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El liderazgo como yo lo entiendo

Lo que toda la vida se ha denominado recursos humanos son personas, y en ocasiones esto se nos olvida. Los catalogamos como números que tienen una función determinada, sin tener en cuenta sus sentimientos, necesidades, anhelos y miedos. Las empresas que triunfan en esta nueva sociedad digital son las que tienen claro que los recursos humanos son mucho más que esos números, que son almas que tienen que implicarse con la empresa y que su comodidad dentro de la organización es esencial para alcanzar o superar los objetivos planeados. Algunos dicen que la empresa tiene que lograr que el empleado sea feliz, pero otros discrepan: los segundos opinan que el empleado tiene que venir así de casa porque la empresa no es un jardín de infancia, sino un centro de trabajo que tiene que poner a su alcance las herramientas adecuadas para desarrollar su cometido; pero tampoco puede ser un centro de internamiento, una prisión para presos peligrosos o un hospital psiquiátrico para psicópatas. Hay que intentar que los empleados sean «gente normal» con la que se pueda trabajar y que sepan hacerlo en equipo, y para ello hacen falta líderes que sepan transmitir la visión de la empresa, que sean buenos comunicadores. Ya lo decía un tal Pericles hace unos 2500 años: «Si tienes una buena idea y no sabes cómo expresarla es como si no la tuvieses».

En los tiempos actuales, además de expresar esas ideas, hay que hacerlas llegar a todo el mundo y para eso contamos con la inestimable ayuda de los modernos medios de comunicación y las plataformas digitales, que igual pueden encumbrar a una empresa en unas horas que hundirla en la más absoluta de las miserias de la noche a la mañana. El manejo, sobre todo de las redes sociales, es una asignatura pendiente porque nunca se acaba de aprender y hay que ir adaptándose continuamente. En estos momentos tenemos cuatro redes sociales que en mi opinión son las principales: a nivel de negocios, LinkedIn se lleva la palma; Facebook es ideal para relaciones sociales; Instagram es la mejor para mostrar nuestra actividad diaria a través de imágenes, ya sean fotos o vídeos; y Twitter es excelente para informarse y para opinar de casi todo. Ampliando un poco más este tema, podemos decir que LinkedIn nos permite hacer relaciones que, en teoría, antes o después deben darnos resultados económicos, ya sea porque vendamos alguno de nuestros productos o servicios, o porque pidamos o nos pidan algún favor. Es una red profesional seria donde no se admiten tonterías y donde es recomendable no expresar opiniones políticas, religiosas o sociales. Se está en ella para hacer negocios, no para hacer amistades.

Facebook tiene el triple de usuarios que LinkedIn, pero ese no es un valor en sí mismo, sino que depende de lo que queramos hacer en esta red: si queremos relaciones sociales, estamos en el sitio indicado; pero si queremos hacer negocios también lo estamos, porque a través de esta se han montado infinidad de empresas que han dado magníficos resultados, generalmente para pequeños emprendedores, aunque las grandes empresas ya se dieron cuenta tiempo atrás de su potencial y se metieron de lleno en ella.

Instagram es la red ideal para el postureo, para mandar fotos y vídeos de lo que hacemos cada minuto del día; es el gran escaparte. En los últimos años es la red que más está creciendo con diferencia, pero no solo de postureo vive Instagram, porque también se hacen buenos negocios. Hace unos meses visitó mi programa de televisión una emprendedora que había montado una joyería online en Instagram. No tengo la menor idea de cómo lo consiguió, pero el primer año facturó novecientos mil euros. Si pensamos que el beneficio era de un 30 %, parece que el negocio no está nada mal; no nos engañemos, no todo el mundo se va a forrar en Instagram: hay que tener una buena idea y sobre todo saber desarrollarla.

Y llegamos a la última, Twitter, que es probablemente la que más interacciones genera y sirve para mantenerse informado. La verdad es que personalmente no le acabo de ver la vena empresarial y no está muy claro cómo sacarle dinero de forma generalizada. Produce una ingente cantidad de información y comentarios. Es la red preferida por muchas personas y colectivos para insultar a los que no piensan como ellos.

