, que es de suma importancia para usted que el artículo valga la pena. No sé si me sigue.

Aunque se había equivocado de nombre (el tal Faulkner era el tipo que le había precedido en el puesto), Dixon sabía muy bien de qué hablaba Welch. ¿Cómo narices se había llegado a forjar tan mala fama? Puede que fuera por la herida superficial que le había hecho al catedrático de Inglés durante su primera semana en la universidad. El hombre, un tipo relativamente joven que había estudiado en Cambridge, estaba en la escalinata principal cuando Dixon dobló una esquina —regresaba de la biblioteca— con tan mala suerte que dio un violento puntapié a un canto rodado que se encontró en la acera de macadán. Antes de alcanzar el punto cumbre de su trayectoria, la piedra, lanzada desde una distancia de casi quince metros, golpeó al susodicho bajo la rótula. Aunque Dixon trató de disimular apartando la mirada, para su terrible asombro, el catedrático se había percatado de todo. Salir corriendo habría resultado del todo inútil, puesto que el refugio más cercano se encontraba demasiado lejos. En el momento del impacto, se dio media vuelta y echó a andar hacia la carretera, aunque todos allí sabían quién era el único ser vivo con capacidad para propulsar una piedra que se hallaba allí en el momento del fatídico accidente. Solo una vez echó la vista atrás y vio a la víctima a la pata coja, sin quitarle ojo de encima. Quiso entonces disculparse, pero, ante ese tipo de lances, siempre le vencía el miedo. Le había sucedido algo parecido dos días antes, cuando se tropezó y derribó la silla del secretario en la primera reunión del claustro en el preciso momento en que el buen hombre estaba a punto de sentarse. Solo el grito de advertencia de su asistente evitó el desastre, pero Dixon aún recordaba aquella mirada y aquel rostro agarrotado en forma de ese. Por no mencionar la famosa disertación que redactó para la clase de Welch un estudiante del cuadro de honor. El texto arremetía de modo inmisericorde contra un libro sobre las leyes de cercamiento[2] que había escrito un viejo alumno del catedrático.

—Mire usted, Dixon, cuando le pregunté quién le había metido esos pájaros en la cabeza, él me dijo que todo salía de sus clases. En fin, repliqué con todo el tacto que fui capaz de reunir…

Más tarde, Dixon se enteró de que el libro de marras había sido escrito a instancias de Welch y, en parte, bajo su supervisión. Cualquiera podría haberlo comprobado leyendo los agradecimientos, pero Dixon, cuya máxima era leer lo menos posible, jamás se tomó esa molestia. Fue Margaret quien le puso al tanto. Ocurrió, si no recordaba mal, la mañana anterior a la noche en que intentó suicidarse con una sobredosis de somníferos.

—¡Ah, por cierto, Dixon…! —dijo Welch con un grito apagado que sonó lejano.

Dixon le miró con avidez.

—¿Sí, profesor? —Cuánto mejor seguir escuchando las vivencias de Welch que pensar en las de Margaret (muy pronto tendría ocasión de comprobar de primera mano el material del que estarían hechas esta vez)…

—Me preguntaba si no le importaría venir a casa el próximo fin de semana para… El fin de semana. Creo que será muy divertido. Vendrá a visitarnos gente de Londres, amigos de la familia y de mi hijo Bertrand. También él intentará pasarse, por supuesto, pero aún no sabe si podrá escapar de sus obligaciones. Habrá algún espectáculo, un poco de música, cosas así. Probablemente le pediremos que venga a echarnos una mano.

El coche avanzó entre zumbidos por la carretera desierta.

—Muchas gracias. Encantado de asistir —respondió Dixon, pensando que le encomendaría a Margaret averiguar qué clase de mano era esa que tendría que echarles. Welch parecía bastante animado por la inmediata aceptación de Dixon.

—Estupendo —dijo, apacible—. Y ahora me gustaría discutir con usted un asunto académico. He hablado con el rector sobre la jornada de puertas abiertas que celebraremos antes de fin de curso. Quiere que el Departamento de Historia sea el encargado de lanzar el anzuelo, ¿me sigue?, y yo he pensado en usted.

—¿De veras? —Sin duda había candidatos mucho mejor capacitados para lanzar ese anzuelo.

—Sí. He pensado que quizá quiera encargarse de la clase nocturna que el departamento pretende impartir… Si se ve usted capaz.

—Claro, me encantaría hacerme cargo de la clase de puertas abiertas, si usted me cree capacitado —alcanzó a decir Dixon.

—He pensado que a la lección le iría bien el título de Oh Alegre Inglaterra.[3] No es demasiado académico, ni tampoco demasiado…, demasiado… ¿Cree que podría prepararse algo sobre el tema?

[1]. Compositor y crítico musical inglés (1894 – 1930). (Todas las notas son del traductor.)

[2]. Se refiere a las Enclosure Acts, las leyes que regularon el cercamiento de las tierras comunales.

[3]. Merry England en inglés. Idealización bucólica de la Inglaterra anterior a la Revolución Industrial.