CORAZÓN DE BRUJA

 

Noemí Gallegos

 

 

 

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Corazón de Bruja

 

© 2020, Noemí Gallegos

 

Primera Edición

© 2020, Book Depot, S.A. de C.V.

Cda. Guillermo Prieto 36, Col. Jesús del Monte,

Huixquilucan, Estado de México, C.P. 52764.

 

Impreso en México

Printed in México

 

Todos los derechos reservados.

Se prohíbe la reproducción, almacenamiento y divulgación total o parcial de esta obra por cualquier medio sin el pleno consentimiento y permiso por escrito de la editorial.

 

 

1

 

Pintó su boca de un color casi sin uso en su cajón. Era un rojo muy llamativo. Coloreó sus labios con total precaución, sin salirse de la línea suave y delgada. Tenía tiempo sin darles un toque femenino, siempre había sido suficiente sólo el brillo que los mantuviera húmedos durante el extremo calor o en las temporadas heladas. Pero hoy no era cualquier día. Zambutía una y otra vez sus labios hacia dentro, para que se distribuyese el color íntegramente. Se miraba al espejo, con sus pequeños ojos color chocolate, viéndose como si jamás lo hubiera hecho. Se sintió hermosa, se sonreía, hablaba consigo misma llena de confianza, interpretaba diálogos imaginarios, hacía miradas desconocidas, así como gestos simpáticos que le maravillaban. Un desfile de sensaciones. Luego se volvió a mirar, como si fuese de pronto otra persona ocupando su cuerpo. Sabía lo que haría, ¿cómo podía sentirse bella? ¿En qué pensaba cuando aceptó la propuesta? Su mirada se postró hacía abajo, era una vergüenza mirarse ella misma a los ojos. Estuvo a punto de quitarse el fuerte color de sus labios y quedarse allí en su casa. Al fin y al cabo no era obligación suya: simplemente había sido una propuesta.

Con cierta timidez levantó de nuevo la cabeza y se miró. Se sonrió y por primera vez mostró una felicidad sin prejuicios. Tal vez pudo haber sido una invitación un tanto indecorosa, pero jamás tuvo en sí tanta dedicación. No le importó si el mundo entero estuviese en contra de lo que haría, nadie entendería exactamente lo que para ella significaba. Siguió con sus ojos, los llenó de negro por debajo y quiso hacer lo mismo por arriba, pero no sabía cómo hacerlo. Intentó una y otra vez, se sentía orgullosa de sí misma por el gran empeño. Por fin dibujó una línea perfecta en su ojo derecho, ahora faltaba la otra parte. Era más complejo, sin embargo para sus adentros ella se decía que nada podría limitarla. Así, en casi la mitad del tiempo que tardó en el primer ojo, terminó el izquierdo. Cuando culminó su maquillaje, se asombró al ver frente a ella una mujer casi irreconocible. Era ella, con la mirada hacia el horizonte, sus labios con mucho más que decir, sus manos más productivas, su cabello se acomodó por sí solo, parecía más alta de lo que era, cuando aún ni calzado llevaba.

De su armario sacó un vestido verde, aquel que hacía mucho tiempo había comprado porque le pareció atrevido, pero que parte de su misma personalidad jamás le dejó ponérselo, justificándose por dentro con que no había habido ocasión especial para utilizarlo. Era un vestido verde manzana, con cinturón en medio color café claro. Le llegaba hasta las rodillas. Le entró de nuevo esa timidez de mostrar sus rodillas, quiso ponerse medias debajo y comenzó la lucha entre la persona que era ella y la que se rebelaba. Enfrentaban una lucha por dejar los miedos del pasado para dar un paso adelante. Al fin tomó sus tacones, dejó las medias a un lado y salió de su apartamento.

 

2

 

Eran las 7:30 p.m., tenía media hora para llegar al lugar citado. Mientras caminaba, sentía miradas por todos lados, pero no de admiración sino juzgándola por su atuendo. Suponiendo que la gente conociera sus propósitos para aquella noche, corrió para dejar atrás sus miradas. Llegó al lugar indicado 10 minutos antes de la hora prevista. Estando allí parada, observó una casa enfrente. Era una vivienda de gran tamaño, tenía dos pisos y una terraza. Se veía distinta a las demás. Dejó de observarla y se enfocó en buscar al hombre que días atrás le había ofrecido un trabajo extravagante. Ahora ella estaba cumpliendo con su parte. O al menos con la primera parte.