El líder actual no solo tiene que bregar con estas redes y otras muchas, sino con diferentes formas de comunicación, la mayoría digitales, que nos mantienen en vilo en todo momento; vamos de sobresalto en sobresalto. La comunicación es fundamental en este siglo XXI, pero no es lo único a lo que se enfrenta, porque tiene que combatir la insatisfacción de sus empleados: tienes un buen jefe, pero te pagan poco; tienes un buen jefe y te pagan mucho, aunque viajas demasiado; tienes un buen jefe, ganas un buen salario y no viajas demasiado, pero no te llevas bien con tus compañeros. Desgraciadamente siempre hay un pero porque la satisfacción en la organización nunca es plena. A finales de agosto pasado escuché decir que «un líder empresarial es como un malabarista, que tiene que manejar muchos platos sin que ninguno se caiga al suelo y se rompa. Además, tiene que satisfacer las necesidades de sus empleados, clientes, proveedores y accionistas, y esas necesidades en muchas ocasiones no solo no son compatibles, sino que pueden llegar a ser totalmente incompatibles»; todo un ejercicio de malabarismo. Parece claro que mientras el empleado quiere ganar más dinero, el cliente pretende pagar menos y la empresa lucha por aumentar sus beneficios.

Y aquí entramos de lleno en la diferencia entre el jefe y el líder, que se produce en muchas ocasiones por la percepción que de ellos tienen sus empleados y colaboradores. Mientras el líder suele tener mejor imagen, al jefe se lo ve con ciertos clichés, como que no merece lo que gana mientras los empleados merecen más de lo que reciben. Al jefe se le percibe estando en su despacho con su “secretaria dóberman” en la entrada para no dejar pasar a nadie mientras él tiene la nevera llena de bebidas frescas. Se le acusa de no saber gestionar y es malo por definición, con poder para bajar el sueldo a los trabajadores cuando el suyo sigue creciendo; tiene poder para quitar los vales de comida o modificar los horarios de los trabajadores; además, sale tarde de la oficina, lo que obliga al resto de la empresa a quedarse para que el jefe compruebe que están allí, aunque no estén haciendo nada. Y para más inri, algunos fines de semana programa reuniones de trabajo.

Por su parte, el líder trabaja en las mismas condiciones que el resto. Tenemos infinidad de ejemplos, pero a mí me gusta en especial uno que demuestra la implicación de los más modestos con el de arriba. Es la historia del famoso general Wu Ch’i (440-381 a. C.), que comía los mismos alimentos y llevaba las mismas ropas que el más humilde de sus soldados. No aceptaba viajar a caballo o en palanquín y se ocupaba de llevar sus raciones de comida envueltas en un hatillo. El general compartía con sus hombres todas las incomodidades a pesar de que su posición le habría permitido tener ciertos privilegios. Durante una de sus campañas, uno de sus soldados padecía una infección por una inflamación; Wu Ch’i abrió y succionó personalmente ese fluido ponzoñoso. Cuando la madre del soldado se enteró, comenzó a sollozar desconsoladamente y una vecina le preguntó: «¿Por qué lloras? Tu hijo solo es un soldado raso y, sin embargo, el propio comandante en jefe ha succionado el veneno de su llaga». La mujer, completamente afligida, le respondió: «Hace muchos años, el general le hizo algo parecido a mi esposo, que tras eso ya nunca lo abandonó. Al final mi marido encontró la muerte a manos del enemigo. Ahora que ha hecho lo mismo por mi hijo, estoy segura de que él también caerá luchando, aunque no sé en qué lugar ni en qué momento; pero sí sé que morirá». Parece claro que el líder triunfa por dar ejemplo y por hacer las cosas bien: sus subordinados confiarán en él si demuestra que es el mejor en la actividad que pide a los otros que desempeñen. Generalmente es humilde y tiene los pies en el suelo, sabiendo que hoy está en la cúspide y mañana puede estar otro sitio, y siendo consciente de que su principal obligación al marcharse será dejar la organización mejor de lo que la encontró; siempre tiene que crear un clima de esperanza. Pensemos que el capitán pusilánime hace cobardes a todos sus tripulantes. En África tienen un ejemplo mucho más gráfico: «Si el líder cojea, los demás acaban cojeando». El líder es una persona que ocupa buena parte de su tiempo en pensar y buscar la claridad porque, como decía Confucio, «el pensamiento claro y el liderazgo eficaz van de la mano». También señaló que «cuanto más alto sea el lugar que ocupamos, más larga será nuestra sombra, es decir, la influencia del ejemplo que demos».

Al fin y al cabo, como nos recuerda un proverbio ruso, «sin pastor, las ovejas no son un rebaño». No olvidemos que los depredadores siempre están al acecho, a la espera de su oportunidad para tratar de dispersarlo y atacar a esas ovejas de una en una. Por eso, saber trabajar en equipo sin individualismos es fundamental. Al final se trata de predicar con el ejemplo y ser consecuentes. Como en su día escribió el célebre filósofo, político, abogado y escritor inglés Francis Bacon (1561-1626), «el que da buenos consejos edifica con una sola mano. El que da un buen consejo y un buen ejemplo construye con las dos. Pero el que da buenos consejos y mal ejemplo construye con una mano y destruye con la otra».

