Índice

CAPÍTULO 1 EL JUEGO DEL PEREGRINO
CAPÍTULO 2 UNA FELIZ NAVIDAD
CAPÍTULO 3 EL BAILE DE AÑO NUEVO
CAPÍTULO 4 CARGAS
CAPÍTULO 5 COMO BUENOS VECINOS
CAPÍTULO 6 BETH DESCUBRE EL PALACIO HERMOSO
CAPÍTULO 7 AMY PASA POR EL VALLE DE LA HUMILLACION
CAPÍTULO 8 JO SE ENCUENTRA CON APOLO
CAPÍTULO 9 MEG VISITA LA FERIA DE LAS VANIDADES
CAPÍTULO 10 CUADRILLAS Y CORREOS
CAPÍTULO 11 EXPERIMENTOS
CAPÍTULO 12 CAMPAMENTO LAURENCE
CAPÍTULO 13 CASTILLOS EN EL AIRE
CAPÍTULO 14 SECRETOS
CAPÍTULO 15 UN TELEGRAMA
CAPÍTULO 16 CARTAS
CAPÍTULO 17 LA PEQUEÑA INFIEL
CAPÍTULO 18 DÍAS OSCUROS
CAPÍTULO 19 EL TESTAMENTO DE AMY
CAPÍTULO 20 EN CONFIANZA
CAPÍTULO 21 LAURIE DA GUERRA Y JO PONE PAZ
CAPÍTULO 22 PRADOS HERMOSOS
CAPÍTULO 23 LA TIA MARCH RESUELVE EL PROBLEMA
Louisa May Alcott

Mujercitas



Little Women (1868)



CAPÍTULO 9
MEG VISITA LA FERIA DE LAS VANIDADES

—La verdad es que esos chicos han contraído el sarampión con mucha oportunidad —dijo Meg ese día de abril, mientras empaquetaba el baúl-mundo en su dormitorio, ayudada por sus hermanas.
—¡Qué amable ha sido Annie Moffat no olvidando su promesa! Debe ser magnífico tener dos semanas de recreo —respondió Jo, que parecía un molino de viento al plegar las faldas con sus largos brazos.
—¡Y el tiempo es tan agradable! Me alegro mucho de eso —añadió Beth, arreglando lazos para el cuello y el pelo en su mejor estuche, que había prestado a su hermana mayor para ocasión tan importante.
—Me gustaría ir a divertirme y vestirme con esta ropa tan bonita —dijo Amy, con la boca llena de alfileres, que estaba poniendo en el acerico de su hermana.
—Ojalá vinieran todas conmigo; pero como no puede ser, guardaré mis aventuras para contarlas cuando vuelva. Es lo menos que puedo hacer, cuando han sido tan buenas prestándome cosas y ayudándome en los preparativos —respondió Meg, contemplando el sencillo equipo, que a sus ojos parecía casi perfecto.
—¿Qué te dio mamá de la caja de tesoros? —preguntó Amy, que no había presenciado la apertura de cierta caja de cedro, en la cual la señora March guardaba unas reliquias del esplendor pasado para regalarlas a sus hijas en ocasión oportuna.
—Un par de medias de seda, aquel bello abanico tallado y una faja azul. Deseaba el traje de seda violeta, pero no hay tiempo para arreglarlo; de modo que debo contentarme con mi viejo traje de lana escocesa.
—Quedará muy bien encima de mi nueva falda de muselina con la faja para realzarla. Quisiera no haber roto mi pulsera de coral para poder prestártela —dijo Jo.
—En la caja de tesoros hay un collar de perlas antiguo y muy bello; pero mamá dice que las flores naturales son el adorno más hermoso para una joven, y Laurie ha prometido enviarme todas las que yo desee —respondió Meg —. Ahora, veamos: está mi nuevo traje gris... Riza la pluma de mi sombrero, Beth...; después, mi traje de muselina de lana fina para el domingo y la pequeña reunión... Parece algo pesado para la primavera, ¿verdad? ¡Qué bien estaría el traje de seda violeta!
—No importa, tienes el de tartán para la reunión importante y tú estás angelical cuando te vistes de blanco —dijo Amy, encantada ante el montoncito de elegancias.
—No está escotado y no tiene bastante vuelo, pero tendrá que servir. Mi traje azul ha quedado tan bien después de estar vuelto del revés y adornado, que parece nuevo. Mi chaqueta de seda no está a la moda, ni mi sombrero es como el de Sallie. No quise decir nada, pero me llevé un gran chasco con mi paraguas. Dije a mamá que me comprase uno con mango blanco, pero lo olvidó y compró uno verde con mango feo y amarillo. Es fuerte y práctico, así que no debo quejarme, pero sé que me dará vergüenza llevarlo al lado del paraguas de seda que tiene Annie, con mango de oro —suspiró Meg, mirando con ojo crítico el pequeño paraguas.
—Cámbialo —aconsejó Jo.
—No seré tan tonta de ofender a mamá, cuando se ha tomado tantas molestias para obtener mis cosas. Es una tontería, y no voy a dejarme vencer por ella. Mis medias de seda y los dos pares de guantes son mi consuelo. ¡Qué buena eres en prestarme los tuyos, Jo! Me siento tan rica y elegante con dos pares nuevos y los viejos limpios. —Y Meg echó otra mirada al estuche de los guantes —. Annie Moffat tiene lazos azules y rosas en sus gorros de noche; ¿quieres poner algunos en los míos?
—No, por cierto; los gorros de noche adornados no combinarían con vestidos sencillos y sin adornos. Los pobres no deben adornarse —dijo Jo con decisión.
—Me pregunto si podré tener alguna vez encaje verdadero en mis trajes y lazos en mis gorros —susurró Meg, impaciente.
—El otro día decías que serías completamente feliz nada más que con poder visitar a Annie Moffat:-observó Beth con suma tranquilidad.
—Verdad que lo dije. Bueno; estoy alegre y no me quejaré; pero parece que cuanto más se recibe más se quiere... ¿No es así? ¡Váya! Ya está todo listo y empaquetado, excepto mi traje de baile, el cual dejaré para mamá —dijo Meg, animándose a pasar la vista del baúl a medio llenar al vestido blanco, tantas veces planchado y remendado, al cual denominaba vestido de baile.