Duró allí en espera, volteando de un lado a otro, buscando al hombre que había conocido uno de esos pocos fines de semana en los que se disponía a salir de noche. Recordó el encuentro con el sujeto; cómo éste se le había acercado para días después hacerle la propuesta. Ella estaba sentada tomando un “Long Island Ice Tea”, uno de esos tragos que siempre solía pedir, moviendo de un lado a otro la cabeza al compás de la música. Él se acercó y se sentó enseguida de ella, ella ni siquiera notó su presencia. De reojo lo miró, estaba sudado y su respiración agitada. Le pareció un hombre repugnante. Siguió ingiriendo su bebida sin prestarle atención, él se le acercó preguntando qué era aquello que tomaba, ella sin entenderle le dio la hora. Ni uno ni otro se entendían por lo que él se acercó un poco más a ella. Un mesero pasó y el hombre le hizo señas de que trajera un vaso igual al de ella. Se entendieron. Él trató de hacerle plática, pero ella se mostraba indiferente. Cuando su pedido llegó, lo probó y enseguida lo escupió diciendo que era un trago demasiado fuerte. Ella sonrió en forma de burla, eso lo animó a hablarle.

Había sido el momento perfecto para iniciar una conversación: él dejó de bailar y ella dejó a un lado sus tragos. La noche avanzó rápidamente, la plática se tornó de todos los temas, desde el más simple hasta lo más complejo, Anabela apenas si recordaba su nombre. Recordaba haber sonreído y reído con él, de quien nunca supo su nombre. Él le dio su tarjeta, pero ella se negó a recibirla. Le parecía muy inadecuado que una mujer llamase a un hombre, por lo que prefirió darle su número.

La semana transcurrió. Se arrepentía cada vez por no haber tomado el número, constantemente revisaba su celular sin ninguna novedad. Era irónico que al principio mirara aquel hombre como un troglodita, pero luego sintiera una extraña atracción hacia él. El viernes llegó, salía de su trabajo exhausta cuando su celular de pronto sonó, con esa musiquita que hacía mucho no escuchaba. Tanto tiempo en soltería, ¿quién podría hablarle? Una palpitación le decía que era él. Temblorosa, pulsó la tecla para contestar, trató de calmarse y como de costumbre respondió:

—¿Hola?

Él, con esa voz ronca, siguió la conversación:

—Anabela, ¿eres tú?

—Sí, soy yo— dijo, con una voz más serena. No quería verse emocionada, así que siguió la plática más relajada—: Disculpa pero, ¿quién eres? —preguntó, aún cuando reconocía la voz tan peculiar.

—Soy Héctor —dijo él, riendo—. ¿Me recuerdas? Te conocí el sábado.

Ella quiso terminar la frase, pero no quería verse como una mujer urgida, por alguna extraña razón su corazón se aceleraba con ritmos irregulares. No era el primer hombre en su vida, ni siquiera el más apuesto. Ella sentía ese palpitar extraño. Y aunque apenas había sabido su nombre y pocas cosas de él, sentía quererlo. Lo quiso al saber su nombre, porque ahora podría tener en sus sueños un nombre, en su boca, en su pensamiento, en su corazón: Héctor. En su mente seguía sonando: “Soy Héctor”, aunque él continuara hablando. El tiempo pasó lentamente dentro de su cabeza, como si procesara cada una de las letras de aquel nombre e intentara descifrarlo: Héctor.

Él seguía en el teléfono, ella de nuevo regresó al momento. Héctor le preguntó si se encontraba sola; necesitaba hablar con ella sobre una propuesta que requería de mucha discreción. Anabela, desconcertada por el comentario del hombre, se apartó de sus compañeros de trabajo. Luego, le dijo que no había nadie cerca de ella. Actuaba como si las palabras de aquel hombre tuviesen tanta importancia o fuese necesario seguirlas al pie de la letra. Pudo haberle mentido y seguir junto a su grupo, sin embargo ella creía que era significativo. Héctor cambió su tono de voz y dijo:

—Verás, veo que eres una chica muy divertida y conforme lo que hablamos el fin, quisiera decirte que…

Anabela recordaba haber estado ansiosa porque la invitara a salir, luego imaginó cómo sería su primera cita, la segunda, la tercera y de pronto volverse una pareja… Fueron tan rápidos aquellos pensamientos cuando Héctor terminó de hablar:

—Que saliéramos, pero te pagaré. ¿Entiendes?