Nos quedamos en Inglaterra para ver otras de las características que tienen que vestir a un buen líder, el carisma y la empatía. Estamos en el año 1855 y se celebraban elecciones en Gran Bretaña: se enfrentaban William Gladstone y Benjamín Disraeli; quien ganase sería el dueño de medio mundo porque el Imperio británico estaba en su mayor apogeo. Se cuenta que curiosamente los dos candidatos a Primer Ministro cenaron con la misma señorita la semana anterior de las elecciones, en días diferentes. La prensa quiso saber más sobre la reunión y le preguntaron a la señorita en cuestión. Ella respondió: «Cuando he salido de cenar con el señor Gladstone he salido convencida de que él es el hombre más inteligente de Inglaterra. Cuando he salido de cenar con el señor Disraeli he salido convencida de que yo soy la mujer más inteligente de Inglaterra». En mi opinión eso es, ni más ni menos, el carisma, la empatía y el liderazgo.

¿Qué va a ser de nuestros hijos?

Cuando cumplí los cincuenta y ocho años celebré una comida familiar con mi mujer, mis seis hijos y mis padres. Cinco de ellos siguen viviendo en casa gracias al magnífico mercado laboral del que disfrutamos y sus grandes sueldos, y me temo que así va a ser durante bastante tiempo. No pueden independizarse porque el sueldo no les llegaría y porque muchos de los trabajos son temporales, algo así como eso de «pan para hoy y hambre para mañana». Antes de la comida, les di un breve discurso y les transmití que, desde ese momento hasta mi jubilación, prevista para siete años más tarde, mi principal preocupación sería lograr que una vez jubilado, mi mujer y yo pudiésemos vivir sin agobios económicos. Lo cierto es que a lo largo de mi vida siempre les he insistido en que hay que ir más allá, no conformarse con lo que conocemos: tenemos que ser capaces de adaptarnos a las nuevas realidades, de leer el futuro. Creo que para ellos no he sido mal ejemplo: a cada situación que se ha producido, por muy mala que fuese, he intentado sacarle provecho. Cuando decidí dejar de dar conferencias sobre adicciones digitales después de años intentándolo, pero sin sacarle rentabilidad, me reinventé y enseñé a lograr visibilidad en los medios, porque en dos años me habían hecho más de mil entrevistas de radio, de una en una, y podía enseñar a otros cómo lograrlo. Cuando me detectaron un cáncer, en vez de echarme a llorar, que ganas no me faltaron, decidí presentarme a la Presidencia de RTVE, proceso que sigue en marcha y del que soy uno de los veinte candidatos preseleccionados. También en ese momento me puse a escribir el libro Carisma y Empatía junto con mis hijas Esther y Miriam. Además, al conocer a más gente que había tenido o tenía esa enfermedad y ver que los médicos no se lo habían comunicado adecuadamente, elaboré una conferencia sobre «Cómo dar bien las malas noticias en el ámbito médico». Cuando un año después montamos una tienda en Amazon y resultó un fracaso, en vez de llorar, mis hijas y yo escribimos el libro Vender en las plataformas digitales, contando cómo fue nuestra experiencia, qué hicimos mal y qué hay que hacer para tener éxito; además, dimos varias conferencias sobre el tema. Y así siempre, reinventándote a cada contratiempo; cualquier cosa menos rendirte.

Me he pasado toda la vida trabajando sin ver un euro, pagando facturas que cada vez eran más grandes y menos manejables, siempre en las últimas. Ahora es el momento de rentabilizar todo ese trabajo y el conocimiento adquirido porque, además de trabajar, he estudiado, y mucho, y ese conocimiento no se logra en unos días, semanas o meses, sino que es trabajo constante de años. Ese va a ser uno de los principales requerimientos de este nuevo mercado laboral que estamos inventando ahora mismo: el trabajo y el conocimiento; y para ello las herramientas de aprendizaje son imprescindibles. Contamos con infinidad de ellas y muchas gratuitas, lo que ya no permite excusas para decir que no podemos adquirir esos conocimientos que necesitamos porque no tenemos acceso a ellos a causa del dinero. Esa es una de las principales características de este nuevo mercado laboral: la adquisición continua de conocimientos y el uso de todo tipo de herramientas de aprendizaje para lograrlo. Nos tenemos que adaptar a este mercado y hacernos sus amigos para que nos vaya bien; en caso contrario, nuestras posibilidades de salir adelante y malvivir serán muy escasas y las de tener éxito, prácticamente nulas.