Al día siguiente hacía un tiempo espléndido, y Meg partió triunfante para pasar quince días de novedad y placer. La señora March había consentido en la visita con cierto disgusto, temiendo que Meg no volviera tan contenta como iba. Pero ella había rogado tanto, Sallie había prometido tan repetidamente cuidarla bien, y parecía tan agradable un poco de distracción después del trabajo invernal, que la señora March cedió y su hija fue a probar por vez primera la vida mundana.
Los Moffat afectaban un estilo mundano, y la sencilla Meg se sintió al principio algo intimidada por lo magnífico de la casa y la elegancia de sus moradores. Pero a pesar de su vida frívola eran gente amable y pronto la hicieron sentirse cómoda. Tal vez Meg, sin comprender por qué, tuvo la sensación de que no eran personas muy cultivadas o inteligentes, y de que todo su oropel no bastaba para ocultar el material ordinario de que estaban hechas. Era ciertamente agradable comer bien, pasearse en coche, ponerse los mejores vestidos todos los días y no hacer más que divertirse. Esto convenía a sus gustos; pronto comenzó a imitar las maneras y la conversación de sus compañeras, a darse tono y servirse de frases francesas, rizarse el pelo, apretarse la cintura y hablar de modas tan bien como podía. Cuanto más veía las cosas bonitas de Annie, tanto más las envidiaba y suspiraba por ser rica. Ahora su casa le parecía desnuda y triste cuando pensaba en ella, el trabajo se le hacía más difícil que nunca, y se sentía como una muchacha muy poco favorecida por la fortuna, a pesar de los guantes nuevos y las medias de seda.
No tenía, sin embargo, mucho tiempo para quejarse, porque las tres chicas estaban muy ocupadas en "divertirse mucho". Iban de tiendas, paseaban, andaban a caballo y hacían visitas todo el día; por la tarde iban al teatro y a la ópera, o jugaban en casa, porque Annie Moffat tenía muchísimos amigos y sabía cómo divertirles. Sus hermanas mayores eran señoritas muy correctas; una tenía novio, lo cual parecía a Meg muy interesante y romántico. El señor Moffat era un viejo regordete y jovial, amigo del padre de ella, y su esposa, una señora regordeta y alegre que tomó tanto cariño a Meg como su hija se lo había tomado. Todos la atendían mucho, y "Daisy", como la llamaban, estaba en buen camino de tener la cabeza trastornada.
Cuando llegó la noche del pequeño baile descubrió que el vestido de muselina de lana fina no iba bien, porque las otras chicas se ponían vestidos ligeros y se engalanaban hermosamente; así que sacó el vestido de tartán, que parecía más viejo, soso y gastado que nunca al lado del flamante vestido de Sallie. Meg notó la mirada que las chicas echaron a su traje, y después una a la otra, y sus mejillas se encendieron porque, a pesar de su dulzura, era muy orgullosa.
Nadie habló de ello, pero Sallie se ofreció a arreglarle el pelo, Annie a atarle la faja y Belle, la que tenía novio, alabó la blancura de sus brazos; pero en la amabilidad con que la trataban, Meg no vio más que lástima hacia su pobreza, y se sintió desanimada al verse aparte, mientras las otras reían, charlaban y corrían como ligeras mariposas. Su malestar iba haciéndose más amargo cuando entró la doncella con una cajita de flores. Antes de que pudiese hablar, Annie la había destapado dejando a la vista las bellas rosas, brezos y helechos que contenía.
—Deben ser para Belle; George siempre le envía algunas flores, pero éstas son encantadoras —exclamó Annie.
—Son para la señorita March, según dijo el mensajero. Aquí hay una carta —repuso la doncella, entregándosela a Meg.
—¡Qué gusto! ¿De quién son? No sabíamos que tenías novio —gritaron las chicas, llenas de curiosidad y sorpresa.
—La carta es de mamá y las flores de Laurie —contestó sencillamente Meg, aunque muy contenta de que no la hubieran olvidado.
—¿De veras? —dijo Annie, dudosa, mientras Meg metía la cartita a hurtadillas en su bolsillo, como un talismán contra la vanidad y el falso orgullo.
Sintiéndose casi feliz otra vez, escogió algunos helechos y rosas para sí misma y pronto arregló las otras en bonitos ramilletes para adornar a sus amigas, ofreciéndoselos tan graciosamente, que Clara, la hermana mayor, le dijo que era "la niña más amable que había visto". La buena acción puso fin a su abatimiento, y cuando las demás fueron a que las viera la señora Moffat, se miró al espejo y se encontró con una cara con ojos alegres, según ponía los helechos en su pelo rizado y fijaba las rosas en el traje, que no le parecía tan usado.
Aquella noche se divirtió mucho, porque bailó cuanto quiso; todos fueron muy amables y recibió tres cumplidos. Annie la hizo cantar y alguien dijo que tenía una voz bien timbrada; el comandante Lincoln preguntó quién era "la muchachita fresca de ojos bellos", y el señor Moffat insistió en bailar con ella porque "no vacilaba y tenía un paso muy ligero". Pasó un rato muy agradable, hasta que oyó por casualidad una conversación que la perturbó muchísimo. Estaba sentada a la puerta del invernadero, esperando a su compañero que iba a traerle un helado, cuando oyó una voz al otro lado de la pared florida que preguntaba:
—¿Qué edad tiene él?
—Dieciséis o diecisiete años, diría yo —dijo otra voz.
—¡Qué magnífico partido para una de esas chicas!, ¿no le parece a usted? Sallie dice que son amigos íntimos ahora y el viejo está chiflado por ellas.
—Supongo que la señora March tiene sus proyectos, y está haciendo un juego prudente, temprano como es. Claro es que la muchacha no piensa todavía en ello —dijo la señora Moffat.
—Ella dijo aquella mentira tocante a su mamá como si se diera cuenta, y se ruborizó cuando llegaron las flores. ¡Pobrecilla¡ ¡Estaría tan bonita si se vistiera a la moda!
—¿Piensa usted que se ofendería si nos ofreciéramos a prestarle otro vestido para el jueves? —preguntó otra voz.