Un zumbido pasó por su el oído, no entendía exactamente a qué se refería con que le pagaría por salir. Ella contestó automáticamente diciéndole que no comprendía. Él volvió a reír, explicando que había sido una propuesta entre los dos y que ella había estado de acuerdo aquella noche, pero que entendía si ahora no deseaba participar.

Anabela sintió un gran coraje porque aquel hombre que al principio le dio asco, del cual luego se sintió enamorada, de nuevo le causaba repulsión. Su enojo era grande, pero algo la detuvo de colgar el teléfono después de aquella propuesta de mal gusto. Duró cierto tiempo en contestar, cuando una voz interna afirmó. Anabela no entendió cómo aquello había sucedido pero había aceptado. Tranquilamente y con serenidad dijo: “”, convencida de lo que sería y sucedería. Héctor, de nuevo con su voz simpática, le indicó el lugar y la fecha en que se verían. Después, con un “Hasta pronto, Any”, colgó.

El día del “Hasta pronto, Any” había llegado y se tornaba 20 minutos retrasado. Anabela no dejaba de voltear su cabeza constantemente a todos lados para encontrarse con su compañero.

 

3

 

Anabela se sentía engañada y pensó que aquello había sido una broma. Recapacitó los hechos y se preguntó quién te desea sólo por un placer sexual y nada más. Reconocía que era una tonta en creerlo, observó su reloj de pulsera: marcando las 8:23 no podía esperar más. Llevaba media hora allí, las señales de Héctor eran pocas; entonces escuchó abrir la puerta de la terraza de la casa que tenía enfrente. Un hombre sin camisa salió llevando un cigarro prendido en la mano. Era Héctor. Aquella casa que le pareció asombrosa era de él, allí se habían citado. En su casa.

Anabela volteó y sus ojos se llenaron de fuertes matices, era como si un arcoiris naciese en ellos. Héctor, por su parte tenía una mirada perdida y cansada. Veía hacia el cielo como si fuese para él una noche más. Giró su rostro hacia abajo y miró a Anabela. Allí, sola, con el vestido más hermoso de su armario y lo taconess casi nuevos, en aquella calle casi desierta, de no ser por los perros vagabundos que deambulaban de vez en cuando. Él apagó su cigarrillo y gritó:

—¡Eh, Anabela! ¡Has llegado! Anda, pasa. la puerta está abierta.

Sonrió y cedió a la orden. Su corazón palpitaba asegurándose de que nada estuviera mal y pudiera continuar. Ese impulso le hizo seguir. Se introdujo en aquella casa de dos pisos, con un color indistinguible por la oscuridad de las horas, y una enorme puerta blanca. Se metió; todo se encontraba sin iluminación. Podía notar algunos muebles por la luz que entraba por una de las ventanas del lado derecho. Observó cada parte alumbrada para ver si encontraba las escaleras y podía ir con el hombre semidesnudo. Fue entonces cuando el candil sobre ella dispersó un fulgor haciendo todo visible, inclusive las escaleras frente a la puerta. Anabela escuchó que alguien la llamaba del segundo piso. Sus pasos querían ser más rápidos, sin embargo los calmó y avanzó con tranquilidad. Pisaba con cuidado cada escalón al andar, como si fuesen tablones de madera vieja prontos a quebrarse. En el último, miró una silueta que estaba en la única habitación del piso de arriba, un cuarto totalmente blanco con un ventilador girando en el techo.

La luz daba un tono claro reflejando al hombre que se abrochaba los botones de la camisa amarillo mostaza. Lo vio allí. Una espalda amplia que en el antro no había visto. Parecía más alto. La verdad es que el alcohol le había hecho olvidar mucho de él. A primera instancia al verlo de frente le pareció grotesco, al fin y al cabo esa fue su primera impresión, pero su latir supo que no sería así. Se sentía hipnóticamente atraída por aquella espalda, por aquella silueta, primordialmente por la franqueza de aquel hombre. Sintió gran seguridad de sus deseos, simplemente quería cumplirlos de verdad. Admiró lo que ella no podía lograr hasta ahora, con aquella acción contraria a todo y que ella deseaba.

Él la miró y le sonrió, se dirigió hacia ella sigilosamente, como si flotara. La tomó en sus brazos. Quedó envuelta en ellos, podía sentir el calor de un hombre de complexión ancha, la abrazó como se le hace a alguien quien se extraña. No supo exactamente cómo reaccionar, sólo seguía allí sujeta a sus brazos. Él puso su mirada en su rostro, Anabela lo miró por unos segundos a los ojos llena de pavor, luego desvió la mirada. Quiso preguntar exactamente qué pasaría con ella pero no podía articular palabra alguna. Los minutos se extendían, las horas parecían pasar a gran velocidad.