Pensemos que la empresa para toda la vida ya no existe: quedan muy pocas de esas y cada día van quedando menos. Nos vamos a pasar la vida saltando de una compañía a otra, incluso de sectores que no tienen nada que ver entre sí. La otra opción será montar un negocio, generalmente digital, o trabajar por proyectos; pero para trabajar por proyectos hay que hacerlo muy bien, porque un proyecto mal desarrollado puede acabar con la buena imagen de un profesional. Volvemos al tema de la preparación y el conocimiento. En mi caso no me preocupa demasiado: trabajo en Televisión Española desde hace más de treinta años, soy trabajador fijo tras ganar una posición a la que se presentaron más de cuatro mil profesionales: quedé el número dos y saqué la plaza en Madrid. Tengo el trabajo y el sueldo mensual prácticamente asegurados; pero, ahora, en el caso de mis hijos es diferente. A mí no me preocupa no llegar a fin de mes, lo que en realidad me quita el sueño es que, en su momento, ellos no lleguen. Eso sí que me obsesiona: qué será de mis hijos, y de tus hijos, y de los hijos del vecino. Ahí está el gran reto. A lo largo de toda la vida he intentado transmitirles la necesidad de ser constantes, trabajadores y serios, y no dejar las cosas para mañana, que luego puede ser tarde. Se lo he enseñado con mi ejemplo, porque yo trabajo de lunes a domingo, los doce meses del año. Si me voy de vacaciones, llevo el ordenador para seguir trabajando o libros y apuntes para estudiar. También es cierto que me gusta lo que hago y eso es una ventaja, pero hay que hacerlo; tampoco soy el único ejemplo en casa porque mi mujer, Leonor, que se ocupa de las labores del hogar, no tiene vacaciones ni un solo día. Si yo quiero puedo decir un fin de semana que no hago nada; en su caso es más difícil, eso sí que tiene mérito.

A lo largo de todos estos años de trabajo he aprendido que hay que dominar todas las facetas de la vida profesional: no solo el conocimiento técnico, sino también las habilidades de comunicación y relación con otros. Es lo que denominamos las habilidades blandas (soft skills) y las habilidades duras (hard skills); ambas habilidades son esenciales para el desarrollo profesional, pero no son igual de importantes. Las blandas pueden llegar a suponer el 85 % del éxito profesional de una persona mientras que las duras vienen a ser el 15 %. Pensemos, por ejemplo, que si somos excelentes programadores informáticos, pero no somos capaces de relacionarnos con nuestro entorno profesional, difícilmente nuestros compañeros van a querer trabajar con nosotros o nuestros clientes comprar nuestros productos o servicios. Por eso hay que dominar un conocimiento transversal que nos permita saber mucho de nuestro trabajo pero que, a la vez, haga posible que nos relacionemos adecuada y satisfactoriamente con otras personas, que nos comuniquemos apropiadamente, que dominemos idiomas y que tengamos suficientemente desarrollados el carisma y la empatía, de tal forma que seamos capaces de lograr nuestras expectativas profesionales. Al fin y al cabo, las empresas cada vez miran menos los títulos universitarios, másteres y demás, y se preocupan mucho más del conocimiento concreto del trabajador, ese que permite desarrollar un determinado trabajo sin olvidarnos de la capacidad de ese trabajador para adaptarse a la cultura empresarial. Ser capaces de adaptarnos es imprescindible, porque el que no lo logre no solo tendrá un problema, sino que lo tendrá también la empresa.

Todos hemos oído hablar en más de una ocasión del garbanzo negro, que no tiene nada que ver con la producción agraria ecológica, sino que se refiere a esa persona que se aleja de mala manera de las ideas o la forma de comportarse de su familia o del grupo profesional o humano al que pertenece. Un profesional así puede hundir una empresa, un lujo que la propia compañía no puede permitirse; por eso hay que seguir las enseñanzas de Darwin y ser capaces de adaptarnos a todas las circunstancias y abrazar de forma sincera esa cultura empresarial. La adecuada combinación de las habilidades blandas y duras, junto con esa cultura corporativa, son prácticamente una garantía de éxito para el profesional. Eso es en lo que se fijan los reclutadores; en eso y en que el candidato a un puesto sea una buena persona, que puede parecer un tema menor, pero es lo que marca la diferencia. Difícilmente un líder será carismático si no es capaz de empatizar con sus colaboradores y es una buena persona. Es la diferencia entre que a uno le obedezcan o le sigan porque creen en su liderazgo.