—Es orgullosa, pero no creo que le importaría, porque no tiene más traje que ese viejo de tartán. Puede que se lo rasgue esta noche, lo que será una buena oportunidad para ofrecerle otro nuevo.
—Veremos; invitaré a ese Laurence en honor de ella y nos divertiremos mucho con ello después.
En esto apareció el compañero de Meg, que la encontró algo colorada y agitada. Era orgullosa y en aquel momento su orgullo le fue útil, porque la ayudó a ocultar su mortificación por lo que acababa de oír; porque por inocente que fuera, no pudo menos de comprender la murmuración de sus amigas. Trató de olvidarla, pero no pudo. Las frases "la señora March tiene sus proyectos", "esa mentira acerca de su mamá" y "el viejo vestido de tartán" venían insistentemente a su memoria, hasta darle ganas de llorar y escaparse a casa para contar sus penas y pedir consejos. Como esto era imposible, hizo lo que pudo para simular alegría; y lo consiguió tan bien, que nadie hubiera sospechado el esfuerzo que le costaba. Estuvo muy contenta cuando terminó, y pudo irse tranquilamente a la cama, donde podía pensar hasta dolerle la cabeza y refrescar con algunas lágrimas sus mejillas ardientes.
Aquellas necias, aunque bien intencionadas palabras, le habían descubierto a Meg un mundo desconocido, perturbando la paz de aquel en que hasta entonces había vívido tan felizmente como un niño. Su inocente amistad con Laurie había sido estropeada por la conversación tonta que había oído; su confianza en su madre había sido un poco sacudida por los proyectos mundanos que la señora Moffat le atribuía, y la sensata resolución de contentar con el simple vestido que convenía a la hija de un hombre pobre estaba debilitada por la innecesaria lástima que las otras chicas le habían demostrado.
La pobre Meg pasó la noche sin dormir y se levantó con los ojos pesados, infeliz, algo enojada hacia sus amigas y medio avergonzada de sí misma por no haber hablado francamente y aclarado todo. Aquella mañana todas estaban dormilonas, y las chicas no tenían suficiente energía para reanudar su tejido. Enseguida Meg notó algo en la conducta de sus amigas; la trataban más respetuosamente, pensó, se interesaban en lo que decía y la miraban con ojos que descubrían su curiosidad. Todo esto la sorprendió y la lisonjeó, aunque no lo comprendió, hasta que la señorita Belle levantó los ojos de su escritura y dijo con aire sentimental:
—Querida Meg, he enviado una invitación a tu amigo el señor Laurence para el jueves. Quisiéramos conocerlo y hacerte este cumplido.
Meg se ruborizó, pero con cierta idea maliciosa de reírse de las chicas, respondió modestamente:
—Eres muy amable, pero temo que no vendrá.
—¿Por qué no, cherie? —preguntó la señorita Belle con cierta alarma.
—Es demasiado viejo.
—Hija mía, ¿qué quieres decir? ¿Qué edad tiene?, quisiera saber — preguntó la señorita Clara.
—Cerca de los setenta, creo —respondió Meg, haciéndose la tonta.
—¡Qué pícara eres! Queremos decir el joven —exclamó la señorita Belle.
—No hay ningún joven; Laurie no es más que un chico —y Meg se rió también de la mirada sorprendida que las hermanas canjearon al describir ella así a su novio supuesto.
—De tu edad, poco más o menos —dijo Inés.
—Más bien de la edad de mi hermana Jo; yo cumpliré diecisiete años en agosto.
—Qué amable es enviándote flores, ¿no te parece? —dijo Annie.
—Sí; lo hace a menudo con todas nosotras, porque tiene muchas en su casa y a nosotras nos gustan mucho. Mi madre y el viejo señor Laurence son amigos, comprenderán así, que no hay nada extraño en que nosotros, niños, juguemos juntos —respondió Meg, esperando que, con estas explicaciones no volverían sobre el asunto.
—Es claro que Meg todavía no se da cuenta —dijo la señorita Clara, con una seña de cabeza a Belle.
—Un estado de inocencia pastoral en todo ello —respondió la señorita Belle encogiéndose de hombros.
—Voy a salir para hacer algunas compritas para las muchachas; ¿puedo hacer algo por ustedes, señoritas? —preguntó la señora Moffat, entrando como un elefante vestida de seda y encajes.
—No, gracias, señora —respondió Sallie —; tengo mi traje nuevo de seda rosa para el jueves y no me hace falta nada.
—Ni yo —comenzó a decir Meg, pero se detuvo, porque pensó que le hacían falta varias cosas y no podía obtenerlas.
—¿Qué traje te vas a poner? —preguntó Sallie.
—Mi viejo traje blanco otra vez, si puedo arreglarlo de modo que pueda pasar; anoche se rasgó por varias partes —repuso Meg, tratando de hablar con naturalidad, aunque se sentía muy preocupada.
—¿Porqué no envías a casa por otro? —dijo Sallie, que no era muy observadora.
—No tengo ningún otro —contestó Meg, haciendo un pequeño esfuerzo; pero Sallie no se dio cuenta y exclamó, amable y sorprendida:
—¿No tienes más que aquél? ¡Qué curioso! —no acabó su discurso, porque Belle meneó la cabeza y la interrumpió, diciendo amablemente:
—Nada de eso. ¿De qué sirve tener muchos vestidos cuando aún no se está de largo? No necesitas enviar a casa, Meg, aunque tuvieras una docena, porque yo tengo un traje encantador de seda azul, que me ha quedado chico, y tú te lo pondrás para darme gusto. ¿Verdad, querida?
—Eres muy amable, pero no me importa usar mi vestido viejo, si no te ofendes; es bastante bueno para una chica de mi edad —respondió Meg.
—No, dame el placer de vestirte a la moda. Lo deseo mucho y estarás verdaderamente encantadora con algo de ayuda. No permitiré que alguien te vea hasta que tu tocado esté completo, y entonces entraremos súbitamente como Cenicienta y madrina en el baile —dijo Belle con voz persuasiva.
Meg no pudo rehusar la oferta hecha tan amablemente, porque el deseo de ver si estaría "verdaderamente encantadora" después de ciertos tocados le hizo aceptar y olvidar todos sus primeros sentimientos desagradables hacia los Moffat.
La noche del jueves Belle se encerró con su doncella y las dos lograron hacer de Meg una gentil dama. Le rizaron el pelo, le frotaron el cuello y los brazos con cierto polvo perfumado, tocaron sus labios con pomada coralina y le hubieran dado color a las mejillas si Meg no se hubiese opuesto. La empaquetaron en un traje azul celeste tan apretado que apenas podía respirar, y tan escotado que la modesta Meg se ruborizó al mirarse al espejo. Un juego de filigrana de plata se añadió a su atavío, compuesto de pulseras, collar, broche, y aun pendientes, porque Hortense los fijó con seda de color rosa que no se notaba. Un ramillete de capullos de rosas al pecho y una écharpe reconciliaron a Meg con el escote, y un par de zapatos de seda azul de tacones altos satisfizo el deseo de su corazón. Un pañuelo de encaje, un abanico de plumas y un ramillete en mango de plata completaron su tocado, y la señorita Belle al mirarla encontró la misma satisfacción de una niña que acaba de vestir a su gusto una muñeca.
—La señorita está encantadora, tres jolie, ¿no es verdad? —exclamó Hortense, cruzando las manos con fingido arrobamiento.
—Ven y preséntate —dijo la señorita Belle, precediéndola al cuarto donde esperaban las otras.
Al seguirla con mucho crujir de seda, retintín de pendientes, movimiento de bucles y palpitación de corazón, Meg pensaba que al fin su diversión había comenzado de veras, porque el espejo le dijo claramente que estaba "verdaderamente encantadora".
—Mientras yo me visto, Annie, enséñale cómo arreglar su falda y esos tacones franceses, o dará un tropezón. No arruinen el trabajo encantador de mis manos —dijo Belle, saliendo precipitadamente, muy satisfecha de su éxito.
—Temo bajar; me siento tan extraña, tiesa y medio desnuda... —susurró Meg a la señorita Sallie cuando tocó la campana y la señora Moffat envió a decir que bajasen las señoritas.
—No pareces la misma, pero estás muy bonita. No puedo lucir a tu lado, porque Belle tiene gusto y estás completamente francesa, te lo aseguro. Deja colgar las flores; no te ocupes demasiado de ellas y no tropieces —respondió Sallie.
Acordándose bien del aviso, Meg bajó la escalera sin tropiezo y entró majestuosamente en el salón, donde estaban reunidos los Moffat y algunos invitados tempranos. Pronto descubrió que hay algo encantador en los vestidos elegantes que atrae a cierta clase de gente y asegura su respeto. Algunos jóvenes que no habían hecho caso de ella antes se tornaron de repente muy amables: algunos muchachos que no habían hecho más que mirarla con extrañeza durante la reunión anterior, ahora no se contentaron con mirarla, sino que rogaron ser presentados a ella y le dijeron toda clase de tonterías; y algunas damas ancianas, que sentadas en sofás criticaban a los demás, preguntaron con interés quién era. Oyó a la señora Moffat que respondía a una de ellas:
—Daisy March... Su padre es coronel en el ejército... Una de nuestras mejores familias, pero cambios de fortuna, ¿sabe usted?... Amiga de los Laurence; una persona encantadora, le aseguro; mi Eduardo está loco por ella.
—¡Vaya, vaya! —dijo la otra dama, levantando sus anteojos para inspeccionar otra vez a Meg, que trató de aparentar no haber oído, ni ofenderse por las mentiras de la señora Moffat.
La "extraña sensación" no desapareció, pero se imaginó hacer el nuevo papel de una dama elegante y logró hacerlo bastante bien, aunque el traje ajustado le causaba dolores en el costado, la cola del traje se le ponía entre los pies y temía constantemente que los pendientes se le cayeran y se rompiesen. Estaba abanicándose y riéndose de las bromas tontas de cierto mozo, que trataba de ser chistoso, cuando de pronto dejó de reír y se quedó desconcertada, porque vio a Laurie enfrente de ella. El la miraba fijamente, sin disimular su sorpresa ni su desaprobación, según pensó ella; porque aunque saludó y sonrió, algo en sus ojos honestos la hizo ruborizarse y desear haberse puesto su vestido viejo. Para completar su confusión, vio a Belle hacerle señas a Annie y ambas pasaban la mirada de ella a Laurie, más tímido y aniñado que de costumbre, cosa que ella observó con placer.
"¡Qué locas son metiéndome tales ideas en la cabeza! No haré caso de ello, ni cambiaré lo más mínimo", pensó Meg, y atravesó la sala con mucho crujir de seda para dar la mano a su amigo.
—Me alegro que hayas llegado, porque temía que no vinieras —dijo con aire de persona mayor.
—Jo quiso que viniera para contarle cómo estabas.
—¿Qué le dirás? —preguntó Meg llena de curiosidad por saber lo que pensaba de ella, aunque sintiéndose por primera vez algo desconcertada delante de él.
—Diré que no te conocí, porque pareces tan crecida y tan diferente que me da miedo de ti —dijo, jugueteando con el botón del guante.
—¡Qué tontería! Las chicas me han vestido por diversión y me gusta. ¿No se asombraría Jo si me viera?
—Creo que sí.
—¿No te agrada mi apariencia?
—No, no me agrada.
—¿Por qué no?
El observó el pelo rizado, a los hombros desnudos y al traje recargado de adornos con tal expresión que la desconcertó más que la respuesta.
—No me agradan adornos ni plumas.
No pudiendo aguantar tales cosas de un muchacho más joven que ella, Meg lo dejó, diciendo con petulancia:
—Jamás he visto un chico más descortés.
Sintiéndose muy enfadada, se acercó a una ventana apartada para refrescar sus mejillas, porque el traje apretado le hacía salir a la cara colores demasiado vivos. Mientras estaba allí pasó el comandante Lín— coln y un minuto después le oyó decir a su madre:
—Se han burlado de aquella muchachita. Deseaba que usted la viese, pero la han estropeado por completo; esta noche no es nada más que una muñeca.
—¡Ay de mí! —suspiró Meg —. Ojalá hubiera sido sensata y me hubiese puesto mi vestido; no habría dado una impresión desagradable ni me hubiera sentido tan molesta y avergonzada. Apoyó la frente sobre el vidrio frío y permaneció allí, medio oculta por las cortinas, sin hacer caso de que había comenzado su vals favorito, cuando alguien la tocó, y volviéndose vio a Laurie que parecía arrepentido al decir con su mejor reverencia y la mano extendida:
—Perdona mi descortesía y ven a bailar conmigo.
—Temo que te sea muy desagradable —dijo Meg, tratando de parecer ofendida, pero sin lograrlo.
—De ninguna manera; me dará mucho placer. Ven, seré bueno. No me agrada tu traje, pero pienso que estás encantadora.
Meg sonrió, se ablandó y susurró, mientras esperaban para tomar el pasó:
—Ten cuidado de no tropezar con mi falda; es una peste; fue una tontería ponérmela.
—Sujétala con un alfiler alrededor del cuello y entonces será de cierta utilidad. Comenzaron a bailar ligeramente y con gracia; pues habiendo practicado en casa, se acompañaban bien, y era un placer verlos tan jóvenes y ágiles dar vueltas y vueltas rápidamente, sintiéndose más amigos que nunca después de su pequeño disgusto.
—Laurie, quiero que me hagas un favor; ¿lo harás? —dijo Meg, mientras su compañero la abanicaba cuando le faltó el aliento, aunque no quiso reconocer por qué.
—¡Claro que sí! —respondió Laurie con presteza.
—No comentes en casa el traje que me he puesto esta noche. No podrán comprender la broma y le disgustará a mamá.
—¿Entonces, por qué te lo has puesto? —dijeron tan claramente los ojos de Laurie, que Meg se apresuró a añadir:
—Yo misma les diré todo y confesaré a mamá qué tonta he sido. Pero prefiero hacerlo yo misma; no dirás nada, ¿verdad?
—Te doy mi palabra que no diré nada; pero, ¿qué diré cuando me pregunten?
—Di que estaba bonita y que me divertía muchísimo.
—Lo primero lo diré de todo corazón; pero, ¿y lo demás? No me parece que te diviertas muchísimo. ¿Es verdad?
—No, en este momento. No pienses que soy horrible; solamente quería divertirme un poco, pero ya veo que no vale la pena hacerlo de este modo y me voy cansando de ello.
—Aquí viene Ned Moffat; ¿qué desea? —dijo Laurie, frunciendo las
cejas.
—Le he prometido tres bailes y supongo que viene a buscarlos. ¡Qué fastidioso! —murmuró Meg, con aire lánguido, que hizo mucha gracia a Laurie.
No le habló otra vez hasta la hora de la cena, cuando la vio beber champaña con Ned y su amigo Fisher, que se conducían como un par de locos, según se dijo Laurie para sí porque se sentía con cierto derecho fraternal para proteger a las March y pelear por ellas siempre que necesitaran un defensor.
—Mañana tendrás un dolor de cabeza terrible si bebes demasiado. Yo no lo haría, Meg; no le gustaría a tu madre, ya sabes —susurró, acercándose a ella, mientras Ned se volvía para volver a llenar su vaso y Fisher se inclinaba a recoger su abanico.
—Esta noche no soy Meg; soy una muñeca que hace toda clase de tonterías. Mañana me quitaré todos mis adornos y plumas y seré muy buena otra vez —respondió con risa afectada.
—Entonces quisiera que ya fuese mañana —murmuró Laurie, marchándose disgustado por el cambio de ella.
Meg bailó, coqueteó, charló y rió por cualquier cosa como hacían las demás. Después de la cena trató de bailar un paso alemán, con tanta torpeza, que casi hizo caer a su compañero con su falda larga, y brincó de tal modo que escandalizó a Laurie, que al verla pensaba retarla bastante. Pero no encontró ocasión para ello, porque Meg se mantuvo fuera de su alcance hasta el momento de despedirse.
—¡Recuerda! —dijo, tratando de sonreír, porque el dolor de cabeza había ya comenzado.
—Silencio hasta la muerte —dijo Laurie, saludándola melodramáticamente.
Este breve diálogo excitó la curiosidad de Anne; pero Meg estaba demasiado cansada para charlar. Se acostó con la sensación de haber estado en un baile de máscaras y de no haberse divertido tanto como había imaginado. Estuvo enferma todo el día siguiente, y el sábado volvió a casa fatigadísima de sus dos semanas de diversión y hastiada de la atmósfera de lujo que había respirado.
—¡Qué grato parece estar tranquila y no tener que estar siempre cuidando los modales! El hogar es un sitio agradable, aunque no sea magnífico —dijo Meg, contemplando el cuarto con expresión tranquila, sentada en compañía de su madre y Jo la tarde del domingo.
—Me alegra oírte hablar así, querida mía, porque yo temía que el hogar te pareciera algo triste y pobre después de haber vivido entre lujos — respondió su madre, que le había echado muchas miradas ansiosas aquel día. Los ojos maternos pronto notan cualquier cambio en la cara de sus hijos.
Meg había relatado vivamente sus aventuras y no se cansaba de repetir que había pasado un tiempo encantador; pero, sin embargo, algo parecía afligirla. Cuando las chicas más jóvenes se fueron a acostar, se quedó sentada mirando fijamente al fuego, hablando poco y muy preocupada. Dieron las nueve y Jo propuso acostarse. De repente Meg se levantó y sentándose en el taburete de Beth apoyó los codos sobre las rodillas de su madre y dijo con decisión;
—Mamá, quiero "confesar".
—Me lo imaginaba; ¿qué tienes que confesar, querida mía?
—¿Debo ausentarme? —preguntó Jo.
—Claro que no; ¿no te digo siempre todo? Me daba vergüenza hablar de ello delante de las niñas; pero quiero que sepan todas las cosas terribles que hice en casa de los Moffat.
—Estamos preparadas —dijo la señora March, sonriendo, aunque algo preocupada.
—Les dije cómo me vistieron, pero no dije que me pusieron polvo en la cara; me apretaron la cintura, me rizaron y me pusieron como un verdadero figurín. A Laurie no le pareció bien; lo sé, aunque no dijo nada, y un caballero me llamó "una muñeca". Yo sabía que era una necedad, pero me adularon y dijeron que era encantadora y muchísimas otras tonterías, así que dejé que me pusieran en ridículo.
—¿Eso es todo?— preguntó Jo, mientras la señora March miraba silenciosamente la cara abatida de su preciosa hija sin decidirse a censurar sus tonterías.
—No; bebí champaña, brinqué y traté de coquetear; me comporté de un modo detestable —contestó Meg, con tono acusador.
—Sospecho que hay algo más —y la señora March acarició la mejilla suave, que se ruborizó súbitamente, mientras la joven respondía lentamente:
—Sí; es muy tonto, pero quiero decírselos porque detesto que la gente diga o piense tales cosas de nosotras y de Laurie.
Entonces relató las murmuraciones oídas en casa de los Moffat, y a medida que hablaba notó que Jo y su madre apretaban fuertemente los labios como disgustadas de que hubiesen metido tales ideas en la mente inocente de Meg.
—¡En mi vida he oído mayores estupideces! —gritó Jo con indignación —. ¿Por qué no se lo dijiste así al momento?
—No podía; ¡estaba tan desconcertada! Al principio no pude evitar oírlas y después estaba tan furiosa y avergonzada que me olvidé que debía alejarme.
—Espera a que yo vea a Annie Moffat y verás cómo se arreglan las ridiculeces. ¿Conque tenemos "proyectos" y somos amigas de Laurie porque es rico y luego puede casarse con una de nosotras? ¡Cuánto se reirá cuando le diga lo que aquellas tontas dicen de nosotras!
—Si se lo dices a Laurie, no te lo perdonaré jamás. Ella no debe hacerlo, ¿verdad, mamá? —dijo Meg, alarmada.
—No; no repitan esa necia charla y olvídenla lo antes posible —contestó gravemente la señora March —. Fui muy imprudente en dejarte visitar a personas que conozco tan poco, amables probablemente, pero mundanas, mal educadas y llenas de ideas vulgares acerca de los jóvenes. No puedo decir cuánto siento el mal que esta visita puede haberte hecho, Meg.
—No te preocupes por eso; no dejaré que me haga mal; olvidaré todo lo malo y solamente me acordaré de lo bueno, porque pasé muy buenos ratos y te doy las gracias por haberme permitido ir. Sé que soy una muchacha tonta y permaneceré contigo hasta que sea capaz de cuidarme por mí misma. ¡Pero es tan agradable recibir elogios y cumplidos, que no puedo negar que me gustan! —dijo Meg, medio avergonzada por la confesión.
—Eso es perfectamente natural y no pernicioso, si tu inclinación no se convierte en pasión y te hace conducirte de manera estúpida o indigna de una señorita. Aprende a reconocer y apreciar las alabanzas que vale la pena recibir y atraerte la admiración de personas buenas por ser modesta tanto como hermosa, Meg.
Meg quedó pensativa un momento, mientras Jo, de pie, con las manos a la espalda, la miraba interesada y perpleja. Ver a Meg ruborizarse y hablar de admiración, novios y cosas parecidas era una novedad. Jo experimentaba la sensación de que durante aquellos quince días su hermana había crecido extraordinariamente y se alejaba de ella hacia un mundo donde no podía seguirla.
—Madre mía, ¿tienes "proyectos", como dice la señora Moffat? —preguntó Meg, ruborizada.
—Sí, querida mía, tengo muchísimos; todas las madres los tienen; pero sospecho que los míos son algo diferentes de los de la señora Moffat. Te diré algunos, porque ha llegado el tiempo en que una palabra puede poner en buena dirección esa cabecita y corazón romántico sobre asuntos muy graves. Eres joven, Meg, pero no demasiado joven para no comprenderme, y los labios maternos son los mejores para hablar de tales cosas a jóvenes como tú. Jo, también a ti te llegará el turno quizás, así que escuchen mis "proyectos" y ayúdenme a realizarlos si son buenos.
Jo se sentó en un brazo de la butaca con el aspecto de quien va a participar en un acto solemne. Tomando una mano de cada una, la señora March dijo con seriedad y a la vez con optimismo:
—Quiero que mis hijas sean hermosas, distinguidas y buenas, que se hagan querer y respetar; que tengan una juventud feliz; que se casen bien y prudentemente; que pasen vidas útiles y felices, tan libres de dificultades y tristeza como Dios quiera concedérselas. Ser amada y distinguida por un hombre bueno es lo mejor que puede ocurrirle a una mujer, y mi esperanza es que mis hijas conozcan esta hermosa experiencia. Es natural pensar en ello. Meg, es justo esperarlo y prudente prepararse para ello, de manera que cuando llegue la hora puedan sentirse listas para sus deberes y dignas de la felicidad. Hijas mías, soy ambiciosa para ustedes; pero no deseo que hagan un papel ruidoso en el mundo, ni que se casen con hombres ricos porque son ricos o que tengan casas espléndidas, que no sean verdaderos hogares, porque falte el amor en ellos. El dinero es cosa útil y preciosa, y también noble cuando se emplea bien; pero no quiero que lo consideren como el primero o el único premio que ganar. Preferiría verlas esposas de hombres pobres si fueran felices, amadas y contentas, que reinas en sus tronos sin propia estimación ni paz.
—Las muchachas pobres no tienen oportunidades, dijo Belle, si no se hacen valer —suspiró Meg.
—Entonces seremos solteronas —repuso Jo seriamente.
—Bien dicho, Jo; más vale ser solteronas felices que casadas desgraciadas o muchachas inmodestas a caza de maridos —dijo decididamente la señora March —. No hagas caso, Meg; la pobreza rara vez intimida al hombre que ama de veras. Algunas de las madres y más estimadas mujeres que conozco eran muchachas pobres, pero tan dignas de ser amadas que no alcanzaron a ser solteronas. Dejen tales cosas al tiempo. Hagan feliz este hogar, para que estén preparadas para sus propios hogares, si es ésa vuestra suerte, y contentas si no lo es. Recuerden una cosa, hijas mías: su madre está siempre lista para ser su confidente, y vuestro padre para ser vuestro amigo; esperamos y confiamos que nuestras hijas, casadas o solteras, constituirán el orgullo y consuelo de nuestras vidas.
—Lo seremos, mamá, lo seremos —exclamaron ambas con todo su corazón, mientras su madre les daba las buenas noches.

CAPÍTULO 10
CUADRILLAS Y CORREOS

Con la llegada de la primavera se pusieron de moda nuevas diversiones, y los días más largos daban tiempo para toda clase de trabajos y recreos. Era menester labrar el jardín, y, cada hermana tenía la cuarta parte de un jardincito, donde podía hacer lo que gustara. Hanna solía decir: "Adivinaría de quién es cada jardincito aunque lo viera en la China." Bien podía decirlo, porque los gustos de las muchachas diferían tanto como sus caracteres. Meg tenía en el suyo rosas, hebotropo, mirto y un pequeño naranjo. El jardincito de Jo no estaba dos años lo mismo porque siempre hacía experimentos. Este año iba a ser una plantación de girasoles, cuyas semillas habían de dar de comer a la gallina Muñuda y su familia de polluelos. Beth tenía flores perfumadas: arvejillas, reseda, delfino, clavelinas y artemisa, álsine para el pájaro y yerba gatera para los gatos. En su jardincito tenía Amy una glorieta, algo pequeña y desigual, pero muy bonita, rodeada de guirnaldas de madreselva y campanillas; lirios altos y blancos, helechos delicados y tantas clases de plantas como quisiesen florecer allí.
Trabajando en el jardín, paseando, remando en el río y buscando flores silvestres, pasaban los días en que hacía buen tiempo; para los lluviosos tenían entretenimientos en casa, todos más o menos originales. Uno de ellos era "La cuadrilla de Pickwick"; porque como las sociedades secretas estaban de moda, pensaron que sería muy adecuado tener una, y siendo todas ellas admiradoras de Dickens, la titularon "La cuadrilla de Pickwick". Con pocas interrupciones, la habían mantenido por un año, celebrando sus sesiones los sábados por la noche en la boardilla grande con el ceremonial siguiente: se colocaban tres sillas en línea delante de una mesa, sobre la cual había una lámpara, cuatro distintivos blancos, con letras "C. P", en tamaño grande, y el periódico, que aparecía todas las semanas, llamado "El Cartapacio Pickwick", redactado entre todas, con Jo de director. A las siete, los cuatro miembros de la cuadrilla subían a su cuarto, se ajustaban a la cabeza los distintivos y se sentaban con mucha solemnidad. Meg, por ser la mayor, era Samuel Pickwick; Jo, Agustín Snodgrass; Beth, Tracy Tupman, y Amy representaba a Nataniel Winkle. Pickwick, el presidente, leía el periódico, lleno de cuentos originales, poesías, noticias locales, anuncios curiosos y notas sueltas, por las cuales se recordaban una a otra sus faltas y deficiencias.
En una ocasión, el señor Pickwick se puso un par de gafas sin cristal, golpeó la mesa, tosió, y después de encarar al señor Snodgrass, que no acababa nunca de poner derecha su silla comenzó a leer "El Cartapacio".
Al terminar el presidente la lectura, sonó una salva de aplausos, después de lo cual, el señor Snodgrass se levantó para hacer una proposición.
—Señor presidente, caballeros —comenzó, adoptando un tono parlamentario —, deseo proponer la admisión de un miembro nuevo; se trata de uno que bien merece el honor, que lo agradecería sinceramente, aumentaría en alto grado la animación de la cuadrilla, el valor literario del periódico y el bienestar general. Propongo como miembro honorario del "C.P." al señor Theodore Laurence. ¡Bien! Vamos a darle entrada.
El cambio súbito en la voz de Jo hizo reír a las chicas; pero todas se quedaron pensativas y ninguna dijo una palabra al tomar asiento Snodgrass.
—Lo pondremos a votación —dijo el presidente —. Todos los que estén a favor de esta proposición tengan la bondad de manifestarlo diciendo " ¡Sí! ".
Una fuerte respuesta de Snodgrass, seguida de otra tímida de Beth, sorprendió a todas.
—Los que estén en contra digan "No".
Meg y Amy votaron en contra, y el señor Winkle se levantó para decir con mucha elegancia:
—No queremos admitir muchachos; no hacen más que bromear y brincar. Esta sociedad es para señoras y deseamos que sea confidencial y propia.
—Temo que se reirá de nuestro periódico y se burlará de nosotras después —observó Pickwick, tirándose del bucle de la frente, como solía hacer cuando estaba indecisa.
Snodgrass se levantó de un salto y dijo con mucha seriedad:
—Señor presidente, le doy mi palabra de honor que Laurie no hará tal cosa. Le gusta mucho escribir y elevará la calidad de nuestras producciones, evitando que sean demasiado sentimentales, ¿comprenden? Hacemos tan poco por él y él hace tanto por nosotras, que lo menos que podemos hacer, en mi opinión, es ofrecerle un asiento aquí y darle la bienvenida si acepta.
Esta hábil alusión a los beneficios recibidos hizo levantarse a Tu— pman completamente convencido.
—Sí, debemos hacerlo, aunque tengamos miedo. Digo que puede venir, y su abuelo también, si lo desea.
La cuadrilla quedó boquiabierta por esta animosa frase de Beth. Jo se levantó para darle la mano en señal de aprobación.
—Ahora votemos de nuevo y que todas recuerden que se trata de nuestro Laurie y digan "Sí" —gritó vivamente Snodgrass.
—¡Sí!, ¡sí!, ¡sí! —respondieron tres voces a la vez.
—¡Bueno!, que Dios las bendiga. Ahora, como hay que asir la ocasión por los cabellos, permítanme que les presente el miembro nuevo —y con espanto de los demás miembros de la cuadrilla, Jo abrió la puerta del armario y mostró a Laurie sentado en el saco de trapos, sofocado y guiñando los ojos a fuerza de aguantar la risa.
—¡Pícaro!, ¡traidor! Jo, ¿cómo te has atrevido? —exclamaron las tres muchachas, mientras Snodgrass sacaba triunfalmente a su amigo, y brindándole una silla y un distintivo, le daba posesión en un santiamén.
—La frescura de ustedes dos, pícaros, es inaudita —comenzó a decir el señor Píckwick, tratando de fruncir las cejas, sin lograr otra cosa que producir una sonrisa amable. Pero el nuevo miembro se puso a la altura de las circunstancias. Saludando graciosamente al presidente, se levantó y dijo de la manera más gentil:
—Señor presidente, señoras..., perdonen, caballeros; permítanme presentarme como Sam Weller, el humilde servidor de la sociedad.
—¡Bien, bien! —exclamó Jo, dando golpes con el mango de¡ viejo calentador, sobre el cual se apoyaba.
—Mi fiel amigo y noble patrón —continuó Laurie, agitando la mano —, que acaba de presentarme con elogios tan inmerecidos, no merece ser censurado por la torpe estratagema de esta noche. Yo la ideé y ella cedió después de muchas protestas.
—Vamos, no te eches toda la culpa; ya sabes que fui yo quien propuso lo del armario —interrumpió Snodgrass, que gozaba inmensamente de la broma.
—No hagan caso de lo que dice. Yo soy el traidor que lo hizo, señor —dijo el miembro nuevo, saludando al señor Pickwick a la manera de Sam Weller—. Pero, bajo mi palabra de honor, no lo volveré a hacer, y de aquí en adelante me consagraré a promover relaciones amistosas entre los países vecinos, he establecido un buzón en el seto en el rincón más bajo del jardín: un edificio amplio y hermoso, con candados en las puertas y todo lo conveniente para el despacho de correos. Es la vieja casa de las golondrinas; pero he cerrado la puerta y abierto el techo de manera que puede contener toda clase de objetos y evitarnos la pérdida de un tiempo precioso. Cartas, manuscritos, libros y paquetes pueden depositarse en ella; y, como cada país tiene una llave, creo que será muy útil. Permítanme que presente la llave a la sociedad y que, repitiendo las gracias por vuestra benevolencia, tome asiento.
Calurosos aplausos sonaron cuando el señor Weller puso una lla— vecita sobre la mesa y tomó asiento; el calentador resonó y se agitó locamente, y pasó largo rato antes de que se restableciese el orden. Siguió una larga discusión, en la cual quedaron todas muy bien, porque cada una hizo lo mejor que pudo; resultó, pues, una sesión más animada que de costumbre, que se prolongó bastante, levantándose con tres ruidosas aclamaciones al nuevo miembro.
Nadie se arrepintió de haber admitido a Sam Weller, porque miembro más fiel, jovial o bien intencionado no podría encontrarse. Ciertamente dio más estímulo a las reuniones y aumentó el valor literario del periódico, porque los miembros se reían a carcajadas de sus discursos y sus artículos eran de buena calidad: patrióticos, clásicos, cómicos o dramáticos, pero nunca sentimentales. Jo los juzgaba dignos de Shakespeare, Bacon o Milton, y se sintió impulsada a remoldear sus propios trabajos literarios con buen resultado en su opinión.
El correo fue una excelente institución, y floreció maravillosamente, porque pasaban por él tantas cosas curiosas como por un correo de verdad. Tragedias y corbatas, poesías y tarros de dulce, semillas para el jardín, cartas largas, música y pan de jengibre, galochas, invitaciones, regaños y perrillos. El viejo señor gozaba del juego y se divertía enviando paquetes curiosos, comunicaciones misteriosas y telegramas cómicos; su jardinero, vencido por los encantos de Hanna, le envió una carta amorosa a cargo de Jo. ¡Cómo se rieron cuando se descubrió el secreto, sin imaginar las muchas cartas amorosas que el buzón estaba llamado a recibir en años venideros!

CAPÍTULO 11
EXPERIMENTOS

—¡Día primero de junio!; mañana se van los King a la costa y estoy libre! ¡Tres meses de vacaciones! ¡Cómo voy a divertirme! —exclamó Meg al entrar en casa un día de calor y encontrando a Jo acostada en el sofá, más cansada que de costumbre, mientras Beth le quitaba las botas cubiertas de polvo y Amy preparaba limonada para que todas se refrescasen.
—Hoy se fue la tía March. ¡Albricias! —dijo Jo —. Tenía un miedo mortal que me invitase a acompañarla. Si lo hubiera hecho, me habría sentido obligada a aceptar; pero como saben, Plumfield es tan festivo como un cementerio, y prefería que me dispensara. Andábamos enloquecidas preparando la marcha y yo temblaba cada vez que me hablaba, porque con la prisa de acabar estuve extraordinariamente amable y complaciente, tanto que temí que a último momento no, quisiera dejarme. Estuve alarmada hasta que la vi instalada en el coche, y entonces me llevé el susto final, porque al ponerse el coche en marcha asomó la cabeza por la ventanilla, diciendo: "Jo, ¿no quieres?..."No oí más porque cometí la cobardía de darme vuelta y huir hasta doblar la esquina, donde ya me sentí segura.
—¡Pobre Jo! Traía una cara como si la persiguieran dos osos —dijo Beth, acariciándole los pies.
-La tía March es un verdadero "zafiro", ¿verdad? —observó Amy.
—Quiere decir "vampiro", no la piedra preciosa; pero no importa; hace demasiado calor para detenerse en minucias gramaticales —murmuró Jo.
—¿Qué van a hacer durante sus vacaciones? —preguntó Amy, cambiando de tema.
—Me levantaré tarde y no haré nada —respondió Meg desde el fondo de la mecedora —. He tenido que madrugar todo el invierno y pasar los días trabajando para otros; así que voy a descansar y a gozar todo lo que pueda.
—¡Ya! —dijo Jo —. Esa modorra no va conmigo. He reunido una pila de libros y voy a aprovechar las horas de sol leyendo en la rama del viejo manzano, cuando no esté retozando con Laurie.
—Oye, Beth, vamos a dejar las lecciones por algún tiempo, para no hacer más que jugar y descansar, como han pensado las mayores —propuso Amy.
—Bueno; estoy conforme, si mamá lo permite. Deseo aprender canciones nuevas y tengo que arreglar a mis niños para el verano: sufren por la falta de vestidos.
—¿Podemos hacerlo, mamá? —preguntó Meg, volviéndose hacia la señora March, que cosía en lo que solían llamar el rincón de mamá.