Quería salir corriendo y dejarlo allí, cancelar su cuenta de teléfono para que nada pudiese reclamarle y fingir que aquello jamás ocurrió. Pensó en otras locuras más, pero seguía estática ante la mirada del hombre de ojos profundos. Entre esos segundos eternos, Héctor se acercó a ella y pegó sus labios a los de ella. Ella sintió una especie de adrenalina corriendo por sus venas, la respiración se estancó entre el tiempo. Llegó a morir porque sentía que se elevaba, era su alma naciendo de lo profundo e invadía todo su cuerpo. ¿Cuánto había pasado desde la última vez que besó un hombre? ¿Cuándo fue la última vez que había sentido magia en los labios de otra persona? No supo responderse, mientras disfrutaba el momento. Sus ojos, parpadeaban una y otra vez, había sido el beso menos esperado y mejor entregado de su vida. Los pasos de ambos se dirigían a la cama. Anabela cayó después que el hombre la arrojó con fuerza y delicadeza. Los dos se miraban, sus ojos hablaban en silencio. Él volvió a dejar a un lado su camisa, en una silla de paja en la esquina del cuarto. Anabela sabía que era una señal y con sus dos manos se quitó el vestido por arriba, dejándose sólo su ropa interior, mientras él se deshacía de sus pantalones.

Estaban los dos semidesnudos, ella sobre la cama; él, admirándola.

 

4

 

Ya había amanecido, seguía sin ropa en un lugar que ni siquiera sabía de quién era ni lo seguro que podría ser. Frotó sus ojos, no tenía idea cuánto tiempo llevaba ahí; se sentía exhausta y desconcertada. Miró las paredes blancas y el ventilador que seguía girando sobre su cabeza. Era como despertar entre el vacío y no saber cómo empezar a llenar tal espacio. Se dio cuenta de su desnudez y la tapó con la sábana acromática, le invadió una sensación de pudor. Volteó a su izquierda, donde estaba un buró de madera color café oscuro; sobre de él, un reloj simple de aquellos que usan pilas doble “A”. Observó la hora, con cierta ceguera, seguía un poco confundida. Eran las 11:34 de la mañana, se estremeció por la hora pues, a pesar de ser sábado, no pensó haber durado tanto tiempo dormida sin sentir cuando su compañero se marchó.

Suspiró mientras seguía recostada en la cama King size. Miró a su lado derecho, ahí también había un buró y arriba de él había un sobre con una inscripción. Anabela se acercó para leer su contenido, lo tomó con sus manos y leyó: “Anabela: Aquí está mi parte del trato, espero que te sea de gran ayuda”. Confundida, abrió el sobre y el contenido era más de lo que pensaba. Se asombró —pero no podía reclamarle a nadie— e inocentemente tomó su ropa interior y se la puso. Así también lo hizo con su vestido verde. Se vistió rápidamente y salió apresurada de aquella casa, pero se detuvo sólo un momento.

Llevaba consigo el paquete sujeto con gran fuerza y procurando que nadie la viese salir. No supo cómo cerrar, sólo corrió a un lugar lejano de allí. Con la mano siniestra apretaba fuerte el sobre; no lo veía, sólo lo sostenía con fuerza. Se detuvo en un semáforo en rojo y fue allí donde lo volvió a mirar, sonrió. Por alguna razón le hacía feliz, se sentía bien consigo misma porque había hecho lo que cualquiera en una situación similar. Ahora se lo habían gratificado, además la paga fue mucho más de lo que pensaba. Cuando el semáforo cambió de color ella cruzó tranquilamente, llevando consigo una sonrisa sosegada.

 

5

 

Los días transcurrieron, Anabela no podía dejar de recordar aquel momento, las horas en su trabajo parecían pasar sobre una nube esponjosa y suave guiadas por una sutil melodía. Los días eran oníricos y en sus sueños deseaba tanto que fuesen tan reales como aquella vez. Anabela se había enamorado, se reía con más frecuencia, sonreía más, su ropa tenía un brillo, ella misma se veía más jovial. Era como si hubiese florecido del capullo grisáceo y sin vida que llevaba por encima. Cantaba con más frecuencia, bailaba por los pasillos de su oficina, parecía como si el mundo no existiera, sólo ella y su extraño amor por un hombre que sólo dos veces había visto.