Y precisamente en esa diferencia entre el líder y el jefe es donde encontramos la necesidad de trabajar en equipo, al menos en el primero de los casos. El líder valorará esas habilidades blandas y duras mientras que al jefe parecen preocuparle solo las últimas. Es uno de los grandes problemas a los que se enfrentan los reclutadores, que tienen que encontrar un candidato con la adecuada combinación de ambas habilidades, que esté cualificado, pero que sepa manejarse en su entorno y relacionarse con él; y que sea capaz de decir «no» cuando hay que decirlo y dar su opinión, aunque sea contraria al punto de vista del resto del grupo. Eso sí se valora, porque la única forma de innovar es probar cosas nuevas, y si no tenemos la suficiente valentía para expresar nuestra opinión contraria a lo que se viene haciendo desde hace años y ofreciendo alternativas viables, no seremos de valor para la empresa.

En la actualidad se aprecia mucho esa capacidad de trabajar en equipo y ofrecer opiniones valientes. También se valora la forma de presentarnos; no nos referimos a la indumentaria, que ha cambiado radicalmente en los últimos años, pero sí a ir aseados, que algunos piensan que vestir ropa cómoda es sinónimo de no ducharse. La puntualidad es otro valor que algunos colectivos van perdiendo a pesar de que todos sabemos que cuando alguien llega con retraso transmite una pésima impresión, a no ser que exista una causa justificada que se explica al llegar a esa reunión; si se trata de una primera reunión, los efectos pueden ser devastadores para nuestros intereses y los de nuestra empresa. En mi caso, siempre llego puntual (puede haber alguna excepción por algún imprevisto, que todos somos humanos, pero no suele ocurrir); cuando empecé en el mundo laboral y tenía una entrevista de trabajo llegaba una hora antes, me sentaba a tomar un refresco en la cafetería de la esquina, que siempre hay una allí, y esperaba a que se hiciese la hora. Llegaba a la cita diez minutos antes, que era algo prudente. Estar en esa cafetería esperando te permitía relajarte y acudir a la cita sin agobios de tiempo. Además, podías conseguir cierta información, porque a ella acuden los trabajadores de la empresa que comentan temas que en un momento dado te pueden resultar útiles haber escuchado de cara a la entrevista que vas a mantener unos minutos después; información sobre la cultura empresarial o sobre tal o cual proyecto que podía ayudarte. No era habitual conseguir este tipo de información, pero alguna vez sí ocurrió y me resultó ventajoso.

La identidad corporativa refleja las diferencias de una empresa respecto a otras, pero también sus similitudes. Esta debe ser fuerte y aceptada por el conjunto de los miembros de la firma porque en caso contrario no tendrá valor alguno. Todo ello se basa en la misión, visión y valores de la compañía: la misión es el motivo por el que fue creada, su razón de ser; la visión son sus planes de acción y sus proyectos para el futuro; y los valores son aquellos atributos de la empresa relacionados con su comportamiento con proveedores, cliente, empleados e incluso con la competencia, y que marcan tanto su línea de actuación como sus valores éticos. El trabajador del siglo XXI no solo tiene que asumir esos valores y compartirlos, también debe ser capaz de adaptarse sobre la marcha cuando la compañía considere necesario cambiar su visión y valores por la razón que sea.

Esto ya no es lo que era: de la mañana a la noche

Las empresas son conscientes de que todo se ha transformado y es completamente diferente no solo su trato con los empleados, sino con los clientes y usuarios que han cambiado su forma de actuar. Lo que hace unos años era habitual ahora no se hace, y si no que se lo pregunten a los vendedores de periódicos diarios y revistas en papel, que cada día venden menos. Volvemos a hablar de Darwin porque hay que ser capaces de adaptarse a la nueva situación; las empresas necesitan profesionales que sean capaces de asumir esos cambios y ofrecer alternativas que permitan mantener la rentabilidad de la compañía. La sociedad se ha transformado tanto que, como decía aquel, «no la reconoce ni la madre que la parió». Vamos a hacer un pequeño repaso de algunas actividades cotidianas que hace apenas unos años no realizábamos y que ahora nos resultan imprescindibles. Todo esto que veremos son oportunidades de negocio que están siendo aprovechadas por los más avispados, además de negocios que se pierden, porque ya no son útiles para el consumidor o no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos.